No tengo tarjeta personal.
La sola idea de mi nombre y abajo, en tipografía más chica, la palabra "escritora" me causa el mismo efecto que haberme encerrado en una cámara de gas... hilarante.
El otro escollo que se interpone entre el cartoncito 9x4.5 y yo es que no soy sólo escritora (leer la columna de la derecha). La solución a este problema sería tener un número "n" de cartoncitos diferentes siendo "n" igual a la cantidad de actividades desempeñadas. ¡Pero claro! Entonces, a la hora de entregar un cartoncito, tendría que empezar a manotear el indicado teniendo en cuenta la ocasión y el destinatario y, haciendo honor a mi inigualable torpeza, terminaría dándole el equivocado o, lo que es casi imperdonable, los "n" cartoncitos y las instrucciones para que elija el correcto y se deshaga de los otros.
Mi CV es un desastre.
Y, además, es un desastre incompleto. ¿Hay algo más patético que un desastre in progress, un desastre que quiso ser y se quedó a mitad de camino?
Desde hace un par de semanas, en la columna de la derecha de este blog y del otro puede verse mi reseña biográfico-profesional. Ahora le dicen BIO.
Obviamente, hay dos reseñas diferentes, no vaya a ser que me aburra de mí misma o que, de manera pública y notoria, renuncie a mi escisión.
Una buena: me conoce bastante gente.
El lado oscuro de la una-buena es que algunos me conocen por una cosa, otros por otra y otros por otra más (que ni siquiera tengo donde linkear) pero, a no ser que se encuentren y hablen sobre mí –cosa que sucede en ocasiones excepcionales–, el que sabe una cosa no sabe la otra y ha pasado, incluso, que han hablado de mí pensando que era dos personas diferentes y hasta han discutido si yo era una o era la otra hasta descubrir, luego de gritos y arañazos, que era la misma.
Soy "canuta".
Tengo trabajos interesantes (suelo no aceptar los que no me presenten un desafío), que me ponen en contacto con personas a las que no es sencillo llegar (muchas veces lo que se dice "figuritas difíciles") y con las que hago vínculos profundos e intensos. Pero jamás lo cuento. Ni siquiera lo sugiero. Sí, claro, me resulta mucho más fácil y cómodo mantenerme en esa suerte de clandestinidad, no ser el foco de atención, jugarla callada. Sólo en contadas ocasiones, cuando alguien dice algo de, por ejemplo, fulano, me animo a decir "¡Ah, fulano! Yo trabajé con fulano." y casi siempre mi interlocutor sufre un sorpresivo desmayo.
Soy terca.
Sé con claridad y certeza lo que hay que hacer. Y no lo hago. Para ser gráfica: no tengo ni el 20% de las publicaciones en las que salí, ni el 1% de los audios de entrevistas que me hicieron, ni siquiera un testimonio en video de mis presentaciones en televisión y ni un ejemplar de un libro en el que están publicados mis cuentos (ya sé, ya sé, voy a irme al infierno sin escalas). Del mismo modo, sé lo que no hay que hacer. E insisto en hacerlo. Y no abundo en detalles porque sería entrar en terreno cenagoso.
Soy prejuiciosa.
Las cosas que hago las hago bien. Porque sé hacerlas y por amor propio, una combinación funesta de capacidad y autoexigencia. Pero, ¿quién va a creer, en la era de la hiperespecialización, que una persona puede desempeñar muy bien varias actividades? No, no, no –me dice mi vocecita interior–, no es serio ser buena para más de una cosa. Y, a pesar de nuestra entrañable amistad, ese es el comienzo de una batalla sangrienta entre mi vocecita y yo.
He aquí un breve compendio de los ingredientes que requiere un marketing personal lamentable. Un pequeño paso para la humanidad, un paso enorme para mí.
2.12.09
I love MKT, personal MKT
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Etiquetas: al desnudo, dark side of the moon, las cosas por su nombre, mi personal fest, sin anestesia
22.10.09
Cuestión de matices
No soy obsesiva, soy sistemática.
No soy vieja, tengo experiencia.
No soy miedosa, soy precavida.
No soy bruja, soy aguda.
No soy sarcástica, tengo sentido del humor.
No soy gata flora, soy selectiva.
No soy pesimista, soy realista.
No soy inconciente, soy optimista.
No soy soberbia, soy segura de mí misma.
No soy exigente, sé lo que quiero.
No soy arrogante... ¡soy perfecta!
En la vida todo es cuestión de matices.
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Etiquetas: dark side of the moon, diario de una obsesiva, en pocas palabras, las cosas por su nombre, legalmente bífida, mi personal fest
20.8.09
Contribuyendo a la confusión general
Periodista: ¿Vos tenés hijos?
Yo: Sí, dos.
Periodista: ¿Y le entregarías tus hijos a Callejeros para que ellos los cuidaran?
Yo: Mis hijos son grandes, se cuidan solos. De todos modos, conocieron a varios de los músicos y les parecieron personas muy agradables, cálidas y ubicadas.
Hoy, a pocas horas de conocido el fallo del Tribunal Oral Nº24, en una entrevista radial, mantuve este diálogo.
Mientras respondía no pude evitar pensar que Callejeros es una banda de rock y no un jardín de infantes. Me callé para no contribuir a la confusión general.
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Etiquetas: callejeros en primera persona, diario de un libro, las cosas por su nombre
7.6.09
Efectos colaterales
Hay un publicitario que hace algunos años fue el más cool de todos los cool en un medio en que si no sos cool no existís. Harto de ganar todos los premios habidos y por haber, decidió probar –sin demasiada suerte– con la ficción televisiva. Como por ahí la cosa no iba, se movió hacia la otra ficción, la ficción política.
Así fue quien ideó el "dicen que soy aburrido" y nos vendió –y nos compramos porque la necesidad tiene cara de hereje– a Fernando, el que iba a ser el "médico de todos los argentinos" y terminó siendo el que se despidió desde el helicóptero.
Luego, en 2003, perpetró el comercial "Carlitos en el Monte de los Olivos", una pieza temeraria (lamento que no figure en youtube), extremaunción del ex presidente y eterno candidato.
Ahora nos ofrece la prístina figura de hijo, padre y marido ejemplar de Francisco que, sumada a las cachetadas –que debe haber medido muy mal porque salió de circulación–, al ruidoso llamado a contar los votos porque los votos cuentan y a las frasecitas que suenan a Coty Nosiglia en "Boluda total", conforman una de las campañas propagandísticas más caras de la historia argentina, sino la más cara.
Viendo el recorrido de este muchacho –ya no tan muchacho– en la arena política local, yo, en el lugar de Francisco, no estaría pensando en celebrar sino calculando cuáles serán los efectos colaterales de su creativa colaboración.
