Me mira con esa expresión y yo ya sé que va a decir algo lapidario.
Se para frente a mí y empieza a hablar:
–En cada década que vivís te preocupa una acumulación. A los 20 es acá (se toca los glúteos), a los 30 acá (corre las manos al "pantalón de montar"), a los 40 acá (se agarra los Michelin en la parte posterior de la cintura), a los 50 es acá (se toca las manijitas que le desbordan del corpiño en la espalda), a los 60 te llega esto (abre los brazos para que se le vean las alas de piel) y esto (se acaricia la papada)... y a los 70 la carne se te empieza a consumir y todo queda colgando... ¿Viste cuando hablan de redistribución del ingreso? ¡Esta es la redistribución del in-graso!
8.4.09
Redistribución del ingreso
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10.10.07
Perdón, ¿es a mí?
Hay un tipo de mujer al cual el elogio le resbala. Con una autoestima del tamaño del Hermitage, va por la vida sintiéndose una diosa recién descendida del Olimpo. Las miradas, los comentarios y murmuraciones jamás alcanzan siquiera a rozar su inexpugnable estructura yoica. Como hermanastras de la Cenicienta, las envidiosas susurran a su espalda –que además de bella es sorda– que "se cree más de lo que es". Jamás piensa que el piropo encierra una intención o que oculta un deseo simplemente porque NO LO ESCUCHA.
Del otro lado de esta resplandeciente mujer-de-cualquier-edad hay otras que no gozan del amparo de un ego tan bien dotado. Yo soy una de "esas otras".
Durante años, cualquier elogio dirigido a mí, fuese de la índole que fuese, me causaba una enorme extrañeza. La sensación clara de que era exagerado o de que constituía un grave error de apreciación.
Así andaba yo por la vida, respondiendo al "¡Qué linda que estás hoy!" con un "¿Estas seguro/a?"; al "Lo hiciste muy bien" con un "No tanto"; al "¡Qué bien te queda ese corte de pelo (o el vestido o lo que hubiese de innovador en mi aspecto!" con un "¡No, te parece a vos!". Por no mencionar el directo "no te creo", el ofensivo "estás loco/a", el oftalmológico "vos necesitás anteojos" o el incrédulo "no me mientas".
Más allá de cualquier (auto)interpretación –a la que cientos de horas de diván mirando el techo y hablándole al psicoanalista de turno (o mirando al psicoanalista y hablándole al techo, porque también he tenido malas experiencias) me habilitan– sobre la descalificación de la mirada del otro o la propia mirada funcionando como un censor autoritario e implacable, el halago, el piropo o cualquier otra manifestación elogiosa hacia mi persona se transformaban en el escenario de una lucha interna en la cual un bando pugnaba por creer y así lograr la inyección de energía para el ego sediento; mientras que el otro bando, casi siempre victorioso, esgrimía con notable efectividad argumentos del tipo "no te lo creas", "algo habrá detrás de tanta adulación", "¿te miraste bien?" o "es demasiado bueno para ser cierto".
¿Y por qué digo que integro las huestes de "esas otras" al mismo tiempo que cuento esta historia en pasado? ¿Es que, con los años y la sabiduría adquirida, el bando vencedor ha pasado a ser el vencido?
No. Ni ahí. Lo único que los años me han dado, además de lo inevitable, es una cierta capacidad de sonreír apenas, con los labios bien apretados para que de la boca no ose escapárseme palabra alguna, mientras en mi mente se repite la insoslayable pregunta: "¿Me estará hablando a mí?".
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22.5.07
Moviendo las cabezas
Más allá de lo que digan los horrendos testimoniales del señor de la gimnasia capilar, el cabello es fuente de instatisfacción para la mayoría de las mujeres. No sé por qué extraña razón le otorgamos a la cabellera un poder en ocasiones tan omnímodo como el que los hombres depositan en sus automóviles, y el estilista –manera rebuscada de llamar al peluquero– se transforma en una especie de gurú del que pasa a depender nuestra felicidad y nuestra casi siempre devaluada autoestima. Y el tipo siempre se las arregla para errar el vizcachazo.
