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22.10.09

Cuestión de matices

No soy obsesiva, soy sistemática.
No soy vieja, tengo experiencia.
No soy miedosa, soy precavida.
No soy bruja, soy aguda.
No soy sarcástica, tengo sentido del humor.
No soy gata flora, soy selectiva.
No soy pesimista, soy realista.
No soy inconciente, soy optimista.
No soy soberbia, soy segura de mí misma.
No soy exigente, sé lo que quiero.
No soy arrogante... ¡soy perfecta!

En la vida todo es cuestión de matices.

26.1.09

Invocación

¡Oh, serena deidad del shampoo y el acondicionador! Dame la sabiduría para elegir el producto indicado, la serenidad para esperar que tus bendiciones se transformen en más brillo, menos resequedad y desaparición completa del frizz; y el equilibrio para que los dos frascos se acaben al mismo tiempo.

15.9.08

Mandamientos de la alta cocina familiar

Cual Moisés guiando los pasos del pueblo hebreo, mi madre nos ha inculcado con notable perseverancia una serie de postulados que ya son parte de la sabiduría familiar implícita en cada uno de nuestros actos.
A pedido de A.C., que durante los últimos meses ha tenido más contacto que yo con la ancestral cultura culinaria familiar, le pongo letra a las tablas de la Ley que rigen –o deberían regir para eludir cualquier atisbo de herejía– nuestro desempeño en la cocina, lo que además prueba que los obsesivos no nacimos de un repollo.

1. No comerás carne recocida.
La cosa, aunque parece sencilla, no lo es. Según este mandamiento, toda pieza de carne debe ser cocinada con la técnica del sellado que la dora intensamente por fuera y la mantiene jugosa –roja– por dentro. Cualquier violación
de esta ley –un simple "¿no me la podrías cocinar un poquito más?"– es considerada como una mayúscula ofensa al buen gusto proveniente –of course– de una persona con escasa educación para las cuestiones de la buena mesa.
De cruzarse en el camino de mi madre alguna persona con estas características, no es raro que profiera expresiones como "suela", "carne hervida" o aun "no sabés comer" entre resoplidos y bufidos varios.
2. Hervirás el arroz durante 18 exactos minutos.
Este segundo mandamiento, según mi madre, encierra el secreto milenario del arroz a punto (al punto que le gusta a ella). Un minuto menos lo deja duro. Un minuto más y se revienta provocando una de las experiencias más frustrantes y desgarradoras que puede tener lugar en una cocina.
Por supuesto, el arroz paraboilizado –el que nunca se pasa, el que viene en bolsitas, el que saca de apuro a las amas de casa modernas– es veneno y está excluido de toda consideración.
Además, el execrable sujeto que ose gustar del arroz pastoso estará condenado al mayor de los desprecios, suerte de ostracismo sin retorno.
3. Hervirás los huevos durante 13 exactos minutos.
Para esta émula de Moisés que es mi progenitora, la comida es una experiencia estética. Por lo tanto, la yema de huevo duro con bordes grisáceos y centro amarillo pálido –que es como se presenta cuando el huevo ha sido hervido por demás– es inaceptable.
4. Jamás hervirás papas, pastas o arroz sin sal.
Cual sucede con las prohibiciones e interdictos de las antiguas prácticas religiosas, este mandamiento no es una simple imposición sino que esconde una razón práctica que mi madre explica de la siguiente –llana– manera: ¡Si no después les tenés que agregar un montón de sal por encima y siempre quedan sosos!, o de otra más compleja que tiene que ver con el proceso de hidratación de los alimentos durante la cocción.
5. La pastelería es una ciencia exacta.
Si bien el principio básico de la alta cocina es un taxativo "No improvisarás", cuando se trata de repostería y pastelería, las leyes de la química deben ser contempladas y respetadas al pie de la letra. Harina, huevos, azúcar o manteca pueden arruinar trágicamente una preparación tanto por exceso como por defecto. "No subió", "Se bajó", "Se desbordó", "Está inflada" no son expresiones relacionadas con la actividad sexual sino con los resultados de una poco precisa dosificación de los ingredientes.
6. Respetarás la logística de cocción del puchero.
Un puchero que se precie de tal y que permita gozar de una fuente en la que los componentes se diferencien con claridad requiere, como primer ingrediente, de un cronómetro. Y, como segundo, la dócil sumisión a los tiempos de cocimiento de papas, zanahorias, batatas, carnes y otros comestibles involucrados.
7. Rallarás el queso un minuto antes de ponerlo sobre la mesa.
¿A quién se le puede ocurrir arruinar una comida con queso rallado reseco? ¡Ni pensar en utilizar ese sucedáneo de queso que viene envasado en bolsitas!
La única alternativa que se acepta en este caso es el rallador a batería.
8. Comerás la pasta al dente.
Si el arroz reventado es ofensa, la pasta pegoteada es latrocinio. Nada de andar tirando el fideo contra los azulejos. La pasta, sea de la clase que sea, se prueba para evaluar el perfecto grado de resistencia a la mordida. Y el éxito de la cocción dependerá de la abundante cantidad de agua –correctamente salada, por supuesto, y en furioso hervor– en la que se echará el inminente manjar.
9. Comerás como un gallego.
No importa si el comensal no lo es, en la mesa familiar será mucho mejor considerado si no se deja impresionar por los rabos, morros y orejas de chancho –salado home made– que lo saludan desde una fuente. Si delira con la panceta ahumada, el chorizo candelario –la versión del chorizo colorado que se cocina–, las nabizas y el pulpo. Si aprecia una tortilla de papas bien hecha –la papa es un básico irremplazable– o las chauchas con papas cubiertas de aceite de oliva, ajo y pimentón.
10. No importa cuán bien lo hagas, siempre podrías haberlo hecho mejor.
Este mandamiento es el que justifica que la tradición se haya convertido en religión (and no further comments).

