Estadísticas confiables aseguran que tras ocho de cada diez retoños hay una idische mame (o similar, porque el credo aquí viene a ser un accidente) que marcó a fuego la vida de su amado hijo. De ahí que el hombre esté tan acostumbrado a los cuestionamientos que, aun cuando se haya independizado de la madre, su voz interior la encarna y repite las mismas preguntas, una y otra vez, para desgracia del buen señor y para suprema irritación de la dama que circunstancialmente lo acompañe.
El retoño es un hombre detenido, agobiado, ahogado por las tribulaciones de su diálogo interno, interminable conversación que lo paraliza y que sólo le brinda algo de tranquilidad cuando se libera y puede ser expresada a viva voz desencadenando la desesperación de quien lo escucha.
De pequeño, su generosa progenitora lo alimentó concienzudamente.
–Te hice bife y milanesas.
–...
–¡Nene, te comiste las milanesas! ¡Claro, el bife no te gustó!
También lo colmó de regalos. Siempre de a pares. Dos camisas o dos pantalones o dos remeras o dos bermudas o dos corbatas... dos, dos, dos. Educadito, prolijo y cortés, el retoño corría a probarse las prendas y, queriendo evitarle cualquier desilusión a su madre, volvía estrenando una de ellas. Pero la mujer, paradigma del escándalo injustificado, de inmediato profería un suspiro y lanzaba la inevitable frase de tono indefinido entre pregunta iracunda y afirmación decepcionada:
–Nene, te pusiste la celeste... ¡qué linda te queda! ¿¡La otra no te gustó!? Dando lugar a una serie de estúpidos intentos de explicación que, como es de esperar, sólo llevaban al terreno pantanoso de la justificación por el lado del muchacho y de la autoconmiseración por el lado de su incomprendida madre que se preguntaba a los gritos "¡qué habré hecho para merecer semejante desaire de mi propio hijo!".
Por cierto, a pesar de haber sido destetado al menos un par de décadas atrás y de haber transitado varios romances, el retoño no puede evitar pensar que tiene que solicitar permiso y dar explicaciones por cada cosa que hace. O que no hace.
En el enjambre enardecido de sus pensamientos hay una lucha permanente. Me baño porque estoy sucio, no me baño porque estoy limpio, me baño porque me ensucié, no me baño porque igual me voy a ensuciar; que provienen del machacón "¡Nene! ¿Te bañaste bien?" gritado durante años, a partir del momento en que el pediatra le prohibió terminantemente bañarlo ella misma cuando el retoño ya había cumplido los catorce años.
Como porque tengo hambre, no como porque voy a engordar, como porque adelgacé, no como para mantenerme así; porque al retoño le preocupa la silueta no tanto por el exceso de peso como porque le recuerda la manera en que su digna "mami" lo embuchaba a diario cual pavo para Navidad.
Salgo con esta mujer porque me gusta, no salgo porque puede gustarme mucho más... o mucho menos; que derivan del "¡Nene, tené cuidado con las mujeres que son todas unas víboras (menos tu devota y sacrificada madre que te ama)!".
Y ni mencionar los nefastos efectos de las escasas o nulas posibilidades de privacidad que tuvo durante la adolescencia cuando "mamita", como un perro guardián, se apostaba tras la puerta de su cuarto para preguntarle, cada diez minutos exactos: "Nene, ¿estás bien?".
Cualquiera diría que este hombre es un indeciso. Pero no, no lo es. El sabe lo que quiere, lo que no llega a saber es si a su mamá le parecerá bien.
En el inicio de la relación con un retoño, la mujer sentirá que es un encanto que, a diferencia de otros ejemplares masculinos, le consulta todo y ella, cual damisela caprichosa, disfruta del poder que le ha sido otorgado.
Pasados unos meses, ya con chapa de novia casi oficial, sentirá que se le hace algo pesada tanta disquisición acerca de cada mínima cosa, transformando la simple decisión de, por ejemplo, ir al cine en un compendio de insoportables preguntas y respuestas que le aniquilan las ganas de salir antes de poner un pie en la vereda.
¿Vamos al cine? ¿Nos quedamos en casa? Si vamos al cine, ¿a qué función?, porque yo mañana me tengo que levantar temprano pero si vos querés ir más tarde está bien igual. ¿A la de las 23 te parece bien? ¿Sí? ¿No? Uh, oh... ¿y qué película? ¿La de acción o la comedia? ¿La de acción? ¿Estás segura? No lo estarás haciendo por mí, ¿no?, porque no quiero que lo hagas por mí. ¿Comemos antes o después? ¿Mitad de sala al centro o más adelante? ¿Cine con butacas o con sillones?
Así, hasta que el agotamiento lo vence, momento en el cual sería posible transcribir páginas enteras que al inicio son diálogos sin sentido y poco a poco van transformándose en un monólogo lastimero. Y el poder que tanto atraía a la dama pasa a ser una imperdonable falta de compromiso de parte del retoño.
Tiempo después, con la pasión exterminada por tanto parloteo insustancial, ella es invitada a conocer a su –a esta altura– futura suegra. Nada más verla, entiende todo y hace una rápida evaluación de sus posibilidades: lo planta en ese mismo instante y lo deja discutiendo eternamente con su madre, o presenta batalla y para el próximo cumpleaños le regala dos remeras, una negra y la otra también.
2.5.10
El retoño
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24.1.10
El bocón
El bocón es un hombre simpático. O, mejor dicho, muy simpático. Es agradable, divertido y, por lo general, buen mozo. Siempre hace contacto con un comentario ocurrente que invita a pensar qué bueno es tener cerca a un hombre tan ameno e inteligente. El problema del bocón es que, una vez que se interna en los vericuetos conversacionales, pierde la perspectiva y lo que parecía un relajado paseo por el campo de la charla termina transformándose en el intento desesperado por salir de un pantano en el que él solito, sin la más mínima ayuda, se internó.
