Mostrando entradas con la etiqueta descerebrada – el rinconcito de Marta Sánchez. Mostrar todas las entradas
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11.10.09

Lo que viene

Dado que la realidad argentina ya no ofrece temas de reflexión, he decidido dedicar mis días a cuestiones verdaderamente trascendentes, a saber:

  • La vida útil de la esponjita cuadriculada.
  • La velocidad del chancho en la curva teniendo en cuenta el cambio climático y el calentamiento global.
  • La proporción áurea del shampoo y el acondicionador.
  • Juan Valdez, un grande injustamente olvidado.
  • La misteriosa desaparición de Florencio Randazzo.
  • La tragedia existencial de la botinera frente al cambio de camiseta.
  • El trauma infantil de Zulma Lobato.
  • Somos lo que comemos: estudio anatomopatológico de los restos de comida en el bigote de Aníbal Fernández.
  • La ignominiosa vida del jubilado en Suiza.
  • El significado social y antropológico de los tests de FaceBook.
  • La supuesta homosexualidad de Pablito Ruiz.
  • El origen mitológico de la gota de Magistral.
  • La evolución del lenguaje hacia la desaparición de la primera persona (¡hasta Amalia Granata habla en tercera!).
  • El tránsito lento y el equilibrio en la reserva de agua potable.
  • La depreciación del lilangeni swazi.
  • Tendencias: el estilo Pichetto (investigación patrocinada por Hair Recovery).
  • La transfiguración de Myriam Bunin.
Me espera toda una vida abocada al pensamiento y la investigación.

1.9.09

Laurita mira la tele – Un médico aquí

Las series de televisión, en su gran mayoría, incluyen historias de amor. No importa si se desarrollan en una isla inhóspita y misteriosa (Lost), en la redacción de una revista de modas (Ugly Betty), en la delegación policial que se ocupa de viejos casos irresueltos (Cold case) o en un prolijo y acartonado suburbio estadounidense (Desperate housewives, Californication, The OC, and so on), hasta el más cínico de los personajes (Charlie Parker – Two and a half men) tiene su momento edulcorado, sensual y, a veces, hasta erótico; lo cual es bueno porque, en definitiva, los planos amoroso y sexual forman parte de la vida.
Sin embargo, es notable el lugar que ocupan dichos planos en la vida de los médicos de las series. Los doctores Carter, Kovac, Rasgotra, Gates y Lockhart de ER; Montgomery, Wilder, King y Freedman de Private practice; Grey, Karev, el inseparable dúo McDreamy y McSteamy o Isobel Stevens (que incluye en su práctica el sexo salvaje con el fantasma de su novio Denny), de Grey's anatomy; y aún Cox, Elliot o JD de la casi tonta Scrubs prueban que la vida sexual de los médicos televisivos es inmejorable.
Lo cierto es que sean hombres o mujeres; clínicos, especialistas en fertilidad, estudiantes o neurocirujanos, la pasan bomba. Sin demasiada tristeza, van rápidamente de una pareja a otra y con ambas comparten el lugar de trabajo. Tienen encuentros de alto voltaje sobre camillas de consultorios, en ascensores de alto tránsito y, cuando se "enserian" un poco (la parte más aburrida), hasta en sus propias casas. No importa si han tenido un día difícil, si acaban de divorciarse o enviudar, si se les murieron todos sus pacientes, si hace cuatro días que están de guardia o si el quirófano no les dio descanso, siempre encuentran un momento (o más de uno) para el sexo que termina siendo un efectivo remedio para todo.
Además, son limpitos, atractivos y, como buenos boy scouts, están siempre listos.
La interpretación más obvia –aunque bastante compleja e indudablemente psicoanalítica– es que de tanto estar en contacto con la muerte, las relaciones sexuales operan como el lazo con el que se aferran a la vida.
La fácil, la de la esquina de mi barrio, es que en los hospitales "todo el mundo le da matraca a todo el mundo".
La mía no es una interpretación sino un pedido. Después de que hayamos hecho varias veces lo que tenemos que hacer, hablamos de diagnósticos e interpretaciones. Hasta entonces: ¡un médico aquí!

