19.7.10
Familia política II
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11.4.10
Caminando sobre vidrios
Hace poco más de un mes, terminé la edición de un libro que ya está a la venta; hace alrededor de una semana, un "emprendimiento" cuyas características acordé no revelar y hace un par de días, un proyecto en el que trabajé durante un año.
Estoy acostumbrada a que luego de tanta adrenalina, tanta camiseta transpirada y tanta energía puesta en que algo salga bien, sobrevenga un bajón. Pero tres cierres en un mes era algo que jamás me había sucedido.
Lo bueno es ver transformadas en cosas visibles y/o asibles, tantas ideas que en un principio sólo encontraban una articulación en mi cabeza.
Contar sueños e ideas es como contar un cuento frente a un auditorio cuestionador. ¿Y por qué saldrá bien? ¿Y cómo sabés que se puede hacer? ¿Y si en vez de esto hacemos esto otro? ¿No te parece mejor que no lo hagamos? Y, mientras uno cuenta, con cada pregunta pone a prueba la capacidad de construir, de estructurar, de crear sueños e ideas que puedan transformarse en realidades concretas.
A veces es difícil compartir certezas internas que no tienen demasiado anclaje en la razón sino más bien en una intuición a la que nosotros mismos nos resistimos. Entonces empiezan a importar la confianza –ese activo que nunca se compra ni se vende de manera permanente sino que está siempre en consignación–, la solidez para comunicar con precisión lo que uno piensa, la honestidad para aceptar que no tenemos todas las respuestas a todas las preguntas, el entusiasmo y la perseverancia para sostener los embates de quienes, con toda razón, se ponen en el lugar de "abogados del diablo" prestándonos una ayuda invalorable aunque molesta.
En muchos momentos de cada uno de estos tres proyectos me sentí caminando sobre vidrios. Incómoda, en riesgo y hasta asustada pero sabiendo que dar marcha atrás significaba seguir caminando sobre vidrios de vuelta hasta el punto de partida.
El día del último cierre, durante la madrugada, me despertó un estruendo ensordecedor. Bajé a ver qué había sucedido. El mueble en el que guardaba toda mi cristalería había colapsado y me encontré con un importante volumen de añicos que se amontonaban contra las puertas vidriadas. Intentar abrirlas significaba terminar de romper lo poco que quedaba sano. Dejarlas cerradas era presenciar el espectáculo de la precariedad y de la inestabilidad porque algunas cosas algo más resistentes sostenían el peso de otras e impedían un destrozo aún mayor.
Pensé en el cierre de esos tres proyectos. Pensé en que si había resistido y dominado tantas veces durante un año el impulso de escapar cuando me sentía próxima a un naufragio, bien podía ahora hacer lo que tenía que hacer.
Entonces entendí que, con cuidado, debía abrir las puertas y rescatar lo que estaba intacto. Entendí, en medio de la noche, que tenía que volver a caminar sobre vidrios.
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Etiquetas: al desnudo, desdichas, sin anestesia
2.12.09
I love MKT, personal MKT
No tengo tarjeta personal.
La sola idea de mi nombre y abajo, en tipografía más chica, la palabra "escritora" me causa el mismo efecto que haberme encerrado en una cámara de gas... hilarante.
El otro escollo que se interpone entre el cartoncito 9x4.5 y yo es que no soy sólo escritora (leer la columna de la derecha). La solución a este problema sería tener un número "n" de cartoncitos diferentes siendo "n" igual a la cantidad de actividades desempeñadas. ¡Pero claro! Entonces, a la hora de entregar un cartoncito, tendría que empezar a manotear el indicado teniendo en cuenta la ocasión y el destinatario y, haciendo honor a mi inigualable torpeza, terminaría dándole el equivocado o, lo que es casi imperdonable, los "n" cartoncitos y las instrucciones para que elija el correcto y se deshaga de los otros.
Mi CV es un desastre.
Y, además, es un desastre incompleto. ¿Hay algo más patético que un desastre in progress, un desastre que quiso ser y se quedó a mitad de camino?
Desde hace un par de semanas, en la columna de la derecha de este blog y del otro puede verse mi reseña biográfico-profesional. Ahora le dicen BIO.
Obviamente, hay dos reseñas diferentes, no vaya a ser que me aburra de mí misma o que, de manera pública y notoria, renuncie a mi escisión.
Una buena: me conoce bastante gente.
El lado oscuro de la una-buena es que algunos me conocen por una cosa, otros por otra y otros por otra más (que ni siquiera tengo donde linkear) pero, a no ser que se encuentren y hablen sobre mí –cosa que sucede en ocasiones excepcionales–, el que sabe una cosa no sabe la otra y ha pasado, incluso, que han hablado de mí pensando que era dos personas diferentes y hasta han discutido si yo era una o era la otra hasta descubrir, luego de gritos y arañazos, que era la misma.
Soy "canuta".
Tengo trabajos interesantes (suelo no aceptar los que no me presenten un desafío), que me ponen en contacto con personas a las que no es sencillo llegar (muchas veces lo que se dice "figuritas difíciles") y con las que hago vínculos profundos e intensos. Pero jamás lo cuento. Ni siquiera lo sugiero. Sí, claro, me resulta mucho más fácil y cómodo mantenerme en esa suerte de clandestinidad, no ser el foco de atención, jugarla callada. Sólo en contadas ocasiones, cuando alguien dice algo de, por ejemplo, fulano, me animo a decir "¡Ah, fulano! Yo trabajé con fulano." y casi siempre mi interlocutor sufre un sorpresivo desmayo.
Soy terca.
Sé con claridad y certeza lo que hay que hacer. Y no lo hago. Para ser gráfica: no tengo ni el 20% de las publicaciones en las que salí, ni el 1% de los audios de entrevistas que me hicieron, ni siquiera un testimonio en video de mis presentaciones en televisión y ni un ejemplar de un libro en el que están publicados mis cuentos (ya sé, ya sé, voy a irme al infierno sin escalas). Del mismo modo, sé lo que no hay que hacer. E insisto en hacerlo. Y no abundo en detalles porque sería entrar en terreno cenagoso.
Soy prejuiciosa.
Las cosas que hago las hago bien. Porque sé hacerlas y por amor propio, una combinación funesta de capacidad y autoexigencia. Pero, ¿quién va a creer, en la era de la hiperespecialización, que una persona puede desempeñar muy bien varias actividades? No, no, no –me dice mi vocecita interior–, no es serio ser buena para más de una cosa. Y, a pesar de nuestra entrañable amistad, ese es el comienzo de una batalla sangrienta entre mi vocecita y yo.
He aquí un breve compendio de los ingredientes que requiere un marketing personal lamentable. Un pequeño paso para la humanidad, un paso enorme para mí.
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6.2.09
Preguntas y respuestas
Ayer me llegó por mail uno de esos cuestionarios (suspiro) supuestamente destinado a saber más de los amigos (otro suspiro). El juego de marras consiste en responder un amontonamiento de preguntas en las que se mezcla lo constante (nombre, tamaño del pie o características de personalidad) con lo variable (con quién hablaste por teléfono o qué ropa tenés puesta en este momento); lo relevante (ok, ok... hay poco o nada relevante) con aquello que denota la más estúpida superficialidad. Para colmo de males, la insistencia en horadar el vacío requiere de cuarenta (40) agudísimas preguntas.