El camino al berenjenal es muy corto. Luego de las presentaciones, mientras todo el mundo en la fiesta baila, ella dice:
–Me encanta esta música.
Vaso en mano, pie marcando el ritmo y muy cerca de ella (cada vez más), él se ríe.
–Es divertida.
Ella avanza:
–Bailemos, entonces.
Y él abre su boca que, como una excavadora, empieza a enterrarlo:
–Es que... este ritmo... tengo la cadera rígida.
Ella lo mira entre sorprendida y a punto de estallar en carcajadas. El se da cuenta de que acaba de morder la banquina y comienza una apresurada maniobra para volver a la ruta:
–No, bueno, rígida no... No, no, no... (se ríe) ¡Vas a pensar que nunca un polvo! (se fue al pasto)
Como ella no responde y para el bocón el silencio es una invitación indeclinable a seguir hablando, insiste (y vuelca):
–La puedo mover hacia adelante y hacia atrás, la cadera, digo (como si hiciera falta aclarar). Lo que no puedo es de izquierda a derecha y de derecha a izquierda.
A esta altura, la dama tiene en su cabeza irreproducibles imágenes del bocón en las situaciones más absurdas y, por supuesto, en paños menores. De modo que el pobre tipo yace en una zanja tapado con diarios.
Este hombre con vocación de sacrificado remero de agua densa (más que agua, un océano de mayonesa), calcula mentalmente cuánto tiempo le queda para intentar una reparación. Cuando la fiesta está por terminar, decide que va a anotarse un poroto ofreciéndole a la testigo de su verborrágico papelón (ojalá ya se haya olvidado de la charla anterior) alcanzarla hasta la casa. Dándole el beneficio de la duda porque acaba de conocerlo, ella acepta. No han recorrido doscientos metros en el auto y él saca los cigarrillos, enciende uno y le ofrece otro a ella.
–No, gracias, responde. No suelo fumar en los autos.
Y cuando todo parecía haberse encaminado hacia una conversación normal y relajada, el bocón vuelve al modo-caterpillar-on y dice:
–En este auto se puede. En este auto están permitidos todos los vicios.
Ella se abraza fuerte al bolso que tiene sobre el regazo, mira al frente y, en silencio, ruega que el viaje sea lo más corto posible.
Quince segundos más tarde, él se ríe porque se da cuenta de lo que dijo.
Es tarde, en la cabeza de ella suenan las fanfarrias que anuncian el ingreso triunfal al territorio del ridículo. Sin pasaje de vuelta.
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5.8.09
El cibergalán
El cibergalán es casi un sexagenario que descubrió, con diez años de atraso, por qué durante la adolescencia sus hijos hoy adultos chateaban como posesos. Así que ahora dedica cada rato libre a la seducción virtual frecuentando sitios de solos y solas porque, no nos engañemos, le sobran años y le falta cintura para usar Facebook.
Sus peripecias digitales incluyen fallidos épicos como confundir groseramente a la damisela que se presentó como abogada, divorciada, madre de una hija de trece e interesada en una relación duradera con la gatita ardiente de veintinueve y ávida de pasar una noche de sexo salvaje. O no poder sacarse de encima a una cincuentona que a toda costa quiere guerra cuerpo a cuerpo. O lidiar con una psicópata que intenta descubrir su verdadera identidad para arrimar el bochín y acosarlo por medios tan ortodoxos como el teléfono.
Dueño de varios perfiles, a cual más vendedor, puede ser un ingeniero que trabaja para una multinacional y viaja constantemente; o un empresario exitoso que pasa su tiempo libre jugando al golf, o un aventurero que, harto de todo, encuentra el sentido de la vida izando y arriando las telas de su velero oceánico. Todo depende del día y del estado de ánimo.
Desconfiado como todo mentiroso, no deja que su espíritu conquistador cruce el límite del mundo virtual. Ergo, aunque alimenta fantasías en un puñado de mujeres ávidas de la seguridad que les brinda una pareja, jamás concreta citas.
De vez en cuando, una visita de los hijos interrumpe la rutina de este Don Juan pixelado. Entonces, además de privarse de la cháchara onanista, deberá escamotear la PC o exponerse a que sus otrora bebés lo descubran y le dediquen una mirada que está entre la condescendencia y la vergüenza ajena.
Ni bien se vayan volverá al ritual de largas noches solitarias y dedos febriles rebotando sobre el teclado a la caza de una candidata que cubra sus expectativas inmediatas, sin comprender que el aquí y ahora de su deseo siempre lo deja a merced de sí mismo.
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12.2.09
El lastimoso
En la República del Paraguay, lugar donde años atrás supe (?) desempeñar algunas de mis tareas, es usual que cuando alguien tiene que disculparse o excusarse utilice, en vez de nuestro rioplatense "lamentablemente", el muy gráfico, colorido y polisémico "lastimosamente". Así, es posible escuchar un "lastimosamente, el señor xx ya se ha retirado de la oficina" o "lastimosamente, no podré asistir a la cena" o aún "lastimosamente, el vuelo a Buenos Aires fue cancelado".
Hecha esta breve introducción, vuelvo al punto que da origen a la entrada.
El lastimoso es un hombre paradojal. Ha tolerado con estoica entereza el abandono de su mujer, la incomprensión del mundo, el olvido de los hijos, los vaivenes económicos y los inconvenientes de salud. Aún así, en vez de pensar y sentir que una manada de mamuts lo orina alegremente desde el cielo –frenético extremo del "meado por los perros"–, piensa y siente que debería haber nacido en una época pasada porque no está hecho para la salvaje agresividad de nuestros días.
