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11.4.10

Caminando sobre vidrios

Hace poco más de un mes, terminé la edición de un libro que ya está a la venta; hace alrededor de una semana, un "emprendimiento" cuyas características acordé no revelar y hace un par de días, un proyecto en el que trabajé durante un año.
Estoy acostumbrada a que luego de tanta adrenalina, tanta camiseta transpirada y tanta energía puesta en que algo salga bien, sobrevenga un bajón. Pero tres cierres en un mes era algo que jamás me había sucedido.
Lo bueno es ver transformadas en cosas visibles y/o asibles, tantas ideas que en un principio sólo encontraban una articulación en mi cabeza.
Contar sueños e ideas es como contar un cuento frente a un auditorio cuestionador. ¿Y por qué saldrá bien? ¿Y cómo sabés que se puede hacer? ¿Y si en vez de esto hacemos esto otro? ¿No te parece mejor que no lo hagamos? Y, mientras uno cuenta, con cada pregunta pone a prueba la capacidad de construir, de estructurar, de crear sueños e ideas que puedan transformarse en realidades concretas.
A veces es difícil compartir certezas internas que no tienen demasiado anclaje en la razón sino más bien en una intuición a la que nosotros mismos nos resistimos. Entonces empiezan a importar la confianza –ese activo que nunca se compra ni se vende de manera permanente sino que está siempre en consignación–, la solidez para comunicar con precisión lo que uno piensa, la honestidad para aceptar que no tenemos todas las respuestas a todas las preguntas, el entusiasmo y la perseverancia para sostener los embates de quienes, con toda razón, se ponen en el lugar de "abogados del diablo" prestándonos una ayuda invalorable aunque molesta.
En muchos momentos de cada uno de estos tres proyectos me sentí caminando sobre vidrios. Incómoda, en riesgo y hasta asustada pero sabiendo que dar marcha atrás significaba seguir caminando sobre vidrios de vuelta hasta el punto de partida.
El día del último cierre, durante la madrugada, me despertó un estruendo ensordecedor. Bajé a ver qué había sucedido.
El mueble en el que guardaba toda mi cristalería había colapsado y me encontré con un importante volumen de añicos que se amontonaban contra las puertas vidriadas. Intentar abrirlas significaba terminar de romper lo poco que quedaba sano. Dejarlas cerradas era presenciar el espectáculo de la precariedad y de la inestabilidad porque algunas cosas algo más resistentes sostenían el peso de otras e impedían un destrozo aún mayor.
Pensé en el cierre de esos tres proyectos. Pensé en que si había resistido y dominado tantas veces durante un año el impulso de escapar cuando me sentía próxima a un naufragio, bien podía ahora hacer lo que tenía que hacer.
Entonces entendí que, con cuidado, debía abrir las puertas y rescatar lo que estaba intacto. Entendí, en medio de la noche, que tenía que volver a caminar sobre vidrios.