Como la cuestión es divertirse (y el texto introductorio deja bien claro que el que no contesta es un amargo), decidí copiar el interrogatorio aquí, responderlo y comentarlo. Veremos qué sale. Por suerte, mis amigos me quieren mucho.
1. Nombre completo
Laura Aurora Cambra
Lo tengo asumido.
2. ¿Por qué te pusieron ese nombre?
Laura porque les gustaba, Aurora por la hermana de mi mamá.
Y ni esmerándose podrían haber encontrado una combinación más cacofónica. Con el tiempo descubrí que mis nombres remiten a la línea de Barrio de tango (Manzi-Troilo) que dice "un ladrido de perros a la luna".
3. ¿Le pides deseos a las estrellas?
No.
Por cierto, no pido deseos. Soy un ser deseante (Lacan, no offense). En todo caso, pido que los deseos que ya tengo se cumplan.
4. ¿La última vez que lloraste ?
Hace dos meses, creo.
No tengo un calendario del llanto o la efemérides de la lágrima.
5. ¿Pan con que?
Me da lo mismo.
¿Era necesaria esta pregunta? Sólo puede demostrar la escasa variedad de criterios de la especie humana y su notable obviedad. De las respuestas que recibí, el 90% se dividía entre manteca y dulce; hubo varios "me da lo mismo", que vendrían a ser los NS/NC y, por supuesto, siempre hay alguien que vota al partido vecinal y dice "fiambre".
6. ¿Te gustan los animales?
No especialmente.
Siempre cae más simpático decir que los animalitos son preciosos, tiernos, adorables. Pues, prefiero sonar antipática y hacerle honor a mi olfato quisquilloso que prefiere tenerlos lejos.
7. ¿Cuántos hermanos tenés?
Dos.
Otra pregunta para el bipartidismo, muy cercana a la del pan. Obviamente, las palmas se las llevan el uno –familia tipo, ¿vio?– y el dos. Lo que me pone en el territorio de la masa.
8. ¿Colaborás con alguna ONG?
No.
Esta pregunta es para la culpa. Tanto es así que leí varios "no pero estoy pensando en hacerlo" o "no pero lo haré en breve".
9. ¿Si fueras otra persona serías tu amigo?
Sí.
Suena mucho a Groucho Marx y su "jamás aceptaría pertenecer a un club que me admitiera como socio". Agregaría algo: ¿qué pasaría si yo fuera otra persona y quisiera ser mi amiga y yo no quisiera hacerme amiga de esa persona que es otra que yo?
10. ¿Tenés un diario de vida?
Muchos, sueltos, de a ratos o en retazos, reflejados en cada cosa que escribo.
Esta pregunta no debería contestarla porque quedo descalificada como los que trabajan en marketing quedan afuera de cualquier sondeo de opinión.
11. ¿Sos sarcástico?
Soy –a veces– irónica.
Acá hice trampa. A veces, además de irónica, también puedo ser sarcástica. Y no veo qué tiene de particular ninguna de las dos cosas. La ironía y el sarcasmo son recursos lingüísticos, no características de personalidad. Hablan del dominio del lenguaje y no de un rasgo de conducta.
12. ¿Harías bungee-jumping?
Naaaaaaaa.
No way.
13. ¿Cuál es tu cereal preferido?
No tengo.
Promediando el cuestionario, hemos tocado el punto máximo de la estupidez y de la irrelevancia. ¿Who cares? ¿Cereal preferido? ¿Esto es una encuesta para Zucaritas?
14. ¿Te desabrochás los zapatos antes de sacarlos?
¿Se desabrochan los zapatos antes de sacárselos?
¿Uh?... ¿Oh? Si la intención era medir el grado de impulsividad, estamos fregados porque yo no me los desabrocho de obsesiva nomás... para empezar, tendría que volver a abrocharlos y para seguir, si quedan abrochados reduzco la posibilidad de error en el perfecto ajuste al volver a usarlos.
15. ¿Creés que sos fuerte?
Me he demostrado que soy fuerte en más de una ocasión pero no creo que eso me haga una persona fuerte.
Teoría del absoluto relativo: cualquier característica positiva llevada al extremo de la univocidad se torna completamente relativa.
16. ¿Tu helado preferido?
Cualquiera de fruta (no me gusta mucho el helado).
Who cares? Creo que Facebook –feisbuk para los amigos– ha pervertido a la humanidad digital invitándola a formar parte de grupos tan bizarros como "los amantes del helado de pistacho".
17. ¿Cuánto calzás?
Cuarenta.
Sí, mis pies son un 8% más grandes que el promedio. En mi adolescencia, esto era información clasificada. Ahora sirve sólo en el caso de que alguien quiera regalarme zapatos.
18. ¿Rojo o rosado?
Rojo.
¿Por qué a mí?
19. ¿Qué es lo que menos te gusta de vos?
Ser tan frontal.
Esta fue una respuesta de compromiso. Podría haber dicho mis pies –tengo cuarenta razones para nombrarlos– o mis ojos o mis brazos o mi ombligo. La realidad es que ser frontal me ha traído más de un problema y más de una satisfacción. Se aplica la teoría del absoluto relativo mencionada en la respuesta 15.
20. ¿A quién extrañás mucho?
A nadie.
No tengo espacio interno para la melancolía. No me sale. No lo siento. Se ve que me falta el chip de la extrañanza.
21. ¿Te gustaría que a todos aquellos que enviaste este cuestionario te respondan?
No me es imprescindible.
Sí, ya sé, es una manera diplomática pero inequívoca de decir que me importa un pepino saber cuánto calzan mis amigos. Pero, de verdad, no me importa. Sí me importa saber que cuando los miro los veo y sé si están tristes o contentos; que cuando nos abrazamos nos estamos conectando; que cuando nos encontramos tenemos algo para compartir.
22. ¿Qué color de pantalones y zapatos tenés puestos?
Ojotas verdes y vestido rojo.
Claro, me agarraron en un "momento Fiona". De haberlo sabido, me habría producido para la ocasión. ¿Y por qué asumir que vestía pantalones? ¿Habrá sido un rasgo machista? En última instancia, la pregunta es un monumento a la estupidez: ¿de qué me sirve saber qué llevaban puesto mis amigos mientras respondían el cuestionario?
23. ¿Lo último que comiste hoy?
Melón.
Otra estupidez atómica, el paroxismo de la estupidez.
24. ¿Qué estás escuchando en este momento?
Mis pensamientos.
Ya escribí sobre el coro de niñas cantoras que tengo en la cabeza. Suelo valorar el silencio exterior porque si les pongo música se lanzan a canturrear.
25. ¿La última persona con quien hablaste por teléfono?
Mi hermana.
Who cares (again)?
26. ¿Trago favorito?
Varios: los que llevan bebidas blancas y el champagne.