24.7.08

Al desnudo: Yo quiero ser Sienna Miller

Innegable: la chica es harto joven, harto bonita, harto exitosa. Nacida en New York en 1981 (más que harto, obscenamente joven), junto con su primer trabajo cinematográfico relevante –Alfie, 2004– le llegó también el amor, de la mano del coprotagonista del film, el irresistible Jude Law (cuya única law parecería ser la conquista). Luego vinieron otras películas: Layer cake, Crimen organizado, Casanova, Factory girl (en la que interpreta a una actriz porno y donde no se ahorró una sesión de sexo oral con el protagonista para "darle más realismo a la escena"). Y las aún no estrenadas en nuestro medio: Edge of love, Camille, The mysteries of Pittsburgh, Hippie, hippie shake, y G.I. Joe.
La relación con Law terminó cuando, como era de esperarse, la pobre Sienna encontró al incorregible "out-law" en flagrante delito con la niñera de los dos hijos del primer matrimonio del actor. Pero la chica no se quedó quieta.
Luego de una sucesión escándalo-lágrimas-portazo y "que se entere todo el mundo así saben bien quién sos", emprendió una intensa carrera de conquistas para ahogar el inenarrable despecho que a cualquier mujer –aunque se llame Sienna Miller– le causa el saberse portadora de mayúscula cornamenta. Entonces pasó p'al cuarto a toda una bombonería: Orlando Bloom –al igual que Jude Law, un infaltable en cualquier lista que se precie–, el eterno baby face Leonardo Di Caprio, el casi prócer Sean Penn, el músico de rock Jamie Burke y Josh Hartnett. Morigerada su pena, inició un noviazgo con Rhys Ifans, un hippie desaliñado en la poco memorable Notting Hills y un hippie desaliñado y con panza de cerveza en la vida real, a quien, según las primeras versiones, abandonó por haberse resistido a ponerse en forma para el casamiento y, según lo que confirmaron las recientes fotos que la devolvieron a las portadas de los tabloides, porque la pasaba bomba en Positano con Balthazar Getty, un frecuente visitante del reparto de varias series televisivas, actor con más apellido que otra cosa (bueh, no puedo asegurarlo, habría que preguntarle a Sienna) pero con una inocultable esposa y cuatro no menos inocultables hijos.
Ahora bien, yo no quiero ser Sienna Miller porque tiene ese cuerpo que, apenas adornado por una gorra de capitán de barco, acaba de dar la vuelta al mundo mostrando inequívocamente que la chica hace topless pero no nudismo. Tampoco despierta mi resentimiento el hecho de que haya puesto en su lugar a una enfant terrible –que no entiende que hace rato pasó los 30 y que bien podría capitular frente a la realidad– como Kate (a.k.a. brain dead) Moss. No me moviliza su candente diario de conquista con páginas dignas de la más vulgar, feroz y destructiva de las envidias. Ni siquiera es el hecho de que, con su actitud de comehombres, haya despertado una cacería de brujas que la tiene como premio mayor y que desnudó a por lo menos tres representantes de la especie ofídica hollywoodense: Courtney Cox (desdibujada desde sus días de Friends y los dos millones de dólares por capítulo, prueba de que el dinero no hace la felicidad), Rossana Arquette (de estrellato alicaído pero noble cuñada de la anterior) y Demi Moore (que, claro, dice que su estado físico tiene que ver con que sólo come comida cruda pero no menciona que se come a Ashton Kutcher). No. Lo que hace que yo desee con toda mi alma ser ella, lo que la transforma en una verdadera diosa a la que querría, por lo menos, parecerme es que haya dicho, muy suelta de cuerpo: "Yo no busco los escándalos, simplemente los atraigo. Cuando algo acontece, accidentalmente siempre estoy yo en el medio".

6.4.08

Al desnudo: Yo quiero ser Paris Hilton

Y aquí llega otra que es rubia y flaca. Rica des-heredera (el abuelito Barron, harto de la vida irresoluta de su nieta, la sacó de la lista que la iba a hacer dueña de una parte de las 335.000 habitaciones con las que cuenta la cadena hotelera) que, además, como siempre sucede, es una máquina de hacer plata por sus propios medios. Es que, cito a mi padre, "la plata llama a la plata" (afirmación tautológica que provee caudal de información cero, lo que la hace inútil para la comunicación). La muchachita, que puede establecer raides de diversión y desenfreno, y cuyo coeficiente intelectual parece tender a nulo, modela, actúa en cine y televisión, canta (?), produce perfumes, tiene una línea de joyas y ha hecho de su nombre –un nombre que, seamos sinceros, no es fácil de llevar– una verdadera registradora que nunca descansa.
Poco le importó la difusión del video
One night in Paris cuyo título, es necesario aclarar, no remite a una recorrida turística por la capital francesa sino que muy bien podría aludir a las declaraciones de cierta parte anatómica (¡si esas partes hablaran!) de su eventual novio –Rick Salomon– respecto de un encuentro en el cual, obviamente, no faltó el intercambio de fluidos y que se hizo público (¡Oh, casualidad!) al mismo tiempo que se estrenaba el horrendo The simple life.
Tampoco le interesa ser constantemente perseguida por un enjambre de fotógrafos que se aplican a registrar sus proverbiales borracheras, las marcas que sus permanentes excesos le dejan en el rostro o las características de su
underwear –que suele perder la categoría de under con notable frecuencia.
Dado que no puede ser categorizada como "la más rica" ni "la más inteligente" ni "la más emprendedora" ni "la mejor vestida" ni "la más refinada" (todas cuestiones de las que está muy lejos), Forbes Magazine la clasificó como una de las 100 mayores
celebrities del mundo. Y, convengamos, es una clasificación bastante difusa porque no indica otra cosa que el espacio ocupado en los medios sea por las razones que fuere (que muchas veces tiene que ver con sus escandalosas costumbres). ¿Es que alguien me puede explicar qué otro atributo se necesita para ser una celebridad?
Y así como quien dice hoy desayuno café con leche con medialunas, Paris un día se levantó y afirmó que quería cantar. Entonces, lanzó un compacto que, aún antes de salir a la venta era conocido por nombres como
Paris is burning, One crazy party o Screwed, aunque finalmente, en un ataque de síntesis y metáfora, se decidió nombrarlo de una manera que resumía todos esos conceptos: Paris Hilton.
Y otro día fue poseída por la genial idea de hacer de su inutilidad un éxito. El producto de ese profundo pensamiento fue
The simple life. Un programa de televisión en el cual se la veía junto a Nicole Richie intentando hacer lo que la humanidad entera hace todos los días sin mayores dificultades: trabajar. Claro, ellas dos tenían que hacerlo sin perder la compostura de spoiled girls que las caracteriza: enjoyadas, subidas a los tacos aguja, cuidando las extensiones y tratando de evitar contaminarse con la multitud de plebeyos sueltos que uno se choca por el mundo cuando se baja de la limo y, horror de los horrores, se da cuenta de que las seis de la mañana es la hora de levantarse y no la de acostarse.
En cuanto a romances, se la vinculó con Leonardo Di Caprio, Nick Carter, Oscar de la Hoya (sí, Oscar de la Hoya el boxeador, aunque parece que el que la boxeó fue Carter), Brian Urlacher (un Chicago Bear), el actor Edward Furlong, Rob Mills y Britney Spears (en fin...).
Después de repetidos incidentes con los integrantes del LAPD y la justicia californiana, Paris finalmente fue detenida y condenada a poco más de un mes de prisión efectiva. Es necesario reconocer que la muchachita logró hacer de su vergonzante ida a la cárcel un nuevo circo mediático que la mostró con un traje a rayas
very chic, acompañada de su infaltable e insignificante perrito de cartera luego de haber asisitido a la entrega de los Premios MTV.
Obviamente, no quiero ser una heredera desheredada. No me podría ni acercar a su capacidad de transformar en billetes toda idiotez que la circunda. No me interesa la ridícula vestimenta de su mascota. No quiero mostrarle al mundo mis intimidades más vergonzantes (no me refiero al video sino al carácter de inútil total). No está en mi esencia competir por el, si lo hubiese, galardón a la Reina Universal del Reviente. No. No. No. Lo que le envidio con ahínco y persistencia, lo que no puedo tolerarle, lo que me hace querer ser ella es que trabajó en el monumental, ácido y comiquísimo retrato de la banalidad institucionalizada del modelaje que protagonizó Ben Stiller: Zoolander.