24.7.09

Eterno retorno, recurrencia y veinte mamuts

Ojalá la sumatoria de una serie de días locos resultara simplemente en una semana loca y, a su vez, la seguidilla de éstas en un mes. Pero no. La cosa no parece ser tan sencilla.
Por ejemplo, el lavarropas se descompone y como no tolera la soledad del out of order, le solicita compañía a la heladera que venía haciendo ruidos raros hace rato. Si para colmo de males ambos son de la misma marca y la solución está en manos de un solo servicio técnico, lo más probable será que esta provisoria unión gremial de descompuestos intente sumar al automóvil o a la caldera o al termotanque o al acondicionador de aire o, en su defecto, a la humilde cafetera.
Otro ejemplo. Choqué –fue un choque sin importancia pero me quedo quince días sin auto–; me robaron la billetera –no tenía mucha plata pero sí el registro de conducir (que, por suerte, no tengo que utilizar durante los quince días que el auto estará en el chapista), las tarjetas de crédito (ya sé, las doy de baja por teléfono... por suerte, entre la basura que guardo en mi disco rígido están los dieciséis números de cada una de ellas) y el DNI (tengo casi dos años para recuperarlo y poder cumplir con el deber cívico si es que la "t" de triplicado aparece en el padrón)–; perdí el celular –y no había sincronizado los contactos así que ofrezco recompensa por el chip–.
Uno más para ilustrar de manera ajustada.
Mi hija tiene gripe A N1H1 y cada vez que lo digo la gente me mira raro, papá se recupera de una cirugía mayor, la abuela es hospitalizada con neumonía y –grand finale– mamá tropieza en el supermercado, se fractura las dos muñecas y anda por la vida con dos rígidos manguitos blancos.
Bien puede decirse que estas sucesiones se deben al agotamiento de la vida útil de los bienes mecánico tecnológicos; bien puede afirmarse que responden al natural fluir de la existencia humana. Sea cual fuere la explicación que elijamos darle, cada tanto, somos víctimas de agotadores encadenamientos de hechos infaustos, algunos –of course– más infaustos que otros.
No hay para estas contingencias más solución que hacer lo que haya que hacer, relajarse y esperar a que pasen. Sin embargo, cuando me veo inmersa en tal tipo de dinámica del caos, mi costado filosófico no puede eludir pensar en las discrepancias entre Friedrich Nietzsche y Mircea Eliade por el eterno retorno y mi aspecto científico se vuelca al teorema de la recurrencia de Poincaré. Mientras tanto, mi zona amante del saber popular no para de vociferar que, más que por los perros, estoy siendo alegremente orinada por veinte mamuts.

31.3.09

Good morning, Charlie!

Yo venía bien. Venía tan bien que ya estaba casi cebada, tranquilita, relajada como si la cosa nunca fuese a cambiar. Es más, solía cancherear bastante porque, cada fin de semana, tenía todo el tiempo del mundo para hacer lo que me viniera en gana.
Mis amigas, todas ellas, en cambio, no la tenían fácil. Cada sábado, después de mediodía, desaparecían para entrar en el oscuro y clandestino universo del rulero gigante. Ese ritual que transformaba rizadas cabelleras en cortinas lacias, nunca suficientemente lacias, nunca suficientemente cortinas.
"La toca" era el recurso obligado para esa época de pelo liso y como yo ya había venido con el liso de fábrica, mientras ellas mataban el tiempo esperando el momento exacto para dar vuelta sus rebeldes pelambres con el objeto de equilibrar el formato del alisado final, mientras se aplicaban a la correcta ubicación de las pincitas para que no dejaran marcas delatoras, mientras averiguaban las condiciones de humedad ambiente que podían arruinar tanto trabajo, mientras se privaban de una zambullida en pleno verano, mientras elevaban sus plegarias para que a la noche no lloviera, yo era libre.
Pero llegó ella y, desde la distancia y la ignorancia, me arruinó la vida. Ella, con su pelo rubio con volumen y cuerpo. Ella, con ese look despreocupado e informal que escondía horas de ruleros y brushing –una palabra nueva para un procedimiento nuevo– pero que daba impresión de recién despeinado.
Llegó ella y aunque era fascinante ver su sonrisa enmarcada por la cabellera al viento derrotando delincuentes junto a sus dos compañeras, terminó con mi tranquilidad y con mi lacia soberbia.
Porque mi pelo lacio-cortina no se inmutaba con ninguna maniobra que intentara ondularlo. Porque mi pelo lacio-cortina era ese lacio natural, tan irredimible y planchado que parecía una burla a la humedad. Mi pelo jamás se avendría al movimiento, el marcado de mi flequillo jamás duraría más de veinte minutos, mi cabeza no alcanzaría el volumen requerido.
Entonces, por más esfuerzos que hubiese hecho en pos de conseguir ese efecto capilar, yo volvería irremediablemente a ser yo, cual princesa que a las doce de la noche retorna a su condición de Cenicienta.
Sin embargo, era imposible no volver a verla. Era imposible no esperar su aparición en escena. Era imposible no sucumbir a su chispeante "Good morning, Charlie!". Era imposible no insistir, cada fin de semana y aun sabiéndome vencida de antemano, en lograr el peinado de Farrah Fawcett.

