No tengo tarjeta personal.
La sola idea de mi nombre y abajo, en tipografía más chica, la palabra "escritora" me causa el mismo efecto que haberme encerrado en una cámara de gas... hilarante.
El otro escollo que se interpone entre el cartoncito 9x4.5 y yo es que no soy sólo escritora (leer la columna de la derecha). La solución a este problema sería tener un número "n" de cartoncitos diferentes siendo "n" igual a la cantidad de actividades desempeñadas. ¡Pero claro! Entonces, a la hora de entregar un cartoncito, tendría que empezar a manotear el indicado teniendo en cuenta la ocasión y el destinatario y, haciendo honor a mi inigualable torpeza, terminaría dándole el equivocado o, lo que es casi imperdonable, los "n" cartoncitos y las instrucciones para que elija el correcto y se deshaga de los otros.
Mi CV es un desastre.
Y, además, es un desastre incompleto. ¿Hay algo más patético que un desastre in progress, un desastre que quiso ser y se quedó a mitad de camino?
Desde hace un par de semanas, en la columna de la derecha de este blog y del otro puede verse mi reseña biográfico-profesional. Ahora le dicen BIO.
Obviamente, hay dos reseñas diferentes, no vaya a ser que me aburra de mí misma o que, de manera pública y notoria, renuncie a mi escisión.
Una buena: me conoce bastante gente.
El lado oscuro de la una-buena es que algunos me conocen por una cosa, otros por otra y otros por otra más (que ni siquiera tengo donde linkear) pero, a no ser que se encuentren y hablen sobre mí –cosa que sucede en ocasiones excepcionales–, el que sabe una cosa no sabe la otra y ha pasado, incluso, que han hablado de mí pensando que era dos personas diferentes y hasta han discutido si yo era una o era la otra hasta descubrir, luego de gritos y arañazos, que era la misma.
Soy "canuta".
Tengo trabajos interesantes (suelo no aceptar los que no me presenten un desafío), que me ponen en contacto con personas a las que no es sencillo llegar (muchas veces lo que se dice "figuritas difíciles") y con las que hago vínculos profundos e intensos. Pero jamás lo cuento. Ni siquiera lo sugiero. Sí, claro, me resulta mucho más fácil y cómodo mantenerme en esa suerte de clandestinidad, no ser el foco de atención, jugarla callada. Sólo en contadas ocasiones, cuando alguien dice algo de, por ejemplo, fulano, me animo a decir "¡Ah, fulano! Yo trabajé con fulano." y casi siempre mi interlocutor sufre un sorpresivo desmayo.
Soy terca.
Sé con claridad y certeza lo que hay que hacer. Y no lo hago. Para ser gráfica: no tengo ni el 20% de las publicaciones en las que salí, ni el 1% de los audios de entrevistas que me hicieron, ni siquiera un testimonio en video de mis presentaciones en televisión y ni un ejemplar de un libro en el que están publicados mis cuentos (ya sé, ya sé, voy a irme al infierno sin escalas). Del mismo modo, sé lo que no hay que hacer. E insisto en hacerlo. Y no abundo en detalles porque sería entrar en terreno cenagoso.
Soy prejuiciosa.
Las cosas que hago las hago bien. Porque sé hacerlas y por amor propio, una combinación funesta de capacidad y autoexigencia. Pero, ¿quién va a creer, en la era de la hiperespecialización, que una persona puede desempeñar muy bien varias actividades? No, no, no –me dice mi vocecita interior–, no es serio ser buena para más de una cosa. Y, a pesar de nuestra entrañable amistad, ese es el comienzo de una batalla sangrienta entre mi vocecita y yo.
He aquí un breve compendio de los ingredientes que requiere un marketing personal lamentable. Un pequeño paso para la humanidad, un paso enorme para mí.
2.12.09
I love MKT, personal MKT
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22.10.09
Cuestión de matices
No soy obsesiva, soy sistemática.
No soy vieja, tengo experiencia.
No soy miedosa, soy precavida.
No soy bruja, soy aguda.
No soy sarcástica, tengo sentido del humor.
No soy gata flora, soy selectiva.
No soy pesimista, soy realista.
No soy inconciente, soy optimista.
No soy soberbia, soy segura de mí misma.
No soy exigente, sé lo que quiero.
No soy arrogante... ¡soy perfecta!
En la vida todo es cuestión de matices.
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Laura Cambra
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6.1.09
Laurita mira la tele – Episodio II
Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles...
Yo lo detestaba. Lo odiaba con la intensidad extra que sólo provee una envidia feroz y ciega. Con ese ímpetu sin riendas de los siete u ocho años, cuando se puede desear lo peor porque la culpa es apenas un retortijón que nos asalta en el momento previo a dormirnos, un pinchazo tan leve que no produce remordimiento alguno.
Lo odiaba pero no dejaba de mirarlo. Asistir a su aparición en la pantalla era un acontecimiento insoslayable que yo esperaba con ansiedad. Cuando la voz del presentador anunciaba su llegada, yo sentía acelerarse mi respiración. Lo veía entrar en cuadro, seducida por su impecable traje, el pelo prolijamente peinado, la expresión de "chico más bueno de la cuadra", una humildad que de lejos se percibía falsa y la muy conveniente sonrisa dentífrica. Esa corrección inicial –tanta ubicuidad daba náuseas– no era más que el mal disfraz de la altanería y la autosuficiencia que saldrían a la luz minutos después.
Por supuesto, el hipnótico placer de verlo concursar no sólo me atrapó a mí. Miles de personas aguardaban con ansia el día y la hora de su presentación. Era un fenómeno en el más riguroso sentido de la palabra: cosa extraordinaria o sorprendente; persona o animal monstruoso, y –también– persona sobresaliente.
Y yo no lo toleraba.
Teníamos muchas cosas en común. Tal vez demasiadas. Los dos habíamos leído –y comprendido– muy tempranamente la obra de Homero. Nuestra cotidianidad estaba poblada de esos dioses paganos permanentemente agitados por pasiones humanas. Eramos tan memoriosos como capaces de crear escenarios para esos mundos de palabras y dar cuerpos a los héroes de papel. Podíamos ser encantadores frente a un auditorio, sorprendiendo con nuestra rapidez mental y con muestras de ironía muy poco frecuentes en la infancia. Nos sentíamos más cómodos frente a adultos que frente a pares.
Pero nuestras vidas paralelas de niñitos prodigio tenían destinos por completo divergentes: mis padres jamás hubiesen avalado semejante exposición pública, ni permitido que me alejara tanto de las cuestiones relativas a mi edad, ni aceptado exhibirme como una mercadería rara, singular, escasa, selecta. Mucho menos hubiesen considerado hacer dinero con mi precoz intelecto.