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21.3.09
Eventolandia – El día después
Ayer se llevó a cabo la –espero– primera edición de MundoBloggers.
Fue una maratónica seguidilla de interesantes conferencias. Mucho encuentro con personas conocidas, muchos expositores –tal vez demasiados– y, como siempre, muchas ganas de pasar de la virtualidad a la realidad.
No voy a comentar especificidades porque seguramente se reproducirán tanto en el blog del evento como en cada uno de los espacios de los participantes y expositores.
Sí voy a hacer una reseña sintética de lo que a mí me dejó MundoBloggers.
Pensamientos laterales
• A esta altura del campeonato, me dio la sensación de que el límite entre lo real y lo virtual se hace cada vez más difuso. Hay permanentes intrusiones de un plano en el otro y cualquiera que pertenezca a redes sociales y profesionales, tenga un usuario de Twitter y sea autor de un blog está expuesto a este fenómeno en el cual lo público y lo privado se entrecruzan.
• Si de blogs se trata, creo que la tan vituperada categoría "blog personal" debería recibir un justo y merecido homenaje de desagravio. Desde donde yo lo veo, se hable de tecnología, entrepreneurship, actualidad o recetas de la nonna, el blog debe tener una identidad, emitir un mensaje personal con una voz personal, auténtica y singular. Por supuesto, es difícil aceptar que compartimos categoría con la tía que vive lejos y sube fotos de sus hijos para que el mundo los vea, con la que vuelca de manera masoquista el relato minucioso y lacrimógeno de sus desgracias amorosas, con el que mastica persistentemente su melancolía hecha poema. El medio invita al tono intimista y a la confidencia. Después de todo, no se trata de conferenciar sino de conversar... Y las conversaciones, como dice la RAE, van desde la charla familiar hasta el trato carnal. Llevado al extremo, hasta un blog corporativo debe entrar en este rango encontrando una voz que sea su propia voz.
Las buenas
• Reencontrar tanta gente conocida.
• Conocer tanta gente conocida.
• Escuchar experiencias interesantes.
Las no tan buenas
• Volver a comprobar que muchas veces quienes estamos en la línea 2.0 hablamos solamente para nosotros mísmos, en un código compartido pero de difícil acceso a los "no iniciados". Sería muy útil allanar la expresión para que llegue a más personas. No es verdad que cualquiera puede tener un blog (creo que ya lo dije). Partir de esa base es un error.
• Volver a comprobar que, con frecuencia, cuando se habla de redes colaborativas, de interacciones, de horizontalidad, se está hablando de un ideal, de una utopía que muchos de nosotros sostenemos pero que nuestros egos obstaculizan notablemente. Porque, seamos sinceros, detrás de la pasión, la constancia y la garra que le ponemos a esta actividad, siempre hay un ego hipertrófico preocupado porque el vecino no haga demasiada sombra o preocupado por superar la sombra del vecino o preocupado porque no se nuble y todas las sombras desaparezcan.
• Como siempre, estas actividades se orientan más que nada a dos o tres temas: tecnología, empresa y fenómenos web de celebridad instantánea. Es una pena que no le hagan lugar a la literatura, las artes visuales, la música y el humor.
• Que en todas las presentaciones PowerPoint, invariablemente, faltaban los signos iniciales de interrogación y exclamación (perdón, pero el español indica que lo correcto es utilizarlos).
En resumen
Fue muy bueno participar. Fue increíble el esfuerzo de los organizadores. Fue divertido, ameno y dinámico.
¡Ah! Y tengo la foto con Cumbio.
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19.12.08
Callejeros y la primera persona (continuación)
Desde la última semana de septiembre, cuando se anunció la salida a la venta de Callejeros en primera persona, se formularon muchas hipótesis acerca de las motivaciones que me impulsaron a escribir sobre un tema tan difícil y tan controversial como la tragedia de Cromañón.
En este tiempo, contesté todas las preguntas de la prensa. Estuve a disposición de radios, canales de televisión, medios gráficos y medios digitales sin eludir ninguna respuesta.
Durante varias semanas, mis casillas de correo electrónico se poblaron de mensajes de todo tipo. Desde la felicitación y el agradecimiento hasta la ofensa, el insulto y la amenaza. La mayoría de estos últimos pertenecían a personas que no habían leído el libro.
Además, circularon versiones de todo tipo acerca de una alambicada estrategia de prensa para vender el libro. Versiones absolutamente alejadas de la realidad.
A quienes pensaron que así era, he de aclararles que días después de que apareciera la placa negra publicada en el sitio oficial de Callejeros, me llegó una carta documento de seis de los integrantes del grupo convocándome a una mediación.
A partir de ese instante me llamé a silencio para facilitar el proceso al que había sido citada y que aún no concluyó.
Es difícil entender cuáles fueron las motivaciones que los impulsaron a iniciar una accion por daños y perjuicios. Sin embargo, analizando la situación desde la postura de ellos, y de todo lo que provoco el contenido del libro, que incluye los testimonios por ellos vertidos, es posible –desde mi punto de vista– esbozar la idea de que se formule algún pedido respecto a los testimonios, reiterando que ningún interés ni participación tuvieron el libro. En cuanto a otro tipo de reclamo económico, dado que la mediación todavía está en marcha, me es difícil imaginar cómo terminará y, por supuesto, está en manos de los abogados
Por cierto, las actitudes de varios de los actores involucrados en esta trágica historia no hacen más que confirmar los conceptos volcados en el libro acerca de nuestra dificultad para unirnos en el dolor, de la imposibilidad de salir del lugar de la confrontación, de la incapacidad para reconocernos en los ojos de nuestros semejantes.
Callejeros en primera persona no es "el libro de Callejeros" ni "el libro que defiende a la banda" ni "el libro que ataca a los sobrevivientes" ni "el libro que está en contra de los padres de las víctimas".
Instalar la idea de una obra destinada a defender una posición por encima de otra va por completo contra la esencia y el espíritu de mis palabras. Y, por extensión, contra mi esencia y mi espíritu.
Callejeros en primera persona nació como un intento de reflexionar sobre los motivos que llevaron a que se produjera una tragedia como la de Cromañón. Creció como un desafío personal de comprometerme, desde mi lugar de escritora, con la búsqueda de la verdad, una verdad sin dueños y sin exclusiones. Se concretó como una obra en la cual el lenguaje de la investigación se desliza dejando lugar a una expresión más visceral. Vio la luz en el centro de una disputa por el espacio mediático. Y hoy circula, sobre todo entre los jóvenes, como punto de partida para la construcción de una perspectiva diferente que permita aprender de la desgracia.
Hasta la fecha, Callejeros en primera persona es el único lugar en el que aparecen las voces de los músicos. Sus largas charlas conmigo, transcriptas en el libro respetando puntualmente lo dicho, son también parte de la historia de Cromañón. Una historia que sigue doliendo como el primer día.