Lacio, ondulado o rizado; rubio, pelirrojo, castaño o negro; con volumen o llovido, el pelo que nos ha tocado en suerte o en herencia nunca es el esperado, el adecuado ni el que nos hubiera gustado. Ni siquiera los vaivenes de la moda nos permiten hacer las paces con nuestra pelambre. Como una maldición divina, nuestro fetiche deseado siempre aparece adornando otra cabeza.
Hay quienes van a la peluquería esperando soluciones mágicas: que el lacio se vea armoniosamente ondulado, que el ondulado se vea liso. Que reflejos, chispas, mechas, rayas o iluminación nos den finalmente el aspecto soñado. Que la oscura y pesada cabellera de Morticia se transforme en una versión local de los etéreos rizos de Nicole Kidman en "Eyes wide shut". Que las ondas siempre cuidadosamente despeinadas de Julia Roberts muten en los cortes cuadrados y lacios de Sandra Bullock. Que las publicidades de shampoo nos posean otorgándonos la bendición de esos mantos que se mueven en cámara lenta como brillantes cortinados, o de esos rulos que se adivinan sedosos e incólumes más allá de las almohadas, los cuellos de los abrigos y los peines. Y que todo eso sea de una vez y para siempre.
Para empeorar las cosas, además de lo que la naturaleza nos ha endosado, también lidiamos con nuestras propias contradicciones. Una vez que hemos dejado crecer el pelo hasta tener un corte "entero", una mínima desestabilización de nuestro estado de ánimo nos impulsa al drástico rebajado que pagaremos con dos años de sistemáticos esfuerzos para volver a emparejarlo. Una vez que conseguimos decolorarlo hasta obtener "ese" rubio que queríamos, viramos intempestivamente al caoba. Una vez que los reflejos encontraron el punto en el cual no parecemos una trilliza de oro que metió medio cráneo en un balde con lavandina, decidimos bañar nuestra testa con un rojizo intenso sólo porque el aburrimiento o el cambio de estación o un desengaño amoroso nos compelen a dejar atrás la tortura de la gorra y la aguja que tanto recuerda a los clavos, tornillos y tarugos de la cabeza de Geniol pero sin analgésico.
Finalmente, no conforme con lo que nos entregó sin nuestro consentimiento, la naturaleza también dispone que nos llenemos de hilos plateados que hay que cubrir con prolijidad, esmero y dedicación. Entonces, la que miraba de reojo con envidia el fecundo crecimiento de nuestro pelo tiene su momento de gloria: hemos pasado a ser esclavas de la tintura cada quince o veinte días con la consecuente sequedad –resequedad es una palabra que me resisto a utilizar–, mientras ella, por primera vez en su vida, sonríe socarrona porque le crece poquito.
Sin embargo, aunque parezca mentira, dentro de tanta frustración, hay un punto en el cual todas estamos de acuerdo y formamos un bloque cerrado y unánime: ¡muera el frizz!
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Laura Cambra
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25.4.07
Vello encarnado
No, no hay ningún error de ortografía. No estoy hablando de un bello encarnado: un hermoso especimen de hombre mil veces imaginado y hecho realidad un día como por arte de magia.
Estoy hablando del incómodo y antiestético vello encarnado que nos harta hasta la náusea.
No importa la estrategia que implementemos, el maldito persiste en su costumbre de crecer para adentro y serpentear por debajo de nuestra epidermis alejándonos de la tersura y de la suavidad que cualquier mujer en su sano juicio y con la intención de ser mínimamente seductora quiere para sus piernas.