Me costó años entender que tras sus respuestas a cámara, soberbias, seguras, indubitables, había como poco una obsesión malsana, muy lejana de cualquier placer infantil y dedicada al regodeo de los adultos circundantes.
Me costó años darme cuenta de que jamás hubiese podido ser él. No así. No de memoria. No con esa intensidad. No bajo esa presión. Y en ese recorrido, también me di cuenta de que no sólo no hubiese podido ser él; no hubiese querido ser él.
Es cierto, yo hice de él mi enemigo y mi contendiente durante mucho tiempo.
Es cierto, yo envidié con ira helénica a Claudio María Domínguez y su millón de pesos ganado en Odol Pregunta.
Por suerte, la intervención divina –olímpica, por supuesto– me sacó de ahí.
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30.11.08
Laurita mira la tele
Mi tierna infancia de monstruito prodigio estuvo marcada por la televisión. Esos aparatos que hoy son planos, ultradelgados, apaisados, a todo color y con sistemas touch, en ese entonces eran unos toscos cubos marrones con selector de canales, pantalla gris verdosa, sintonía fina y graciosa antenita móvil para mejorar la siempre imperfecta imagen.
Para dar una idea de en cuánto la tele me atraía diré que mi exposición a los rayos catódicos se iniciaba con la señal de ajuste –la grilla que permitía calibrar horizontales y verticales– y terminaba con "Palabras de vida", un engendro religioso alentado por los sucesivos gobiernos militares que azotaron aquellos años.
La vida pasaba por la televisión. Mi vida de cuatro años pasaba por la televisión. Sin plan, sin agenda y sin horarios. Indiscriminada, masiva, adictiva. Así era mi presencia frente al aparato. Me daba lo mismo "Jardilín" que "Buenas tardes, mucho gusto"; "El llanero solitario" que "Ben Casey" (mucho más atractivo que el doctor Kildare, ya por ese entonces tremendo bala); "El club del clan" que "Sábados circulares"; "El amor tiene cara de mujer" que "El muñeco maldito".
A Tato Bores no lo entendía pero lo miraba igual. Me asustaba el bigote de escobillón con el que un general de turno ocultaba el labio leporino (eso decía mi mamá, yo sólo sé que el tipo hablaba raro). Disfrutaba del terrorífico Narciso Ibáñez Menta. Me divertía la vocecita aguda que salía del voluminoso cuerpo de Aldo Cammarotta. Me intrigaban las misteriosas predicciones de Horangel. Me irritaba el tonito estúpido de Annamaría.
Vi cien veces "Gunga Din", otras tantas "Ben Hur" y también "Casablanca". Lloré de risa con "Hay que educar a Niní" y "Madame Sans Gêne", y de emoción con "Dios se lo pague". Amé a Lolita Torres con la misma intensidad con que me aburrió Libertad Lamarque. Amalia Sánchez Ariño hablaba como mi abuela. Luis Sandrini me parecía tan tonto como José Marrone y siempre me quedaba con Pepe Biondi.
Tuve mi gorro con orejas –un esfuerzo de producción de mi mamá y mi abuela (no la que hablaba como Amalia Sánchez Ariño sino la otra)– para ver "Disneylandia" y sentirme cerca de esos chicos tan compuestos a los que un amable Walt Disney enseñaba cómo se hacían los dibujos animados.
"Disneylandia" fue, sin lugar a dudas, mi programa favorito. Sobre todo cuando dedicaba su emisión a la Tierra de la Fantasía porque ¡menuda decepción me invadía haber esperado toda una semana para ver mapaches y castores!
De solo ver aparecer a Campanita (muchos años después empezó a ser Tinkerbell) y escuchar la música se me estrujaba el corazón y se me hacía un nudo en la garganta.
Jamás hubo un límite para mi pasión por la tele. Nunca un "andate a la cama" ni un "primero comé". Claro, para cuando cumplí cuatro años, ya leía, escribía, atendía el teléfono y anotaba los mensajes de quienes llamaban. De hecho, miraba televisión sentada sobre los dos tomos del diccionario enciclopédico que solía sacarme de dudas cuando no entendía una palabra, siempre bajo la mesa de la cocina. Así que no había mucho que reglamentar.
Ese mundo en blanco y negro, con fantasma y el punto de luz que quedaba cuando la tele se apagaba me acompañó durante toda mi infancia. Siempre estaba ahí. Disparador de preguntas incómodas. Alimento de una fantasía sin límites. Testigo de mi avidez y generador de algunas inolvidables rabietas.
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15.9.08
Mandamientos de la alta cocina familiar
Cual Moisés guiando los pasos del pueblo hebreo, mi madre nos ha inculcado con notable perseverancia una serie de postulados que ya son parte de la sabiduría familiar implícita en cada uno de nuestros actos.
A pedido de A.C., que durante los últimos meses ha tenido más contacto que yo con la ancestral cultura culinaria familiar, le pongo letra a las tablas de la Ley que rigen –o deberían regir para eludir cualquier atisbo de herejía– nuestro desempeño en la cocina, lo que además prueba que los obsesivos no nacimos de un repollo.
1. No comerás carne recocida.
La cosa, aunque parece sencilla, no lo es. Según este mandamiento, toda pieza de carne debe ser cocinada con la técnica del sellado que la dora intensamente por fuera y la mantiene jugosa –roja– por dentro. Cualquier violación de esta ley –un simple "¿no me la podrías cocinar un poquito más?"– es considerada como una mayúscula ofensa al buen gusto proveniente –of course– de una persona con escasa educación para las cuestiones de la buena mesa.
De cruzarse en el camino de mi madre alguna persona con estas características, no es raro que profiera expresiones como "suela", "carne hervida" o aun "no sabés comer" entre resoplidos y bufidos varios.
2. Hervirás el arroz durante 18 exactos minutos.
Este segundo mandamiento, según mi madre, encierra el secreto milenario del arroz a punto (al punto que le gusta a ella). Un minuto menos lo deja duro. Un minuto más y se revienta provocando una de las experiencias más frustrantes y desgarradoras que puede tener lugar en una cocina.
Por supuesto, el arroz paraboilizado –el que nunca se pasa, el que viene en bolsitas, el que saca de apuro a las amas de casa modernas– es veneno y está excluido de toda consideración.
Además, el execrable sujeto que ose gustar del arroz pastoso estará condenado al mayor de los desprecios, suerte de ostracismo sin retorno.
3. Hervirás los huevos durante 13 exactos minutos.
Para esta émula de Moisés que es mi progenitora, la comida es una experiencia estética. Por lo tanto, la yema de huevo duro con bordes grisáceos y centro amarillo pálido –que es como se presenta cuando el huevo ha sido hervido por demás– es inaceptable.