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4.12.08
Querido Papá Noel
En el lejano e inclemente Polo Norte, Papá Noel tiene un completísimo archivo privado. Allí están ordenadas todas las cartas que el buen señor ha recibido. En este curioso conglomerado de pedidos es posible advertir que los primeros deseos de muchas personalidades de todas las áreas, ya desde la infancia manifestaban aquello que con el tiempo (a veces, además, con mucha ayuda) lograron ser y, también, reconstruir los tortuosos caminos por los cuales sus sueños se hicieron realidad (o no).
Así, es sorprendente reconocer en la caligrafía apretada y llena de errores (no, no estoy hablando de Susana Giménez, ella quería conocer las Cataratas del Iguazú y... sí, a los dinosaurios vivos, deseo que, como es de público conocimiento, no ha podido concedérsele ni con la colaboración de COAS), a Carlitos W.B., cuya corta misiva de 1953 solicita "un kit de harmas kímicas y un livro con la istoria de Vavilonia y una votella de whisky (para mi daddy que ya es grande)" (sic).
En las cartitas de Ronald (no, McDonald no, el otro), en cambio, puede apreciarse, ya desde 1918, su profundo deseo de llegar a ser una estrella de westerns producidos en Hollywood. Sus pedidos se repiten sistemáticamente: cartucheras, estrella de sheriff, pistolas... y réplicas del Oscar de la Academia. En un cruce de información digno del Excalibur ha podido constatarse que, en un momento circa 1934, las cartas del tierno Ronald –que persistía de manera conmovedora en su deseo de protagonizar films del lejano Oeste– se mezclaron con las de un precoz Clint E. (no confundir con Bill Clit, que pedía pasantes para el despacho oval) cuya energía estaba puesta por completo en ser presidente del país más poderoso del mundo. Esta confusión explicaría la eterna sonrisa sorprendida de Ronald y la no menos eterna cara de bragueta de Clint (y también la activa bragueta de Bill).
Si nos enfocamos estrictamente en el mundo del espectáculo veremos no sin sorpresa las esquelas de Michael J. quien, desde que pudo articular las primeras frases (y estoy segura de que, antes que "amo a mi mamá" aprendió a escribir "quiero ser wasp"), hizo la misma solicitud: "cremas blanqueadoras, una montaña rusa propia y que me llamen Macaulay"; las de Richard G. pidiendo ser actor y conocer al Dalai Lama (le dieron lo segundo, no lo primero. Lamentablemente para la historia de la cinematografía, él parece no haberse enterado); las de Al P. que quién sabe por qué extraños motivos quería siempre dientes nuevos (se los otorgaron para su papel del Diablo en "Devil's Advocate", cosa de que su apariencia fuese terrorífica); y las de Mel G. que en su lampiña infancia insistía con tener un bigote como el de Adolf H. (el bigote no se lo dieron).
El género femenino también tiene una participación más que interesante en esta investigación. El cruce de las cartas enviadas muestra que Britney S. siempre quiso ser Madonna e, inexplicablemente, Madonna todavía sigue escribiendo que quiere ser Britney (pero ahora lo escribe en hebreo). Nicole K. primero pidió un Top Gun (perdón, Tom C.) que le fue concedido, pero cuando se dio cuenta que el señor sólo alcanzaba el top subido al banquito de la cocina, que de gun no tenía nada y que, encima, venía con la Cientología incluida, rectificó su pedido dando lugar a que se hicera realidad el de Katie H. Un caso curioso es el de Winona R., cuyo eterno pedido fue "yo quiero ser 'mechera'" y le fue otorgado junto con una innumerable cantidad de horas de probation.
En el plano local la cosa no resulta mejor. Una generación entera –post Diego Armando y Claudio Paul– invirtió ríos de tinta y fortunas en estampillados al Polo Norte expresando su deseo de "casarme con un jugador de fútbol internacional" (jamás el 2 de Mandiyú), últimamente ampliado a "casarme y tener hijitos", y dando origen a una nueva categoría: las "botineras". Papá Noel ya cumplió con los objetivos de Wanda N., Evangelina A., Nicole N. y Eliana G. En cambio, los de Natalia F. y Amalia G. han tenido algunos matices. Aunque ambas creyeron estar haciendo realidad lo solicitado en sus cartitas, al revisar los archivos se advierte que la primera fue la concreción del deseo de Carlitos T., mientras que la segunda acredita haber sido el regalito de Navidad para un tal Robbie W., que había solicitado con desesperación una "pantalla" y quién sabe qué habrá entendido Santa Claus que le mandó a esta chica. Dando muestras de su convicción y persistencia, cuando las muchachitas no le escriben al señor del Polo Norte, veneran a "la Claudia" y a "chorreo glamour Mariana".
Por cierto, los archivos de Santa son privados pero no inaccesibles de modo que ¡cuidado con lo que escriben después del insoslayable "querido Papá Noel"!
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30.11.08
Laurita mira la tele
Mi tierna infancia de monstruito prodigio estuvo marcada por la televisión. Esos aparatos que hoy son planos, ultradelgados, apaisados, a todo color y con sistemas touch, en ese entonces eran unos toscos cubos marrones con selector de canales, pantalla gris verdosa, sintonía fina y graciosa antenita móvil para mejorar la siempre imperfecta imagen.
Para dar una idea de en cuánto la tele me atraía diré que mi exposición a los rayos catódicos se iniciaba con la señal de ajuste –la grilla que permitía calibrar horizontales y verticales– y terminaba con "Palabras de vida", un engendro religioso alentado por los sucesivos gobiernos militares que azotaron aquellos años.
La vida pasaba por la televisión. Mi vida de cuatro años pasaba por la televisión. Sin plan, sin agenda y sin horarios. Indiscriminada, masiva, adictiva. Así era mi presencia frente al aparato. Me daba lo mismo "Jardilín" que "Buenas tardes, mucho gusto"; "El llanero solitario" que "Ben Casey" (mucho más atractivo que el doctor Kildare, ya por ese entonces tremendo bala); "El club del clan" que "Sábados circulares"; "El amor tiene cara de mujer" que "El muñeco maldito".
A Tato Bores no lo entendía pero lo miraba igual. Me asustaba el bigote de escobillón con el que un general de turno ocultaba el labio leporino (eso decía mi mamá, yo sólo sé que el tipo hablaba raro). Disfrutaba del terrorífico Narciso Ibáñez Menta. Me divertía la vocecita aguda que salía del voluminoso cuerpo de Aldo Cammarotta. Me intrigaban las misteriosas predicciones de Horangel. Me irritaba el tonito estúpido de Annamaría.