Esponjas duras, cremas suavizantes y/o exfoliantes, y hasta la esponja verde, la misma que saca la suciedad pegada en la vajilla. Cualquier cosa es válida en las sucesivas batallas contra el vello encarnado. Y cualquier cosa parece ser, también, de una supina inutilidad. Para peor, los diálogos con la depiladora habitual terminan siendo una especie de canción de Pimpinela en la cual la clienta le echa la culpa a la especialista y viceversa. Entonces aparecen los afilados cruces: que usás demasiado pantalón y medias de nylon y eso no deja crecer libremente el vello; que la última vez me pusiste la cera demasiado caliente y eso hace que la piel se me engrose; que si te pasaras la esponjita cuadriculada y después bastante crema esto se te iría solucionando; que ya probé pero la esponja me deja rayones por dos días, la crema me mancha toda la ropa y, encima, no me hizo ningún efecto; que seguro que te afeitaste, mirá, si todos los pelitos están del mismo largo, ¡afeitarse es lo peor!... Todo esto, dicho con mayor o menor cortesía, según el cansancio, la gravedad del síndrome premenstrual o la capacidad punzante de la lengua de cada una.
NI hablar cuando te compraste la depiladora eléctrica, esa que creíste que te iba a hacer sentir como Araceli González, y te agarrró la obsesión de encenderla cada vez que veías un nuevo canuto en el horizonte desierto de tu pantorrilla.
O cuando descargás alguna terrible decepción o bronca o tristeza, pincita de las cejas en mano –que como bien dice el nombre es para las cejas y no para las piernas–, hurgando para que el muy desgraciado vea la luz y después te queda una marca peor todavía que el pequeño e insolente bulto que acabás de eliminar.
Mientras tanto, el vello encarnado, muy marrano él, consciente de todos nuestros esfuerzos infructuosos, se retuerce de risa. Y así sigue creciendo para adentro.
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18.4.07
Peligro – Inflamable
except take exercise, get up early, or be respectable.
The picture of Dorian Gray – Oscar Wilde
No me pliego a las causas propagandísticas, tampoco a los "ismos". Creo que una de las cosas más importantes que tenemos es la capacidad de elegir nuestras creencias y nuestros principios sin necesidad de hacernos militantes de nada y que, tal vez, la mejor herramienta de "evangelización" sea el ejemplo: decir honestamente lo que pensamos sin pretender ganar adherentes.
Esta reflexión viene al caso porque voy a decir algo impopular –voy a ser muy ácida en mis afirmaciones– y no quiero convencer a nadie de que piense como yo.
No soy una cultora del anti-age. No me importa envejecer, o mejor dicho: no me importa que se note que envejezco.
No estoy haciendo la defensa del "escracho". Sería una estúpida, porque me encanta estar linda y verme bien (es acá donde también me peleo con las feministas extremas que creen que cualquier rasgo de coquetería es producto de la ancestral reducción de la mujer a objeto sexual. ¡Y, sí, sigo usando corpiño porque no me gustan las lolas colgando a la altura del ombligo!); pero se trata de "estar linda" y "verme bien" con mis 48, no con los 35 que hace rato que no tengo, y entender, no sin alguna nostalgia, que las bikinis y las minifaldas se fueron con ellos dejando en su lugar no pocas arrugas y flaccideces.
De todos modos, no me haría una cirugía de nada que pretenda esconder o disfrazar el curso del tiempo. No quiero tener que peinarme de manera que el cabello me cubra las cicatrices. Ni que los párpados se me pongan tirantes al punto de tener que dormir con un antifaz. No quiero que mi cara tenga esa expresión de jubiloso espanto que se repite en quienes se aplicaron Botox –perfectamente explicable dado que la toxina botulínica, nombre científico del milagroso inyectable, produce una parálisis temporal en el músculo.
No me interesa que un cirujano revuelva con una cánula el espacio lípido entre mi piel y mi masa muscular para regocijarse al ir llenando el recipiente medidor mientras yo me encuentro tendida boca abajo, dormida, ajena a los dolores del posoperatorio, a los moretones y a las fajas que tendré que usar mientras dure la recuperación, sin olvidar los rezos que tendré que ofrendar para que la piel estirada vuelva a su primitivo lugar. Además, me produce una extraña impresión saber que aquello que salió de mi trasero puede ir a parar a mis mejillas (y mejor lo dejo ahí).
Si alguna vez tuve dudas, me sometí a un tratamiento intensivo que incluyó todas las temporadas de Extreme Makeover, The Swan y, religiosamente, Nip/Tuck.