No hay en él el más mínimo atisbo del amor propio –por llamarlo de alguna manera– típicamente masculino. Vive solo. Realiza todos los quehaceres domésticos sin sentir que eso afecta su hombría: limpia, lava, plancha, cocina y hasta cose –en algunos ámbitos se lo conoce como "el rey del parche"– cual damisela en edad de merecer. Es ordenado, pulcro y austero. Físicamente bien conservado. En la cama zafa a fuerza de experiencia o de una que otra pastillita azul, y no hay noche apasionada que le impida correr las cortinas y revisar la llave del gas antes de entregarse a las horas de sueño reparador que cumple con rigurosa contrición.
Al contrario que la mayoría de los hombres, frente a situaciones como la crisis económica y financiera, no piensa en conseguir un aumento de sueldo sino en cómo arreglarse con menos. Por cierto, aunque podría aspirar a más, aplica una enorme dosis de energía para mantenerse donde está recortando gastos, resignando lo que a cualquier mortal le parecería bienestar y para él es superfluo, y ajustando lo que viene ajustando desde hace tiempo. Todo esto no hace más que hablar del enorme placer que le causa la inmovilidad. Si tuviese un escudo de armas en él se vería la máxima: "No derrocharás, no ensuciarás". Y yo agregaría "no progresarás".
El lastimoso, además, no sueña, no desea y no proyecta. ¿Para qué hacerlo? Un sueño lo pondría en el terreno del deseo y éste, a su vez, en el del proyecto. Todas ellas –sueño, deseo y proyecto– instancias reservadas para la voracidad que otorga la testosterona que a él parece faltarle.
No importa la edad que tenga, a pesar de su aspecto físico, este hombre siempre parece estar recorriendo el tramo final de su vida, mirando el futuro por el espejo retrovisor. Cuenta historias viejas de tiempos gloriosos, canta canciones viejas de su loca juventud, se ríe de chistes viejos que siguen pareciéndole graciosos y está rodeado de recuerdos que hacen brillar sus ojos.
En lo más profundo de su ser siente un enorme terror a la vejez y alberga la creencia de que mantenerse en ese estado conjura los efectos del paso del tiempo; entonces, termina pareciendo un hippie preservado por quién sabe qué curioso mecanismo de congelamiento y traído a un presente que no entiende y se resiste a habitar.
Sin embargo, aún con esta colección de atributos de perfecto loser, el lastimoso es un winner importante. He aquí la paradoja digna de mal jugador de tute cabrero: gana a más cuando había decidido ir a menos.
Nunca falta a su lado una mujer de treinta sensibilizada por su alta performance doméstica, una jovencita seducida por su aspecto informal y juvenil –que en realidad no es informal ni juvenil sino anacrónico–, una cuarentona maltratada por otras relaciones que cree haber encontrado en este hombre tranquilo y apacible la cura para viejas heridas. ¡Sí, encima es multitarget!
Lo cierto es que, para decirlo crudamente, inspira lástima. Y las mujeres solemos confundir lástima con ternura.
Pero, claro, el encanto dura poco. Bastará conocer su casa y asomarse a sus rígidas rutinas dignas de Esparta para advertir que hay poco espacio para enternecer y mucho para decepcionar; que las flores robadas no fueron un gesto romántico y que la comida fue casera para ahorrarse el restaurant.
Entonces habrá llegado el momento de huir en busca de horizontes más propicios y dejar a este ganador malgré soi atesorando un nuevo, reluciente y dulce recuerdo que, además de aumentar su colección y brillar junto al compendio de sus desgracias, le confirma que el éxito es una vana ilusión y que la fama es puro cuento.
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2.11.08
El espasmódico
El espasmódico es un hombre intenso. Tan intenso que le cuesta sostener esa intensidad por más de una semana.
En un primer encuentro puede brindar una impresión equivocada que dependerá exclusivamente de la actividad que haya elegido para ese periodo. Ya sea 'la semana del deporte', 'la semana del glamour', la 'semana de las comilonas' o 'la semana de la dieta', su vida es un espasmo perpetuo en el cual durante siete días se desempeña con admirable aplicación y perseverancia.
Por cierto, su existencia tiene puntos de inflexión periódicos: cada lunes se impone cambiar radicalmente de vida; entonces, tras una seguidilla de comilonas sobreviene el ayuno; tras el ayuno, el glamour que lo devuelve al placer; tras el glamour es necesaria una nueva desintoxicación, esta vez sin ayuno porque aún está fresca la desoladora sensación de la abstinencia, por lo que el objetivo será el deporte; tras el deporte que no ha reconocido límite y le ha causado agotamiento y dolores varios, vendrá la contemplación; tras la contemplación, la aventura y así ad infinitum.
Su estructura de personalidad navega entre dos estilos opuestos: el desenfrenado y el monástico, que se suceden en un círculo infernal cuya particularidad es que lo lleva de la culpa a la revancha y de la revancha, nuevamente, a la culpa. Como un perro que intenta morderse la cola, el espasmo de esta semana intenta emparchar las secuelas del espasmo de la semana anterior. Y el resultado es que siempre está en deuda consigo mismo. Una deuda insalvable que renegocia cada domingo con una normativa impiadosa similar a la de los organismos crediticios internacionales.
Este pobre hombre se debate en la dicotomía de los merecimientos. O se merece disfrutar o se merece un castigo por haber disfrutado. Su yo interior muta del nazismo al laissez faire, del rigor estoico a la relajación dionisíaca.