21.4.08

Mamá tenía razón

Por lo general, no uso auto para moverme. Si quisiera hacer lo contrario estaría en un grave problema porque, en realidad, no tengo auto. De necesitarlo, apelo con la debida anticipación a la gentileza de alguno de mis hijos y normalmente me traslado en cuatro ruedas. Pero a veces las fuerzas divinas no se alinean: necesito un auto para moverme, apelo a la gentileza de mis hijos y la fórmula no resulta porque o tenían algo que hacer –ellos también en auto– o el vehículo estaba tomando un merecido descanso en el service.
Así sucedió hace unos días y mi jornada se transformó en un verdadero día de vértigo. Poco que ver con la adrenalínica sensación de velocidad. Mucho que ver con un desagradable malestar nauseoso.
Decidida a visitar a mis sobrinos se interpusiera lo que se interpusiese –porque mi obsesiva programación así lo había decretado–, concluí que ese día mi mejor amigo sería el colectivo 152.
El primer obstáculo fue el cambio. No, no junto monedas. No preveo necesitarlas. La escasez generalizada de metálico no me había hecho ni cosquillas. Hasta el momento en que, en función de conseguir unos míseros $1.40, tuve que idear una rápida estrategia de pequeñas compras con vueltos que no incluyesen billetes y ganarme así el encono no ya de un kiosquero sino de tres.
El segundo obstáculo –ya sé, lo mío es patético– fue encontrar la parada del susodicho colectivo tratando de descubrir si había más de una variante de 152 y, de haberlas, cuál de ella me llevaría más directamente a destino. Obtenida la información pertinente, abordé el vehículo, pedí mi boleto, eché las preciadas moneditas en la máquina expendedora y, papelito en mano, busqué un asiento.
Grande fue mi sorpresa cuando advertí que el único lugar libre, en vez de estar orientado en sentido de la circulación, miraba hacia atrás. Cosas de la modernidad, refunfuñé.
Debo confesar que, así como no soy muy ducha en cuanto a transporte público, soy bastante sensible a las consecuencias físicas de los traslados en diversos medios de tansporte. No me resulta viajar en el asiento de atrás de los autos, el subte me sofoca, el barco directamente me descompone y con el avión no me pasa nada porque soy delicada pero no soy idiota y viajar me encanta. Léase: cualquier mínimo desequilibrio, agitación o vaivén me produce náuseas. E ir sentada en contra del tránsito no es un mínimo desequilibrio para mi quisquillosa humanidad. Igual, en un acto de arrojo que no era otra cosa que terquedad –y algo de timidez por permanecer de pie como blanco de las miradas de todo el pasaje– me senté.
Al rato –poco rato– comenzó la sensación de mareo, la flojedad en las piernas y el extraño malestar estomacal que produce el vértigo. Igual,
aun ubicada en un lugar donde todo se aleja o se acerca de manera peligrosa e intempestiva, hube de reconocer –sin desmedro de la brutalidad con la que conduce buena parte de los colectiveros– que el mundo tiene otra perspectiva desde las alturas.
Embarcada en el colectivo, en mis pensamientos y en el creciente malestar, casi había llegado a destino. Con sumo cuidado me puse de pie y me dirigí –comme il faut– hasta la puerta trasera para tocar el timbre que haría detener al chofer en la parada –forma curiosa de definir un lugar aleatorio que está en el medio de la calle y en el medio del tránsito.
Caminé las pocas cuadras que me separaban de la casa de mi hermana y toqué el timbre de su puerta. No había podido deshacerme por completo del embotamiento y la náusea, y ella ya estaba preparada junto a sus dos retoños para salir hacia la plaza. Si mi vida de obsesiva es complicada, la de mi hermana, madre de mellizos de algo más de dos años es, en algunos sentidos, infernal. Cualquier movimiento o traslado le requiere un diagrama logístico de considerable complejidad (por suerte, ella no es obsesiva porque, dadas las circunstancias, serlo implicaría horas de planificación previa hasta para sonarse los mocos). Desde el sagrado momento del baño hasta una ingenua salida recreativa, todo requiere de compañía.
De modo que allí marchamos, ella manejando el coche doble y yo tratando de recuperarme de la experiencia colectivera. Bastó que entráramos al territorio del espacio público recreativo para que los dos niños comenzaran a expresar su indeclinable deseo de ir... ¡a la calesita! Imposible disuadirlos de subir al extraño divertimento. Avisé –más que aviso una vergonzante confesión– que la calesita me marea desde siempre. Mi hermana, ni lerda ni perezosa, me advirtió que ella experimenta la misma sensación. La primera vuelta requirió una ardua negociación para que las dos pudiésemos, correctamente sentadas en un banco, saludar el paso de los chicos, uno en el tanque, la otra en el helicóptero. Intercambiamos fraterna sonrisa de misión cumplida. Pero la vuelta terminó y una de las preciosuras insistía en señalar un caballito rosa (?) para el siguiente recorrido. No menos insistente, la mirada de mi hermana me empujaba a otra nueva experiencia de una náusea que nada que ver con Sartre. ¿Resultado? Una tía vieja padeciendo la interminable vuelta, una sobrina feliz, un caballito rosa sobrecargado, las figuras pintadas en el centro fijo del artefacto giratorio borroneándose. Y más vértigo y un inenarrable mareo gracias al cual el mundo siguió girando sin control un largo rato después de haber descendido de la calesita.
Moraleja: mi mamá tenía razón cuando, harta de mis delicadísimas costumbres y nobles caprichos, me llamaba "la princesa del poroto (o de la arveja o del guisante, según el uso de quien contara el cuento infantil)". Y como ni veinte colchones pueden evitar el moretón de una leguminosa en mi piel, para volver a mi casa me tomé el consabido taxi.

