Después de unos cuantos meses trabajando, después de casi cincuenta mil palabras, después de rastrear diarios y revistas, expedientes, testimoniales y fallos. Después de negociaciones, contratos, expurgaciones y una inenarrable ansiedad. Después de haber imaginado, soñado y deseado... atravesé el punto de no retorno.
En este momento se llevan a cabo en la Argentina dos juicios orales que, a diario, ocupan tiempo y espacio en los medios de comunicación. La vida y sus mágicas sorpresas me plantearon el desafío de escribir sobre una de estas causas judiciales y me pusieron muy cerca de algunos de los actores principales.
Esa experiencia fascinante se transformó en un libro.
Ese libro le interesó a una editorial.
Esa editorial ya me mostró la prueba de imprenta y el boceto de la tapa porque la cosa viene vertiginosa y el objeto de marras estará en las librerías a principios de octubre.
Sentí que... ¡guau!...
Entonces vino el momento definitivo: me presentaron a la encargada de prensa.
Yo, que había dejado de escuchar cualquier otra cosa una vez que el editor dijo que el libro estaba muy bien escrito, apenas entendí palabras sueltas como "entrevistas", "televisión", "periodistas" y percibí, de lejos nomás, que una maquinaria muy ajena a mí ya estaba en marcha...
Durante la tarde cayeron dos o tres mails algo perturbadores en los que se leía "exclusiva", "adelanto", "primicia", cosas que pasé absolutamente de largo para refugiarme en la alta cocina y preparar una rica cena.
A la noche, de a poquito, las palabras sueltas empezaron a reconstruirse como oraciones simples. Way too simple sentences. Y luego fueron oraciones más complejas. Y, luego aún, impactantes párrafos.
Entonces me serví una generosa medida de vodka y empecé a revolver entre viejas agendas. No buscaba el teléfono de un antiguo psicoanalista para retomar una perdida conversación de diván, ni el de un ex amor con el que quisiera compartir la noticia. Sólo trataba, desesperada y ansiosa, de recuperar los datos de la mucho tiempo atrás olvidada cosmetóloga.