Por supuesto, la mujer que esté junto a un espasmódico deberá embarcarse en sus cruzadas semanales y comprender (y aceptar y acompañar) que hoy quiera dejar de fumar porque se ha dado cuenta de que el cigarrillo le impide practicar deportes comme il faut (para él, que se obliga al alto rendimiento sin escalas) y 'es un veneno que te acorta la vida', pero también deberá aceptar que el próximo lunes encienda un cigarrillo porque 'la vida es una sola y trabajo como un burro y no puede ser que no me dé los gustos y, además, estoy tan nervioso que no me aguanto'. ¡Justo ahora que ella llevaba tan bien la abstinencia de nicotina!
Pero que jamás se le ocurra dejarlo solo en sus emprendimientos. Diferenciarse y no subirse al tren del espasmo es una actitud conspirativa, de alta traición y, por lo tanto, imperdonable.
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9.7.08
El roñosito
El roñosito es un tipo confundido. Sus modelos son el "Corcho" Rodríguez, Ricardo Arjona, Pablo Echarri y Osvaldo Laport (en sus protagónicos como Catriel o Amador Heredia, por supuesto).
Pero cree que para ser un winner como el "Corcho" no se tiene que bañar. Para tener la piel satinada de Laport tiene que jugar un partido de fútbol antes de cada cita. Para llevar al éxtasis a miles de mujeres como Arjona –que, insisto, no me gusta– tiene que usar una camisa arrugada y desabotonada hasta la mitad del pecho y el pantalón de jean deshilachado. Y para arrancar femeninos suspiros orgásmicos con su barba de tres días al estilo Pablo Echarri, basta con huir de la afeitadora durante tres días.
Es que el roñosito no distingue una camisa blanca arrugada de una camisa sudada que alguna vez fue blanca; un pantalón estratégicamente sobado de uno que ya camina solo; la piel perlada y sedosa, del liso y llano sudor tendiendo a "chivo"; un mocasín de una canoa; el efecto "barba de tres días" del horror desparejo y pelusiento de una verdadera barba de tres días.
Piensa, en cambio, que su aversión al jabón, la esponja y el saludable baño diario le dan un irresistible look décontracté (perdón por la ensalada lingüística, pero este tipo se merece el esfuerzo de producción).
Además, o padece una irreversible atrofia del sentido del olfato o está convencido de que una buena rociada con Axe le provee inmunidad o, en el mejor de los casos, malgasta un buen perfume que nunca alcanza para tapar efluvios desagradables.
Con la orgullosa testa engrasada se pasea muy orondo desparramando sus encantos por doquier sin entender que el cabello limpio y mojado tiene movimiento y es muy diferente a la peluca tiesa y seborreica que protege sus ideas (más que protegerlas, las impermeabiliza).
Cuando tiene la malhadada idea de usar ropa de colores oscuros, sus hombros y solapas denuncian la presencia del pityrosporum ovale al que una temporadita de Head&Shoulders no le vendría nada mal.
Sin entrar en intimidades –es posible imaginar lo de adentro viendo lo de afuera–, es el típico ejemplar al cual, antes de cualquier avance, se lo invita a una ducha, compartida por supuesto, cosa de asegurarse de que la buena refregada que necesita tenga lugar bajo el agua.
En su variante más extrema, al roñosito ya ni siquiera le preocupan los íconos que encarnan el deseo femenino y entonces estamos frente al hippie quien, además de cumplir al pie de la letra con todos los no-rituales mencionados, olvida que las uñas, tanto de las manos como de los pies, merecen periódica atención, entonces anda por la vida con garras de homínido que convencerían a cualquier arqueólogo de que se encuentra frente al eslabón perdido.
Lo cierto es que, de una manera o de otra, este hombre tiene fecha de vencimiento en la vida de cualquier mujer porque, a la hora de la verdad, a nadie le gusta andar lidiando con la mugre ajena. Y si bien es innegable que billetera mata a galán, también lo es que, más allá de lo galán que sea o de la billetera que tenga, no hay deseo que resista a un roñosito.
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25.6.08
El friolento
El friolento es el clásico tipo que cuando se tiene que meter al mar, en vez de zambullirse bajo una ola cual héroe de Baywatch, elige probar la temperatura del agua con la punta del pie y entrar despacito, de a poquito. En la vida le pasa lo mismo: cuando llega la hora del piletazo, lejos de ensayar una entrada triunfal, prefiere bajar la escalerita y que se le ponga la piel de gallina, sobre todo cuando el agua le llega a la altura de los genitales.
En lo que hace a las mujeres, no importa si se miente a sí mismo diciendo que es precavido –palabra de viejo si las hay–, si se cubre con una armadura de justificaciones del tipo contradicción interna como "apuesto sobre seguro" –¿"apuesta" y "seguro" en una misma frase?– o, peor, "vayamos paso a paso" o la ridículamente banal "estamos conociéndonos", más apta para una aspirante a felino con exposición catódica que para un señor hecho y derecho. El friolento es, en el fondo, un cobarde.
En su cabeza, cuando está solo o imagina sus próximos avances, es casi un galán hollywoodense de las décadas del 40 y 50; uno de esos héroes recios que en la intimidad dejaban al desnudo con sublime pudor un romanticismo irresistible. Porque, convengamos, para una mujer hay pocas cosas más irresistibles que un recio-romántico: pocas palabras, mucha mirada y el gesto exacto en el momento justo.
Por fuera, este modelo de hombre, en cambio, es pura inminencia. Siempre está por tomar la inciativa, siempre está por dar "ese" beso, siempre está por dejar salir el tigre que tiene adentro... pero no se anima. Y si bien ese estilo prometedor e insinuante genera en la mujer una expectativa en la cual la tensión sexual sube y sube, cuando la concreción no llega o se posterga, la cosa se desinfla de manera irremediable.