Si querían saber si paso el test de alcoholemia, queda claro que no.
27. ¿Deporte favorito para ver por TV?
Fútbol y tenis.
Indudablemente, este cuestionario lo hizo un hombre (y a juzgar por todos los cambios del "tú" al "vos" que tuve que hacer, domina el español neutro.
28. ¿Comidas favoritas?
Muchas, desde la pizza hasta el sushi (muy presidencial lo mío) pasando por una buena pasta.
A ver... se puede alardear y decir magret de pato con foie gras, o bien bajar el perfil a una popular napolitana con fritas (que tiene grupo en feisbuk). No es un secreto que me encanta cocinar y que la comida me produce un enorme placer. Cualquier respuesta que dé en este punto será insuficiente.
29. ¿Final triste o final feliz?
Final.
¿Hay finales felices? Yo tengo la sensación de que lo que suele llamarse "final feliz" no es otra cosa que un comienzo. Los finales siempre son tristes porque algo se termina y hay que dejarlo atrás. Desde chica me atormentaron los "finales felices" porque, ¡caray!, me dejaban con la intriga acerca de lo que sucedía después del "The End".
30. ¿Tenés mascotas?
No.
He tenido, he tenido. He cuidado de mis animalitos –hasta la obsesión, como corresponde– y ahora decidí que no quiero cuidar de nada ni de nadie.
31. ¿Día favorito del año?
Cualquiera, todos tienen su encanto, hasta los más difíciles.
Eludamos la obviedad del cumpleaños, la navidad, el año nuevo y toda esa parafernalia estereotipada y caótica. Cada día es una aventura. Cada día es una oportunidad. Cada día representa un desafío.
32 . ¿Besos o abrazos?
Ambos.
Convengamos, hay besos y besos y hay abrazos y abrazos. Los quiero todos.
33. ¿Sos una persona alegre?
Sí, muy.
Soy más que una persona alegre. Soy una persona feliz.
34. ¿Quién creés que te responderá?
No clue.
Y no importa. No me importa.
35. ¿El que menos creés que lo devuelva?
Idem anterior.
Básicamente, si creo que no me lo va a devolver, no se lo mando. Nos ahorramos el viaje sin retorno.
36. ¿Qué libro estás leyendo?
Tres al mismo tiempo: La casa de Dostoievsky (Jorge Edwards), La trilogía de NY (Paul Auster) y Ulyses (James Joyce).
No es esquizofrenia, son cuestiones de mi trabajo. Leer y releer. Buscar palabras. Encontrar información en el blanco entre una línea y otra. Disfrutar de esa combinatoria sorprendente y única que hace de un texto un libro con carácter y personalidad.
37. ¿Color favorito?
Todos excepto el amarillo.
Una idiotez supina. El amarillo es precioso en los girasoles aunque no me guste para la ropa.
38. ¿Qué viste anoche en la tv?
Estrenos de series... nada memorable.
Ultimamente me dedico a analizar cómo los guionistas de las series tienen una vida útil de tres temporadas luego de las cuales empiezan a derrapar, muerden la banquina, se van al pasto, vuelcan y terminan tapados con diarios. Eso en el mejor de los casos. En el peor, padecen delirios lisérgicos que trasladan inescrupulosamente a los personajes.
39. ¿Rolling Stones o Beatles?
Beatles.
Detengámonos un instante en lo que encierra esta pregunta. No es Oasis o Cold Play ni Aerosmith o Skorpions (por decir obviedades de épocas diversas). Son los Rollings o los Beatles. Una dicotomía que denuncia la pertenencia a una generación. ¡Vergüenza debería darle a semejante grandote andar haciendo cuestionarios como éste!
40. ¿Dónde es lo más lejos que has estado de tu casa ?
Perdida dentro de mí misma.
Esto es rigurosamente cierto. He viajado. He estado geográficamente lejos de mi casa más de una vez. Sin embargo, cuando más lejos estuve fue cuando estuve lejos de mí misma.
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24.7.08
Al desnudo: Yo quiero ser Sienna Miller
Innegable: la chica es harto joven, harto bonita, harto exitosa. Nacida en New York en 1981 (más que harto, obscenamente joven), junto con su primer trabajo cinematográfico relevante –Alfie, 2004– le llegó también el amor, de la mano del coprotagonista del film, el irresistible Jude Law (cuya única law parecería ser la conquista). Luego vinieron otras películas: Layer cake, Crimen organizado, Casanova, Factory girl (en la que interpreta a una actriz porno y donde no se ahorró una sesión de sexo oral con el protagonista para "darle más realismo a la escena"). Y las aún no estrenadas en nuestro medio: Edge of love, Camille, The mysteries of Pittsburgh, Hippie, hippie shake, y G.I. Joe.
La relación con Law terminó cuando, como era de esperarse, la pobre Sienna encontró al incorregible "out-law" en flagrante delito con la niñera de los dos hijos del primer matrimonio del actor. Pero la chica no se quedó quieta.
Luego de una sucesión escándalo-lágrimas-portazo y "que se entere todo el mundo así saben bien quién sos", emprendió una intensa carrera de conquistas para ahogar el inenarrable despecho que a cualquier mujer –aunque se llame Sienna Miller– le causa el saberse portadora de mayúscula cornamenta. Entonces pasó p'al cuarto a toda una bombonería: Orlando Bloom –al igual que Jude Law, un infaltable en cualquier lista que se precie–, el eterno baby face Leonardo Di Caprio, el casi prócer Sean Penn, el músico de rock Jamie Burke y Josh Hartnett. Morigerada su pena, inició un noviazgo con Rhys Ifans, un hippie desaliñado en la poco memorable Notting Hills y un hippie desaliñado y con panza de cerveza en la vida real, a quien, según las primeras versiones, abandonó por haberse resistido a ponerse en forma para el casamiento y, según lo que confirmaron las recientes fotos que la devolvieron a las portadas de los tabloides, porque la pasaba bomba en Positano con Balthazar Getty, un frecuente visitante del reparto de varias series televisivas, actor con más apellido que otra cosa (bueh, no puedo asegurarlo, habría que preguntarle a Sienna) pero con una inocultable esposa y cuatro no menos inocultables hijos.
Ahora bien, yo no quiero ser Sienna Miller porque tiene ese cuerpo que, apenas adornado por una gorra de capitán de barco, acaba de dar la vuelta al mundo mostrando inequívocamente que la chica hace topless pero no nudismo. Tampoco despierta mi resentimiento el hecho de que haya puesto en su lugar a una enfant terrible –que no entiende que hace rato pasó los 30 y que bien podría capitular frente a la realidad– como Kate (a.k.a. brain dead) Moss. No me moviliza su candente diario de conquista con páginas dignas de la más vulgar, feroz y destructiva de las envidias. Ni siquiera es el hecho de que, con su actitud de comehombres, haya despertado una cacería de brujas que la tiene como premio mayor y que desnudó a por lo menos tres representantes de la especie ofídica hollywoodense: Courtney Cox (desdibujada desde sus días de Friends y los dos millones de dólares por capítulo, prueba de que el dinero no hace la felicidad), Rossana Arquette (de estrellato alicaído pero noble cuñada de la anterior) y Demi Moore (que, claro, dice que su estado físico tiene que ver con que sólo come comida cruda pero no menciona que se come a Ashton Kutcher). No. Lo que hace que yo desee con toda mi alma ser ella, lo que la transforma en una verdadera diosa a la que querría, por lo menos, parecerme es que haya dicho, muy suelta de cuerpo: "Yo no busco los escándalos, simplemente los atraigo. Cuando algo acontece, accidentalmente siempre estoy yo en el medio".