Es que la tentación existe y caer en ella es más fácil de lo que uno se imagina. Mucho más cuando las amigas aparecen renovadas –refrescadas– y una se mira al espejo y aun con el piadoso "blur" de la presbicia ve cómo todo está considerablemente más ajado y más abajo.
Para peor, la sobrevaloración de la imagen como símbolo del éxito personal ha hecho que la carrera por el "forever young" sea cada vez más salvaje. Se puede elegir (o no elegir y hacer todo) entre un abanico de procedimientos más o menos invasivos. Hay lipoaspiraciones parciales y totales, hilos de oro, inyecciones de diversos tipos, mallas de titanio, prótesis de siliconas, rellenos de colágeno, extracción de colgajos, microescultura láser, restitución de la virginidad (habría que preguntarle a la Pradón cómo es eso de volver a ser físicamente virgen y seguir siendo mentalmente lo que cada una es). Eso sí, al salir del sanatorio te regalan un matafuegos y un pituco cartelito de "inflamable".
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Laura Cambra
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16.4.07
La rebelion de las masas (y de los panes y las pastas también)
¿Cuántas porquerías comiste en nombre de la dieta?
¿Cuántos sinsentidos intentaste en pos de la silueta perfecta?
Desde el monoalimento, nombre exacto para una dieta en la que uno consume sólo bananas o sólo sopa o solo lo que sea que se pueda comer solo, hasta los regímenes que proponen revertir el proceso metabólico mediante la ingesta de desmesuradas cantidades de grasas.
Desde los grupos de autoayuda donde confesamos los pecados alimenticios con fervor de primera comunión hasta sofisticadas actividades con personal trainers y apoyo terapéutico.
Desde la apacible caminata diaria, llueva, truene o salga el sol, hasta la febril danza aeróbica que cambia de nombre y estilo cada seis meses y para lo único que sirve es para que nos hagamos cargo de que ya no tenemos veinte años en un rincón de los pulmones.
Gimnasia pasiva, pilates, tangolates, vendas, cámaras de oxígeno...
Años de tragar menjunjes de colores dudosos, sabor irreconocible y consistencia babosa. Años de convencernos de que la comida integral es, además de sana, bella y, como si fuera poco, nos acerca a la paz espiritual. Años de duras pruebas como sostener, frente a una tentadora porción de pizza, que la combinación de harina, queso y tomate es terriblemente nociva para nuestro aparato digestivo.
Y después de tanta locura de arroces integrales, gelatinas dietéticas, vegetales raros y pena de muerte a las bananas, chocolates, pastas, panes, vinos y cremas; después de haber desarrollado un silencioso y vergonzante resentimiento contra aquellas que se confiesan inapetentes mientras comen de manera obscena y provocadora delante de mis carentes narices; después de pagar un desliz con la flagelación que significan tres hojas de lechuga y un huevo duro perdiéndose en el plato.... he llegado a la triste e irrrevocable conclusión de que el café es mejor amargo, la palta es veneno, la comida rápida un sucio ardid de la penetración cultural, el mejor postre es una gelatina plástica con gusto metálico y de atractivo color fluorescente y la milanesa de soja es más sana y nutritiva que la maldita, tierna, rosada y crocante milanesa de peceto.
¡Carnes, vade retro! ¡Dulces, quítate de ahí Satán!
Para peor, en la vertiginosa carrera del descenso de peso he renegado hasta de mis antepasados renunciando a la empanada gallega, al pulpo con papas, a la lasagna, a la paella y a los penne rigate a la matriciana. Y, como si esto fuera poca herejía, mi madre me ha legado una biblioteca de recetas de cocina que equivale a los libros censurados por la Santa Inquisición.
Me declaro en rebeldía. Reivindico las redondeces, las frutillas con crema y las papas fritas a la provenzal. Me niego a caber en el talle treinta y ocho a costa de ser infeliz. Quiero vivir con mi cuerpo. No para mi cuerpo.
(Y todo esto sin mencionar los procedimientos anti-age, que son otra tragedia)
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Laura Cambra
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