14.3.08

Al desnudo: Yo quiero ser Belén Francese

Era obvio. Se venía venir. Me resistí. Me defendí con uñas y dientes. Pero tenía que sucederme. Y, llegado el momento, no me queda más remedio que aceptarlo: yo quiero ser Belén Francese, la inocente emperatriz del poto.
Sin embargo, mi envidia no se enfoca en el prominente trasero –una suerte Disneyworld a la vuelta de casa para el universo masculino– de la susodicha aspirante a... (¿a qué aspirará?). Tampoco es por su encantadora vocecita que recuerda la plañidera expresividad de Laura Ingalls, la verdadera chica de Wisconsin, aunque, claro, definitivamente en otro cuerpo y sin los vestiditos Sarah Kay de la horrenda serie. No me pone verde el hecho de que sea el prototipo de una chica de barrio que llegó a los escenarios a fuerza de... (¿a fuerza de qué?). Ni que haya tenido el coraje y la desvergüenza de cantar (¿cantar?) una canción cuya letra, una joya de la poesía de todos los tiempos, repite la palabra "poto" setenta y cinco veces (no es un número al azar, las conté) y tiene líneas de inusual profundidad, como "te 'imnotizo' (sí, sí, sí, te 'imnotizo') cuando muevo el poto por delante y por detrás (sí, sí, sí, tiene un poto telescópico que hace temblar al bombón asesino)". Ni siquiera esa cualidad provocadora que la hizo sugerir –con la sutileza de un hipopótamo en una cristalería– amores lésbicos entre dos figuras de la farándula o la declaración por la cual se autotituló "testigo inminente" denunciando amenazas de sus eventuales compañeros de elenco, o la demostración de su firmeza de principios cuando consideró cierta actitud como una "aberrosidad".
Lo que de verdad me da una envidia incontrolable es que la chica, que carece de estudios filológicos, que no debe tener la más peregrina idea de quién fue la doctora Ofelia Kovaci, que seguramente piensa que la fonología es un estudio patrocinado por Telecom y la morfología una ciencia alentada por McDonalds orientada a descifrar lo que come la gente, no sólo haya creado un nuevo lenguaje para iniciados (¿iniciados en qué?) sino que, además, ya esté en la calle el "Pequeño Francese Ilustrado", un diccionario que, seguramente, se venderá más que el "Diccionario Escolar Santillana" del que soy autora.
¡Lluvia de corazones!

5.3.08

Al desnudo: Yo quiero ser Beatrix Kiddo

No es porque ella sea rubia, alta, flaca y elegante. Ni por ese traje amarillo estilo Bruce Lee que, además, hace le juego con la moto. No es porque jamás luce "de peluquería" ni porque tiene unas manos bellísimas aun con las uñas cortas y al natural.
No es por el sugerente sobrenombre de Black Mamba que la identifica como una de las cinco integrantes del escuadrón mortal Deadly Vipers. Ni porque hable un japonés correctísimo ni por los frecuentes viajes transoceánicos ni por su increíble poder de convicción que transforma en cenizas la promesa de Hattori Hanzo de nunca más fabricar instrumentos de muerte.
No le envidio su destreza para manejar el sable samurai ni la frialdad con que ejecuta su venganza ni el festival sangriento que arma en la House of the Blue Leaves antes de terminar, en una noche azul y bajo la nieve, con la desalmada O-Ren. Tampoco envidio la bella delicadeza de bailarina con la que avanza sobre un mar de froot loops dejando atrás el cadaver de Vernita Green.
No es por la justiciera crueldad con que acaba con los dos hombres que la violaron mientras estaba en coma. Ni siquiera por el momento de iluminación en el cual despierta del letargo y, con sólo mirarse las palmas de las manos, deduce que ha estado ausente durante cuatro años ni por la proeza de conducir la ridícula Pussy Waggon apenas unas horas más tarde dejando atrás cuarenta y ocho largos meses de inmovilidad y atrofia muscular. Mucho menos por la naturalidad con la que asume el hueco que la bala de Bill dejó en su cráneo.
No, no es nada de eso. Ninguna todas esas cualidades de supermujer de Beatrix Kiddo es lo que me mueve a envidiarla profundamente. No. No. No.
Yo quiero ser Beatrix Kiddo sólo porque, después de haber instado innumerables veces a que su dedo gordo del pie recuperase el más mínimo movimiento –"Wiggle your big toe"–, lo consigue y da inicio a la más sanguinaria venganza jamás vista con una frase memorable: "The hard work is done".