7.10.08

Saldos

En las últimas dos semanas me tocó atravesar situaciones inéditas. Aquí, los saldos de la experiencia.

Estético: La tele engorda.
Sonoro parcial: La radio saca voz de trasnochada a las 6.30 de la mañana. Pero la tele engorda.
Sonoro total: La radio saca voz de pito durante el resto del día. Y a toda hora la tele engorda.
Proteccionista: No importa cuánto te "filtren", cualquiera puede encontrarte. Y darse cuenta de que la tele engorda.
Digital: La idea de lo "viral" no es una idea, es una realidad. Y, en realidad, la tele engorda.
Humano: La gente, por lo general, es muy respetuosa. Y no ignora que la tele engorda.
Profesional: Los periodistas son gente (por lo general). Y bien saben que la tele engorda.
Personal: La exposición mediática no es para mí. Porque la tele engorda.
Cosmetológico: Un buen maquillaje arregla muchas cosas. Pero igual la tele engorda.
Musical setentoso: Todo concluye al fin, nada puede escapar. Todo tiene un final, todo termina (TG!). Menos la tele, que engorda.
Psicológico: Cuando llenás el termo con yerba, necesitás una sesión de emergencia. Para decirle a tu analista que la tele engorda.
Final: ¡La tele engorda! ¿Quedó claro?

16.7.08

Tribulaciones de la voz interior

Quien más, quien menos, todos tenemos una voz interior que a veces nos susurra tiernamente sugiriéndonos algún curso de acción no contemplado con anterioridad y otras profiere gritos destemplados de cerdo en proceso de faena. Por supuesto, la suavidad tiene que ver con nuestra disposición a la escucha y la protesta histérica y ruidosa, en cambio, con la constatación del dicho popular "no hay peor sordo que el que no quiere oír".
Esta convivencia dialógica es más o menos controlable, un poco por la costumbre y otro poco por la resignación, y la mayoría de las veces funciona como un recordatorio no solicitado de recomendados, permitidos y prohibidos que sólo en raras ocasiones coinciden con nuestros deseos e impulsos.
Este sistema de censura previa y subrepticia es vulgarmente conocido como "la voz de la conciencia" o "la conciencia" a secas.
El problema que me aqueja es que, a falta de una voz, yo tengo una multitud cuyos miembros se expresan libre e indiscriminadamente sin prestar la más mínima atención a la confusa cháchara que generan. Es decir que, más que conciencia, lo que yo tengo es una conciencia canónica (en su acepción de canon musical y no de canon eclesiástico, ¡faltaba más!) que, no conforme con su funcionamiento interior, hace frecuentes apariciones en mi vida de relación.
Por ejemplo, cuando escribo, toman la forma de esos incómodos paréntesis aclaratorios (ver líneas arriba) porque, además, esta laureada coral (no por los premios sino porque, en definitiva, habita dentro de Laura) goza de una envidiable instrucción que supera a la de su dueña (no, no, no... un momento, ¿quién dice dueña? ¿dueña de qué?) y no se conforma con la categoría secundaria de nota al pie (¿con numerito incluido?). Ni hablar cuando pienso y vociferan opiniones encontradas que empañan mi (escasa e infrecuente) (¿ven?, son ellas acotando) claridad.
Sin embargo, cuando la cosa se pone fea de verdad es cuando mis niñas cantoras no tienen mejor ocurrencia que manifestarse enérgicamente mientras yo hablo con alguien y las insidiosas refutan con grititos agudos a las conciliadoras, sin importarles que yo, en medio de semejante batahola interna, trato de seguir el hilo de la conversación y mi expresión se hace merecedora de un "me gustas cuando callas porque estás como ausente" (ya tenías que ponerte intelectual y citar a Neruda).
Lo cierto es que lo que a los demás les parece una inusual capacidad para ponerme en los zapatos de otro sólo es (lamentable realidad) el efecto de la esquizofrénica multitud que me habita. Que la expresión de ausencia no es índice de reflexiva languidez sino el denodado esfuerzo por sostener una línea de pensamiento (línea y pensamiento en la misma frase... humm, lo tuyo es cuando menos presuntuoso). Que el silencio no implica compromiso con mi eventual interlocutor sino la imposibilidad de sustraerme a la mordacidad (inteligencia, querida, eso en mi barrio se llama inteligencia) de mis pobladoras interiores.
Y, claro, lo que sugiere una elogiable actitud "hacia afuera" es, malgré moi, la sumisión "hacia adentro".
"Las chicas" (como ellas mismas han dado en llamarse) son, por lejos, más vivaces, osadas y punzantes que su anfitriona (o sea yo). Pugnan para que sus declaraciones vean la luz y suenen en mi voz. Persisten en su vocación combativa. Y me intimidan a tal punto que, en ocasiones, tengo ganas de abandonar mi habitual actitud zen para gritarles de manera desaforada, cual presidenta depuesta viviendo en el acogedor exilio español: ¡No me atosiguéis!