4. Jamás hervirás papas, pastas o arroz sin sal.
Cual sucede con las prohibiciones e interdictos de las antiguas prácticas religiosas, este mandamiento no es una simple imposición sino que esconde una razón práctica que mi madre explica de la siguiente –llana– manera: ¡Si no después les tenés que agregar un montón de sal por encima y siempre quedan sosos!, o de otra más compleja que tiene que ver con el proceso de hidratación de los alimentos durante la cocción.
5. La pastelería es una ciencia exacta.
Si bien el principio básico de la alta cocina es un taxativo "No improvisarás", cuando se trata de repostería y pastelería, las leyes de la química deben ser contempladas y respetadas al pie de la letra. Harina, huevos, azúcar o manteca pueden arruinar trágicamente una preparación tanto por exceso como por defecto. "No subió", "Se bajó", "Se desbordó", "Está inflada" no son expresiones relacionadas con la actividad sexual sino con los resultados de una poco precisa dosificación de los ingredientes.
6. Respetarás la logística de cocción del puchero.
Un puchero que se precie de tal y que permita gozar de una fuente en la que los componentes se diferencien con claridad requiere, como primer ingrediente, de un cronómetro. Y, como segundo, la dócil sumisión a los tiempos de cocimiento de papas, zanahorias, batatas, carnes y otros comestibles involucrados.
7. Rallarás el queso un minuto antes de ponerlo sobre la mesa.
¿A quién se le puede ocurrir arruinar una comida con queso rallado reseco? ¡Ni pensar en utilizar ese sucedáneo de queso que viene envasado en bolsitas!
La única alternativa que se acepta en este caso es el rallador a batería.
8. Comerás la pasta al dente.
Si el arroz reventado es ofensa, la pasta pegoteada es latrocinio. Nada de andar tirando el fideo contra los azulejos. La pasta, sea de la clase que sea, se prueba para evaluar el perfecto grado de resistencia a la mordida. Y el éxito de la cocción dependerá de la abundante cantidad de agua –correctamente salada, por supuesto, y en furioso hervor– en la que se echará el inminente manjar.
9. Comerás como un gallego.
No importa si el comensal no lo es, en la mesa familiar será mucho mejor considerado si no se deja impresionar por los rabos, morros y orejas de chancho –salado home made– que lo saludan desde una fuente. Si delira con la panceta ahumada, el chorizo candelario –la versión del chorizo colorado que se cocina–, las nabizas y el pulpo. Si aprecia una tortilla de papas bien hecha –la papa es un básico irremplazable– o las chauchas con papas cubiertas de aceite de oliva, ajo y pimentón.
10. No importa cuán bien lo hagas, siempre podrías haberlo hecho mejor.
Este mandamiento es el que justifica que la tradición se haya convertido en religión (and no further comments).
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26.8.08
A contramano de las chapas
¿Seré yo o serán los demás? La pregunta no me da respiro. Y tampoco encuentro una respuesta mínimamente satisfactoria. Al final, termino elaborando una justificación –por cierto nada definitiva– en la cual, como siempre, soy yo la que anda a contramano del mundo.
Resulta que igual no me conforma porque yo soy la misma de siempre. Y entonces se me hace difícil entender por qué me miran distinto.
Un billete premiado de lotería no borra lo que uno es, no cambia lo que hacía hasta el día anterior. Ya sé, podemos discutirlo, pero en última instancia, un contrato laboral ventajoso –que es casi lo mismo que un billete premiado de lotería– no me transforma en joven, rubia, flaca y de ojos azules.
Mi ausencia de los últimos días tuvo que ver con eso: terminar un trabajo que verá la luz dentro de unas semanas y cuya primicia, por supuesto, estará acá y acá también (y quién sabe dónde más).
Ahora bien, los pocos comentarios que hice acerca de lo que se viene provocaron en mis interlocutores una fuerte reacción positiva que me hizo reflexionar –una vez más– acerca de lo que significan las "chapas".
¿Un cuadro vale más por el marco? ¿Un regalo por el envoltorio? ¿Un texto por sus citas? Podría decirse que, por el contrario, un marco ampuloso realza una obra mediocre, un packaging impactante esconde un presente menor y un texto plagado de citas encubre la poca elaboración personal o, lo que es casi peor, la inseguridad acerca de la propia palabra. Chapa, pura chapa.
Como si la superficialidad no fuese suficiente, hay que agregar que el peso de la chapa nos arrebata la libertad. Hay que cargar con eso, hay que responder a eso, no hay que salirse del marco, no hay que olvidarse los vaporosos papeles y los moños brillantes y, obligadamente, hay que tener a mano un repertorio de comillas que avalen cada una de nuestras palabras.
Yo no soy una "chapa" (aunque acepto que estoy algo más que medio chapa). Detrás de todas las etiquetas que se me puedan colocar estoy yo. Soy yo. Y eso es mucho más que cualquier etiqueta.
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30.7.08
Confieso: he criado un monstruo
Tarde soleada. Madre manejando, hija sentada en el asiento del acompañante.
Hija (mirando el afiche de vía pública de la obra teatral "Closer"): ¡Qué truchos que son!
Madre (con tono superado): Sí, "Closer", como la película con Jude Law.
H: Y Julia Roberts...
M: ¿Y por qué truchos?
H: ¡Ay, ma! Se podrían haber gastado un poquito y traducir, ¿no?
M: Y... la verdad que sí. Igual, no me imagino a la Kloosterboer como otra cosa que como una heladera flaca así que no importa el nombre que le pongan, esa obra debe ser un bodrio.
H: Piedra africana.
M: ¿Piedra africana?
H: Sí, el otro día papá compró unas esculturas relindas de una piedra de Kenia.
M: ¿Y?
H: Fría y dura. Kloosterboer, igual piedra africana.
M: Ahhh... (risas).
H: Igual, la otra es peor.
M: ¿Araceli?
H: Sééé... (con voz de idiota) "Tener las cosas claras es no olvidarme de la chica de barrio que fui". A esa mina a la noche le deben poner una pajita en la oreja.
M: ¿...?
H: Ma... le ponen una pajita en la oreja y le chupan el cerebro.
M: Uhhh, al pobre tipo que le sorbe los sesos le deben pagar extra por el trabajo insalubre.
H: Fijate cómo quedó Suar... daño cerebral irreversible.
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16.7.08
Tribulaciones de la voz interior
Quien más, quien menos, todos tenemos una voz interior que a veces nos susurra tiernamente sugiriéndonos algún curso de acción no contemplado con anterioridad y otras profiere gritos destemplados de cerdo en proceso de faena. Por supuesto, la suavidad tiene que ver con nuestra disposición a la escucha y la protesta histérica y ruidosa, en cambio, con la constatación del dicho popular "no hay peor sordo que el que no quiere oír".