30.1.08

Al desnudo: Yo quiero ser Wanda Nara

Tres palabras alcanzan para justificar la furtiva celebridad de Wanda Nara:
culo, Maradona, video. Y es innegable que estas tres palabras trazan una parábola que la ha colocado en la cima del imaginario ratonero masculino (que, reconozcamos, está lejos del Himalaya y apenas alcanza la altura de la Sierra de la Ventana).
Wandita comenzó su carrera hacia la fama cuando, aún confesa menor de edad, fue "chica Maradona" ganando de inmediato los diez minutos de celebridad que sólo puede brindar la experiencia de haber visto muy de cerca los calzones del sacrosanto 10. Luego, y sólo luego de haber mostrado su torpeza al hablar frente a cuanto micrófono se le cruzó haciendo gala de un insportable tono nasal y una no menos detestable cortedad de genio, el género masculino posó su mirada en el culo que ya había testeado el decadente astro futbolístico. Sin embargo, aunque ya estábamos advertidos del poderoso trasero de la incipiente estrella, nuestra atención se vio nuevamente capturada por la boca de la rubiecita que esta vez, gracias a la intervención divina, no hablaba sino que hacía otras cosas que seguramente le proporcionaban al involucrado mucho más placer y satisfacción que si decidía recitarle los poemas de Neruda.
No contenta con su cosecha de minutos de cámara, en medio de todo esto, Wanda echó a rodar la increíble historia de su himen intacto, cuya veracidad sólo los hombres, encandilados con el circuito boca-culo-boca-culo, pudieron considerar. También fue impresentable y fugaz participante del popular engendro tinelliano "Patinando por un sueño". Sobre la pista la vimos llorar, estrellar su benemérito trasero contra el hielo, moquear, dar grititos de alegría, provocarle una hernia a su sacrificado compañero que trataba infructuosamente de izarla para una pirueta. Es decir, de todo menos patinar. Porque, convengamos, para esta chiquita patinar era otra cosa.
Acompañando el meteórico ascenso de su popularidad, Wanda tuvo peleas mediáticas con estrellitas de su mismo nivel, disfrutó de un fugaz parentesco –es prima segunda de la cuñada de mí tía– con la también rubia y patinadora Evangelina Anderson, incursionó en el rubro "botineras" –una especie de 59 segmentado–, no pudo seguir ocultando su adicción a los panes y las pastas que se le acumularon como inútiles salvavidas dado que está trabajando en Córdoba, lanzó el rumor de un posible embarazo que justificase su nueva condición de gordita, declaró que no iba a usar conchero porque quería darle un giro a su carrera y a su imagen, y confirmó su casamiento, en el mes de junio, con el futbolista Maxi López a quien acompañará en su carrera por las tierras de Putin.
Hoy Wanda maneja una cuatro por cuatro, vive en una de las casas más lujosas de Villa Carlos Paz, calza zapatos de miles de dólares, usa bolsos y carteras de Louis Vuitton, viaja a Moscú en primera clase por el fin de semana, se da el gusto de emitir cualquier idiotez que ande revoloteando por su cabeza y es la protagonista de uno de los videos más vistos de la red, lo que puso su nombre al tope de los buscadores.
Pero yo no quiero ser Wanda Nara por ninguna de estas cosas. No. No me importan los viajes en primera ni los zapatos de Ferragamo, Escada o Gucci. No muero por las carteras de Louis Vuitton ni por las cuatro por cuatro ni sueño ser la mujer de un futbolista de fama internacional. No. Yo quiero ser Wanda Nara sólo por un motivo: ella tiene el nombre más genial que puede existir para jugar a "La Batata Macabra".

2.1.08

Al desnudo: Yo quiero ser ANTM*

Para ostentar el título de ANTM básicamente hay que ser flaca (obvio), rubia (o, en su defecto, negra porque las medias tintas no funcionan y las latinas o asíaticas avanzan pero no más allá de la mitad del ciclo) y, sobre todo, exótica (¿alguien se atreverá alguna vez a confirmar que la expresión "belleza exótica" –de igual tenor y casi tan estúpida como "no es linda, es interesante"– lo que revela es la profunda e inconfesable fealdad de la mujer en cuestión?). En el aspecto intelectual se requiere cierta –no por alguna sino por certera y comprobable– cortedad de genio, risa y llanto fáciles (efecto secundario del vacío mental) y ganas de embellecerse y superarse (lo primero sencillo si se goza de una corte de maquilladores, estilistas y vestuaristas; lo segundo, tarea difícil dada la escasez y precariedad de los recursos naturales).
Enjaulado en una casa de ensueño, el ramillete de jovencitas (que poco tardará en convertirse en la viperina población de una canasta a la espera del encantador de serpientes) va de acá para allá, siempre a los saltitos; come porciones minúsculas de alimentos "saludables" (mensaje prefabricado de healthy model porque Kate Moss es mala, mala, mala), enjuaga sus verdes envidias en el agua de un monumental hidro o en una piscina cubierta; transforma un lugar agradable en una leonera que, el día que la televisión apunte al olfato, será clausurado sin retorno; y corre a gritar, cual histérico enjambre, alrededor de los Tyra(da) Mails que les plantean adivinanzas (que nunca, jamás, resuelven) relativas a los próximos desafíos (aparecer bonita sobre un elefante mugriento y maloliente, tener la cara relajada mientras la tiran de un avión en vuelo sin saber siquiera cómo se abre el paracaídas o extender graciosamente falsas alas mientras cuelgan de un guinche balanceándose a treinta metros de altura) o que las invitan a exponerse a las terribles opiniones del distinguido jurado.
Otros puntos del entrenamiento básico para la top model actual son recorrer a toda velocidad percheros tomando a tontas y a locas la mayor cantidad de prendas que deberán colocarse lo más correctamente posible (la materia, aunque no se diga, es "Cómo hacerse mechera I") para después tener que entregarle a la ganadora (la que más se puso, la que mejor se puso, la que eligió bien) el fruto de su trabajo (también parte de otra materia, en este caso "Odio, envidia y resentimiento: las top models y el sentido de la vida").
Semana a semana, entre lágrimas de cocodrilo, una participante se despide del programa no sin antes haber repasado su desempeño: los cambios en su pelo (largo, corte y color con los que no estuvieron de acuerdo pero que terminaron aceptando so pena de ser descalificadas por insubordinación), los maquillajes, las poses, la mejor foto y, por sobre todo, las escenas agraviantes, las peleas con las oponentes y las ofensas proferidas por los venerables jueces.
En el show participan, además de la presidenta del jurado, mentora, productora, creadora y anfitriona, la alguna vez joven y bella Tyra Banks (cuya implacable mirada verde acuchilla a las participantes y su afilada lengua se ocupa de destrozarlas sin piedad –"parecés una porrista", "sos la prom queen", "servirías para concursar como aspirante a reina del repollo" o "si extrañás, volvé al campo" son algunas de sus frases más suaves– mientras hace mohínes graciosos que equiparan la expresividad de su rostro con la de Ace Ventura), tenemos a Twiggy, fashion icon que supo ser, además de quien impuso la minifalda, la primera anoréxica que recibió un jugoso salario por su infame delgadez. La "interesante" mujer de ojos enormes (las escuálidas generalmente los tienen) e inquietantes es hoy una sonriente y cachetuda cincuentona (cincuenta largos porque todavía no se dejó alcanzar por los reales sesenta) con cara de ama de casa inglesa dedicada a los muffins y al happy hour extendido hasta el tañido de la campana. Luego están Miss J. (Alexander) y Mister Jay (Manuel), dos engendros de la naturaleza. Miss J. es un negro con veleidades de travesti de pueblo provinciano (con perdón de los travestis de pueblo provinciano que hacen esfuerzos de todo tipo por acercarse a la imagen femenina) cuya misión es instruir a las jóvenes sobre los secretos de la pasarela. Mister Jay es un latino –debe llamarse Julio, Juan o José y Manuel– con mechas decoloradas y trasero envidiable (y seguramente envidiado por más de una participante) que oficia de asistente de lujo de la anfitriona guiando a las aspirantes en su carrera hacia la fama. Ambos de imborrable sonrisa, repiten un guión en el que sus parlamentos trasuntan notable acidez e ironía (justificables en un hombre sólo si es un maraca alegremente asumido). También en cada edición se presenta un personaje de "fama internacional" –¿quién lo conocerá?– vinculado al mundo de la moda cuya tarea es participar del momento en el cual las niñas (cada semana más bonitas debido a los avances de la cosmética "Cover girl", esas bases que corrigen todo, y cuando digo todo quiero decir todo) enfrentan a la mesa examinadora.
Por supuesto, yo no quiero ser ANTM para ostentar una belleza exótica –sea del color que sea– ni para avanzar un escalón hacia la cima de la popularidad pisando cabezas recién reestilizadas ni para sentir que puedo recorrer con seguridad pasarelas y alfombras rojas vistiendo lujosos vestidos de firma. No envidio el premio: un contrato con la agencia Elite, piojosos cien mil dólares para salir en la tapa de una revista de adolescentes y un comercial para el emplasto de turno de "Cover Girl" (poco más que migajas para el mundo del modelaje). No me interesa ser ANTM para atajar los cuchillos verbales de la venerable Tyra ni las groserías de Miss J. ni las condescendientes y sobradoras palabras de Mister Jay. Ni siquiera es para escuchar a la cantinela apaciguadora de la borrachina Twiggy.
No. No. No. Yo quiero ser ANTM solamente para que me hable, me mire y me fotografíe –aunque más no sea, porque, lejos de ser un tremendo bala, el señor declara estar felizmente casado con la mujer de sus sueños desde hace trece años– Nigel Barker, el fotógrafo de modas inglés que está para llevárselo a la mesita de luz.