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6.4.08
Al desnudo: Yo quiero ser Paris Hilton
Y aquí llega otra que es rubia y flaca. Rica des-heredera (el abuelito Barron, harto de la vida irresoluta de su nieta, la sacó de la lista que la iba a hacer dueña de una parte de las 335.000 habitaciones con las que cuenta la cadena hotelera) que, además, como siempre sucede, es una máquina de hacer plata por sus propios medios. Es que, cito a mi padre, "la plata llama a la plata" (afirmación tautológica que provee caudal de información cero, lo que la hace inútil para la comunicación). La muchachita, que puede establecer raides de diversión y desenfreno, y cuyo coeficiente intelectual parece tender a nulo, modela, actúa en cine y televisión, canta (?), produce perfumes, tiene una línea de joyas y ha hecho de su nombre –un nombre que, seamos sinceros, no es fácil de llevar– una verdadera registradora que nunca descansa.
Poco le importó la difusión del video One night in Paris cuyo título, es necesario aclarar, no remite a una recorrida turística por la capital francesa sino que muy bien podría aludir a las declaraciones de cierta parte anatómica (¡si esas partes hablaran!) de su eventual novio –Rick Salomon– respecto de un encuentro en el cual, obviamente, no faltó el intercambio de fluidos y que se hizo público (¡Oh, casualidad!) al mismo tiempo que se estrenaba el horrendo The simple life.
Tampoco le interesa ser constantemente perseguida por un enjambre de fotógrafos que se aplican a registrar sus proverbiales borracheras, las marcas que sus permanentes excesos le dejan en el rostro o las características de su underwear –que suele perder la categoría de under con notable frecuencia.
Dado que no puede ser categorizada como "la más rica" ni "la más inteligente" ni "la más emprendedora" ni "la mejor vestida" ni "la más refinada" (todas cuestiones de las que está muy lejos), Forbes Magazine la clasificó como una de las 100 mayores celebrities del mundo. Y, convengamos, es una clasificación bastante difusa porque no indica otra cosa que el espacio ocupado en los medios sea por las razones que fuere (que muchas veces tiene que ver con sus escandalosas costumbres). ¿Es que alguien me puede explicar qué otro atributo se necesita para ser una celebridad?
Y así como quien dice hoy desayuno café con leche con medialunas, Paris un día se levantó y afirmó que quería cantar. Entonces, lanzó un compacto que, aún antes de salir a la venta era conocido por nombres como Paris is burning, One crazy party o Screwed, aunque finalmente, en un ataque de síntesis y metáfora, se decidió nombrarlo de una manera que resumía todos esos conceptos: Paris Hilton.
Y otro día fue poseída por la genial idea de hacer de su inutilidad un éxito. El producto de ese profundo pensamiento fue The simple life. Un programa de televisión en el cual se la veía junto a Nicole Richie intentando hacer lo que la humanidad entera hace todos los días sin mayores dificultades: trabajar. Claro, ellas dos tenían que hacerlo sin perder la compostura de spoiled girls que las caracteriza: enjoyadas, subidas a los tacos aguja, cuidando las extensiones y tratando de evitar contaminarse con la multitud de plebeyos sueltos que uno se choca por el mundo cuando se baja de la limo y, horror de los horrores, se da cuenta de que las seis de la mañana es la hora de levantarse y no la de acostarse.
En cuanto a romances, se la vinculó con Leonardo Di Caprio, Nick Carter, Oscar de la Hoya (sí, Oscar de la Hoya el boxeador, aunque parece que el que la boxeó fue Carter), Brian Urlacher (un Chicago Bear), el actor Edward Furlong, Rob Mills y Britney Spears (en fin...).
Después de repetidos incidentes con los integrantes del LAPD y la justicia californiana, Paris finalmente fue detenida y condenada a poco más de un mes de prisión efectiva. Es necesario reconocer que la muchachita logró hacer de su vergonzante ida a la cárcel un nuevo circo mediático que la mostró con un traje a rayas very chic, acompañada de su infaltable e insignificante perrito de cartera luego de haber asisitido a la entrega de los Premios MTV.
Obviamente, no quiero ser una heredera desheredada. No me podría ni acercar a su capacidad de transformar en billetes toda idiotez que la circunda. No me interesa la ridícula vestimenta de su mascota. No quiero mostrarle al mundo mis intimidades más vergonzantes (no me refiero al video sino al carácter de inútil total). No está en mi esencia competir por el, si lo hubiese, galardón a la Reina Universal del Reviente. No. No. No. Lo que le envidio con ahínco y persistencia, lo que no puedo tolerarle, lo que me hace querer ser ella es que trabajó en el monumental, ácido y comiquísimo retrato de la banalidad institucionalizada del modelaje que protagonizó Ben Stiller: Zoolander.
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14.3.08
Al desnudo: Yo quiero ser Belén Francese
Era obvio. Se venía venir. Me resistí. Me defendí con uñas y dientes. Pero tenía que sucederme. Y, llegado el momento, no me queda más remedio que aceptarlo: yo quiero ser Belén Francese, la inocente emperatriz del poto.
Sin embargo, mi envidia no se enfoca en el prominente trasero –una suerte Disneyworld a la vuelta de casa para el universo masculino– de la susodicha aspirante a... (¿a qué aspirará?). Tampoco es por su encantadora vocecita que recuerda la plañidera expresividad de Laura Ingalls, la verdadera chica de Wisconsin, aunque, claro, definitivamente en otro cuerpo y sin los vestiditos Sarah Kay de la horrenda serie. No me pone verde el hecho de que sea el prototipo de una chica de barrio que llegó a los escenarios a fuerza de... (¿a fuerza de qué?). Ni que haya tenido el coraje y la desvergüenza de cantar (¿cantar?) una canción cuya letra, una joya de la poesía de todos los tiempos, repite la palabra "poto" setenta y cinco veces (no es un número al azar, las conté) y tiene líneas de inusual profundidad, como "te 'imnotizo' (sí, sí, sí, te 'imnotizo') cuando muevo el poto por delante y por detrás (sí, sí, sí, tiene un poto telescópico que hace temblar al bombón asesino)". Ni siquiera esa cualidad provocadora que la hizo sugerir –con la sutileza de un hipopótamo en una cristalería– amores lésbicos entre dos figuras de la farándula o la declaración por la cual se autotituló "testigo inminente" denunciando amenazas de sus eventuales compañeros de elenco, o la demostración de su firmeza de principios cuando consideró cierta actitud como una "aberrosidad".