Lo peor de todo es que cualquier mujer que tenga frente a sí un friolento no puede dejar de advertir el volcán pasional que él transmite a través de sus ojos. Es que la mirada de un friolento refleja pasión contenida –la mejor pasión, la pasión medio histericona– y expresa, sin dudas, lo que él ha imaginado con tanto fervor. Pero lo que nunca llega –o se posterga indefinidamente– es ese "gesto exacto en el momento justo" que tanto promete y alimenta con sus actitudes.
Es que en el fondo del alma de un friolento, siempre está –y opera como realidad– la imagen de la pileta vacía. Y el peor problema que enfrenta es que, mientras él considera la existencia o no del agua, la ecuación entre temperatura ambiente y temperatura del líquido, las condiciones de viento y humedad, siempre llega un temerario que se tira a la pileta y le da una alegría a la mujer que, a punto de caramelo y cansada de emitir señales desoídas, se echa en los brazos del recién llegado sin el más mínimo remordimiento.
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1.5.08
El prolijito
El prolijito es un viejo maniático en un cuerpo de cualquier edad. No importa cuán atlético sea, ni su apariencia moderna o incluso a veces aniñada, la vida en un geriátrico tiene más acción que la de este hombre.
Esclavo de su rutina de rituales, alinea el vaso con el plato y los cubiertos, el atado de cigarrillos con el cenicero y el encendedor. Su existencia es un infierno ortogonal donde todos los objetos ocupan lugar en una cuadrícula que sólo sus ojos perciben.
Algo parecido le sucede con la ropa a tal punto que, para cualquier mujer, asomarse al placard de un prolijito es como haber sido invitada a la cámara de torturas de la Santa Inquisición: las medias, los calzoncillos, las remeras doblados de idéntica manera y separados por color; los ganchos de las perchas y las abotonaduras de las camisas mirando hacia el mismo lado; los sweaters respondiendo al riguroso orden más-grueso-abajo-más-fino-arriba; el calzado, según sea deportivo o formal y, además, apoyado cual si respetase la imaginaria línea de largada de una carrera de cien metros. Todo un shock frente a la desvergüenza de nuestros revueltos cajones, caóticos percheros e infernales estantes.
Y, sin embargo, a pesar de estas costumbres peculiares, es posible que el prolijito resulte en un principio sumamente atractivo para el género femenino. Es que jamás va a dejar la toalla húmeda sobre la cama ni hará gala de escatológicas manifestaciones típicas de hombres ni dejará las zapatillas malolientes durmiendo el sueño de los justos bajo la mesa donde en minutos más se servirá la cena.
Pero eso es sólo en un principio. Apenas superada la etapa mágica en la cual vemos a este maniático como un príncipe azul que además se porta bien –lo que para cualquier mujer promedio es "bien"–, el prolijito que, por cierto, siempre ha sido igual a sí mismo, se torna, ¡pecado de los pecados!, endiabladamente previsible y sobreviene en su ocasional compañera el más dañino de los virus que puede atacar a la pasión: el aburrimiento.
Porque ya descubrimos que tres besos rápidos son un paño frío, suerte de "bueno, bueno, tranquilita, ya está" que apaga cualquier intento erótico; que el tipo anda en calzones para estar fresco pero se pone medias –especiales, por supuesto, para no estropear "las buenas"– porque detesta ensuciarse los pies, y que la manera en que se sienta en el borde de la cama para desvestirse anuncia inequívocamente si habrá sexo o si a los dos minutos estará roncando cual rinoceronte sin siquiera haber dicho hasta mañana.
Porque en la inamovible agenda de su vida hay un momento específico, predeterminado e irrevocablemente fijo para cada cosa. Y a veces hasta parece increíble que pueda enfermarse justo en el hueco entre el fútbol y la visita de sus hijos; que tenga previsto lo que va a comer durante toda la semana, y que nos llame si y sólo si ya puso la ropa a lavar.
Por supuesto, es absolutamente incompetente si se trata de resolver una emergencia (pero eso no hace a su esencia de prolijito porque, convengamos, casi todos los hombres lo son, sin importar el modelo).
Presas del más profundo hastío que nos ataca cuando ya sabemos la hora del llamado, el tenor de la invitación, lo que cena los martes, quién lo llena de patadas cada vez que juega al fútbol y cuál es el mejor jabón en polvo para ropa muy sucia (siempre y cuando, por supuesto, uses la cantidad correcta, que no es la que recomienda el envase ni la que usaba su ex mujer sino la que él, merced a su encarnizada persistencia en la repetición de acciones mecánicas, descubrió a fuerza de ensayar, una y otra vez, cómo tener la ropa más limpia del barrio), un día cualquiera dejamos de escucharlo. Otro, antes de abrirle la puerta y sin visión de rayos X, extendemos la mano para agarrar el ramo de seis –ni tres ni cinco ni doce, seis– rosas amarillo pálido que nos entregará ni bien nos vea. Al siguiente encuentro, rogaremos que no nos relate por centésima vez sus experiencias con el turismo aventura (en sus términos, un crucero a Río de Janeiro es turismo aventura). Y empezaremos a preguntarnos qué es lo que estamos haciendo con ese potus disfrazado de persona. Entonces, con una lucidez tardía, nos vendrá a la memoria aquella primera noche cuando, en vez de sucumbir a la tentación de una refriega que dejara el lugar sembrado de prendas en sugerente desorden, el prolijito detuvo por completo su accionar y, con inigualable parsimonia, se sacó los pantalones, los dobló y los dejó sobre una silla.