*American Next Top Model

18.12.07

Yo quiero ser Laura Cambra

Recogiendo el guante del desafío que me lanzó Marinita el día de mi cumpleaños, voy a, por lo menos, intentar escribir este post y, lo que me es mucho más complicado aún, hacerlo sin ponerme seria.

No se trata de su inteligencia, porque por lo que sé le ha proporcionado más problemas que soluciones y, si bien le sirve para muchas cosas, a la hora de tomar decisiones no le evita ser un mono con navaja.
Tampoco es su vida social, por épocas más escasa que agua en el desierto y, cuando abunda, prolijamente evitada mediante un exigente proceso de selección.
Mucho menos la timidez que la hace poner cara de "yo no fui" o de "¿y vos quién sos?", alternativamente, cosa de desconcertar a los que la rodean que a veces creen estar frente a una inocente Heidi –pequeño e inofensivo cabrito bajo el brazo incluido– y otras, sienten el rigor de la fría mirada de una maléfica bruja.
No le envidio el cáustico sentido del humor –tan ácido que a la mayoría de las personas le resulta punzante– ni su compulsión a la metida de pata verbal que tantos disgustos le causa (es inevitable que "boquee") ni aun su posibilidad de reírse de sí misma.
Imposible desear sus atributos físicos. Para empezar, pisa los cincuenta –y como viene la mano, su bagage genético le permitirá vivir unas cuantas décadas más a puro deterioro, descenso y apergaminamiento–; tiene menos cintura que una almohada berreta –a las de pluma aunque sea se les puede marcar una forma–, detesta las cirugías un poco –mucho– por convicción y otro poco por terror a los quirófanos, descartando las posibilidades de "tunearse", lo que a esta altura ya sería una cuestión de protección del espacio público y respeto por el prójimo.
En cuanto a sus costumbres más arraigadas, no hay demasiado para tomar como ejemplo: el cigarrillo y el café son sus mejores amigos, come como un cosaco recién llegado del larguísimo invierno siberiano y, hace ya tiempo, se prometió –¡y lo cumple!– no ceñirse a ninguna dieta; le gusta el fútbol y sigue los campeonatos locales y algunos internacionales –lo peor es que no lo hace para tener tema de conversación con los hombres o para resultarles mas atractiva sólo por el hecho de que no serán censurados por adorar a San Macaya Apóstol o a San Huguito Mártir sino lisa y llanamente porque ella AMA el fútbol (aunque no las muestra, tiene fotos con el Enzo y con el mismísimo EMM). Le encanta manejar y nunca se achica a la hora de "meter trompa" para pasar primera. Casi siempre usa pantalones –es raro verla con pollera o vestido–, y su arreglo personal incluye apenas el baño diario y un poco de perfume (esto último, cuando se acuerda). Ni siquiera el hecho de que, a pesar de todo lo mencionado, siempre tiene cerca algún hombre –o más de uno– que le "tira los perros" constituye un motivo sustancial para querer ser ella. ¡Y pensar que no sólo no hace nada para que eso suceda sino que, además, la mayoría de las veces ni siquiera se da cuenta de que está ocurriendo!
No es su capacidad para poner los pensamientos en palabras, ni su obsesivo rechazo a las estrategias "marketineras", ni su casi estúpida costumbre de cultivar el low profile. Tampoco sus ocasionales osadías lindantes con la inconsciencia ni su carácter de Ave Fénix que le permite renacer de sus cenizas periódicamente.
No es porque un día se tiño de rubio para probarse a sí misma que podía ser aún más tonta. Ni porque trabaja en lo que le gusta. Ni porque está convencida de que lo más interesante que le pasó en la vida es vivir. Ni porque es zurda y tiene buena letra. Ni porque ganó más de un premio literario (aunque nunca lo diga). Ni por su desvergüenza para contar cuánto le gusta la televisión basura. Ni porque tiene un curriculum impecable y sorprendente (que jamás muestra).
No. No. No.
No es nada de eso.
Yo quiero ser Laura Cambra porque ella, solita, sin más ayuda que la de su infinita paciencia y su testarudez incomparable, se hace cada dos semanas sus propias uñas esculpidas.