Lo que de verdad me da una envidia incontrolable es que la chica, que carece de estudios filológicos, que no debe tener la más peregrina idea de quién fue la doctora Ofelia Kovaci, que seguramente piensa que la fonología es un estudio patrocinado por Telecom y la morfología una ciencia alentada por McDonalds orientada a descifrar lo que come la gente, no sólo haya creado un nuevo lenguaje para iniciados (¿iniciados en qué?) sino que, además, ya esté en la calle el "Pequeño Francese Ilustrado", un diccionario que, seguramente, se venderá más que el "Diccionario Escolar Santillana" del que soy autora.
¡Lluvia de corazones!
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5.3.08
Al desnudo: Yo quiero ser Beatrix Kiddo
No es porque ella sea rubia, alta, flaca y elegante. Ni por ese traje amarillo estilo Bruce Lee que, además, hace le juego con la moto. No es porque jamás luce "de peluquería" ni porque tiene unas manos bellísimas aun con las uñas cortas y al natural.
No es por el sugerente sobrenombre de Black Mamba que la identifica como una de las cinco integrantes del escuadrón mortal Deadly Vipers. Ni porque hable un japonés correctísimo ni por los frecuentes viajes transoceánicos ni por su increíble poder de convicción que transforma en cenizas la promesa de Hattori Hanzo de nunca más fabricar instrumentos de muerte.
No le envidio su destreza para manejar el sable samurai ni la frialdad con que ejecuta su venganza ni el festival sangriento que arma en la House of the Blue Leaves antes de terminar, en una noche azul y bajo la nieve, con la desalmada O-Ren. Tampoco envidio la bella delicadeza de bailarina con la que avanza sobre un mar de froot loops dejando atrás el cadaver de Vernita Green.
No es por la justiciera crueldad con que acaba con los dos hombres que la violaron mientras estaba en coma. Ni siquiera por el momento de iluminación en el cual despierta del letargo y, con sólo mirarse las palmas de las manos, deduce que ha estado ausente durante cuatro años ni por la proeza de conducir la ridícula Pussy Waggon apenas unas horas más tarde dejando atrás cuarenta y ocho largos meses de inmovilidad y atrofia muscular. Mucho menos por la naturalidad con la que asume el hueco que la bala de Bill dejó en su cráneo.
No, no es nada de eso. Ninguna todas esas cualidades de supermujer de Beatrix Kiddo es lo que me mueve a envidiarla profundamente. No. No. No.
Yo quiero ser Beatrix Kiddo sólo porque, después de haber instado innumerables veces a que su dedo gordo del pie recuperase el más mínimo movimiento –"Wiggle your big toe"–, lo consigue y da inicio a la más sanguinaria venganza jamás vista con una frase memorable: "The hard work is done".
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Laura Cambra
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30.1.08
Al desnudo: Yo quiero ser Wanda Nara
Tres palabras alcanzan para justificar la furtiva celebridad de Wanda Nara:
culo, Maradona, video. Y es innegable que estas tres palabras trazan una parábola que la ha colocado en la cima del imaginario ratonero masculino (que, reconozcamos, está lejos del Himalaya y apenas alcanza la altura de la Sierra de la Ventana).
Wandita comenzó su carrera hacia la fama cuando, aún confesa menor de edad, fue "chica Maradona" ganando de inmediato los diez minutos de celebridad que sólo puede brindar la experiencia de haber visto muy de cerca los calzones del sacrosanto 10. Luego, y sólo luego de haber mostrado su torpeza al hablar frente a cuanto micrófono se le cruzó haciendo gala de un insportable tono nasal y una no menos detestable cortedad de genio, el género masculino posó su mirada en el culo que ya había testeado el decadente astro futbolístico. Sin embargo, aunque ya estábamos advertidos del poderoso trasero de la incipiente estrella, nuestra atención se vio nuevamente capturada por la boca de la rubiecita que esta vez, gracias a la intervención divina, no hablaba sino que hacía otras cosas que seguramente le proporcionaban al involucrado mucho más placer y satisfacción que si decidía recitarle los poemas de Neruda.
No contenta con su cosecha de minutos de cámara, en medio de todo esto, Wanda echó a rodar la increíble historia de su himen intacto, cuya veracidad sólo los hombres, encandilados con el circuito boca-culo-boca-culo, pudieron considerar. También fue impresentable y fugaz participante del popular engendro tinelliano "Patinando por un sueño". Sobre la pista la vimos llorar, estrellar su benemérito trasero contra el hielo, moquear, dar grititos de alegría, provocarle una hernia a su sacrificado compañero que trataba infructuosamente de izarla para una pirueta. Es decir, de todo menos patinar. Porque, convengamos, para esta chiquita patinar era otra cosa.
Acompañando el meteórico ascenso de su popularidad, Wanda tuvo peleas mediáticas con estrellitas de su mismo nivel, disfrutó de un fugaz parentesco –es prima segunda de la cuñada de mí tía– con la también rubia y patinadora Evangelina Anderson, incursionó en el rubro "botineras" –una especie de 59 segmentado–, no pudo seguir ocultando su adicción a los panes y las pastas que se le acumularon como inútiles salvavidas dado que está trabajando en Córdoba, lanzó el rumor de un posible embarazo que justificase su nueva condición de gordita, declaró que no iba a usar conchero porque quería darle un giro a su carrera y a su imagen, y confirmó su casamiento, en el mes de junio, con el futbolista Maxi López a quien acompañará en su carrera por las tierras de Putin.
Hoy Wanda maneja una cuatro por cuatro, vive en una de las casas más lujosas de Villa Carlos Paz, calza zapatos de miles de dólares, usa bolsos y carteras de Louis Vuitton, viaja a Moscú en primera clase por el fin de semana, se da el gusto de emitir cualquier idiotez que ande revoloteando por su cabeza y es la protagonista de uno de los videos más vistos de la red, lo que puso su nombre al tope de los buscadores.
Pero yo no quiero ser Wanda Nara por ninguna de estas cosas. No. No me importan los viajes en primera ni los zapatos de Ferragamo, Escada o Gucci. No muero por las carteras de Louis Vuitton ni por las cuatro por cuatro ni sueño ser la mujer de un futbolista de fama internacional. No. Yo quiero ser Wanda Nara sólo por un motivo: ella tiene el nombre más genial que puede existir para jugar a "La Batata Macabra".
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2.1.08
Al desnudo: Yo quiero ser ANTM*
Para ostentar el título de ANTM básicamente hay que ser flaca (obvio), rubia (o, en su defecto, negra porque las medias tintas no funcionan y las latinas o asíaticas avanzan pero no más allá de la mitad del ciclo) y, sobre todo, exótica (¿alguien se atreverá alguna vez a confirmar que la expresión "belleza exótica" –de igual tenor y casi tan estúpida como "no es linda, es interesante"– lo que revela es la profunda e inconfesable fealdad de la mujer en cuestión?). En el aspecto intelectual se requiere cierta –no por alguna sino por certera y comprobable– cortedad de genio, risa y llanto fáciles (efecto secundario del vacío mental) y ganas de embellecerse y superarse (lo primero sencillo si se goza de una corte de maquilladores, estilistas y vestuaristas; lo segundo, tarea difícil dada la escasez y precariedad de los recursos naturales).