2.4.08

La cola entre las góndolas

Cuando el supermercado está que arde, mi cabeza se pone a tono. Nada más adecuado para generarme estados alterados de conciencia que una larga fila que invita a la observación descarnada de la curiosa fauna que lo habita. Y mucho más un jueves santo a las dos de la tarde.
Una pareja, inocultablemente enojado él, con gesto de resignación ella. Sin chango ni canasto. Con sólo un blister de aromatizante de ambientes en la mano y los cascos de la moto colgando de sendos brazos. Un comentario oído al pasar proveniente de la boca masculina: "Acá me tenés, haciendo pavadas y perdiendo el tiempo por vos...". Aun sin posibilidad de escuchar el final de la frase, algo en mí se movió al punto en que, sin ausentarme de la fila interminable, mi espíritu corrió hacia ellos. Entonces vi que mi dedo índice se clavaba repetidamente en la espalda del hombre para llamar su atención y, teniéndolo ya de frente a mí, lo increpaba como lo hubiera hecho un barra brava de Defensores de Belgrano tratando de hacer migas con uno de Excursionistas (lo que equivale a decir "buscando roña"): ¿Sos tarado, vos? ¿Quién te obliga a hacer pavadas? ¿Te parece manera de tratar a una mujer? ¿Quién carajo te creés que sos? Para que lo tengas bien clarito, si estás acá es porque querés. Ya sos bien grandecito para que te arrastren de la mano como chico al colegio. ¡Idiota!
No había terminado de proferir la filípica imaginaria contra don Glade y señora cuando volví a verlos pasar frente a mí, ya sin el aromatizante, igual de contrariados, dirigiéndose hacia la salida.
De inmediato, una mujer de volumen notable que paseaba buscando una caja que no estuviese desbordada, se detuvo un instante para analizar el largo de mi fila y ponderar el tiempo que debería invertir para pagar su compra. Miré el chango. Estaba repleto de mercaderías diversas, todas de alto valor calórico, pero me llamó la atención la grotesca cantidad de Activia que pretendía llevarse a casa. No pude evitar un pensamiento maligno: ¡Esta mina es de las que se creen el cuento de que el tránsito lento engorda y, en consecuencia, el rápido adelgaza, y se va a mandar todo lo que lleva en el chango y después un Activia como antídoto para la culpa!
Evidentemente, yo estaba pensando demasiado porque la fila era larga. O porque la cajera era lenta. O ambas cosas a la vez, me dije sin llegar a ponerme de acuerdo conmigo misma.
Otra pareja, estos de mediana edad –más mediana que la mía. ¿O será menos?–, con el carrito lleno de comida instantánea e importada: sobres de fideos con salsas varias y arroces precocidos y precondimentados, latas de sardinas, chipirones y pimientos del piquillo, galletitas danesas de manteca. Me sonó una alarma interior: cada vez que las góndolas se llenan de artículos provenientes de lejanos rincones del planeta es que acá, justito acá, se está por quemar el rancho.
