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28.12.09

Ya llega


Yo deseo que en 2010 tengamos:


  • Un año redondo.
  • Sueños pendientes fortalecidos por la esperanza del año que comienza.
  • Sueños nuevos, porque siempre es bueno soñar desde cero.
  • Un país habitado por verdaderos ciudadanos.
  • Besos, abrazos y buenos deseos.
  • Los amigos de siempre y los que tienen que llegar.
  • Sonrisas, para celebrar y para enfrentar, si la hay, la adversidad.
  • Desafíos que nos mantengan el corazón latiendo fuerte.
  • Gratitud por lo que alcanzamos y perseverancia frente a lo que todavía nos falta.
  • Humildad para reconocer nuestros errores y grandeza para perdonar los de los otros.
  • Sentido del humor para reirnos de nosotros mismos.
  • Espíritu aventurero, porque la vida es la mayor de las aventuras.
  • Memoria para no olvidar de dónde venimos.
  • Coraje para definir hacia dónde vamos.

Yo quiero todo eso para vos y para mí.

Sumá tus deseos. Agrandá la lista. Y después repartila a toda la gente que quieras.
Cuando se trata de buenos deseos, repartir es multiplicar.

23.11.09

RBD09/OMG!

Más allá de las reflexiones sobre el evento, que publiqué acá, el RosarioBlogDay me dejó un par de certezas que, as usual, son frustrantes:
1. Mi marketing personal no es malo, ni siquiera es penoso, es catastrófico (lo describiré en breve porque vale la pena compendiar todo lo que NO hay que hacer).
2. Cada vez que tengo indicios de lo que afirmo en el punto 1 me prometo mejorar y, por supuesto, nunca lo hago.
3. Mi presencia en eventos web –que agradezco profundamente– se debe más a mi vida real que a la virtual (o a razones que me resultan indescifrables).
4. No soy blogger. Tengo un blog, en realidad, tengo dos: éste y el otro.
5. Jamás me compraría un cigarrillo electrónico después de haber escuchado que es como un "consolador" o como "fumar Glade Toque".

Last but not least (y fuera de la enumeración porque es puro gossip): a Darío Gallo las fotos no le hacen justicia. En persona se lo ve notablemente más delgado y mucho menos circunspecto.

14.11.09

Conectadas

El que sigue es el texto de cierre de la jornada Mujeres OnLine LatAm.

Las mujeres siempre estamos conectadas. Estamos online de la mañana a la noche, los siete días de la semana, los doce meses del año.
Estamos conectadas con nuestras parejas, amantes, amigos con derecho a roce, esposos y touch and go. Conectadas con sus preocupaciones, problemas y estados de ánimo.
Estamos conectadas con nuestros hijos que, sean chicos o grandes, mantienen en excelente estado de conservación el cordón umbilical –bueno, a veces también colaboramos nosotras– y aunque se haga flexible y elástico, no termina de cortarse.
Estamos conectadas con nuestros amigos y amigas que nos sostienen y nos acompañan y a los que sostenemos y acompañamos tanto cuando hay que festejar como cuando las fuerzas nos abandonan.
Estamos conectadas con desayunos, almuerzos, meriendas y cenas –¿alguna vez pensaron que una familia tipo consume mensualmente cuatrocientas cuarenta y ocho comidas? No, claro, mejor no pensarlo–; con cumpleaños y celebraciones. Con tareas escolares, orientación vocacional y consultoría sentimental y existencial de hijos, amigos y familiares.
Estamos conectadas con el lavarropas, el secador de pelo y/o la planchita. Con el microondas, la lustradora y la aspiradora. Y, a veces, con aparatos que, aunque son horribles, adelgazan, tonifican, rejuvenecen y embellecen. Conectadas con la moda. Con nuestro cuerpo al que invariablemente le sobra o le falta algo en algún lugar preciso (o en muchos). Con el pelo que nunca es el que hubiésemos querido tener.
Estamos conectadas con nuestras emociones que van desde la ternura a la ira, pasando por la envidia inconfesable, la pasión desenfrenada y el odio visceral.
Estamos conectadas por igual con lo que sucede en nuestra casa y con lo que pasa en el mundo.
Conectadas con nuestros trabajos, profesiones u oficios. Con los desafíos que se nos presentan cada día y que afrontamos con el coraje y el entusiasmo que sólo las mujeres podemos encontrar bajo las numerosas piedras que tiene el camino.
Estamos conectadas. Estamos online.
También en la web, ese espacio que utilizamos para chismosear o buscar una receta de cocina o comprarnos ese par de aros divinos cuya misión más importante será hacernos sentir lindas. Pero sobre todo para expresarnos, para crear, para crecer y para estar en red con otras mujeres.
Somos multitasking. Siempre estamos haciendo varias cosas al mismo tiempo y, lo más importante, sin dejar de pensar en lo que deseamos y cómo lograrlo.
Hemos pasado mucho tiempo observando qué hacen los hombres y cómo lo hacen. Y, por lo general, llegamos a la conclusión de que si hiciéramos las mismas cosas, las haríamos de una manera muy diferente.
En ese tiempo de observación, registramos y procesamos información acerca de confusiones, rutas fallidas e intentos truncos. Y ahora que estamos en el camino, nos enfocamos en nuestros objetivos, no nos distraemos –porque ya se habrán dado cuenta de que hacer muchas cosas simultáneamente no es estar distraídas– y, por supuesto, no nos perdemos.
Sabemos que postergar no es lo mismo que renunciar. Y sólo postergamos. Es decir, tomamos decisiones que a veces son dolorosas pero no nos rendimos porque somos conscientes de que en nuestros sueños está el motor que nos impulsa.
Y todo eso es porque siempre estamos conectadas.