22.11.07

Al desnudo: Yo quiero ser María Sharapova

Yo quiero ser ella. Me impulsa una infinidad de motivos. Comenzando porque es rubia, alta, delgadísima. De una belleza compleja y llena de misterio. Cuando sonríe deja ver dientes perfectos –que patrocina Colgate– y los ojos se le achican de una manera absolutamente encantadora –tal cual muestran las fotos tomadas con cámaras Canon. Además, juega al tenis como una diosa –tal vez se deba a Gatorade y a Tropicana– y, aunque en la actualidad ocupa la quinta posición en el ranking femenino –estrenando sugestivos modelos de Nike en cada torneo–, sabe lo que es estar al tope de la lista. Entre las diez cosas que no soporta se cuentan los Hummer, probablemente porque así lo exige su sponsor Land Rover. Usa perfumes de Parlux Fragances, raquetas Prince, carteras y joyas de Samantha Thavasa, relojes Tag Heuer. Firmas que, además de proveerla de todos sus productos, obviamente, le pagan fortunas por mostrarlos. Así que la jovencita es una máquina de facturar billetes grandes.
Si bien hace años que vive en los Estados Unidos –fue una de las becarias más jóvenes de la clínica de Nick Bollettieri, después de haber dejado para siempre su Rusia natal– declara no comprender la celebración de Halloween y trata de psychos a quienes eligen disfrazarse para la ocasión.
María adora a Orlando Bloom y a Lebron James y dice que con gusto los invitaría a jugar dobles mixtos. Acostumbrada a los mimos, en su sitio web oficial relata cuáles son los diez tratamientos de spa imprescindibles: manicura, masaje del cuero cabelludo, masaje manual, gommage de mango y sal marina, hidroterapia, baños de barro, masajes faciales, reflexología, belleza de pies y masaje con piedras calientes. Como, al parecer, los rankings son parte de su vida de Top Ten, tiene uno, detallado y cuidadosamente elaborado, para cada cosa que se le cruza por debajo de la rubia cabellera: personas con las que le gustaría trabajar en el futuro (Vera Wang y Frank Gehry, por ejemplo), personas con las que le gustaría tomar un café (Gwen Stefani, Bono y otra vez Orlando Bloom), lugares donde no estuvo, lugares donde estuvo, regalos navideños que recibió, restaurants, spas, accesorios, películas, revistas (¿cuál sino Cosmopolitan podría haber ocupado su número uno?), cosas para las que es buena (hacer valijas, manipular a la gente, espiar, dar excusas... ¡OMG, qué muchacha!), cosas para las que no es buena (cocinar, ser paciente, manejar sus emociones, darle la razón a otro), golosinas, cosas que se llevaría a una isla desierta (antes que nada, protector solar) y alguna que otra estupidez del mismo irrelevante calibre.
La princesa del tenis, como la llaman, se anima a las alfombras rojas con minivestidos de cuero negro, a las bikinis de tapa de Sports Illustrated, a los night gowns de Hugo Boss. Pasa tanto tiempo compitiendo y entrenando como presentando productos de sus auspiciantes –siempre en esquinas diferentes del ancho mundo–, con su perfecta sonrisa de comercial de dentífrico.
En suma: factura, viaja, es bonita, tiene miles de fotografías en las que luce perfecta, gana torneos de tenis y es dueña de vociferar idioteces, confesar su superficialidad como una virtud y ¡leer Cosmopolitan! Y si bien todo esto alcanza para despertar el odio de cualquier mujer, María Sharapova tiene una cualidad que la hace diferente y única, una característica que yo le cambiaría y por la cual dejaría de lado todo otro beneficio de los que en su corta vida goza: los aullidos orgásmicos que, desde los courts, desatan turbas de ratones embravecidos en las mentes masculinas.