Mientras tanto, aun en medio de la intensa actividad mental de la que era presa, no podía alejarme del hastío de la espera. La mujer que estaba justo detrás de mí parecía leer mi mente: "Esta cajera empezó hoy", dijo en voz alta. Me di vuelta y sonreí. Ella siguió hablando intrascendencias. Era como si una súbita ráfaga fraterna hubiese invadido la fila. "Esto parece la autopista del sur", sugerí citando a Cortázar. "Bueno, sí, claro, el que no está yendo a Mar del Plata, está acá", agregó dando muestras de no haber comprendido mi referencia. Lo dejé pasar. No se puede exigir conocimiento literario en la fila del supermercado. Debía seguir leyéndome la mente porque empezó a contar su experiencia con un cajero novato en un banco estadounidense al que había llevado dinero argentino en billetes chicos para cambiar por dólares y ponerlo en su caja de seguridad. Puse mi mejor cara de "cuánto te admiro, ¿me dejás ser tu amiga?" aunque la historia me sonaba poco convincente desde el momento en que dijo "banco norteamericano" y "billetes argentinos de baja denominación", dos categorías incompatibles.
Aunque lenta, la fila avanzaba pero el señor que tenía la gloria de estar frente a la cajera pagó una compra de cuatrocientos pesos con tickets de –otra vez– baja denominación. Un trámite engorroso que a la chica de la caja parecía provocarle un principio de surmenage. El joven que estaba delante de mí, con una graciosa remera en la que se leía "Aerolíneas Blanco Encalada, 747 mm de lluvia", seguramente envidioso de mi recién comenzada amistad con la señora de baja denominación, metió un bocadillo: "Ahora que me toque a mí, voy a ponerme a charlar con la cajera para hacerle perder tiempo". Si quería caernos simpático, obvio que la velada amenaza de eternizarse en la cola no fue de gran ayuda. En el interín, crucé el "charco" entre la línea de cajas y las góndolas (el mismo espacio del que había desalojado a trescientos diecisiete vivillos que pretendían no haber visto a quienes pacientemente abríamos una brecha en la línea para facilitar la circulación). En mi travesía me llevé puesto el exhibidor de pilas Duracell. Los paquetitos colgados se balancearon peligrosamente. Desde la otra orilla, mi amiga me saludaba con la mano. Me dediqué un rato a mirar el panorama probando con mi conducta irresoluta las teorías de la compra compulsiva: agarré de un estante libros infantiles y empecé a hojearlos. Finalmente, luego de un rato de buscar a Wally en una hoja plagada de dibujitos minúsculos (que, además, estaba adivinando porque sin anteojos sólo eran una masa informe y borrosa), me aburrí y lo tiré en el chango. Luego posé mis ojos sobre las bolsitas de Twistos. Había visto el comercial de televisión pero nunca los había probado. Tomé los dos envases (el de queso y el de jamón crudo) y también les hice un lugar entre mis cosas a pagar. Entusiasmada, mi eventual amiga me hizo señas que revelaban que había hecho una buena elección. "¡Son riquísimos! ¿Probaste los de manteca?". Negué con una seña. La verdad, ya me estaba poniendo incómoda tanta familiaridad. Pero ella, que no me leía la mente, se hizo una escapada a una caja vecina y volvió con los Twistos de manteca y, como si me hiciera entrega de una medalla olímpica, me los dio para que los agregara a mi chango.
A esa altura, lejos de mejorar, la situación en la línea de cajas se hacía insostenible. Los mediana edad del changuito importadísimo volvieron y con aire de resignación y supremo malhumor se acomodaron en el último lugar de mi fila, allá atrás, por la mitad de la góndola de alimentos balanceados para mascotas. Otra prueba de la máxima supermercadista que predica "más vale cola larga que esperanza de cola corta".