Esta convivencia dialógica es más o menos controlable, un poco por la costumbre y otro poco por la resignación, y la mayoría de las veces funciona como un recordatorio no solicitado de recomendados, permitidos y prohibidos que sólo en raras ocasiones coinciden con nuestros deseos e impulsos.
Este sistema de censura previa y subrepticia es vulgarmente conocido como "la voz de la conciencia" o "la conciencia" a secas.
El problema que me aqueja es que, a falta de una voz, yo tengo una multitud cuyos miembros se expresan libre e indiscriminadamente sin prestar la más mínima atención a la confusa cháchara que generan. Es decir que, más que conciencia, lo que yo tengo es una conciencia canónica (en su acepción de canon musical y no de canon eclesiástico, ¡faltaba más!) que, no conforme con su funcionamiento interior, hace frecuentes apariciones en mi vida de relación.
Por ejemplo, cuando escribo, toman la forma de esos incómodos paréntesis aclaratorios (ver líneas arriba) porque, además, esta laureada coral (no por los premios sino porque, en definitiva, habita dentro de Laura) goza de una envidiable instrucción que supera a la de su dueña (no, no, no... un momento, ¿quién dice dueña? ¿dueña de qué?) y no se conforma con la categoría secundaria de nota al pie (¿con numerito incluido?). Ni hablar cuando pienso y vociferan opiniones encontradas que empañan mi (escasa e infrecuente) (¿ven?, son ellas acotando) claridad.
Sin embargo, cuando la cosa se pone fea de verdad es cuando mis niñas cantoras no tienen mejor ocurrencia que manifestarse enérgicamente mientras yo hablo con alguien y las insidiosas refutan con grititos agudos a las conciliadoras, sin importarles que yo, en medio de semejante batahola interna, trato de seguir el hilo de la conversación y mi expresión se hace merecedora de un "me gustas cuando callas porque estás como ausente" (ya tenías que ponerte intelectual y citar a Neruda).
Lo cierto es que lo que a los demás les parece una inusual capacidad para ponerme en los zapatos de otro sólo es (lamentable realidad) el efecto de la esquizofrénica multitud que me habita. Que la expresión de ausencia no es índice de reflexiva languidez sino el denodado esfuerzo por sostener una línea de pensamiento (línea y pensamiento en la misma frase... humm, lo tuyo es cuando menos presuntuoso). Que el silencio no implica compromiso con mi eventual interlocutor sino la imposibilidad de sustraerme a la mordacidad (inteligencia, querida, eso en mi barrio se llama inteligencia) de mis pobladoras interiores.
Y, claro, lo que sugiere una elogiable actitud "hacia afuera" es, malgré moi, la sumisión "hacia adentro".
"Las chicas" (como ellas mismas han dado en llamarse) son, por lejos, más vivaces, osadas y punzantes que su anfitriona (o sea yo). Pugnan para que sus declaraciones vean la luz y suenen en mi voz. Persisten en su vocación combativa. Y me intimidan a tal punto que, en ocasiones, tengo ganas de abandonar mi habitual actitud zen para gritarles de manera desaforada, cual presidenta depuesta viviendo en el acogedor exilio español: ¡No me atosiguéis!
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7.7.08
Vergüenza debería darnos
A veces, cuando los sucesos se apelotonan y generan un clima cambiante, es necesario detenerse y hacer un resumen que permita tener una perspectiva más ajustada de la situación, en algunas ocasiones hacer una evaluación de los daños y, en otras, operar como el "pase en limpio" de un sorprendente borrador. En mi caprichosa enumeración hay para todos porque la realidad no es amiga de la dicotomía "buenos" y "malos", y las cosas no siempre son "blancas" o "negras".
Este es mi resumen:
- La titular del Poder Ejecutivo toma una medida, digamos, "original".
- Cuatro tipos que en condiciones normales no compartirían ni un café parecen hermanos separados al nacer y, reunidos por el rostro hereje de la necesidad, convocan a la movilización a sus representados iniciando lo que, desde el oficialismo, se dio en llamar el "lock-out patronal".
- Una gran parte de la población es oligarca (no sé cómo se conjuga "muchos" con "oligarcas", pero así es) y a todos les sobran ollas así que de a ratos salen a golpearlas a las calles en apoyo a los "patrones".
- Un puñado de proletarios que ganan fortunas copan la Plaza de Mayo junto con ministros y ex funcionarios y dan un espectáculo difícil de entender en el cual expulsan a las hordas oligarcas de tan significativo lugar.
- Los cuatro hermanos separados al nacer se asocian con un ex presidente y un multimedio para conspirar contra la democracia (líder social dixit).
- Otro ex presidente, adalid de los derechos humanos y enemigo acérrimo de las fuerzas armadas (hoy no le puede pedir a las fuerzas de seguridad ni que le cuiden la bici del jardinero de Olivos), pide la "rendición incondicional" del sector que lideran los cuatro hermanos Cartwright (¿se acuerdan de Bonanza?).
- Un líder social (?) fundamentalista invita a los defensores de la democracia a armarse para defenderla de los sediciosos (sic).
- El vicepresidente se despega de la situación y, en flagrante rebelión, incita al Senado a sesionar (¿es que el Honorable Senado de la Nación debe ser invitado a hacer el trabajo para el que fue designado?) ganándose de inmediato un pasaje al infierno o, lo que es peor, al ostracismo político.
- Los medios de comunicación hacen todo lo posible para que los ciudadanos muramos intoxicados de versiones y dichos.
- La mitad de la población termina enfrentada con la otra mitad con consignas tan anacrónicas como "Patria sí, colonia no".
- Se tira la leche (algunos dicen que para la foto).
- Cuando el mundo entero pide a gritos alimentos (y los paga), por h o por b, nosotros decidimos pelearnos y meternos los granos en el... silo-bolsa.
- Un "gringo'e las chacras" se transforma en el Gandhi autóctono.
- Algunos peronistas miran el cielo y calculan adónde va a empezar a calentar el sol desde mañana.
- Los sindicalistas son peronistas (ergo, les vale la afirmación anterior).
- El consorte de la Primera Mandataria, cual titiritero experimentado, maneja hilos con increíble habilidad para empantanarse cada vez más y, como no tiene 4x4 porque eso es de chacareros oligarcas, arrastra consigo todo lo que se le cruza, inclusive a aquellos que le tienden el cable para una salida digna.