Vi cien veces "Gunga Din", otras tantas "Ben Hur" y también "Casablanca". Lloré de risa con "Hay que educar a Niní" y "Madame Sans Gêne", y de emoción con "Dios se lo pague". Amé a Lolita Torres con la misma intensidad con que me aburrió Libertad Lamarque. Amalia Sánchez Ariño hablaba como mi abuela. Luis Sandrini me parecía tan tonto como José Marrone y siempre me quedaba con Pepe Biondi.
Tuve mi gorro con orejas –un esfuerzo de producción de mi mamá y mi abuela (no la que hablaba como Amalia Sánchez Ariño sino la otra)– para ver "Disneylandia" y sentirme cerca de esos chicos tan compuestos a los que un amable Walt Disney enseñaba cómo se hacían los dibujos animados.
"Disneylandia" fue, sin lugar a dudas, mi programa favorito. Sobre todo cuando dedicaba su emisión a la Tierra de la Fantasía porque ¡menuda decepción me invadía haber esperado toda una semana para ver mapaches y castores!
De solo ver aparecer a Campanita (muchos años después empezó a ser Tinkerbell) y escuchar la música se me estrujaba el corazón y se me hacía un nudo en la garganta.
Jamás hubo un límite para mi pasión por la tele. Nunca un "andate a la cama" ni un "primero comé". Claro, para cuando cumplí cuatro años, ya leía, escribía, atendía el teléfono y anotaba los mensajes de quienes llamaban. De hecho, miraba televisión sentada sobre los dos tomos del diccionario enciclopédico que solía sacarme de dudas cuando no entendía una palabra, siempre bajo la mesa de la cocina. Así que no había mucho que reglamentar.
Ese mundo en blanco y negro, con fantasma y el punto de luz que quedaba cuando la tele se apagaba me acompañó durante toda mi infancia. Siempre estaba ahí. Disparador de preguntas incómodas. Alimento de una fantasía sin límites. Testigo de mi avidez y generador de algunas inolvidables rabietas.
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27.10.08
Armando el arbolito
La cosa es sencilla. O al menos lo parece. Conocés a una persona. Te encanta. Pensás que es absolutamente perfecta. Pero como desde la más tierna infancia te enseñaron que la perfección no existe, no te resulta tan fácil comerte la galletita. Como, además, tu tierna infancia ya está lejana y borroneada por los años, el ojo se te afinó y las imperfecciones saltan con notable rapidez. Lo que el tiempo no se lleva nunca, empero (y cazá este preciosismo del lenguaje), es la ilusión de lo perfecto. Y te entregás a esa búsqueda incesante y llena de trampas (que vos misma te encargás de poner y en las que, sabés, vas a caer irremedablemente).
La primera etapa es la vacacional. A ver si nos entendemos: ¿qué puede estar mal en una playa de arena blanca y aguas transparentes, echada bajo una palmera y tomando daikiri de a sorbitos mientras mirás la caída del sol? Nada. Nada puede estar mal. Y en ese estado te pone la primera etapa de una relación.
La segunda etapa es de vuelta a clases. Hay que empezar a ordenarse porque, como es bien sabido, las vacaciones no son eternas. Con toda la energía que otorgan el placer y el buen descanso, te ponés a organizar. Y la organización trae la primera visualización de los detalles. Nada grave, insignificancias que te zumban un poquito en los oídos pero que enseguida se diluyen. Molestias que te encargás de catalogar como pasajeras. Después de todo, siempre hay un feriado largo de Semana Santa para reeditar la experiencia de la playa paradisíaca.
Pero lamentablemente, al llegar a la playa con la intención de restituir ese sentimiento de plenitud y éxtasis, advertís que el clima cambió, la corriente cálida que traía cardúmenes de pececitos de colores se retiró, el cielo no es tan azul, la palmera no tiene tantas hojas, el daikiri está aguado y hay un vientito de lluvia que levanta arena y te hace llorar los ojos.
Así como quien no quiere la cosa, volvés a casa (otra vez la rutina). Algo de desilusión te embarga. Esos pequeños detalles insignificantes ocupan cada vez más lugar en la vida cotidiana. Y cada vez ponés más energía en desoír las señales de alarma recurriendo al repertorio de excusas y justificaciones que sólo vos podés hacerte creer que creés.
En este punto, las vacaciones de invierno ya no son un remanso sino el necesario lugar adonde escaparte. Algo maltrecha pero irrenunciable, la ilusión vuelve a aparecer bajo la forma del 'cambio de aire'. Aunque ese 'cambio de aire' sean quince días encerrada en una casa viendo cómo afuera arrecia la tormenta y adentro te abate un supremo aburrimiento hasta que tu deseo se reduce a nada y no ves la hora, bendita hora, de volver al efecto anestésico de la malhadada (otra perla del idioma) rutina.
Porque, claro, en el tiempo transcurrido has descubierto que lo cotidiano opera como una suave droga que te permite seguir adelante sin naufragar en las insignificancias que ya ostentan la categoría de océano.
Ahora bien, como toda medicación, ésta también tiene efectos no deseados. Cierta irritabilidad es, tal vez, el más evidente.
A medida que el tiempo transcurre la situación empeora al punto que ni la llegada de la primavera representa una tregua y aunque el diccionario de excusas ha llegado a ser la obra más completa de la literatura universal (lo que confirma que la carrera por la perfección es inagotable), creerte los viejos discursos se transforma casi en el único objetivo de tu vida.
Así las cosas, te das cuenta de que ha llegado el tiempo de la cirugía mayor. Entonces, con la esperanza agonizante, buscás las cajas polvorientas. Y armás el arbolito.
Le colocás esas virtudes que nunca tuvo: las luces, las guirnaldas plateadas o doradas, los adornos coloridos, la estrella en la punta... Todo para que las ramas machucadas pasen desapercibidas. Para tapar la tristeza de ese esqueleto raquítico, lo cubrís de brillos baratos y nieve falsa. Sabiendo que es tu último esfuerzo, agarrás papel y lápiz y escribís la carta que empieza 'Querido Papá Noel' y aunque querés, intentás y deseás con toda tu alma y tu corazón que las cosas sean diferentes, tu vocecita interior ya no se calla: el árbol es de mentira, jamás habrá nieve en diciembre en este lugar del mundo... ¡y Papá Noel no existe!
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5.9.08
Limpieza de cutis
Después de unos cuantos meses trabajando, después de casi cincuenta mil palabras, después de rastrear diarios y revistas, expedientes, testimoniales y fallos. Después de negociaciones, contratos, expurgaciones y una inenarrable ansiedad. Después de haber imaginado, soñado y deseado... atravesé el punto de no retorno.