1.2.08

Diario de una obsesiva V – La heladera

Si el supermercado es uno de los lugares donde un obsesivo puede desplegar su patología con la mayor intensidad, el templo en el que, mínimo una vez al mes, se venera a San Obse Sivo (una especie de San Esteban Mártir); la heladera es el altar en el cual diariamente se reedita la minuciosa ceremonia del orden sistemático.
Es que el venerado artefacto de línea blanca requiere dos condiciones que son invalorables regalos para un obsesivo: orden y limpieza. Mis pesadillas en torno a este tema, por ejemplo, tienen como protagonistas a los alimentos vencidos, los olvidados en un tupper hasta que se han teñido de verdes manchas aterciopeladas; los chorretes de diversa procedencia y color, más o menos incrustados en la blanca y alcahueta superficie del electrodoméstico; los huevos cascados derramando pegajosa clara en el recipiente ad hoc y el intento de despegarlos que deja adheridos rastros de cáscara; la impúdica invasión de lácteos en el estante de los condimentos...
Y aunque se diga que está mal meter las narices en asuntos ajenos, hacerlo cuando el asunto ajeno es la heladera del prójimo puede darnos una sorprendente idea de los hábitos y costumbres del infrascripto o la infrascripta en cuestión. Porque, de seguro, yo no viviría con alguien que guarda en el refrigerador restos de matambrito de cerdo a la provenzal sin haber tomado las medidas correspondientes como para evitar que el penetrante olor se difumine por todo el espacio y, al momento de abrir la puerta, se transforme en un vaho insoportable, recuerdo de viejos pecados culinarios.
En cuanto al orden, la heladera debe ser un laboratorio, un quirófano y una biblioteca. Todo a la vez. Los vegetales sólo encuentran su lugar luego de un concienzudo lavado y un no menos minucioso secado. Las frutas, por separado, en recipientes sin tapa. Las hortalizas, en el crisper –¡oh, palabra sin glamour!– que les vino asignado de fábrica. Las más pesadas abajo; las que son pasibles de aplastamiento, arriba. Las verduras de hoja, sin rastro de humedad, en bolsas con cierre –previa extracción de todo el aire posible– o en los clásicos tupper. Quesos y fiambres en el cajón superior, envueltos con cuidado –de preferencia con film. Los lácteos en el estante superior. Las botellas abiertas en el compartimento de la puerta. Al igual que los huevos, los condimentos y la manteca que tienen lugares predeterminados. Las bebidas cerradas, en el estante inferior, sobre los cajones de vegetales. Los dos estantes centrales son una suerte de zona liberada en la cual la dinámica de cada hogar impone su propia normativa a condición de que se mantengan los estándares de sistema, rotación y envasado. ¡Hombre, vamos! ¡Que esto no es obsesividad sino que por algo los diseñadores se han roto la crisma pensando en el mejor aprovechamiento de los pies cúbicos de nuestra heladera!
El freezer, para el cual las reglas de orden y protección de los contenidos son análogas a las del refrigerador, tiene, sin embargo, algunas especificaciones extra: las comidas preparadas no deben estar mucho tiempo en animación suspendida porque agarran "gusto a freezer"; los cubos de hielo deben recambiarse periódicamente porque adquieren "gusto a viejo" y, por mi parte, reniego de los electrodomésticos supermodernos con expendedor de agua porque el líquido, aunque sale a una temperatura ideal, termina teniendo "gusto a dispenser".
Un párrafo aparte merece la "patrulla de emergencia". Mi madre, por ejemplo, eximia cocinera y cultora del movimiento anarco-caótico, suele requerir, cada vez que la visito, un patrullaje de su heladera. Entonces, con inenarrable placer, recibo la bendición de una dosis extra de alimento para mi obsesividad y la emprendo contra los cinco frascos de mostazas vencidas, los cuarenta y cuatro poquitos de restos irreconocibles de pululan por ahí, las ochenta y tres bolsitas con verduras y frutas peligrosamente contaminadas que inundan todos los niveles, los tetra packs de variado tamaño que, casi vacíos, parecen reírse de mí desde el lugar de las botellas, las diecisiete mitades de cubitos de caldo que decoran con plateada dignidad el depósito de huevos y el trozo de manteca que se aplasta contra una lata de cerveza. Y no me detengo hasta que la heladera queda hecha una pin-tu-ri-ta.