Enjaulado en una casa de ensueño, el ramillete de jovencitas (que poco tardará en convertirse en la viperina población de una canasta a la espera del encantador de serpientes) va de acá para allá, siempre a los saltitos; come porciones minúsculas de alimentos "saludables" (mensaje prefabricado de healthy model porque Kate Moss es mala, mala, mala), enjuaga sus verdes envidias en el agua de un monumental hidro o en una piscina cubierta; transforma un lugar agradable en una leonera que, el día que la televisión apunte al olfato, será clausurado sin retorno; y corre a gritar, cual histérico enjambre, alrededor de los Tyra(da) Mails que les plantean adivinanzas (que nunca, jamás, resuelven) relativas a los próximos desafíos (aparecer bonita sobre un elefante mugriento y maloliente, tener la cara relajada mientras la tiran de un avión en vuelo sin saber siquiera cómo se abre el paracaídas o extender graciosamente falsas alas mientras cuelgan de un guinche balanceándose a treinta metros de altura) o que las invitan a exponerse a las terribles opiniones del distinguido jurado.
Otros puntos del entrenamiento básico para la top model actual son recorrer a toda velocidad percheros tomando a tontas y a locas la mayor cantidad de prendas que deberán colocarse lo más correctamente posible (la materia, aunque no se diga, es "Cómo hacerse mechera I") para después tener que entregarle a la ganadora (la que más se puso, la que mejor se puso, la que eligió bien) el fruto de su trabajo (también parte de otra materia, en este caso "Odio, envidia y resentimiento: las top models y el sentido de la vida").
Semana a semana, entre lágrimas de cocodrilo, una participante se despide del programa no sin antes haber repasado su desempeño: los cambios en su pelo (largo, corte y color con los que no estuvieron de acuerdo pero que terminaron aceptando so pena de ser descalificadas por insubordinación), los maquillajes, las poses, la mejor foto y, por sobre todo, las escenas agraviantes, las peleas con las oponentes y las ofensas proferidas por los venerables jueces.
En el show participan, además de la presidenta del jurado, mentora, productora, creadora y anfitriona, la alguna vez joven y bella Tyra Banks (cuya implacable mirada verde acuchilla a las participantes y su afilada lengua se ocupa de destrozarlas sin piedad –"parecés una porrista", "sos la prom queen", "servirías para concursar como aspirante a reina del repollo" o "si extrañás, volvé al campo" son algunas de sus frases más suaves– mientras hace mohínes graciosos que equiparan la expresividad de su rostro con la de Ace Ventura), tenemos a Twiggy, fashion icon que supo ser, además de quien impuso la minifalda, la primera anoréxica que recibió un jugoso salario por su infame delgadez. La "interesante" mujer de ojos enormes (las escuálidas generalmente los tienen) e inquietantes es hoy una sonriente y cachetuda cincuentona (cincuenta largos porque todavía no se dejó alcanzar por los reales sesenta) con cara de ama de casa inglesa dedicada a los muffins y al happy hour extendido hasta el tañido de la campana. Luego están Miss J. (Alexander) y Mister Jay (Manuel), dos engendros de la naturaleza. Miss J. es un negro con veleidades de travesti de pueblo provinciano (con perdón de los travestis de pueblo provinciano que hacen esfuerzos de todo tipo por acercarse a la imagen femenina) cuya misión es instruir a las jóvenes sobre los secretos de la pasarela. Mister Jay es un latino –debe llamarse Julio, Juan o José y Manuel– con mechas decoloradas y trasero envidiable (y seguramente envidiado por más de una participante) que oficia de asistente de lujo de la anfitriona guiando a las aspirantes en su carrera hacia la fama. Ambos de imborrable sonrisa, repiten un guión en el que sus parlamentos trasuntan notable acidez e ironía (justificables en un hombre sólo si es un maraca alegremente asumido). También en cada edición se presenta un personaje de "fama internacional" –¿quién lo conocerá?– vinculado al mundo de la moda cuya tarea es participar del momento en el cual las niñas (cada semana más bonitas debido a los avances de la cosmética "Cover girl", esas bases que corrigen todo, y cuando digo todo quiero decir todo) enfrentan a la mesa examinadora.
Por supuesto, yo no quiero ser ANTM para ostentar una belleza exótica –sea del color que sea– ni para avanzar un escalón hacia la cima de la popularidad pisando cabezas recién reestilizadas ni para sentir que puedo recorrer con seguridad pasarelas y alfombras rojas vistiendo lujosos vestidos de firma. No envidio el premio: un contrato con la agencia Elite, piojosos cien mil dólares para salir en la tapa de una revista de adolescentes y un comercial para el emplasto de turno de "Cover Girl" (poco más que migajas para el mundo del modelaje). No me interesa ser ANTM para atajar los cuchillos verbales de la venerable Tyra ni las groserías de Miss J. ni las condescendientes y sobradoras palabras de Mister Jay. Ni siquiera es para escuchar a la cantinela apaciguadora de la borrachina Twiggy.
No. No. No. Yo quiero ser ANTM solamente para que me hable, me mire y me fotografíe –aunque más no sea, porque, lejos de ser un tremendo bala, el señor declara estar felizmente casado con la mujer de sus sueños desde hace trece años– Nigel Barker, el fotógrafo de modas inglés que está para llevárselo a la mesita de luz.
*American Next Top Model
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18.12.07
Yo quiero ser Laura Cambra
Recogiendo el guante del desafío que me lanzó Marinita el día de mi cumpleaños, voy a, por lo menos, intentar escribir este post y, lo que me es mucho más complicado aún, hacerlo sin ponerme seria.
No se trata de su inteligencia, porque por lo que sé le ha proporcionado más problemas que soluciones y, si bien le sirve para muchas cosas, a la hora de tomar decisiones no le evita ser un mono con navaja.
Tampoco es su vida social, por épocas más escasa que agua en el desierto y, cuando abunda, prolijamente evitada mediante un exigente proceso de selección.
Mucho menos la timidez que la hace poner cara de "yo no fui" o de "¿y vos quién sos?", alternativamente, cosa de desconcertar a los que la rodean que a veces creen estar frente a una inocente Heidi –pequeño e inofensivo cabrito bajo el brazo incluido– y otras, sienten el rigor de la fría mirada de una maléfica bruja.
No le envidio el cáustico sentido del humor –tan ácido que a la mayoría de las personas le resulta punzante– ni su compulsión a la metida de pata verbal que tantos disgustos le causa (es inevitable que "boquee") ni aun su posibilidad de reírse de sí misma.
Imposible desear sus atributos físicos. Para empezar, pisa los cincuenta –y como viene la mano, su bagage genético le permitirá vivir unas cuantas décadas más a puro deterioro, descenso y apergaminamiento–; tiene menos cintura que una almohada berreta –a las de pluma aunque sea se les puede marcar una forma–, detesta las cirugías un poco –mucho– por convicción y otro poco por terror a los quirófanos, descartando las posibilidades de "tunearse", lo que a esta altura ya sería una cuestión de protección del espacio público y respeto por el prójimo.