18.5.09

El fin de las curvas

Hubo un tiempo lejano en que reinaban las curvas. No importaba tanto si las mujeres eran rubias o morochas, lo que importaba de verdad eran las cinturas marcadas, las caderas fuertes y el busto definido. La proporción de la belleza femenina era la de una guitarra. Brigitte Bardot, Gina Lollobrigida, Sophia Loren, Raquel Welch mostraban sus formas en el cine para delicia de los hombres y tranquilidad de las mujeres.
Pero llegó ella y todo cambió. Con su delgada languidez nos escupió el asado de las redondeces. ¡Si hasta el nombre con que la conocimos remitía a la nueva moda del raquitismo! El busto pasó a ser apenas un accidente menor en las superficies planas de las prendas de vestir. La cadera, inexistente. Las piernas delgadísimas, aptas para las minúsculas polleras y las medias con dibujos grandes y coloridos. El rostro de líneas afiladas. Los ojos enormes, enmarcados en exageradas pestañas postizas, más grandes aún porque todo en ella era pequeño, delicado y frágil.
Sus fotos, que recorrieron el mundo, al principio causaban escándalo: eran el símbolo de una mujer joven, liberada, moderna que, dueña de su cuerpo, lo exponía con mini-skirts –la revolucionaria creación de Mary Quant– y hot-pants que no admitían un gramo de más.
Con ella nació el concepto de mannequin-percha en la que la ropa literalmente colgaba; en la que el cuerpo desaparecía de la escena.
Por supuesto, ella no vino de las ondulantes tierras latinas sino de la mezcla entre la sofisticación y la psicodelia londinenses de los años 60.
Yo la admiraba porque era extrañamente hermosa. Pero también la odié con todas mis fuerzas porque fue ella, Twiggy, quien arruinó mi adolescencia. Por causas ancestrales, yo estaba condenada a no tener ese porte longilíneo, ese aspecto de junco a punto de quebrarse. Condenada a no entrar en el nuevo paradigma de la belleza universal: esa delgadez extrema que aún hoy nos hace a la mayoría de nosotras, las mujeres de estas tierras y estos orígenes, esclavas de la hoja de lechuga, las bebidas sin azúcar y los lácteos de bajo tenor graso que, ¡oh, casualidad!, son creaciones posteriores.
¡Ella hizo que comer sea pecado!

8.4.09

Redistribución del ingreso

Me mira con esa expresión y yo ya sé que va a decir algo lapidario.
Se para frente a mí y empieza a hablar:
–En cada década que vivís te preocupa una acumulación. A los 20 es acá (se toca los glúteos), a los 30 acá (corre las manos al "pantalón de montar"), a los 40 acá (se agarra los Michelin en la parte posterior de la cintura), a los 50 es acá (se toca las manijitas que le desbordan del corpiño en la espalda), a los 60 te llega esto (abre los brazos para que se le vean las alas de piel) y esto (se acaricia la papada)... y a los 70 la carne se te empieza a consumir y todo queda colgando... ¿Viste cuando hablan de redistribución del ingreso? ¡Esta es la redistribución del in-graso!