Y sabremos que, una vez más, la culpa es nuestra.
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15.4.08
El infeliz
El infeliz debe su existencia a la increíble capacidad machacadora de su esposa.
Es decir que, básicamente, un hombre de esta categoría no nace, se hace.
Su identidad se construye de manera lenta pero constante desde el momento mismo en que, sin la más mínima conciencia de las consecuencias, dice "sí, quiero" y se transforma en socio de una empresa a la que aporta capital y trabajo mientras que la otra parte es la encargada de imponer las ideas y gozar de las utilidades. Y aunque los indicios de daño colateral se advierten casi de inmediato bajo la forma de "Imaginate cuando nos vayamos de vacaciones a Pukhet" en la adorable voz de la recién casada, es con la llegada de los hijos cuando el perfil del infeliz se completa y consolida.
Es que, lejos de ser el remanso que él planificaba, el acontecimiento por el cual dejan de ser una feliz pareja de tortolitos y se constituyen en una incipiente familia es el desencadenante de una furiosa ola de pedidos, demandas, ambiciones y exigencias que, no importa el tono en que sean expresadas, le otorgan a un hombre promedio el título de infeliz.
Lo que en un principio eran sugerentes sueños de sofisticadas experiencias para dos –cualquier variable que en femenino elemental implicare la ecuación exótico+caro: destinos vacacionales, comidas, espectáculos, escapadas de fin de semana, etc., y que en masculino elemental es decodificada como "cualquier-cosa-más-sexo-pero-mucho-sexo"–, alcanza por obra y gracia de la utilización extorsiva de la presencia infantil niveles exasperantes.
Y el infeliz, que en el fondo es un esclavo vulnerable a la manipulación por la vía de la culpa, sigue trabajando y produciendo, ya no para las e(x)(r)óticas –dos sexos, dos lecturas– vacaciones sino para la seguidilla de rigurosa alternancia "los-chicos-y-yo" que ella impone y que incluye la escuela carísima, la colección de perfumes, el viaje a Disney, la semana de spa, la temporada de ski, la casa más grande, la ropa de marca, el viaje de egresados a Londres, los zapatos italianos, la Universidad Di Tella, el primer Botox, el auto para el "nene" (que en realidad es un desenfrenado que no conoce límites), las nuevas lolas...
Si en la década gloriosa que va de los treinta a los cuarenta el hombre alcanzó el título de grado de infeliz a fuerza de responder de manera prolija y eficiente a las demandas de su adorable cónyuge, en el decenio siguiente consigue el posgrado con honores. Aunque el desdichado no lo sepa, el signo inequívoco de ese master en infelicidad, el que le otorga la medalla al mérito, es el momento en que la amante esposa –"tuneada" por Fendi, Juri y Prada– pronuncia el inevitable: "sos un adicto al trabajo", inicio de una catarata de reproches que, cuándo no, irán a mellar el costado culposo del infeliz, ahora acusado de ignorar y abandonar a su media naranja, no ver crecer a los hijos, ser un materialista, amar a su trabajo por sobre todas las cosas, estar siempre preocupado, no saber divertirse y disfrutar, quedarse dormido todas las noches, no mostrar interés en el sexo (porque seguro que tiene "otra", total la plata ahora le sobra para sostener una vida paralela y "yo que estuve todo este tiempo remándola con vos, ¿qué?"), toda una retahíla de recriminaciones más o menos ingeniosas de efectos devastadores que responden a la ley precristiana "palos porque bogas, palos porque no bogas".
En el mejor de los casos, luego de un tiempo prudencial de cargar con su maestría, el infeliz tomará coraje y huirá del hogar familiar para iniciar una nueva vida de placer y libertad en la que pueda disfrutar de lo que tanto le costó conseguir. La condición necesaria para esto es que pueda, no importa cómo, recuperar algo de vitalidad para sus machacados testículos.
De no lograrlo y si la suerte lo acompaña, su reciclada esposa será la que lo abandone para emprender la búsqueda de una nueva víctima.
Sin huevos y sin suerte, el infeliz estará condenado a la supervivencia en un medio hostil en el cual los reproches trascienden la órbita de la habitación matrimonial para esparcirse cual Ebola contagiando las voces de sus adorados niñitos.
Lo que es indudable es que, como esposa o como ex, lejos o cerca, con nueva pareja o mascando la soledad de su rostro plastificado, ella pondrá todo su esfuerzo en mantenerlo en la condición de infeliz. Y él, vulnerabilizado por años de maltrato, estará expuesto a todo tipo de recidivas.
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5.4.08
El exitoso
Dueño de un encanto singular –el que otorga haber conseguido todo (o casi) en la vida–, el exitoso es un hombre al que es difícil resistirse. No importa si es bajito, gordo, viejo y parecido a Hugo Moyano, o alto, flaco y narigón como Tristán, o muy bajito, con aspecto de alfeñique y ridículas costumbres capilares (por no abundar en el análisis de sus costumbres) como ya-saben-quien, las mujeres siempre lo ven rubio y de ojos celestes y, consecuentemente, caen a sus pies seducidas por el irresistible atractivo.
Ya sea en dependencias del tope del escalafón del Ejecutivo, el Legislativo o el Judicial, en un escenario o en el lujoso despacho de la presidencia de una empresa, lo importante es que este hombre se maneja en su hábitat como pez en el agua. En su vida hay choferes, fiestas privadas y escapadas de fin de semana a recónditos lugares del planeta; o sofisticados backstages con catering exótico, ríos de alcohol, Evian y Perrier, toallas blancas y videojuegos de última generación; o almuerzos de negocios en New York, Dubai y Singapur, aviones privados y el tuxedo Armani siempre listo para una noche de ópera en Milán.