En cuanto a sus costumbres más arraigadas, no hay demasiado para tomar como ejemplo: el cigarrillo y el café son sus mejores amigos, come como un cosaco recién llegado del larguísimo invierno siberiano y, hace ya tiempo, se prometió –¡y lo cumple!– no ceñirse a ninguna dieta; le gusta el fútbol y sigue los campeonatos locales y algunos internacionales –lo peor es que no lo hace para tener tema de conversación con los hombres o para resultarles mas atractiva sólo por el hecho de que no serán censurados por adorar a San Macaya Apóstol o a San Huguito Mártir sino lisa y llanamente porque ella AMA el fútbol (aunque no las muestra, tiene fotos con el Enzo y con el mismísimo EMM). Le encanta manejar y nunca se achica a la hora de "meter trompa" para pasar primera. Casi siempre usa pantalones –es raro verla con pollera o vestido–, y su arreglo personal incluye apenas el baño diario y un poco de perfume (esto último, cuando se acuerda). Ni siquiera el hecho de que, a pesar de todo lo mencionado, siempre tiene cerca algún hombre –o más de uno– que le "tira los perros" constituye un motivo sustancial para querer ser ella. ¡Y pensar que no sólo no hace nada para que eso suceda sino que, además, la mayoría de las veces ni siquiera se da cuenta de que está ocurriendo!
No es su capacidad para poner los pensamientos en palabras, ni su obsesivo rechazo a las estrategias "marketineras", ni su casi estúpida costumbre de cultivar el low profile. Tampoco sus ocasionales osadías lindantes con la inconsciencia ni su carácter de Ave Fénix que le permite renacer de sus cenizas periódicamente.
No es porque un día se tiño de rubio para probarse a sí misma que podía ser aún más tonta. Ni porque trabaja en lo que le gusta. Ni porque está convencida de que lo más interesante que le pasó en la vida es vivir. Ni porque es zurda y tiene buena letra. Ni porque ganó más de un premio literario (aunque nunca lo diga). Ni por su desvergüenza para contar cuánto le gusta la televisión basura. Ni porque tiene un curriculum impecable y sorprendente (que jamás muestra).
No. No. No.
No es nada de eso.
Yo quiero ser Laura Cambra porque ella, solita, sin más ayuda que la de su infinita paciencia y su testarudez incomparable, se hace cada dos semanas sus propias uñas esculpidas.
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22.11.07
Al desnudo: Yo quiero ser María Sharapova
Yo quiero ser ella. Me impulsa una infinidad de motivos. Comenzando porque es rubia, alta, delgadísima. De una belleza compleja y llena de misterio. Cuando sonríe deja ver dientes perfectos –que patrocina Colgate– y los ojos se le achican de una manera absolutamente encantadora –tal cual muestran las fotos tomadas con cámaras Canon. Además, juega al tenis como una diosa –tal vez se deba a Gatorade y a Tropicana– y, aunque en la actualidad ocupa la quinta posición en el ranking femenino –estrenando sugestivos modelos de Nike en cada torneo–, sabe lo que es estar al tope de la lista. Entre las diez cosas que no soporta se cuentan los Hummer, probablemente porque así lo exige su sponsor Land Rover. Usa perfumes de Parlux Fragances, raquetas Prince, carteras y joyas de Samantha Thavasa, relojes Tag Heuer. Firmas que, además de proveerla de todos sus productos, obviamente, le pagan fortunas por mostrarlos. Así que la jovencita es una máquina de facturar billetes grandes.
Si bien hace años que vive en los Estados Unidos –fue una de las becarias más jóvenes de la clínica de Nick Bollettieri, después de haber dejado para siempre su Rusia natal– declara no comprender la celebración de Halloween y trata de psychos a quienes eligen disfrazarse para la ocasión.
María adora a Orlando Bloom y a Lebron James y dice que con gusto los invitaría a jugar dobles mixtos. Acostumbrada a los mimos, en su sitio web oficial relata cuáles son los diez tratamientos de spa imprescindibles: manicura, masaje del cuero cabelludo, masaje manual, gommage de mango y sal marina, hidroterapia, baños de barro, masajes faciales, reflexología, belleza de pies y masaje con piedras calientes. Como, al parecer, los rankings son parte de su vida de Top Ten, tiene uno, detallado y cuidadosamente elaborado, para cada cosa que se le cruza por debajo de la rubia cabellera: personas con las que le gustaría trabajar en el futuro (Vera Wang y Frank Gehry, por ejemplo), personas con las que le gustaría tomar un café (Gwen Stefani, Bono y otra vez Orlando Bloom), lugares donde no estuvo, lugares donde estuvo, regalos navideños que recibió, restaurants, spas, accesorios, películas, revistas (¿cuál sino Cosmopolitan podría haber ocupado su número uno?), cosas para las que es buena (hacer valijas, manipular a la gente, espiar, dar excusas... ¡OMG, qué muchacha!), cosas para las que no es buena (cocinar, ser paciente, manejar sus emociones, darle la razón a otro), golosinas, cosas que se llevaría a una isla desierta (antes que nada, protector solar) y alguna que otra estupidez del mismo irrelevante calibre.
La princesa del tenis, como la llaman, se anima a las alfombras rojas con minivestidos de cuero negro, a las bikinis de tapa de Sports Illustrated, a los night gowns de Hugo Boss. Pasa tanto tiempo compitiendo y entrenando como presentando productos de sus auspiciantes –siempre en esquinas diferentes del ancho mundo–, con su perfecta sonrisa de comercial de dentífrico.
En suma: factura, viaja, es bonita, tiene miles de fotografías en las que luce perfecta, gana torneos de tenis y es dueña de vociferar idioteces, confesar su superficialidad como una virtud y ¡leer Cosmopolitan! Y si bien todo esto alcanza para despertar el odio de cualquier mujer, María Sharapova tiene una cualidad que la hace diferente y única, una característica que yo le cambiaría y por la cual dejaría de lado todo otro beneficio de los que en su corta vida goza: los aullidos orgásmicos que, desde los courts, desatan turbas de ratones embravecidos en las mentes masculinas.
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26.10.07
Al desnudo: Yo quiero ser cola Reef
Es curioso que aquello que en otras latitudes se denomina "bikini contest" y consiste en una veintena de bellas señoritas ligeras de ropas recorriendo una pasarela en busca de un premio al que, en última instancia, se harán acreedoras por obra de la naturaleza –o de la cirugía estética, que es la naturaleza versión siglo XXI– y no por mérito propio; por nuestros pagos se vea reducido a un segmento de la anatomía femenina pasando a llamarse –cortito, al pie y sin demagogia alguna– "ser cola (espacio para el patrocinador, en este caso, Reef)".
Ser cola con sponsor implica, más allá de tener un portentoso trasero pasible de ser admirado y fotografiado en situaciones diversas, haber conseguido un pasaje –aunque la estadía sea corta y provisoria– al primer cielo de las celebridades. Después habrá que ver cómo acceder a los siguientes niveles pero, para comenzar, la puerta ya ha sido franqueada.