6.10.07

Art Fry: ¡Gracias, hermano!

Art Fry era tenor en el coro de su iglesia y desesperaba porque los señaladores de papel que marcaban la secuencia del canto en su libro de himnos caían dejándolo en la más absoluta e insoportable imprevisión. Durante la semana, en su trabajo como ejecutivo de una importante empresa, también se enfrentaba a dificultades: con frecuencia le surgía el deseo imperioso de hacer acotaciones en los informes internos pero le resultaba casi intolerable quebrar la prolijidad de las páginas llenándolas de flechas, marcas, ampliaciones, correcciones o bifurcaciones de su agitado pensamiento. Entonces, un día, dando rienda suelta a su furia obsesiva, tuvo LA idea. Papelitos con una banda adhesiva en el dorso comenzaron a poblar los reportes internos. Casi de inmediato, sus compañeros de trabajo clamaron por la producción masiva de lo que, luego de intensos y exhaustivos estudios de mercado, se llamó Post-it.
Esos papelitos de todos los tamaños y colores que se pegan dondequiera sin dejar huella de su existencia una vez que se los retira –gracias a sus microesferas adhesivas–, son uno de los mejores inventos de la humanidad toda y, especialmente, de la humanidad obsesiva.
Siempre están donde estoy yo. Decoran el marco de mi monitor, la puerta de mi heladera, la mesa de luz, el espejo del baño, el sector cercano al teléfono donde siempre se necesita un algo-para-anotar lo que de otra forma se perdería; señalan páginas inolvidables de los libros que leo; alimentan mi pasión desenfrenada por las listas, nóminas y enumeraciones; guardan números telefónicos, recordatorios, horarios y direcciones tan importantes como para tener a la vista o sin la relevancia suficiente como para pasar a la agenda; son reservorio de ideas peregrinas, versos sueltos y fechas de vencimiento de facturas; dibujan secuencias, cuentan historias, se reciclan, rotan, cambian; algunos incluso abandonan el estatuto pasajero para el que fueron creados y pasan a formar parte de los recuerdos queridos.
El persistente deseo de Art Fry de facilitar, organizar y sistematizar su desempeño como cantante y como ejecutivo de 3M, de eludir la distracción y el malestar que le causaba el desorden, dio como resultado los Post-it.
Parece entonces claro que un número significativo de ideas brillantes surge de la necesidad de resolver un problema propio y de encontrar respuestas para preguntas recurrentes, pero sobre todo de calmar, acallar y satisfacer una obsesión. O unas cuantas.