26.10.07

Al desnudo: Yo quiero ser cola Reef

Es curioso que aquello que en otras latitudes se denomina "bikini contest" y consiste en una veintena de bellas señoritas ligeras de ropas recorriendo una pasarela en busca de un premio al que, en última instancia, se harán acreedoras por obra de la naturaleza –o de la cirugía estética, que es la naturaleza versión siglo XXI– y no por mérito propio; por nuestros pagos se vea reducido a un segmento de la anatomía femenina pasando a llamarse –cortito, al pie y sin demagogia alguna– "ser cola (espacio para el patrocinador, en este caso, Reef)".
Ser cola con sponsor implica, más allá de tener un portentoso trasero pasible de ser admirado y fotografiado en situaciones diversas, haber conseguido un pasaje –aunque la estadía sea corta y provisoria– al primer cielo de las celebridades. Después habrá que ver cómo acceder a los siguientes niveles pero, para comenzar, la puerta ya ha sido franqueada.
Por otra parte, no nos engañemos, así como la mayoría de las mujeres reconocemos a un hombre por rasgos de su cara o aun por el conjunto de un cuerpo atractivo; para los hombres la cola es el top of mind de la identidad femenina. Una mujer de exhuberante "ir" deja en el imaginario masculino una impronta imborrable generando, merced al principio de economía de almacenamiento de la información, un proceso de limpieza de toda otra data –empty trash, discard others, delete forever,
no further information required– que en ocasiones hasta se lleva el nombre de la afortunada (file not found). De este modo, asistimos a una muestra de la más sublime utilización del recurso metonímico –la parte por el todo– por el cual una mujer enterita pasa a ser una cola que, además, cotiza mejor que la totalidad. Como si el lomo (o, para más precisión, la nalga) costara más que la vaca entera.
Sin embargo, mi deseo de ser cola Reef no tiene que ver con la necesidad de alcanzar un estrellato fugaz. Ni de abrir puertas de complejos cerrojos sirviéndome de una zona no prensil de mi anatomía. Tampoco se trata de incrementar el índice de recordación masculina.
Son los beneficios secundarios –muchos y relevantes– los que me atraen. Porque ser cola Reef implica, en orden estrictamente ascendente, dejar de preocuparme por la prolijidad de las uñas de los pies, eliminar cualquier tipo de inquietud por ese segmento casi imposible de belleza que es la rodilla, reducir de manera significativa la superficie corporal sometida a dolorosos procesos depilatorios, obviar el trabajo sistemático sobre la zona abdominal y pectoral, dejar de lado todo pensamiento persecutorio acerca de la inocultable flaccidez de bíceps y tríceps, despedirme de la manicura, los baños de parafina y las uñas esculpidas; agradecer a Dios –o cualquier otra divinidad– por la presbicia que desdibuja las incipientes arrugas faciales propias y ajenas, descartar el uso de cualquier preparado anti-age, firming, filling o reconstructive con ingredientes de nombres tan intimidantes y herméticos como hialurónico, mandélico, pentapéptido, glicólico o mucopolisacárido; presentar la reununcia indeclinable a tinturas capilares, baños de crema, productos anti-frizz, alisadores y onduladores de cualquier tipo; dedicar todo el tiempo libre –que será mucho- a pensar en cómo conservar y mejorar (si eso fuera posible) la bendita cola Reef. Y, por sobre todas las cosas, alejar para siempre, gracias a haber hecho de la cola el objeto más preciado, el peligro de transformarme en una completa mujer–objeto.


28.8.07

Al desnudo: Yo quiero ser Penélope Cruz

No se trata de las pestañas –que bien sabemos eran postizas– ni de ese pelo que encandila gracias al tratamiento con Elvive. Tampoco es porque sea la imagen de Mango o de la línea de vestimenta informal de P.Diddy o de las tiendas Ripley. No es por el óvalo de la cara, bellamente acusado. Ni por esos ojos luminosos o por el cuerpo longilíneo o por la sensualidad de la voz y del acento. No tiene que ver con su paso liviano y elegante sobre las alfombras rojas por las que se pasea vestida de princesa ni con su carácter de "chica Almodóvar" ni con la entrada triunfal al universo hollywoodense. Ni siquiera –el Señor no permita envidiarla por eso que ya le llegará de todos modos– es por la edad.
No es nada de eso. No. Ninguna de esas cosas es motivo para querer ser ella.
Yo quiero ser Penélope Cruz por otra cosa. Lo que me llena de envidia, lo que me mueve a ponerme escandalosamente verde, es la increíble capacidad para haber construido en el corto tiempo de su estrellato una frondosa lista de muñecos volteados –en todo sentido– digna de una insaciable. Esa pole position alcanzada conquistando galanes. Empezando por Nacho Cano, integrante de la banda Mecano; siguiendo con los actores –sin desperdicio– Olivier Martinez, Matt Damon, Javier Bardem, Josh Hartnett, Orlando Bloom, Tom Cruise, Matthew McConaughey –el orden es aleatorio–, y con el músico John Mayer –ex de Jessica Simpson. Para terminar, como si todo lo antecedente hubiese sido poco, también con Bono.
Yo quiero ser esa chica caníbal que parece engullirse a los ejemplares masculinos con la liviandad de quien da cuenta de una ensaladita verde acompañada de agua mineral. Yo quiero ser Penélope Cruz. Sin sus producciones fotográficas para Mango, sin los trajes de princesa, sin los ojos enormes y húmedos. Sin alfombras rojas ni vida Hollywood. Sin Almodóvar. Pero quiero ser Penélope Cruz. Así que, por las dudas, salgo a comprar shampoo y acondicionador Elvive para asegurarme de que si alguno me da bola es "porque vos lo merecés", y la máscara Telescopic de L'Oréal que te permite imaginar "pestañas que pueden alcanzar las estrellas". Ella lo logró... puede ser que yo también las alcance.

27.4.07

Cosmo... Cosmo... Cosmogolican

Sobre papel ilustración, imprímanse a cuatro colores páginas y páginas de material imprescindible para el sexo femenino. A saber:

  • Una nota sobre los colores de maquillaje que harán furor en la próxima temporada.
No importa si quedás pintada como una puerta, ni se te ocurra usar otra cosa.
  • Una nota sobre las consecuencias que trae ser la más irresistiblemente bella de la oficina.
No se hablará jamás de mujeres profesionales sino de mujeres en relación de dependencia.
  • Un test de compatibilidad para la búsqueda de la pareja ideal basado en las preferencias a la hora de elegir lugares exóticos para vacacionar.
Se sugiere la inclusión de islas polinésicas, playas tailandesas, safaris fotográficos por el Kalahari, tour por Kosovo, una semana de estadía en Dubai, etc.
  • Una reseña de las últimas colecciones de moda europea.
Esas que jamás podrás comprar y mucho menos usar y que encima te muestran trajes de baño cuando acá es pleno invierno.
  • Consejos sobre la utilización de accesorios.
Tatuajes de henna, strass adhesivo, pestañas postizas, etc.
  • Una nota sobre la vigencia de los silloncitos para apoyar el celular.
O cualquier otra galopante estupidez que se les ocurra fabricar a los chinos.
  • Una columna refiriendo las más recientes rupturas amorosas de Hollywood y alrededores.
Cosa de que veas que eso de tirarse los platos por la cabeza no sólo les pasa a los simples mortales sino también a los ricos y famosos
  • Una colección de 30 (treinta) "tips" para una primera cita, incluyendo una severa recomendación de no ir a la cama.
Que es, seguramente, lo único que no vas a cumplir.
  • Una entrevista a actor/cantante de moda en la que se relatan sus gustos en cuanto a mujeres.
No importa si el muchacho no ve una bombacha desde que abandonó la casa de su mamá.
  • Una serie de preguntas guía para saber si él nos está engañando o sólo es víctima de un pasajero desinterés producto del stress laboral.
Modelo de pregunta: ¿Llegó a casa con una mancha de labial rojo en el cuello de la camisa?
  • Una dieta infalible.
Y van...
  • Una receta de comida light.
Lo único diferente en cada edición debe ser el plato donde se colocan las dos hojitas de lechuga.
  • Una recomendación para el cuidado del cabello.
No incluye canas.

Ilústrese cada uno de los ítems mencionados con fotos de veinteañeras flacas y desgarbadas que sonríen como si les estuvieran mostrando un sandwich de milanesa.

Resultado: la revista más completa para la mujer moderna.

26.4.07

Al desnudo: Yo quiero ser la Jelinek

Renuncio. Me rindo. Me doy por vencida.
Me harté de tratar de ser inteligente y no conseguir nada. Bueno, en realidad, nada no. Sólo conseguí que digan que soy inteligente.
Pero igual renuncio.
De ahora en más, voy a aplicar todos mis esfuerzos a parecerme a la Jelinek. La incomparable Karina Olga, la que puede darse el lujo de decir estupideces y, sólo por eso, aumentar sus cachets.
La que no tiene obligación de saber que los cheques no se autografían sino que se endosan y que en Francia hablan francés. Tiene todas las ventajas –excepto ser rubia, pero esto termina siendo un punto a favor porque no denuncia de una su irremediable cortedad de sesera–: tiene una preciosa naricita y unas pestañas larguísimas; un cuerpo increíble; ojos grandes, sonrisa de dentífrico. Viaja, anda de acá para allá conociendo mundo. Sus máximas preocupaciones deben ser que no le falte el alimento balanceado a su perrito, que no se le vea el pelo con frizz y que la vestuarista le haya elegido la ropa que se tiene que poner para el próximo evento. En fin... ¡Envidiable!
En cambio, yo, que leí desde Borges hasta Adorno y Horkheimer (que sí son dos), desde Homero hasta Saramago, he cometido el terrible pecado de no tener siempre a mano una frase de Bucay, Coelho, Osho o de José Narosky, rey de los "aforrismos". No tengo perrito ni asesor de imagen ni contratos de cinco cifras ni tampoco el cuerpo que tiene ella porque no me dan canje en ningún gym de onda.
Pero quiero ser la Jelinek. Entonces, de ahora en más, no iré a ningún lado sin mis frascos de Reduce Fat Fast –llamo ya–, me voy a comprar un perrito de esos que parecen de juguete pero que hacen sus necesidades en cualquier lado y la obra completa de "Nabosky" en uno de los puestos de Plaza Italia (cuando termine la Feria del Libro porque ahora hay mucha gente), y a iniciar una campaña masiva diciendo que si a ella le gusta Ortega, yo elijo a Gasset.

25.4.07

Los astros me guíen

Sagitario
SagitarioTu temperamento de fuego arde a la menor provocación. Si ves amenazados tus intereses, es correcta esta actitud para enfrentarlos.
Amor:
Te sorprenderán tormentas afectivas y pasionales que se disiparan con cierto grado de dificultad. Toma los recaudos necesarios.
Riqueza:
Óptimo resultado con el mínimo esfuerzo. Tal vez tengas que enfrentarte con un socio o un colaborador indolente.
Bienestar:
Que el signo pesos no gobierne tu vida. Hay cosas que el dinero no puede comprar, como el amor o la salud. Trabaja para vivir, no al revés.





Su capacidad para suavizar peleas se pone a prueba en situaciones de tensión. Ejercite la memoria y ordene hechos confusos. Salga de la inercia con una actitud positiva.

Queridos muchachos y/o muchachas que redactan el horóscopo en los diarios:
Les escribo la presente para rogarles se pongan de acuerdo a la hora de darme las instrucciones para afrontar cada día. Entiendo las cuestiones del marketing y todas esas herramientas modernas que sirven para atrapar y retener lectores; y la buena intención de no propalar malas noticias –con las del cuerpo principal alcanza y sobra– pero con las predicciones no se juega.
Las flagrantes contradicciones en las que entran, más que ayudarme me confunden, por eso, lo que sigue es una lista de preguntas para que me ayuden a atravesar el día de hoy de la forma más adecuada:
1. Si mi temperamento de fuego arde a la mejor provocación, ¿cómo hago para poner en práctica mi capacidad de suavizar peleas?
2. ¿Lo de los hechos confusos se refiere a la amenaza a mis intereses?
3. El socio o colaborador indolente al que tengo que enfrentarme suavizando la pelea, ¿soy yo misma tratando de vencer mi propia incercia o simplemente no podré hacerlo porque la inercia no me dejará?
4. Al querido diario Clarín: ¿Y el panorama afectivo? ¿Nada? ¿No se enteró, benemérito, que las mujeres consultamos el horóscopo principalmente por ese tema?
5. Al querido diario La Nación: ¿Cómo tomo recaudos para protegerme de las tormentas afectivas y pasionales difíciles de disipar? ¿No me la pueden hacer más fácil?
6. Al querido diario La Nación nuevamente: Eso de que hay cosas que el dinero no puede comprar... me suena a que para todo lo demás existe Mastercard. Por favor, sean claros con los auspicios y patrocinios.
Gracias por su atención.
Desorientada de Capital.