En este momento se llevan a cabo en la Argentina dos juicios orales que, a diario, ocupan tiempo y espacio en los medios de comunicación. La vida y sus mágicas sorpresas me plantearon el desafío de escribir sobre una de estas causas judiciales y me pusieron muy cerca de algunos de los actores principales.
Esa experiencia fascinante se transformó en un libro.
Ese libro le interesó a una editorial.
Esa editorial ya me mostró la prueba de imprenta y el boceto de la tapa porque la cosa viene vertiginosa y el objeto de marras estará en las librerías a principios de octubre.
Sentí que... ¡guau!...
Entonces vino el momento definitivo: me presentaron a la encargada de prensa.
Yo, que había dejado de escuchar cualquier otra cosa una vez que el editor dijo que el libro estaba muy bien escrito, apenas entendí palabras sueltas como "entrevistas", "televisión", "periodistas" y percibí, de lejos nomás, que una maquinaria muy ajena a mí ya estaba en marcha...
Durante la tarde cayeron dos o tres mails algo perturbadores en los que se leía "exclusiva", "adelanto", "primicia", cosas que pasé absolutamente de largo para refugiarme en la alta cocina y preparar una rica cena.
A la noche, de a poquito, las palabras sueltas empezaron a reconstruirse como oraciones simples. Way too simple sentences. Y luego fueron oraciones más complejas. Y, luego aún, impactantes párrafos.
Entonces me serví una generosa medida de vodka y empecé a revolver entre viejas agendas. No buscaba el teléfono de un antiguo psicoanalista para retomar una perdida conversación de diván, ni el de un ex amor con el que quisiera compartir la noticia. Sólo trataba, desesperada y ansiosa, de recuperar los datos de la mucho tiempo atrás olvidada cosmetóloga.
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3.8.08
Más Q que K
En el abecdario, K está indudablemente antes que Q. En la vida real, todo lo contrario. Es más, si hay excelente Q, ¿quién necesita K?
Y no estoy hablando de "los K", ¿o es que la única K que existe es la presidencial?
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30.7.08
Confieso: he criado un monstruo
Tarde soleada. Madre manejando, hija sentada en el asiento del acompañante.
Hija (mirando el afiche de vía pública de la obra teatral "Closer"): ¡Qué truchos que son!
Madre (con tono superado): Sí, "Closer", como la película con Jude Law.
H: Y Julia Roberts...
M: ¿Y por qué truchos?
H: ¡Ay, ma! Se podrían haber gastado un poquito y traducir, ¿no?
M: Y... la verdad que sí. Igual, no me imagino a la Kloosterboer como otra cosa que como una heladera flaca así que no importa el nombre que le pongan, esa obra debe ser un bodrio.
H: Piedra africana.
M: ¿Piedra africana?
H: Sí, el otro día papá compró unas esculturas relindas de una piedra de Kenia.
M: ¿Y?
H: Fría y dura. Kloosterboer, igual piedra africana.
M: Ahhh... (risas).
H: Igual, la otra es peor.
M: ¿Araceli?
H: Sééé... (con voz de idiota) "Tener las cosas claras es no olvidarme de la chica de barrio que fui". A esa mina a la noche le deben poner una pajita en la oreja.
M: ¿...?
H: Ma... le ponen una pajita en la oreja y le chupan el cerebro.
M: Uhhh, al pobre tipo que le sorbe los sesos le deben pagar extra por el trabajo insalubre.
H: Fijate cómo quedó Suar... daño cerebral irreversible.
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18.6.08
Cuando las personas no se escuchan
Desde que tengo memoria, cualquier ocasión en que mi familia se reunía era motivo para un debate. La mesa, una tribuna. El tono siempre encendido.
Mi padre, hábil argumentador, y mi madre, que solía –aún suele– naufragar en la esgrima verbal apasionada, se embarcaban en discusiones que invariablemente tenían que ver con dos de los temas menos recomendables desde el punto de vista del protocolo social: política y fútbol. De los dos restantes, la religión no era parte de la agenda; y el dinero representaba apenas un medio necesario para conseguir cierto confort.
Si se trataba de fútbol, para el 66, el equipo de José –y de Ricardo, mi papá–, la Academia, coronaba una campaña brillante con el campeonato mundial mientras que el de mi mamá, el glorioso River Plate de mis desvelos, todavía tendría que ser objeto de las burlas contrarias y esperar unos cuantos años para festejar un campeonato.
En lo que hace a política, crecí, acostumbrada a las polémicas, consciente desde la más tierna infancia de las diferencias que separaban a los peronistas –dicho con tonito despectivo– de los radicales –sólo ocasionalmente llamados por su nombre y con frecuencia tildados de "gorilas" o, en el mejor de los casos de "contreras"– y del tinte ideológico de los diarios (en casa siempre se compró más de uno porque había que conformar a las dos partes) que, la verdad sea dicha, en algunos casos iba virando según los vientos.
Aunque no entendía por qué mis viejos se reían a carcajadas –rara vez los dos al mismo tiempo– de ese señor vestido de frac que, con un puro entre sus dedos, hablaba a una velocidad increíble de cosas que a mí me resultaban absolutamente oscuras, o mantenía supuestas conversaciones telefónicas –a la manera de un moderno asesor– con quien, después supe, era el presidente de turno, Tato fue el invitado de honor de todos los domingos a la noche, una suerte de tercero en discordia que no admitía preferencias ni brindaba consoladoras palmaditas en el hombro de ninguno de mis progenitores y que, como nadie, eludía los vericuetos de la casi siempre presente censura.
Más tarde, cuando llegaron los progamas "políticos", también me hice abonada gracias no a mi comprensión de los temas sino a mi inclaudicable esencia de "nenita de televisor".
Recuerdo la desbordante alegría de mi madre festejando el triunfo de la fórmula Illia-Perette perteneciente al partido de sus amores mientras mi padre, taciturno, paseaba su tristeza por los rincones. De esa misma época es mi recuerdo de haber escuchado por primera vez las palabras proscripto y proscripción. En cambio, Perón y Evita llegaron a mi vida mucho más tarde porque en ese momento era aconsejable no nombrarlos.
En el discurrir de los años entendí, no sin dificultad, que a veces el que estaba contento era mi papá y que, sin dudas, llegaría el momento en que la que estuviera radiante fuese mi mamá. Y lo realmente valioso es que el tener que verse las caras todos los días los transformó en adversarios conscientes de la provisoriedad de los festejos, seguros de que la celebración propia no era a costa de la humillación ajena, y de que el vencedor de hoy sería el vencido de la próxima ronda.
Hoy agradezco que no me haya tocado un hogar en el cual las etapas de euforia compartida dejaban lugar a otras de sombrío resentimiento mascullado al unísono.