Entre tanto, la señora baja denominación se esmeraba en cronometrar –y relatar– la evolución de las cajas vecinas: "Esa señora de la fila de la izquierda estaba después que yo y ya está pagando", "Los changuitos de la fila de la derecha están menos cargados", tras lo cual, celular en mano, se aplicó a mandar mensajes de texto. Pero no conforme con establecer comunicación con el mundo exterior –o necesitada de mantener la comunicación establecida con el entorno (o sea, yo)–, cada vez que tocaba una tecla explicaba su conducta y me proveía una exigua e innecesaria explicación acerca del contenido del mensaje: "Les digo que estoy retrasada" (¿A quién le dice? ¿Retrasada para qué?); "Tengo tres personas delante de mí" (Sí, claro, una soy yo).
Para cuando el Aerolíneas Blanco Encalada llegó a destino y aterrizó frente a la cajera, el ánimo de la señora de la cola contigua alcanzaba el paroxismo. En voz alta y profiriendo bufidos, pontificaba contra los "negreros dueños de supermercados que en vez de habilitar más cajas nos condenan a la espera... ¡Algo se traen entre manos que no quieren que compremos!", inaugurando una nueva teoría de la conspiración supermercadista frente a los ojos azorados de sus dos hijas. Mirándola, divisé tras ella un expendedor de golosinas. Entre los huevos de pascua de todo tamaño, las gomitas de colores me saludaron esparciendo su cobertura azucarada. Advertí que estaba al borde de otra compra compulsiva diabólicamente planificada. Resistí. Me imaginé clavada al piso, impedida de dar un paso. Volví a atender la incesante charla de la señora de baja denominación que nunca había dejado de hablar pero que sí estaba padeciendo los efectos de mi mute interno. Hasta que escuché el saludo cordial y amistoso de Aerolíneas Blanco Encalada que, con un changuito muy acotado al asado hereje del jueves santo, se despedía habiendo cancelado su cuenta. En ese preciso instante, cuando sentí que estaba por cruzar la línea de llegada y podía enfrentarme al último paso de mi carrera hacia la libertad, vi con horror que la cajera lenta y/o novata se ponía de pie y dejaba su lugar a una reemplazante no sin antes haber hecho las cuentas, pueso en orden los vouchers de tarjetas de crédito y contabilizado los tickets que había recibido durante su turno de trabajo.
Mi gran amiga –el camino de los afectos es curiosamente retorcido–, la señora de baja denominación, se puso extrañamente contenta con el new shift. La miré sorprendida. "Esta no puede ser taaaaaan lenta", me dijo alargando el "tan" taaaanto como le fue posible sin reponer el aire de sus pulmones. Y llegué. Y mientras ponía la mercadería sobre la cinta me di cuenta de la cantidad de cosas inútiles que había sumado a mi compra. Y mientras pagaba me di cuenta de que soy demasiado terca como para renunciar a ellas. Y mientras llenaba de vuelta el carrito, esta vez con los artículos ya embolsados, respiré hondo y tuve la curiosa sensación de estar a punto de salir de una burbuja de realidad alternativa en la que había estado inmersa, ausente del tiempo. Giré la cabeza y le hice a la señora de baja denominación un gesto de saludo. Fue tan cinematográfico como una escena de película de ciencia ficción en la cual un astronauta se despide de su compañero antes de salir, sin certeza sobre su regreso, al espacio exterior. Finalmente estaba libre y, como alguna vez escribió Fernando Pessoa, el universo se me reconstruyó sin ideal ni esperanza.