30.9.07

Fracaso garantizado

Así como para muchas cosas soy hábil, hay algunas que nunca me saldrán bien. Reconocer esas taras es, aún hoy, un duro golpe para mi carácter obsesivo. No importa si hay quien las pueda hacer por mí. Importa que yo soy inútil para esos menesteres. Aquí van algunos de mis más flagrantes "no puedo":
Pintarme las uñas de las manos. No se trata de la mano derecha bien y la izquierda mal –soy zurda–, se trata del enchastre inevitable que hago cada vez que, de puro cabeza dura, vuelvo a intentarlo. Ni el brillo me salva de las falanges endurecidas por el esmalte.
Hacerme brushing. En este punto me mata la impaciencia. Lo del mecha por mecha con el resto del pelo agarrado con un gancho no se hizo para mí. A los diez minutos me aburrí y el frizz pasó a ser tolerable.
Jugar a la escoba de quince. Me encantan los juegos de cartas. Todos. Puedo llevar la cuenta de lo que ya salió, lo que falta salir, los puntos que suma cada jugador o un fallo en una mesa de tute cabrero. Pero soy una negada para la escoba. Cuando me doy cuenta de que, en la última mano, tengo la sota de oros y el siete de velos todavía no se jugó, es porque estoy viendo al príncipe sobre la mesa y la sonrisa babeante y sobradora en la cara de mi oponente.
Detectar un lance. Quien trate de tirarme los galgos está inmediatamente reducido al lugar de penado catorce –el que murió haciendo señas– porque para cuando yo caigo en cuenta del avance, seguro se casó, tuvo hijos, se divorció, le agarró el viejazo, está tras jovencitas recién salidas de la secundaria y, encima, me recuerda con odio sólo porque cree que rechacé sus insinuaciones.
Hacer repostería. Me encanta cocinar. Preparo platos riquísimos casi con naturalidad. Cualquier ama de casa que odia el segmento culinario de las tareas domésticas es capaz de hacer un bizcochuelo. Yo no. Se me baja, se me quema, se me agruma o se me desequilibra. Para peor, la respostería es una suerte de ciencia exacta en la cual la medición de los ingredientes determina los resultados y soy horrible para pesar y medir.
El Excel. Para mí no hay nada más hermético y oracular que una planilla de cálculo. Cualquier intento de operar esa aplicación que media humanidad considera sencilla, práctica y ágil me resulta una tarea ímproba empezando porque me cuesta diferenciar filas de columnas –tengo que pensarlo, aunque sea un instante– y ni hablar de las fórmulas que mágicamente arrojan resultados misteriosos en lugares impensados.
Hacer nuevos amigos. Entre la timidez y la distracción, siempre doy la imagen de alguien que se apuna ni bien se sube a un banquito de cocina. Es difícil explicarle a los demás que no me siento por encima de nada, que no soy antipática ni altanera y que, si pudiera romper el hielo, todos nos divertiríamos mucho más. La mayoría de las veces, frente a un grupo de recién conocidos, las palabras se me apelotonan en la boca, tartamudeo y sonrío como una perfecta idiota. Indudablemente, el desenfado no es lo mío.
La diplomacia. Este ítem se encadena, por oposición, con el anterior. Así como no me sale ser simpática, me brota con notable eficacia ser sincera hasta la insolencia. Mis proverbiales caras de incomodidad dan que hablar en más de una ocasión. Así como cuando me siento bien, después de un rato, se me nota; cuando me siento mal mi cara lo refleja de manera inocultable. Por lo tanto, la diplomacia –que consiste en poner cara de poder caminar hasta Luján calzando zapatos dos números más chicos– me resulta imposible de sostener. Más tarde o más temprano, mi lengua se desatará para ponerse a tono con mis pies martirizados y expresar sin ambages lo que me molesta.
Planchar. O está muy fría y pasa sin dejar huella o está muy caliente y deja un rastro de incipiente achicharramiento sobre la tela. ¡Ni qué hablar de la misteriosa técnica que permite desarrugar una camisa sin que la tarea tenga que volver a comenzar cada vez que creo haber terminado! O de vapores y rociadores que, supuestamente, facilitan el trámite. La plancha es un electrodoméstico gobernado por demonios chiquitos y traviesos. Lo único seguro es que, plancha en mano, me impaciento, me enojo y me quemo.
Hasta aquí una reseña de mis fracasos garantizados.

13.9.07

Diario de una obsesiva IV – El escritorio

El escritorio, lugar físico de trabajo, es un escenario importante en la vida de cualquier persona. Mi escritorio es un mapa perfecto de mis obsesiones. Allí conviven las cosas que no pueden faltar, las que pasaron a formar parte del paisaje, las queridas, las odiadas, las que no se sabe por qué un día llegaron hasta ahí, las inútiles pero querendonas, las decididamente feas, las viejas que tienen un lugar específico, las nuevas que se abren paso y encuentran su indiscutible centímetro cuadrado de territorio inalienable.
En fin... en mi escritorio de obsesiva hay siempre:

  • un cenicero enorme que rara vez está limpio
  • un atado de puchos empezado y otro que no voy a empezar (porque tanto no fumo)
  • dos encendedores que suelen desaparecer juntos (quién sabe qué cosas harán cuando no los veo)
  • una bebida; puede ser una taza de café en invierno (que si está llena, estará vacía en poco tiempo y se volverá a llenar antes de que la loza se enfríe); un vaso de Coca Light con hielo en verano (con su posavasos y servilleta para evitar aureolas indeseables); un termo y mate en cualquier época del año (sobre todo cuando sé que me espera una noche larga); gin tonic o vodka tonic a las siete de la tarde
  • un libro empezado con su correspondiente señalador
  • dos libros por empezar (que ya tienen orden predeterminado de lectura)
  • dos libros leídos (que no sé qué hacen acá pero están)
  • una zippera inútil en estos tiempos
  • dos zips con documentos viejos que cada día me prometo revisar para, al llegar la noche, haber roto otra promesa (y van...)
  • tres teléfonos (los dos inalámbricos y el celular)
  • un buda con una mochila al hombro de unos cinco centímetros de alto (que, según me dijeron, siempre tiene que estar mostrándome la cara)
  • un portalápices lleno de lapiceras inservibles pero lindas
  • dos latas de sahumerios (mango y blackberry) vacías hace largo tiempo
  • los catálogos de todas las muestras de mi hermana
  • cinco cuadernos garabateados con fragmentos de la novela (sí, me encanta escribir en los bares a la vieja usanza: con lápiz y papel)
  • una foto de Manuel Puig
  • una foto de Samuel Beckett
  • el Código Civil y la Biblia (uno nunca sabe cuándo los puede necesitar y si el primero no sirve, siempre está el otro para encomendarse)
  • todas las facturas a pagar ordenadas según vencimiento
  • todas las temporadas de Lost (legales)
  • post it de varios colores y tamaños
  • otro portalápices (una típica bolsita roja del Met) vacío
  • un par de anteojos de sol que siempre me olvido cuando salgo (porque ya forma parte del paisaje)
  • un taco de papeles de Winnie the Pooh (aunque detesto a ese osito libidinoso)
  • una vela de vainilla y canela
  • una lima de uñas
  • un protector labial (con el que dejo marcas pastosas en vasos y tazas)
  • un esmalte de uñas vía láctea (descubrí que la única manera de tener las uñas prolijamente pintadas es si me ocupo de un dedo por vez y, concentrada en otra cosa, dejo secar el esmalte como corresponde)
  • el talonario de facturas
  • tres carbónicos usados (muy usados)
  • varias muestras de impresión
  • un blister de ibuprofeno con un solo comprimido (los otros no me los tomé yo pero me sirvieron para distraer a eventuales quejosos)
  • monedas
  • un broche para el pelo
Lo que diferencia esta lista de la que podría hacer cualquier otra persona (cualquier cartera de mujer contiene muchos objetos impensados e innecesarios, cualquier escritorio alberga igual cantidad de inutilidades y banalidades), lo que me otorga el carácter de obsesiva (a mí, que escribo, nombro y enumero) es la imposibilidad de tocar una tecla, dibujar una letra o estructurar un pensamiento si cualquiera de estas cosas está fuera de su lugar o, tragedia de las tragedias, ha desaparecido.