Con el tiempo accedí a las discusiones, más atravesada por la pasión peronista –que ya no era mala palabra– que por la democrática tradición radical. Hoy viene a mi memoria cierto inocultable orgullo de mi padre mientras, animándome a polemizar, entrenándome para la confrontación, me desafiaba a que argumentara: "Convenceme de que tenés razón. Vamos, convenceme".
Si bien las peleas eran ásperas, la vajilla nunca perdió su lugar en la mesa y nunca presencié más que las rispideces del tajante disenso. De hecho, después de más de cincuenta años, mis padres aún piensan distinto y aún siguen juntos.
Tal vez esa convivencia sin acuerdos pero con respeto sea la razón por la cual durante todos estos días me lastimó la incomprensión, la sordera, la descalificación y la aparentemente ineludible compulsión a alinearse de una vereda o de la otra. Tal vez por eso me cuesta entender los enfrentamientos en los cuales el autoritarismo, la amenaza y la intimidación se imponen a la razón. Tal vez por eso, entiendo la democracia como la posibilidad valiosa e irreemplazable de vivir en la diferencia. Tal vez por eso, en contraposición a la costumbre heredada y alimentada por mi familia, elegí el silencio.
Es que, desde mi experiencia, cuando las personas no acuerdan no está todo mal. Cuando de verdad está todo mal es cuando las personas no se escuchan.
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3.6.08
Nosotros, todos, ellos, nadie
Palabras que se utilizan a diario y que, de un modo a veces inadvertido, segmentan, unen, delimitan, excluyen, juntan, separan, incluyen. Que nos atan unos a otros en grupos a los que pertenecemos o en totalidades de las que no podemos escapar. Que nos obligan a tomar posición de un lado u otro o, lo que es más curioso aún, cuando implican la adhesión a posiciones extremas que no compartimos, nos dejan en un limbo extraño, ajeno y que suele parecernos solitario.
Nosotros no somos ellos. Nosotros podemos ser una multitud que remite a todos los individuos existentes o a apenas dos: vos y yo. Nosotros puede incluir a quien escucha pero también puede excluirlo dejándolo reducido a la soledad o diluido en un ustedes casi despectivo. Nosotros puede marcar el límite entre un acá aceptado y valorado, y un allá que no nos atañe o que, incluso, nos disgusta.
Ellos son los otros. Los que no caben en el nosotros. Los que están en otra vereda. Aquellos, los diferentes, que ocupan el espacio tras la imaginaria línea de división que nos discrimina. Y aunque ellos sean los vecinos –un prójimo próximo– o los hermanos, claramente no son nosotros y se nos hace difícil, cuando no imposible o impensable, estrecharlos en un abrazo.
Todos somos nosotros y ellos. Pero no siempre es tan así. Porque con frecuencia, todos es casi lo mismo que nadie y lo que es de todos no es de nadie. O el todo es más que la suma de las partes. O entre todos no hacemos uno. Y en el revoltijo de la generalización, todos no quiere decir rigurosamente todos.
Nadie, que a simple vista parecería ser ninguno, una ausencia de cuerpo, un espacio vacante, la mayoría de las veces, sin embargo, es alguien y tiene un nombre que no queremos pronunciar o hace referencia a una persona a la que conviene mantener en el aséptico anonimato que provee el nadie. Nadie es la palabra que recuerda la astucia de Ulises frente al cíclope. Es, también, la abolición del yo, del tú, del ellos y hasta del escurridizo nosotros (que quién sabe quiénes seremos). No hay nadie niega doblemente porque si hubiera nadie sugeriría presencia y si no hubiese alguien implicaría ambigüedad.
El caso es que, sin dudas, nosotros, ellos, todos y nadie son palabras difusas. Baste pensar en un funcionario público que durante una alocución dice "nosotros".
¿De quiénes habla? ¿Cuántos de los círculos concéntricos de la sociedad está mencionando en ese pronombre personal? ¿La totalidad de los estamentos sociales, la totalidad de los ciudadanos, el conjunto de personas que conforman el auditorio, aquellos que con su voto lo llevaron al podio desde el cual está hablando, el grupo más o menos numeroso de personas que –aunque no lo votaron– comparten su visión, el grupo de personas que lo acompañan en la función pública, el puñado de personas que han tenido acceso al atril desde el cual emite su mensaje, su familia y amigos?
Es bastante común que, al comenzar sus funciones, los mandatarios presidenciales –sobre todo en la Argentina– digan nosotros y se estén refiriendo a la gran mayoría, una suerte de todos. O casi. También es bastante común que, al avanzar la gestión, ese nosotros remita cada vez a menos personas mientras que el ellos se agiganta y amenaza. Algunos lo llaman "caída de la imagen positiva". Otros, "la soledad del poder". Lo cierto es que, cuando se trata de nosotros, ellos o todos, nadie sabe muy bien de qué está hablando.
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28.5.08
Tirá la cadena
Las cadenas de e-mails:
• Te hacen perder tu precioso tiempo en pavadas que, además, le harán perder su precioso tiempo a la gente que apreciás.
• Casi nunca tienen un autor que se haga responsable de lo que allí está escrito.
• Lastiman tu fino sentido auditivo con musiquitas babosas estilo Kenny G.
• Te muestran lugares maravillosos a los que nunca vas a poder ir o te condenan a imágenes horribles que, además, se ven totalmente pixeladas.
• Te ofrecen mensajes que son impracticables, sobre todo cuando tus preocupaciones pasan por pagar las cuentas, darle de comer a tus hijos y ver cómo llegás a fin de mes con más de dos pesos en el bolsillo.
• Pretenden transmitir la palabra divina encarnada de mendigos, mecánicos de automóviles, ancianos desvalidos o personas misteriosas; ilusionarte con mensajes de optimismo simplista, rescate de supuestos valores consensuados como esenciales, golpes bajos, enfermedades súbita e inexplicablemente superadas, milagros, poderes ocultos de los objetos, mantras, etc.
• Te prometen la felicidad instantánea y milagrosa si y sólo si castigás a tus mejores amigos con el mismo documento incentivando la Ley del Talión (llevás una cuenta estricta de quiénes son los que cada día te mandan uno de esos presentes griegos y los ponés primeros en la lista de fwd o hasta tenés armado un grupo con la lista de insufribles) y la competencia desleal (¿o nunca te pasó de reenviarlo rápido porque si otro lo reenvía antes te quedás sin contactos para torturar?).
• Te intimidan y amenazan de manera eficaz.
• Si la seguís, te quedás con la sensación de que le creaste un problema a un montón de gente que, poco a poco, empezará a considerarte un indeseable.