- El tensiómetro alcanza niveles peligrosos cuando, en fecha patria, la multitud oligárquica concurre en masa al acto marginal convocado por los chicos de Bonanza.
- La población entera se transforma en "sojóloga".
- No hay combustibles, no hay alimentos, no hay medicinas.
- El Gobierno condiciona la continuidad del diálogo al levantamiento de las medidas de fuerza o paro agrario o lock-out patronal o como quieran llamarle.
- Los "autoconvocados" no responden a los Cartwright y permanecen en las rutas.
- En un gesto destinado a aflojar las tensiones, la Primera Dam..., perdón, Primera Mandataria, envía la resolución retencionista al Congreso de la Nación (y ahora, vayan a cantarle a Gardel).
- Todos empiezan a cantarle a Gardel desde las carpas y carpitas, con visitas y reuniones a los legisladores, cosa de sumar voluntades para uno u otro sector.
- El "gringo'e las chacras" alcanza categoría de chamán y practica la bilocación predicada por los maestros pitagóricos: es visto en las rutas y en las inmediaciones del Congreso.
- Tras diez días de intenso trabajo –¿o será que simplemente hicieron lo que debían hacer?– de las comisiones parlamentarias tiene lugar un debate maratónico en el cual, por peras o por manzanas, el oficialismo logra la aprobación de la resolución retencionista con cambios de último momento (en el texto a considerar y en las voluntades de los legisladores), definiciones poco claras (ídem anterior) y un notable grado de imprevisibilidad (sí, también, ídem anterior).
- El Congreso ¡funciona!
- El resultado de la votación es coronado por una lluvia de papelitos, cual victoria futbolera y, como lo impone el deporte nacional, "no importa por cuánto ganamos, lo importante es que ganamos" de un lado y "ganadores morales" del otro.
- Nadie sabe cuánto costarán las horas extra de los diputados de la Nación.
- Una dirigente apocalíptica –ex candidata a la Presidencia– da una nueva versión bíblica del futuro (confirmado: tendremos que esperar a morir para obtener la salvación).
- Ahora, además de oligarcas y patrones, hay traidores.
- Los Cartwright planean una nueva reunión de la mesa de enlace (¿le habrán puesto así en honor a eso de los "matrimonios por conveniencia"?) y renuevan sus esfuerzos para "operar" a los Senadores. Por supuesto, si de "operar" se trata, el oficialismo también despliega sus habilidades quirúrgicas.
- El martes 8 de julio, en vísperas de una nueva fecha patria, comenzará el tratamiento de la resolución en la Cámara Alta.
Vergüenza debería darnos.
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3.7.08
Padre y madre de regreso
Padre y madre, después de unos cuantos años de vivir en la otra orilla, deciden, un buen día y sin anestesia, volver a los pagos natales. Con impulso y energía que yo hubiese envidiado a mis veinte –ni que hablar ahora–, empacan, liquidan, embarcan y, muy de cuerpito gentil, aterrizan.
Pero claro, impulso y energía implican también cierta imprevisión, cierta inconciencia porque, ¿dónde aterrizar?
Con valijas y petates que eligieron, literalmente, no embarcar, irrumpen entonces en medio de la mudanza de mi hermana, mi cuñado y los melli abonando con su desorden un terreno justificadamente desordenado. Cual caravana de Kusturica –alegres, coloridos, ruidosos y, por qué no, bizarros– se asientan en la morada provisoria de hija-del-medio (que hasta hoy está preguntándose por qué diablos se quejaba cuando era la abandonada "del medio") y empiezan a buscar su propia residencia.
Por supuesto, las cosas no salen como esperaban. Sin mencionar las alternativas locales y coyunturales, que imponen al mercado de las propiedades un ritmo imprevisible, padre cae en cama con dolor de espalda y se ve impedido de recorrer probables destinos de la mano de agentes inmobiliarios variopintos.
En el interín, hija-del-medio y familia concretan el traslado al domicilio definitivo. Y ahí van todos, nuevamente, con la vida en el canasto.
Estando hija-mayor (yo) tapada de obligaciones y ausente con aviso pero sin olvido ni perdón, e hijo-menor embarcado en sus propias tribulaciones, hija-del-medio se hace cargo del rol protagónico de la tragicomedia en varios actos.
El lunes pasado, al borde de padecer una crisis neurasténica terminal, hija-del-medio, que parece estar cursando un master en mudanzas, me llamó vía móvil porque aún no tenía teléfono en su recién estrenado hogar:
–Padre me preocupa. Tendría que ir al médico, dijo con su habitual tono moderado.
–Y... la verdad es que ya son muchos días con dolor de espalda, respondí imitando su registro de mesura.
–Sí, pero hasta ahora no quería. Anoche, por lo menos, aceptó. Así que mañana va a visitar al doctor XX.
–Me alegro. Igual, tendríamos que asegurarnos de que le transmitan la realidad.
–Bueno, la realidad es que dice que siente que le están clavando un puñal, no se levanta ni para comer y yo creo que tanta cama le hace peor, no hace más que quejarse y lamentarse de haber decidido volver acá. ¡Una verdadera fiesta! Falta el papel picado y los chizitos.
–Sí, pero ya lo conocemos y cuando llegue al consultorio va a tratar de impresionar con su maravilloso estado, maravillosa salud, maravillosa manera de llevar los años. Y su no-colesterol y su energía y su espíritu inclaudicable. Siempre es el más sano del hospital.
–¡Ay, Dios! ¡Tenés razón! ¡Claro, él va y dice lo impecable que es su estado y el tipo termina preguntándose ¿para qué habrá venido este buen señor? El más sano del hospital y el más enfermo de la casa... porque acá no se priva de nada.
–Será cuestión de instruir a madre con una listita de lo que tiene relevancia para el médico además del dolor de espalda: la mudanza reciente, la arritmia, los trastornos digestivos, la depre, toda la medicación que toma por indicación del doctor y por indicación de madre, que siempre tiene a mano algo para lo que sea. No cuentan nada de eso y el tipo capaz que le receta algo que le hace bien para la espalda y mal para todo lo demás y después... ¡ay, mirá, mejor no sigo pensando porque me enerva! Y anotale también que le pregunten qué cama tienen que tener. Y amenazala con cualquier desgracia que sucederá si no sigue las instrucciones al pie de la letra (y paré porque ya me estaba transformando en una delegada de la Santa Inquisición).
–¿No será mucho? (mi hermana siempre tan cuidadosa) Madre dijo que quiere una cama dura, con elástico de madera y colchón también duro.
–¿Una cama de tortura?
–Ella dijo eso.
–Ella, antes de decir y decidir y dar por hecho, tendría que preguntarle a los que saben. A mí, que tampoco sé nada, me suena más una cama de resortes, sommier y colchón duros pero nada de tablas. ¿Sigue tomando la codeína?