Por otra parte, no nos engañemos, así como la mayoría de las mujeres reconocemos a un hombre por rasgos de su cara o aun por el conjunto de un cuerpo atractivo; para los hombres la cola es el top of mind de la identidad femenina. Una mujer de exhuberante "ir" deja en el imaginario masculino una impronta imborrable generando, merced al principio de economía de almacenamiento de la información, un proceso de limpieza de toda otra data –empty trash, discard others, delete forever, no further information required– que en ocasiones hasta se lleva el nombre de la afortunada (file not found). De este modo, asistimos a una muestra de la más sublime utilización del recurso metonímico –la parte por el todo– por el cual una mujer enterita pasa a ser una cola que, además, cotiza mejor que la totalidad. Como si el lomo (o, para más precisión, la nalga) costara más que la vaca entera.
Sin embargo, mi deseo de ser cola Reef no tiene que ver con la necesidad de alcanzar un estrellato fugaz. Ni de abrir puertas de complejos cerrojos sirviéndome de una zona no prensil de mi anatomía. Tampoco se trata de incrementar el índice de recordación masculina.
Son los beneficios secundarios –muchos y relevantes– los que me atraen. Porque ser cola Reef implica, en orden estrictamente ascendente, dejar de preocuparme por la prolijidad de las uñas de los pies, eliminar cualquier tipo de inquietud por ese segmento casi imposible de belleza que es la rodilla, reducir de manera significativa la superficie corporal sometida a dolorosos procesos depilatorios, obviar el trabajo sistemático sobre la zona abdominal y pectoral, dejar de lado todo pensamiento persecutorio acerca de la inocultable flaccidez de bíceps y tríceps, despedirme de la manicura, los baños de parafina y las uñas esculpidas; agradecer a Dios –o cualquier otra divinidad– por la presbicia que desdibuja las incipientes arrugas faciales propias y ajenas, descartar el uso de cualquier preparado anti-age, firming, filling o reconstructive con ingredientes de nombres tan intimidantes y herméticos como hialurónico, mandélico, pentapéptido, glicólico o mucopolisacárido; presentar la reununcia indeclinable a tinturas capilares, baños de crema, productos anti-frizz, alisadores y onduladores de cualquier tipo; dedicar todo el tiempo libre –que será mucho- a pensar en cómo conservar y mejorar (si eso fuera posible) la bendita cola Reef. Y, por sobre todas las cosas, alejar para siempre, gracias a haber hecho de la cola el objeto más preciado, el peligro de transformarme en una completa mujer–objeto.
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28.8.07
Al desnudo: Yo quiero ser Penélope Cruz
No se trata de las pestañas –que bien sabemos eran postizas– ni de ese pelo que encandila gracias al tratamiento con Elvive. Tampoco es porque sea la imagen de Mango o de la línea de vestimenta informal de P.Diddy o de las tiendas Ripley. No es por el óvalo de la cara, bellamente acusado. Ni por esos ojos luminosos o por el cuerpo longilíneo o por la sensualidad de la voz y del acento. No tiene que ver con su paso liviano y elegante sobre las alfombras rojas por las que se pasea vestida de princesa ni con su carácter de "chica Almodóvar" ni con la entrada triunfal al universo hollywoodense. Ni siquiera –el Señor no permita envidiarla por eso que ya le llegará de todos modos– es por la edad.
No es nada de eso. No. Ninguna de esas cosas es motivo para querer ser ella.
Yo quiero ser Penélope Cruz por otra cosa. Lo que me llena de envidia, lo que me mueve a ponerme escandalosamente verde, es la increíble capacidad para haber construido en el corto tiempo de su estrellato una frondosa lista de muñecos volteados –en todo sentido– digna de una insaciable. Esa pole position alcanzada conquistando galanes. Empezando por Nacho Cano, integrante de la banda Mecano; siguiendo con los actores –sin desperdicio– Olivier Martinez, Matt Damon, Javier Bardem, Josh Hartnett, Orlando Bloom, Tom Cruise, Matthew McConaughey –el orden es aleatorio–, y con el músico John Mayer –ex de Jessica Simpson. Para terminar, como si todo lo antecedente hubiese sido poco, también con Bono.
Yo quiero ser esa chica caníbal que parece engullirse a los ejemplares masculinos con la liviandad de quien da cuenta de una ensaladita verde acompañada de agua mineral. Yo quiero ser Penélope Cruz. Sin sus producciones fotográficas para Mango, sin los trajes de princesa, sin los ojos enormes y húmedos. Sin alfombras rojas ni vida Hollywood. Sin Almodóvar. Pero quiero ser Penélope Cruz. Así que, por las dudas, salgo a comprar shampoo y acondicionador Elvive para asegurarme de que si alguno me da bola es "porque vos lo merecés", y la máscara Telescopic de L'Oréal que te permite imaginar "pestañas que pueden alcanzar las estrellas". Ella lo logró... puede ser que yo también las alcance.
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26.4.07
Al desnudo: Yo quiero ser la Jelinek
Renuncio. Me rindo. Me doy por vencida.
Me harté de tratar de ser inteligente y no conseguir nada. Bueno, en realidad, nada no. Sólo conseguí que digan que soy inteligente.
Pero igual renuncio.
De ahora en más, voy a aplicar todos mis esfuerzos a parecerme a la Jelinek. La incomparable Karina Olga, la que puede darse el lujo de decir estupideces y, sólo por eso, aumentar sus cachets.
La que no tiene obligación de saber que los cheques no se autografían sino que se endosan y que en Francia hablan francés. Tiene todas las ventajas –excepto ser rubia, pero esto termina siendo un punto a favor porque no denuncia de una su irremediable cortedad de sesera–: tiene una preciosa naricita y unas pestañas larguísimas; un cuerpo increíble; ojos grandes, sonrisa de dentífrico. Viaja, anda de acá para allá conociendo mundo. Sus máximas preocupaciones deben ser que no le falte el alimento balanceado a su perrito, que no se le vea el pelo con frizz y que la vestuarista le haya elegido la ropa que se tiene que poner para el próximo evento. En fin... ¡Envidiable!
En cambio, yo, que leí desde Borges hasta Adorno y Horkheimer (que sí son dos), desde Homero hasta Saramago, he cometido el terrible pecado de no tener siempre a mano una frase de Bucay, Coelho, Osho o de José Narosky, rey de los "aforrismos". No tengo perrito ni asesor de imagen ni contratos de cinco cifras ni tampoco el cuerpo que tiene ella porque no me dan canje en ningún gym de onda.
Pero quiero ser la Jelinek. Entonces, de ahora en más, no iré a ningún lado sin mis frascos de Reduce Fat Fast –llamo ya–, me voy a comprar un perrito de esos que parecen de juguete pero que hacen sus necesidades en cualquier lado y la obra completa de "Nabosky" en uno de los puestos de Plaza Italia (cuando termine la Feria del Libro porque ahora hay mucha gente), y a iniciar una campaña masiva diciendo que si a ella le gusta Ortega, yo elijo a Gasset.
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