• Si la cortás, no podrás evitar temer que la próxima vez que salgas a la calle vayas a pisar una cáscara de banana, caerte de traste y patinar sobre tus glúteos por la vereda hasta detenerte bajo de un colectivo que te dejará cuadripléjico a no ser que tu secretaria, sin que vos lo supieras, hubiese reenviado el e-mail y, entonces, serás cuadripléjico pero millonario en euros y dedicarás el resto de tu vida a reenviar cadenas de mails.
• Al final, si te queda un resto de dignidad, algo de bondad genuina y sentido de protección de tus seres queridos, terminás mandándoselas a tus peores enemigos, cumpliendo así con el plan maestro para sembrar el odio universal que se esconde tras esos aparentemente inocentes pps.
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9.5.08
Piel de gallina
Por lo general, tal como lo marcan las reglas del protocolo, eludo las conversaciones sobre religión, política y fútbol, pero después de la vergonzante y dolorosa jornada de ayer de la Libertadores, tengo la acuciante necesidad de volcar mi decepción y mi bronca.
Es que, a mucha honra, tengo la piel de gallina. Y ¡no se puede creer! Fue una semana negra, más que negra, negrísima, oprobiosa, decadente en la que volvió a aparecer el peor de nuestros aspectos: el pecho frío. Y encima, frente a esa ignominia, el glorioso orgullo de Ramón (Ramón, querido, perdonanos y volvé).
No voy a abundar en las internas políticas que sacuden a la dirigencia riverplatense ni en la desgraciada gestión del actual presidente ni mucho menos en los turbios enjuagues de los barras porque, en definitiva, todo eso parece estar muy por afuera del sentimiento de pertenencia a una camiseta, de la pasión por el fútbol.
Lo que a esta altura no entiendo es ¿por qué nos dicen gallinas? Porque, en realidad, si hay algo que las gallinas hacen bien –y que nosotros no hacemos ni por equivocación– es ¡poner huevos!
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4.5.08
Donde muere el protocolo
Las reglas del protocolo son claras en cuanto a lo que es de buen o mal gusto preguntar a una persona que acabamos de conocer. Una charla amena, por ejemplo, elude toda cuestión relacionada con política, religión y sexo (bueno, no se trata de diversión sino de protocolo), dinero, estado civil y cualquier tema vinculado con la vida privada; es decir, todo tópico que pueda sensibilizar a los participantes.
Entre las preguntas desaconsejadas está la muy frecuente "¿A qué te dedicás?" (o "se dedica", en caso de un tratamiento más formal) que, una vez proferida, normalmente es contestada por la mayoría de las personas sin grandes signos de incomodidad.
Ahora bien, si ya es poco feliz inquirir a qué se dedica una persona, seguir avanzando se transforma en una tentación irreprimible para el preguntón y en una tortura para el interrogado cuando la respuesta dada involucra una profesión relacionada con el arte.
Por algún indescifrable motivo, las palabras "artista plástico", "escultor", "actor" o "escritor" desencadenan una furiosa indagatoria que olvida toda regla de protocolo, buenas costumbres, educación y cortesía.
Porque, ¿alguien le pregunta a un abogado –excepto que se trate de un colega– en qué fuero se desempeña? ¿Cuántos juicios ganó ? ¿Cuántos fallos judiciales pusieron a sus eventuales clientes tras las rejas? O a un médico cuál es su especialidad, cuántos pacientes salvó de la muerte y cuántas vidas de los que confiaron en su pericia conforman su lista de pérdidas irreparables.
¿Alguien trata de confrontar a un contador con las inspecciones de la AFIP que tuvo que atravesar y cómo "dibujó" alguna conveniente fantasía en el balance de una empresa? No, ciertamente, cualquier situación de ese tipo sería considerada una grave falta de ubicación.
Sin embargo, basta que una persona pronuncie, por ejemplo, el mágico "escritor" o, en mi caso, "escritora" –suerte de "ábrete sésamo" de la indiscreción– para que, tras el primer "¡Ahh!" de admiración, aparezca una actitud más cercana a la de Torquemada que a la de un súbito admirador, y la lengua de quien tenemos enfrente empiece a gatillar preguntas cada vez más inquisidoras, cada vez más incómodas que, transcriptas, pueden llegar a dibujar el camino del infierno y que dictaminan la muerte del hasta ese momento agonizante protocolo.
De pronto y sin aviso previo se escucha otro "¡Ahh!" (segundo de unos cuantos por venir) seguido del "¿Y qué escribís?"
A esta altura, ya me autoflagelé por no haber mentido piadosamente (piadosamente para mí que sé lo que me espera) y tengo ganas de contestar que escribo cartas insultantes e intimidatorias, que nunca envío, a personas que no existen y que después quemo para que queden rastros de mi infame actividad. Y, sí, tengo poca paciencia, al menos en mi interior, porque, en realidad, con sonrisa dentífrica contesto telegráficamente: "Cuentos".
Entonces (omito los "ahhh") sobreviene la siguiente pregunta inadecuada: "¿Para grandes o para chicos?", formulada con cara de "mirá qué inteligente que soy y cuánto me interesa lo que me contás".
Mientras mi barómetro sube y mi voz interna grita "decile que escribís cuentos verdes, obscenos y soeces para chicos porque alentás toda forma conocida y por conocer de perversión", yo acomodo la sonrisa que empieza a ser mueca y sigo siendo educada pero todavía escueta: "Para adultos".
Como al parecer las respuestas discretas y sintéticas tienen un efecto motivador en los interlocutores, llega, inevitable, una nueva inconveniencia: "¿Pero cuentos de qué?" acompañada de un gestito tipo "esta vez te agarré".
Si la pregunta anterior remitía a una extremadamente básica división de la literatura (la dupla infantil/para adultos), la actual –el arbitrario corte temático– me deja con la presión a niveles de accidente cerebrovascular, el gesto contraído y la mirada torva. Entre dientes, mi respuesta tiene sibilancia ofídica y malvada: ¿Qué querés decir con "cuentos de qué"?
Aliviada porque la incomodidad ha pasado al terreno contrario, veo a mi casual interlocutor o interlocutora dar un paso atrás en sus impertinentes avances y buscar con denuedo las palabras que expliquen su pregunta para, luego de un momento de duda y ante la lamentable falta de recursos teóricos, lanzar un desesperado: "¿Ciencia ficción?".
Sé que en ese momento podría empezar a hacerle la vida difícil, emplear elementos discursivos que lo dejen fuera de la conversación, apelar a algún punto estratégico de mi curriculum vitae y escuchar el "humille, humille" que me arenga desde adentro. Pero no. No nací para eso. No me va la máxima bélica de que al enemigo no se lo deja herido. Y, en un instante, me invade la piedad. Para ser franca, la piedad y cierto hartazgo de conocer a la perfección el final de la historia. Aún así, como no me entrego con facilidad, digo: "No, ciencia ficción no".