–Sí, sigue, y madre también, aunque les dijeron que acá no se receta y que tiene efecto adictivo.
–Habría que sacársela, ¿no?
–No, ya se les está por acabar y no van a tener donde comprar porque acá no hay.
–¿Les dará síndrome de abstinencia?
–¡Ay, no sé, mirá... parecen Dr. House con el Vicodin!
(Este aquelarre se comunica con Movistar)
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15.4.08
Tres frases trasnochadas
Es bien sabido que cuando una persona está cansada es también más proclive a decir incoherencias.
Después de las tres o cuatro de la mañana una persona suele estar cansada.
Ergo, después de las tres o cuatro de la mañana una persona es más proclive a decir incoherencias.
Más allá de la correcta construcción y la validez del precedente silogismo, las siguientes tres frases fueron pronunciadas durante la madrugada del pasado domingo y demuestran que no siempre lo válido es verdadero:
- YY es lectora artesanal de blogs.
- XX es gay pero todavía no se enteró.
- No leo blogs de gente que no conozco.
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29.3.08
Gerónimo Rodríguez Macha
Era un señor apuesto. Lo recuerdo enorme, con los ojos como ranuras de alcancía y la mirada aguda. Algo distante, pero nunca llegué a saber si era por él mismo o por el lugar de "prócer" que le había asignado la familia.
Discreto, jamás hablaba de sí mismo y sus aventuras circulaban de boca en boca a veces como chismes, otras como inconfesables secretos y otras aún con indisimulable orgullo.
Veterano de dos guerras. Sobreviviente de un campo de concentración. Militante y combatiente. Protagonista de innumerables recursos de habeas corpus presentados cada vez que la huella de sus pasos hacía presumir que se encontraba en una –y otra y otra y otra- comisaría.
Su desaparición más larga en estas tierras alcanzó a cincuenta días en la 1ª de Avellaneda, a cargo por ese entonces del comisario Lugones que, jubiloso, estrenaba en los cuerpos de los detenidos por razones políticas su "ingenioso invento": la picana eléctrica. Durante años no entendí el porqué de tantos reparos cuando quería acercarme a él. Por qué para sentarme en su falda y escucharlo hablar con acento castizo debía tener "cuidado con las piernas del abuelo". Hasta que un día, en la soledad de una calurosa siesta, él decidió meterse en la pileta y vi. Vi la delicada piel de sus piernas cubriendo apenas la carne viva. Vi esas llagas rojas sutilmente contenidas por una delgada película brillante. Vi heridas que no admitían olvido.
Por extranjero y por revoltoso, en más de una oportunidad lo alcanzó la Ley de Residencia ("la 4144", para los amigos), y lo puso de patitas en un barco con destino a la Madre Patria. Alguna vez su familia entera viajó a reencontrarlo. Alguna vez los separaron más de once años de combates y bohemia parisina.
Además de ser un hombre de armas, era un hombre de palabra: escritor y periodista. Colaborador frecuente de "La Protesta" y esporádico de "La Vanguardia". De su mano conocí la primera literatura "en serio". Sin importarle mi tierna edad de siete años, me impulsó a leer los cuentos de Edgar Allan Poe poniendo en mis manos sus libros y, algo que jamás podré olvidar, un volumen de La gran guerra patria de la Unión Soviética.
La educación era para él el valor más importante que podía –y debía– transmitirse a las personas. Su esposa, una encantadora franco-española, no sabía leer ni escribir y él llenaba sus sobremesas leyéndole palabras de La vida de las abejas de Rilke.
Frente a él no se hablaba de ciertas cosas. Había unas pocas palabras que sus familiares eludían para no generar una batahola; peronismo y Perón eran dos de ellas.
Profundamente amigo de sus amigos, proveyó de botas de doble suela hechas con sus propias manos a Simón Radowitzky mientras éste purgaba en la cárcel de Ushuaia la condena por el asesinato de Ramón L. Falcón. Imagino que debe haber celebrado cuando Simón logró escapar. Hace unos años, buscando información sobre su trayectoria, me acerqué a la Federación Libertaria Argentina. Allí, algunos de los hijos de sus compañeros, con enorme cariño y respeto, me restituyeron retazos de historia faltante.
Para mí fue una presencia importantísima. Primero no supe por qué. Con el correr del tiempo me fui dando cuenta de los muchos motivos que, aparentemente inexplicables, cobraban sentido vistos bajo el cristal de mi historia a su lado: mi ánimo curioso y batallador, mi dificultad para aceptar los límites "porque sí" y, más tarde, para imponerlos; mi rebeldía frente a los moldes, las exigencias sociales y los prejuicios de cualquier índole. Todas esas características que, durante muchos años, me hicieron sentir "inadaptada", "distinta", "rara".
Murió cuando yo estaba a punto de tener mi primer hijo. Por suerte, pudimos compartir muchos años.
Mi bisabuelo, que de él se trata, no sólo me legó el amor por las palabras sino que, además, con su ejemplo me enseñó a no tenerles miedo. No sólo me transmitió el orgullo por las ideas sino que, por sobre todas las cosas, dejó en mí la semilla de su inclaudicable espíritu libertario.
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20.3.08
La autora de mis días
Nélida para el documento (si la llaman así lo más probable es que piense que le están hablando a otra persona). Cuca para la vida. Cuquita cuando hay que pedirle algo. Cucatrap cuando se trata de hacerla enojar. Cucavacha para nosotros, sus hijos. ¡Ay, mamá! (dicho con "ese" tonito) para mí.
Mi madre es una señora bien compuesta que siempre se lleva todo por delante. Es posible verla llorar frente a media docena de copas de cristal hechas trizas por obra y gracia de su increíble torpeza que transmuta todo lo que la rodea en una línea de bowling (y juro que es la reina de los strikes). Entre sus vicios confesables (los inconfesables prefiero no saberlos porque, al fin y al cabo, es mi mamá) se encuentra todo juego de cartas que se haya inventado y, sin lugar a dudas, todo el que esté por inventarse se transformará en un nuevo vicio ni bien su existencia llegue a sus oídos. Además de haber sido la autora de mis días, reivindica la autoría de frases célebres como: "Yo tejo, mi mamá coge" (obviamente, en el laberinto de su pensamiento, ella quiso decir "cose" y yo todavía estoy convencida de que debería cobrar derechos de autor por semejante hallazgo) que no sólo involucraba a mi abuela (aún hoy vivita y coleando) sino a quien en poco tiempo se convertiría en mi marido que debe haber flasheado con la performance de la venerable viejita. Por supuesto, lo que el joven seguramente no advirtió en ese instante fue la condena a la que se sometería contrayendo matrimonio con la que iba a transformarse en la líder de la tercera generación de mujeres papeloneras. Porque mi "bubú" también tiene en su haber episodios hilarantes como preguntarle por la parada del colectivo a un maniquí, pedirle al almacenero una botella de "Paso de los Libres" o entrar muy decidida a una mercería a comprar "botones para Montgomery Clift" (porque, sí, de verdad cosía aunque no para el malogrado actor).