22.8.07

Diario de una obsesiva III – El supermercado

El supermercado puede ser el paraíso o el infierno para una obsesiva como yo. Y lo curioso es que el tránsito entre lo placentero y lo insoportable, en ocasiones, es cuestión de segundos.
Para mí, el ritual comienza mucho antes de poner un pie en el super. Papel y lápiz en mano, la memoria no me alcanza –o no le doy el voto de confianza necesario– para una lista exhaustiva, entonces, el recorrido por alacenas y despensas se hace inevitable. Reviso estantes, cuento reservas, calculo reposiciones. Escruto la heladera y el freezer. Imagino comidas, preparaciones, menúes. No vaya a ser que el maligno dios de la improvisación me castigue con un olvido imperdonable.
Las anotaciones dependen de un régimen previamente instaurado que divide las provisiones según un esquema de compra semanal, quincenal o mensual. En el primer apartado se ubican los productos con fecha de vencimiento, en el segundo los de almacén y las carnes, y en el tercero los artículos de limpieza y tocador. Así las cosas, la lista se conforma con tres columnas en las cuales, por riguroso orden de recorrido, se ordenan los artículos a adquirir, para lo cual me sirvo de la memoria fotográfica que reproduce las góndolas.
Si todo pudiese estar bajo control, la visita al supermercado sería como pasear a Lola, mi perra, que siempre se detiene en el mismo árbol, husmea el mismo umbral y le ladra a la misma reja. Pero el mundo supermercadista no se rige por las reglas de la costumbre sino por las del marketing, entonces el artículo que la semana pasada estaba en la punta de una góndola, hoy se encuentra en el medio, el que estaba arriba ahora está abajo y mejor no describo los faltantes, esas ausencias que cambian mi perspectiva de la comida familiar en menos de un segundo. En ocasiones, además de estos movimientos puramente promocionales por los que las empresas pagan un derecho de ubicación, me encuentro con que todo, absolutamente todo, se ha mudado para evitar que personas como yo, organizadas y sistemáticas, resistamos la regla número uno del supermercado: la compra compulsiva, ese ver y desear que se mancomunan para dirigir una mano a un producto, ese falso recordatorio de una no menos falsa necesidad que la mayoría de las veces nos devuelve a casa con bolsas cargadas de provisiones que en un momento parecieron imprescindibles y que, a la vista de la cuenta y con la cabeza más fría, sólo sirven para ejercitar la capacidad de argumentación y autojustificación: me viene bien, estaba en oferta, no incidió tanto en la suma final o, el último recurso, me había olvidado de incluirlo en la lista.
Cargar el changuito y embolsar los productos recién pasados por el lector óptico requiere de otras reglas básicas: no aplastar, mantener separados los artículos de limpieza y tocador de los alimentos, apartar los refrigerados y congelados, concentrar latas y botellas en un solo lugar. Estos procedimientos no sólo sirven para preservar la compra de posibles daños sino también para poder llevar a cabo satisfactoriamente la última etapa: descarga y orden.
Previsión, minuciosidad, sentido común, manejo de circunstancias adversas e imprevistos, visión panorámica de situaciones y eventos, resolución inmediata de problemas y desafíos; sin despreciar la capacidad de instrumentación de herramientas como diagramas logísticos, cuadros de doble entrada, elaboración de informes estadísticos, aplicación racional de esa información para la optimización de recursos. Todo al servicio de una simple compra de supermercado. Pero nada es simple cuando se trata de obsesividad. Por suerte, para personas como yo, existe la tecnología y es insustituible: desde hace un tiempo, cualquier supermercado online hace todo esto por mí por el módico precio de seis pesos. Así me queda tiempo libre para escribir posts.

15.7.07

Diario de una obsesiva II – Mis favoritos

Siguiendo con este recién iniciado recorrido por mis costumbres más enfermas –y también las más resistentes al cambio– hoy daré cuenta de las peripecias a las que me enfrenta el uso de una herramienta informática: la pestaña "Mis favoritos" del navegador.
Como le sucede a todo buen obsesivo, el encuentro con cualquier dispositivo destinado a ordenar, separar y sistematizar resulta en un doble efecto: por un lado, lo sume en la felicidad de haber descubierto una manera de facilitar su siempre escabroso tránsito por las cosas; por otro, se instaura como una nueva rutina que hay que definir y perfeccionar con el solo objetivo de sacarle el máximo provecho –eludir la improvisación estableciendo un ritual– con lo cual, también pasa a ser otro mecanismo que lo sojuzga.
Básicamente, "Mis favoritos" está destinado a marcar los sitios a los cuales accedemos con frecuencia. Hasta ahí: acceso rápido, atajo, navegación optimizada. Pero para un obsesivo nada es "hasta ahí". Siempre hay un paso más, un desafío recién estrenado, una variante que sirve para ajustar un poco más la ya pautada existencia.
Mis primeros elegidos fueron los bancos y los diarios que, durante un tiempo, convivieron mezclados sin que ninguno de ellos manifestara inconvenientes para funcionar. Sin embargo, a mí me resultaba no diría intolerable pero sí disonante que "Página/12" cohabitara con "Standard Bank" –en ese entonces "Bank Boston"–, o que entre "La Nación" y "Clarín" se revolcara el "Galicia". De modo que decidí ordenarlos. Lo que debería haber sido un simple procedimiento de cambio de lugar de dos o tres sitios se transformó en un intenso debate interior para otorgar privilegios: ¿quiénes deberían ocupar la cabecera de la columna?, ¿las entidades financieras o los medios de información? Finalmente, opté por las noticias en primer lugar y las cuentas a pagar en segundo. Tiempo después, por cuestiones que no vale la pena analizar, me vi obligada a sumar al listado una cantidad de direcciones relacionadas con la literatura. Autores, diccionario de la Real Academia, diccionarios de sinónimos y otros pasaron a formar parte del combo justo debajo de los bancos. Y como me puse todavía un poquito más obsesiva, implementé el uso de los separadores, esas rayas finitas que dividen comme il faut áreas o materias.
Con el inicio de la actividad blogger sobrevino también la inauguración de un nuevo apartado que incluye el acceso directo al blogger panel y a los blogs donde escribo. Pero la cosa no iba a quedar ahí, no podía quedar ahí porque aparecieron los blogs ajenos con su propio procedimiento de sistematización y selección. El primer paso es ponerlos en observación –una suerte de incubadora– durante una o dos semanas. Luego de este período que me permite verificar que sus autores publican con regularidad, los paso a una de las categorías que, necesariamente, tuve que implementar y que registran la frecuencia con que los leo. Pero, como todo cambia sin cesar y esto incluye a los bloggers, de manera periódica me veo obligada a hacer una limpieza en cada una de las categorías: cambiar de un apartado a otro, suprimir, agregar.
Finalmente, por cuestiones que se ciñen al orden visual, suelo agrupar –también– tomando como parámetro el precioso iconito que los sitios web presentan justo antes del nombre. Y ahí me quedo tranquila. Al menos hasta el siguiente ataque furioso de orden y progreso.