Acostumbrado a estar siempre a la vanguardia, conoce los lugares más cool del mundo, sabe cómo cerraron los principales mercados de valores –y tiene idea de cómo abrirán al día siguiente–, podría recitar de memoria el calendario de remates de Sotheby o los modelos expuestos en la Galleria Ferrari, nadie lo iguala a la hora de elegir una alhaja, lo apasiona la cocina afrodisíaca tanto como los trajes de Hugo Boss. O bien está acostumbrado a las alfombras rojas, a besar más de una preciada lengua (de MTV por supuesto) o a sentirse el perrito de RCA adorando el codiciado fonógrafo del Grammy.
En su sobreabundante vida, la intimidad es tal vez el bien más preciado ya que se le dificulta prescindir de la nube de asesores, guardaespaldas, asistentes, rubias cazafortunas (bueno, morochas y pelirrojas también) y otras categorías menores, de la cual siempre es centro. Por eso, un minuto –sesenta segundos– de soledad y privacidad es un tesoro del cual le es casi imposible disfrutar porque en ese corto lapso que hubiese querido solitario se le presentará más de un integrante de su entorno tanto para que resuelva u opine sobre cuestiones impostergables como para cerciorarse de que este Pu-Yi ya crecidito se encuentre siempre en óptimas condiciones.
Perseguido por flashes y micrófonos, sus asuntos del corazón son escandalosas noticias o secretos a voces que corren como reguero de pólvora y explotan tanto en la sección política de algún diario como en la mediocridad de un programa de chismes faranduleros (y a veces en los dos).
Su presencia desencadena miles de fantasías que lo sitúan en una intimidad tan potente, segura y llena de glamour como su vida pública. Pero la realidad es muy diferente: el exitoso termina resultando un fiasco. Sus intereses y prioridades no dejan lugar para ninguna otra pasión.
A la hora de los bifes es probable que su rendimiento sea, literalmente, poco satisfactorio –sobre todo si se trata de desempeño "al natural", modalidad en la que no recurre a ninguna little help of my friends–; despojado de sus principescas vestimentas y accesorios –especialmente de la billetera (de la idea de billetera, porque la billetera real nunca la lleva encima) y otros atributos de mando– recupera las nobles características de cualquier hombre común –demasiado común–; si ha comido y bebido como un bárbaro –lo que hace con frecuencia– las cosas empeoran; y si, además, le sobreviene el bajón adrenalínico producto de una jornada agitada que llega a su fin, es casi seguro que el día que comenzó rosqueando al más alto nivel o que lo enfrentó a los alaridos de miles de fans enardecidas o que alcanzó el clímax con un aria magnífica de La Bohème en Sydney, lo termine desparramado sobre una cama –king size, of course– roncando a pata suelta sin siquiera haber llegado a sacarse las medias (imagen terrible si las hay, la del hombre en medias) mientras la dama de turno –desvelada, insatisfecha y falsamente cándida– se pregunta, una vez más, mirando la pulsera de Van Cleef que adorna su muñeca, "¿qué hace una chica como yo en un lugar como éste?".
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20.3.08
El "Epaminondas"
Hace mucho tiempo –y mucho quiere decir mucho– un cuento tradicional, repetido hasta el cansancio, deleitaba mi fantasía infantil y, a diferencia de la mayoría de los relatos de ese género, hacía que me desternillara de risa.
Epaminondas, la mamá y la madrina eran los protagonistas. Al parecer, estas mujeres, muy atareadas con las labores domésticas, habían tomado al niñito como mensajero (¡Dos tremendas vagas!) y lo tenían de acá para allá llevando y trayendo cosas.
Con monumental voluntad (eso no puede negársele) Epaminondas iba y venía. Primero fue un bizcocho y la infaltable recomendación de la madrina: "No lo pierdas, apretalo fuerte". Tan fuerte lo apretó –tan al pie de la letra cumplió con la indicación– que, obviamente, llegó a manos de la madre hecho migajas. Entonces enfrentó el dedito admonitorio: "No, no es así. Lo que tenés que hacer es ponerlo dentro del sombrero, luego ponerte el sombrero y caminar hasta casa, la cabeza erguida, bien derechito y sin detenerte". La siguiente vez, atento a lo que le había dicho su progenitora, Epaminondas cumplió. Cuando su madrina le dio el pan de manteca, lo puso dentro de su sombrero, se colocó el sombrero y caminó derecho a casa con la cabeza erguida. En la puerta de su hogar, chorreando hasta la cintura manteca derretida, chocó nuevamente con la creciente ira de la madre: "¡Pero, Epaminondas! ¿Cómo hay que decirte las cosas? (Claramente, mujer, claramente) Para que no te pase lo que te pasó, tenés que envolver la manteca en hojas frescas y mojarla en cada una de las fuentes que encuentres en el camino". Con su habitual aplicación, el chiquito anotó en la memoria el consejo y en la siguiente visita a la madrina lo puso en práctica bañando en cada fuente al vivaz cachorrito que la atenta mujer le había regalado. Sin perder la sonrisa y esperando la felicitación de la autora de sus días por haber cumplido tan estrictamente con las indicaciones, Epaminondas le mostró el perrito que, medio muerto de tanto baño frío, tiritaba entre sus manos. "¡Hijo mío!", dijo la mujer al borde del llanto, "¿Qué has hecho de la inteligencia que te di cuando te traje al mundo? (La verdad, podría haberle dado un poquito más, ¿no?) El pobre animal debería haber venido caminando alegremente a tu lado y lo único que tenías que hacer era poner una cuerda alrededor de su cuello para que no escapara". Optimista hasta la exasperación, Epaminondas registró la fórmula y decidió que la próxima vez que visitase a su madrina se reivindicaría con su iracunda madre cumpliendo a rajatabla con las instrucciones. Y lo hizo. Por supuesto, lo que llevaba no era un perrito sino un dorado y crujiente pan casero recién horneado que, atado con una cuerda, arrastró y revolcó por todos los rincones del camino haciendo del alimento un bollo descascarado y lleno de barro que no se podía comer. "¡Desde este momento", fue el grito furioso de la madre, "tenés prohibido salir de casa! Soy yo la que iré a todos lados para asegurarme de que no cometas más sandeces".