Cuquita, mientras tanto, se dedicaba a cuestiones más extremas. Al volante de su poderoso Fiat 600, fue arrollada por un surtidor de nafta (pero, claro, el muy desaprensivo venía de contramano); hizo una cuadra entera en la Avenida 9 de Julio viendo azorada cómo todo el tránsito la emprendía contra su resistente "bolita" y, ya con un automóvil de mejor porte y casi pistero, un Fiat 128 SuperEuropa, fue tan hábil como para chocar dos autos (dos BMW para ser más precisa), además del suyo, que estaban estacionados en en garage de casa.
Cucavacha me llevaba al colegio pocas veces. Debo dar gracias a los hados por eso ya que lo hacía lista para volver a la cama: camisón, pantuflas y el tapado de piel sintética. Yo aprendí a rezar en esos viajes en los que ya no me preocupaba tanto por su manera deforme de conducir sino porque no tuviese que bajarse del auto con ese vergonzante atuendo. Es más, hoy estoy convencida de que interné a mi papá para que me enseñara a manejar a los 13 años sólo para ahorrarme las angustias que me causaba el simple hecho de pensar que se nos podía pinchar una goma y ella bajaría del vehículo con su vestimenta de diva mañanera.
En cuanto a su relación conmigo, estuvo marcada por el día de mi nacimiento en el cual decidió que mi nombre recordaría eternamente la línea del tango que dice "un ladrido de perros a la luna". Es que, ¿qué certera puntería la habrá impulsado a elegir dos nombres con el mismo diptongo que producen una cacofonía infernal? ¿Cómo pudo creer que la combinación de Laura y Aurora podía generar algo que no fuese risa? Mi teoría es que nunca los dijo juntos en voz alta y que, agotada por el trabajo de parto, balbuceó "eso" que hoy es, no dos nombres yuxtapuestos, sino uno solo, inseparable: Lauraurora. Y los perros siguen ladrando.
El problema es que, con el correr del tiempo, cada día me parezco más a "¡Ay, mamá!". Mis cada vez más frecuentes distracciones y torpezas me causan terror: voy camino al ridículo sin escalas y sin retorno. Hace un rato, dentífrico en mano, cubrí de pasta blanca (sin rayitas, inmaculadamente blanca) la Gillette Mach3 de mi hijo y sólo me di cuenta de lo que había hecho cuando me disponía a cepillar mis dientes. Entonces, no pude menos que recordar que Cuquita me lo había adelantado, con ese estilo oracular y circunspecto que tiene a veces: "¡No te rías hija, no te rías, que lo que se hereda no se roba!".
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Etiquetas: mi personal fest
28.12.07
Me cansé
Así de simple: me harté.
A ver si nos ponemos de acuerdo: que haya elegido omitir mis referencias profesionales evitando el "chapeo" que tan incómoda me pone, no me hace unaseñoragordaquedespuntaelhastíodelhogarescribiendodosblogs.
Pero como parece ser que, al igual que en otros ámbitos, en este espacio se jerarquiza el autobombo y se mide a las personas por el ruido que hacen batiendo los parches –por las dudas, no vaya a ser que cualquier espíritu corporativo reconozca a un recién llegado y habilite para la competencia a los que hasta ahora no tenían cómo publicar– he decidido blanquear mis tropelías que, aclaro, cara a cara puedo llegar a contar (cosa que ha causado enorme sorpresa en más de un habitante de la blogósfera al que conocí en persona).
Entonces anoto algunas de las travesuras que cometí en los últimos veinte años:
Estuve a cargo de la Dirección Creativa de dos campañas presidenciales.
Como Redactora Senior, hice campañas nacionales y provinciales para casi todos los partidos políticos argentinos, y para varias marcas internacionales; y produje contenidos para una docena de sitios web.
Edité textos de autores de fama internacional, el Premio Nobel de Química Ilya Prygogine y el pensador francés Edgar Morin, entre otros.
Como ghost writer escribí casi una decena de libros que, por supuesto, no llevan mi nombre y, obviamente, no puedo listar.
Como escritora gané los siguientes premios: "Avon con la Mujer en las Letras", 1994 (primera mención); "INCA Compañía de Seguros", 1995 (mención honorífica); "Nacional de Literatura, Categoría Iniciación/Narrativa Breve" bienio 1994/1995 (segundo premio) con el libro de cuentos El Olvido Selectivo; y "Fundación Victoria Ocampo", 2007 (segundo premio) con el cuento "Miércoles de Cenizas", publicado en la antología editada por la Fundación.
En la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires tuve el placer de cursar materias con Beatriz Sarlo, David Viñas, Noé Jitrik, María Teresa Gramuglio, Laura Cerrato de Juárroz, Eduardo Romano y Jorge Panesi.
En cuanto al oficio de escribir, me formé en los talleres de Santiago Kovadloff y Tamara Kamenszain.
En la actualidad soy Directora de Contenidos de un portal web de próximo lanzamiento y, por supuesto, sigo escribiendo.
¿Ahora pensarán que escribo mejor?
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Etiquetas: las cosas por su nombre, mi personal fest
18.12.07
Yo quiero ser Laura Cambra
Recogiendo el guante del desafío que me lanzó Marinita el día de mi cumpleaños, voy a, por lo menos, intentar escribir este post y, lo que me es mucho más complicado aún, hacerlo sin ponerme seria.
No se trata de su inteligencia, porque por lo que sé le ha proporcionado más problemas que soluciones y, si bien le sirve para muchas cosas, a la hora de tomar decisiones no le evita ser un mono con navaja.
Tampoco es su vida social, por épocas más escasa que agua en el desierto y, cuando abunda, prolijamente evitada mediante un exigente proceso de selección.
Mucho menos la timidez que la hace poner cara de "yo no fui" o de "¿y vos quién sos?", alternativamente, cosa de desconcertar a los que la rodean que a veces creen estar frente a una inocente Heidi –pequeño e inofensivo cabrito bajo el brazo incluido– y otras, sienten el rigor de la fría mirada de una maléfica bruja.
No le envidio el cáustico sentido del humor –tan ácido que a la mayoría de las personas le resulta punzante– ni su compulsión a la metida de pata verbal que tantos disgustos le causa (es inevitable que "boquee") ni aun su posibilidad de reírse de sí misma.