6.7.07

Diario de una obsesiva I - Gimnasia matinal

A la mañana, una vez que vuelvo a ser una persona tras el sueño reparador y el terrible karma de tener que despertar, la compu es mi coach de la clase de calistenia y gimnasia sueca (ambas, actividades puramente mentales): primero, los diarios. Tres o cuatro nacionales, según mi humor y la creatividad de los redactores porque a veces, aunque sean competencia, los muchachos se parecen demasiado y leer la misma mala noticia varias veces deja de ser un signo que define a una persona atenta a la información para transformarse en un síntoma de estupidez. De vez en cuando, dos diarios paraguayos sólo por el vicio cholulo de ver los nombres de gente que me tocó conocer.
Como todo en mi ritualizada existencia, la lectura de los diarios también debe seguir una pautada rutina. Al contrario de lo que dicen las Sagradas Escrituras, para mí, primero no es el Caos sino el Orden. Así que, con rigor prusiano, abro La Nación, Clarín, Infobae y Perfil (ahora que me doy cuenta, en la carpeta Diarios de Mis favoritos, no están en ese orden, cosa que resolveré apenas termine con este post y, pensándolo bien, voy a escribir otro post con el orden de Mis favoritos). Entonces me aboco a la lectura de la página principal del diario de los Mitre, de donde, en pestaña aparte, voy abriendo las noticias que me interesan, contadas siempre con pretendida y pretenciosa objetividad, lejos de cualquier expresión chabacana (palabra que a los Mitre les encantaría) y de los golpes bajos a los que otros medios son tan afectos. Luego, también en una nueva pestaña, la sección entretenimientos de la cual, el más importante de los apartados, el que me hace contener el aliento y acelera mi corazón, es el horóscopo. Es que, de acuerdo a los rituales establecidos, no puedo empezar el día sin saber qué me deparará. De todos modos, si los astros de La Nación no me satisfacen, todavía me quedan los más escuetos de Clarín como premio consuelo (las contradicciones entre ambos pronósticos tienen su costado beneficioso). Del Mitre me paso al Noble. Ahí descarto las noticias que traen la misma información que el diario anterior y abro pestañas con las que prometen aportar algo nuevo (cosa casi siempre frustrante porque, como dije, los redactores no se caracterizan por su creatividad). Del Gran Diario Argentino salto al bodrio periodístico de Infobae, una especie de collage de videos provistos por el ex canal de la palomita, chismes de cuarta sobre las bombachas que tenía o no Britney Spears durante su última borrachera, mucho culo y teta, las diez maneras de evitar que la esposa se dé cuenta de una infidelidad (es un diario bien machista) y el imperdible blog de Laura Ubfal (¡Ufa, Laura!) que jamás leo. El último paso es Perfil que tampoco aporta mucho nuevo porque lo reservan para la única edición en papel que es la de los domingos (también motivo de otro post la lectura de los diarios en papel de ese glorioso día).
Finalizado el segmento de noticias llega el momento de la blogósfera. Me interno en la selva blog para ver las novedades siguiendo un alineamiento irrenunciable: los preferidos con cuyos autores mantengo cierto intercambio (con la salvedad de que "intercambio" implica apenas un par de mails enviados y respondidos), preferidos con los que no mantengo intercambio alguno, menos preferidos y, finalmente, ocasionales que forman parte de la lista de favoritos. Este segmento tiene una duración variable que depende de cuántos de los espacios visitados hayan sido actualizados con la regularidad que mi tara exige. Sin embargo, con el tiempo y la repetición, he aprendido qué autores publican a diario, cuáles cada dos o tres días, quiénes son los que postean una vez por semana y también los que lo hacen de manera aleatoria.
Tras la inmersión blog sobreviene la lectura y respuesta de e-mails que llevo a cabo con atención y prolijidad y que nunca me toma más de media hora ya que sólo me dedico a los correos que permiten una réplica rápida y concisa. Para aquellos que demanden una mayor elaboración, me reservo las últimas horas del día, cuando ya he terminado con todas mis tareas.
Finalmente, vuelvo al navegador para revisar las cuentas bancarias y las facturas por vencer, lo que me deja en el óptimo estado del alma para empezar a trabajar.