26.1.09

Invocación

¡Oh, serena deidad del shampoo y el acondicionador! Dame la sabiduría para elegir el producto indicado, la serenidad para esperar que tus bendiciones se transformen en más brillo, menos resequedad y desaparición completa del frizz; y el equilibrio para que los dos frascos se acaben al mismo tiempo.

7.10.08

Saldos

En las últimas dos semanas me tocó atravesar situaciones inéditas. Aquí, los saldos de la experiencia.

Estético: La tele engorda.
Sonoro parcial: La radio saca voz de trasnochada a las 6.30 de la mañana. Pero la tele engorda.
Sonoro total: La radio saca voz de pito durante el resto del día. Y a toda hora la tele engorda.
Proteccionista: No importa cuánto te "filtren", cualquiera puede encontrarte. Y darse cuenta de que la tele engorda.
Digital: La idea de lo "viral" no es una idea, es una realidad. Y, en realidad, la tele engorda.
Humano: La gente, por lo general, es muy respetuosa. Y no ignora que la tele engorda.
Profesional: Los periodistas son gente (por lo general). Y bien saben que la tele engorda.
Personal: La exposición mediática no es para mí. Porque la tele engorda.
Cosmetológico: Un buen maquillaje arregla muchas cosas. Pero igual la tele engorda.
Musical setentoso: Todo concluye al fin, nada puede escapar. Todo tiene un final, todo termina (TG!). Menos la tele, que engorda.
Psicológico: Cuando llenás el termo con yerba, necesitás una sesión de emergencia. Para decirle a tu analista que la tele engorda.
Final: ¡La tele engorda! ¿Quedó claro?

14.9.08

Resistiré

Yo sabía. Lo sabía como me sé mi número de documento.
Sabía que una vez que empezara, cada paso iba a ser un desafío.
Sabía que me esperaban momentos difíciles en los cuales tendría que probar mi templanza y mi fortaleza de espíritu.
Me imaginé unas cuantas situaciones atractivas, inspiradoras, osadas y hasta riesgosas. Ofrecimientos e invitaciones que mi zona fóbica declinaría con una sonrisa cortés.
Lo que nunca pensé fue iba a suceder tan –pero tan– rápido.
Y lo que jamás se me ocurrió fue que la primera oferta que tendría que declinar sería la de ¡inyectarme Botox®!

5.9.08

Limpieza de cutis

Después de unos cuantos meses trabajando, después de casi cincuenta mil palabras, después de rastrear diarios y revistas, expedientes, testimoniales y fallos. Después de negociaciones, contratos, expurgaciones y una inenarrable ansiedad. Después de haber imaginado, soñado y deseado... atravesé el punto de no retorno.
En este momento se llevan a cabo en la Argentina dos juicios orales que, a diario, ocupan tiempo y espacio en los medios de comunicación. La vida y sus mágicas sorpresas me plantearon el desafío de escribir sobre una de estas causas judiciales y me pusieron muy cerca de algunos de los actores principales.
Esa experiencia fascinante se transformó en un libro.
Ese libro le interesó a una editorial.
Esa editorial ya me mostró la prueba de imprenta y el boceto de la tapa porque la cosa viene vertiginosa y el objeto de marras estará en las librerías a principios de octubre.
Sentí que... ¡guau!...
Entonces vino el momento definitivo: me presentaron a la encargada de prensa.
Yo, que había dejado de escuchar cualquier otra cosa una vez que el editor dijo que el libro estaba muy bien escrito, apenas entendí palabras sueltas como "entrevistas", "televisión", "periodistas" y percibí, de lejos nomás, que una maquinaria muy ajena a mí ya estaba en marcha...
Durante la tarde cayeron dos o tres mails algo perturbadores en los que se leía "exclusiva", "adelanto", "primicia", cosas que pasé absolutamente de largo para refugiarme en la alta cocina y preparar una rica cena.
A la noche, de a poquito, las palabras sueltas empezaron a reconstruirse como oraciones simples. Way too simple sentences. Y luego fueron oraciones más complejas. Y, luego aún, impactantes párrafos.
Entonces me serví una generosa medida de vodka y empecé a revolver entre viejas agendas. No buscaba el teléfono de un antiguo psicoanalista para retomar una perdida conversación de diván, ni el de un ex amor con el que quisiera compartir la noticia. Sólo trataba, desesperada y ansiosa, de recuperar los datos de la mucho tiempo atrás olvidada cosmetóloga.