Imposible desear sus atributos físicos. Para empezar, pisa los cincuenta –y como viene la mano, su bagage genético le permitirá vivir unas cuantas décadas más a puro deterioro, descenso y apergaminamiento–; tiene menos cintura que una almohada berreta –a las de pluma aunque sea se les puede marcar una forma–, detesta las cirugías un poco –mucho– por convicción y otro poco por terror a los quirófanos, descartando las posibilidades de "tunearse", lo que a esta altura ya sería una cuestión de protección del espacio público y respeto por el prójimo.
En cuanto a sus costumbres más arraigadas, no hay demasiado para tomar como ejemplo: el cigarrillo y el café son sus mejores amigos, come como un cosaco recién llegado del larguísimo invierno siberiano y, hace ya tiempo, se prometió –¡y lo cumple!– no ceñirse a ninguna dieta; le gusta el fútbol y sigue los campeonatos locales y algunos internacionales –lo peor es que no lo hace para tener tema de conversación con los hombres o para resultarles mas atractiva sólo por el hecho de que no serán censurados por adorar a San Macaya Apóstol o a San Huguito Mártir sino lisa y llanamente porque ella AMA el fútbol (aunque no las muestra, tiene fotos con el Enzo y con el mismísimo EMM). Le encanta manejar y nunca se achica a la hora de "meter trompa" para pasar primera. Casi siempre usa pantalones –es raro verla con pollera o vestido–, y su arreglo personal incluye apenas el baño diario y un poco de perfume (esto último, cuando se acuerda). Ni siquiera el hecho de que, a pesar de todo lo mencionado, siempre tiene cerca algún hombre –o más de uno– que le "tira los perros" constituye un motivo sustancial para querer ser ella. ¡Y pensar que no sólo no hace nada para que eso suceda sino que, además, la mayoría de las veces ni siquiera se da cuenta de que está ocurriendo!
No es su capacidad para poner los pensamientos en palabras, ni su obsesivo rechazo a las estrategias "marketineras", ni su casi estúpida costumbre de cultivar el low profile. Tampoco sus ocasionales osadías lindantes con la inconsciencia ni su carácter de Ave Fénix que le permite renacer de sus cenizas periódicamente.
No es porque un día se tiño de rubio para probarse a sí misma que podía ser aún más tonta. Ni porque trabaja en lo que le gusta. Ni porque está convencida de que lo más interesante que le pasó en la vida es vivir. Ni porque es zurda y tiene buena letra. Ni porque ganó más de un premio literario (aunque nunca lo diga). Ni por su desvergüenza para contar cuánto le gusta la televisión basura. Ni porque tiene un curriculum impecable y sorprendente (que jamás muestra).
No. No. No.
No es nada de eso.
Yo quiero ser Laura Cambra porque ella, solita, sin más ayuda que la de su infinita paciencia y su testarudez incomparable, se hace cada dos semanas sus propias uñas esculpidas.
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Etiquetas: al desnudo, descerebrada – el rinconcito de Marta Sánchez, mi personal fest
11.12.07
Manual de instrucciones
Si me quieren sacar buena sea en cuestiones laborales, personales o familiares –cosa que, por más instrucciones que haya, no será fácil porque ya vengo avisando que soy terca como buena mula y mejor gallega– quienes deseen permanecer a mi alrededor deberán tener en cuenta que:
- Me va más cómoda la modalidad a distancia que la presencial. Padezco de cierta lentitud estructural del pensamiento y la mediatización me ayuda a salvarla.
- Invariablemente, soy mejor escribiendo que hablando (lo que no me hace buena para ninguna de las dos cosas sino sólo, como diría mi madre, menos peor).
- Sepa que la oratoria no es lo mío. Y si no me queda más remedio que hablar, me sale más fluido frente a una sola persona que frente a un grupo.
- Mantenga la distancia óptima. Prefiero estar lejos a estar cerca.
- No espere un SI cuando me hace una pregunta. Mi primera respuesta es siempre un NO.
- Acepte mis limitaciones (yo ya lo hice): me es más fácil preguntar que responder.
- Deme tiempo. Superado el abatatamiento inicial, puedo ser simpática (si y sólo si quiero y la ocasión lo merece).
- Sea cuidadoso. Cualquier signo de falta de delicadeza se traducirá en un inmediato cierre de compuertas (en el Juego de la Oca eso se llama "retrocede tres casilleros" o "pierde dos turnos").
- No intente sorprenderme. A menos que quiera enfrentarse a la frustración de que me haya dado cuenta por anticipado y que, además, esté preparado para la cara de bragueta que le voy a ofrecer como recompensa por sus esfuerzos.
- Aléjese rápidamente si la ironía le resulta incomprensible o agresiva. Si no lo hace, estará en grave peligro (y, habiendo escaleras, el propietario no se responsabiliza por el uso del ascensor o, si lo prefiere, el que avisa no traiciona).
- No se desviva por impresionarme. El disfraz que mejor me calza es el de la displicencia. Y, si decide intentarlo, aplique la inteligencia para que yo no me dé cuenta de que lo está haciendo.
- Tenga siempre a mano el sentido del humor. Si no me divierto, no me engancho. Todos tenemos dramas y tragedias. Si necesita contar los suyos que al menos sea de una manera tolerable.
- Resista mis permanentes e intempestivos cambios de humor. Eso le dará puntos extra a la hora de hacer un promedio general de su desempeño. La práctica sistemática de la meditación trascendental le sería de gran ayuda.
- Bajo ninguna circunstancia entre en situación de competencia conmigo. Si usted es hombre, jamás podríamos probar quién la tiene más larga porque sencillamente no puedo ofrecerle qué medir y, en el supuesto caso que intentáramos una competencia despareja –algo así como multiplicar peras por manzanas–, debo informarle que mi lengua es más larga que cualquier otro apéndice corporal. Si es mujer, en vez de longitud, probaremos filos.
- Del mismo modo que no compite conmigo, no compita por mí. Desde ya, le aviso que no vale la pena tomarse trabajo por tan poca cosa y, además, el Circo Romano no me atrae.
- No sea tibio. Si no puede evitarlo, abandone de inmediato cualquier tipo de esperanza porque si hay algo que no hago es arrastrar o empujar gente y nunca quise ser porrista.
- No espere que yo sea tibia. Cualquier cosa menos una vida gris y anestesiada.
- Escuche. Si quiere saber como soy, preste atención a lo que digo porque siempre digo lo que pienso y lo que pienso es lo que soy (si no entiende esta afirmación circular, dese por descalificado automáticamente).
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Laura Cambra
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