En ese punto de la charla sé que soy cadáver. Mi persistente laconismo, mi renuencia a las explicaciones y definiciones, mi pudor (entendido por el otro como fingida humildad) me dejan expuesta a un ataque del que no podré defenderme: "¿Cuántos libros publicaste?".
Y ya no importa si trato de ensayar un montón de verdades sobre mi postura en cuanto a la ética de un autor literario ni si rescato mi historial de premios ni ningún otro argumento que pretenda justificar el carácter inédito de mi obra.
Es que si bien nadie juzgaría a un abogado, un médico o un contador que sean claramente mediocres en el desempeño de sus profesiones, a un artista, cultive la rama del arte que cultive, siempre se le exige genialidad (?). Una genialidad que, por otra parte, está asociada de manera indisoluble a la fecundidad de su obra, a la trascendencia pública y hasta a la popularidad (aunque todos sabemos que si en algo son geniales la mayoría de los autores de best sellers es en cuestiones de marketing y negocios).
Allí donde muere el protocolo, sin libros publicados, sin cuadros expuestos, sin discos grabados, sin papeles protagónicos desempeñados en teatros de renombre, los artistas no alcanzamos siquiera a ser mediocres. No importa si vivimos de lo que amamos y si hemos hecho un pacto indestructible con nuestra vocación, no existimos. A lo sumo somos delirantes, fabuladores, bohemios, extravagantes o, lisa y llanamente, vagos.
Igual, allí donde muere el protocolo, aun sabiendo lo que me espera, a quien se atreva a preguntar a qué me dedico le contestaré: "Soy escritora".
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28.4.08
Yo avisé
Y el que avisa no traiciona.
El que se apuró lo habrá visto. El que no, y bueh... tendrá que conformarse con verlo bajar hasta desaparecer.
Sea caída libre o sea el primer síntoma de que las cosas vuelven a la normalidad, ¿quién me quita lo bailado? Al menos ya sé cómo se siente arañar un ranking.
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26.4.08
Y de repente...
Hice algo inusual: bajé hasta la última entrada de esta página y vi esas cosas que no veo nunca. Los textos que escribí hace menos de una semana (que si me pongo a leer seguro corregiría) y la congregación de etiquetitas que, bajo el título "Top nada", muestran mi profundo interés por las herramientas de medición. Grande fue mi sorpresa al advertir que una de ellas, habitualmente en blanco (lo que implica que no figuro ni a placé), mostraba un número de sólo tres dígitos. De inmediato adjudiqué semejante disparate a un error de los muchachos que, lápiz y papel en mano, hacen los misteriosos rankings. En fin, por las dudas, lo miré varias veces y todavía está ahí, muy orondo el 258.
Lectores queridos, apúrense también ustedes a comprobar la veracidad de mis dichos porque seguro que en cualquier momento los responsables advierten el error y empieza el proceso de caída libre o vuelven a colocarme en la inexistencia, allí de donde nunca debería haber salido.
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2.1.08
Ataque de pánico
Mi vida es una sucesión de entrecruzamientos y contradicciones de alto riesgo (para mí, por supuesto).
Para empezar, siempre caigo tarde.
Es como un karma que no puedo evitar. Me doy cuenta de las cosas cuando ya sucedieron y, claro, cuando me doy cuenta, me asusto.
En segundo lugar, suelo imaginar que sigo escribiendo en papelitos, guardando hojitas garabateadas y llenando cuadernos escolares con intrascendencias de grueso calibre.
Esto implica, entre otras cosas, que en mi mente peregrina los blogs siguen siendo papelitos, hojitas garabateadas y cuadernos escolares.
No es que no piense en los lectores (como "constructo teórico" decíamos en la facultad) cuando escribo mis posts. Para ser sincera, pienso más en los lectores cuando escribo acá que cuando escribo allá. Pero siempre imagino un "lector modelo" que se ríe de lo que yo me río, que se conmueve con lo que yo me conmuevo, que se enoja con lo que yo me enojo y que se identifica, final y gloriosamente, con lo que expreso.
En tercer lugar, como muchos saben, las estadísticas y los gadgets 2.0 no se han hecho para mí. Ya casi llego a la categoría de efeméride: éste es el año de mi cincuentenario y la "vejentud" sirve como excusa en estos casos.
Por último, también muchos están en conocimiento de mi inveterada fobia social: rehuyo los encuentros multitudinarios (entendiendo por "multitud" a más de diez personas), hablo poco, parezco antipática y toda esa zaraza (¿o será sarasa?) que ya expliqué más de una vez.
Con semejante panorama, hace cuatro meses la mina (o sea yo) empieza a dar sus primeros pasos en la intrincada selva de Google Analytics abordando valientemente el punto tres (supina estupidez para los gadgets). Abriéndose camino a machetazos, mira, observa y, por esas cosas del punto uno (caigo tarde), del dos (el concepto de borrador eterno) y el cuatro (fobia social para lo cual el punto uno es el necesario antídoto contrafóbico), no registra. No registra nada. Nada de nada.
Hasta que un día (hoy), estando en total y absoluta disponibilidad de tiempo (lo que en buen cristiano se llama "al dope"), víctima del infamante calor, ella (yo) inicia una de esas investigaciones que usualmente no conducen a nada más que a mitigar el aburrimiento. ¿Y qué descubre? Pues bien, para su enorme sorpresa (porque nunca pensó que el Google Analytics sería capaz de funcionar gracias a sus torpes dedos y su no menos torpe circuito de pensamiento) se da cuenta (tarde, como siempre) de que en los cuatro meses ha tenido, sumando los dos blogs, casi cinco mil visitantes que han visto un promedio de 1.40 página cada uno. De inmediato, el mito de la privacidad e intimidad (hojita, cuadernito, borrador y garabato) se derrumba con un estruendo que, por supuesto, le provoca un ataque de pánico (fobia) que la sume en una serie de reacciones físicas (palpitaciones, sudoración, sensación de náusea).
La verdad, yo (sí, no me gusta hablar de mí en tercera persona pero a veces ayuda) no sé si cinco mil visitas en cuatro meses son muchas o pocas en términos de popularidad bloguística (deben ser pocas, asegúrenme que es así). Lo que sí sé –de eso no me cabe ninguna duda y de solo pensarlo me tiemblan las rodillas– es que cinco mil personas son una multitud que llenaría medio Luna Park; una manifestación que ocuparía todo el frente del Congreso cortando la avenida Callao; un alegre grupo de veraneantes asoleándose en cualquier playa de la costa atlántica... Y mejor paro y me voy a buscar un Rivotril sublingual.
Ahora, hablando en serio, quiero agradecer a todos y cada uno de los que me han leído durante estos meses. Nunca creí que fuesen tantos. Nunca imaginé que fuesen tan fieles. ¡Gracias!
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