Y llegó la oportunidad de que la madre, finalmente, se hiciera cargo del servicio de mensajería. Antes de salir, había horneado unos hermosos pasteles de frutas. Cinco, para ser más precisa. Y los colocó en la puerta de su hogar para que se enfriaran. "Epaminondas", dijo a su retoño antes de partir, "cuidá que el gato no se coma los pasteles y, si tenés que salir, fijate de pasar bien por encima de ellos con mucho cuidado", tras lo cual salió, tranquila y oronda, a hacer sus tareas.
Decidido a, por una vez, hacer bien las cosas, Epaminondas atravesó la puerta para ir al jardín no sin antes recordar las palabras de su madre; entonces, con enorme cuidado, estampó un pie en el centro de cada pastel. Y después se sentó a admirar su obra.
El final del cuento, jamás dicho pero claramente sugerido, era una paliza (cosas de cuentos tradicionales porque en nuestra época lo que se impondría es una consulta a un terapeuta familiar para resolver los problemas de comunicación y una batería diagnóstica de tests para constatar la inteligencia del mocoso).
Ahora bien, Epaminondas no es un caso aislado. Hay hombres que funcionan así: entre dos mujeres (usualmente madre y esposa), esperando un gesto de aprobación que nunca llega y cumpliendo órdenes que no satisfacen a nadie.
¿Hace falta que lo explique mejor?
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27.12.07
El constructor
El constructor es un hombre paciente y tesonero que, muy probablemente, ha adquirido esas virtudes después de uno o más desengaños amorosos. Como siente que la vida no le ha sonreído pero en el fondo espera y desea que le sonría alguna vez, lejos de haberse transformado en un escéptico, sigue buscando el amor verdadero.
Aquella mujer que pretenda conquistarlo deberá estar preparada para los efectos acumulativos de la pasión arquitectónica que lo anima y lo impulsa. No dejarse vencer por las negativas y las actitudes prescindentes será la más importante vía hacia el triunfo.
Aunque intenta entregar su corazón, las heridas del pasado detienen al constructor y su instinto de supervivencia –eso de que "el que se quema con leche cuando ve una vaca, llora"– lo impulsa a poner barreras progresivas. Como un albañil del medioevo, va levantando alrededor de su maltrecho castillo el muro protector que imagina rodeado de un profundo foso infectado de cocodrilos hambrientos mientras, por otro lado, alberga secretos deseos de que la muralla sea finalmente vulnerada por la princesa de turno, una valiente capaz de atravesar las pruebas que él le impone.
Es que, tras su inclaudicable espíritu defensivo, el constructor no puede evitar cierta candidez. Especialista en vallas, barreras, obstáculos, barricadas, zanjas, fosos y badenes, el buen señor, merced a su notable perseverancia, construye con pequeños ladrillos que dicen "no" una enorme pared que termina mostrando un "sí" de dimensiones extraordinarias.
Sobre la hilera del "no me comprometo" coloca la hilera del "no planifico", sobre ésta la del "no quiero condicionamientos" y luego la del "no me ato a nada" y la del "no me quedo" y la del "no, gracias" y la del "no necesito una mujer en mi vida" y la del "no espero nada permanente" y así hasta que su obra tiene el tamaño de la Muralla China.
Tomado a la ligera parece distante, poco involucrado y hasta indiferente, pero esto no es más que la muestra de lo aplicado que se encuentra a su tarea. Y cada pequeña porción de "no" que agrega a su obra tiene un efecto contradictorio y paradojal porque el caballero en cuestión, tan preocupado por los ladrillos, termina su pared sin darse cuenta de que está amarrado como un idiota a la fémina que él cree del otro lado y que, en cambio, ha dejado encerrada junto a él en el exiguo predio de su corazón.
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10.12.07
El homeópata
El homeópata es un hombre que entrega su afecto en pequeñísimas dosis. Casi mezquino, inveterado amarrete de cariño, deja ver sus sentimientos como quien permite, apenas, espiar por el ojo de una cerradura.
Gestos mínimos. Pocas palabras. Una mesura griega autoimpuesta y tan lejana de la desenfrenada hybris de los dioses como es posible imaginar. El homeópata es hombre de miradas profundas, gran observador y pensante como pocos, que esconde tras el laconismo un terrible temor a quedar expuesto. Al igual que el profesional de esta disciplina no tradicional, necesita de largas charlas en las que hace preguntas que la mayoría de las veces suenan descolgadas e incoherentes, del tipo: "¿Te gusta el viento?" o "¿El mar o la montaña?" y que a cualquier desprevenida le podrían sonar a test de verano de la revista Cosmopolitan pero que, en realidad, le permiten mantener una distancia "higiénica" y son clave para conformar una imagen no superficial de la interlocutora o conocer los puntos de coincidencia entre ambos sin dar información sobre sí mismo. De igual tendencia en lo que hace a gestos, el homeópata regala esporádicamente alguna caricia que suele estar más orientada a registrar el efecto causado que a disfrutar del contacto. Sólo cuando se siente seguro y cómodo, luego de horas y horas de conversación, tímidas aproximaciones y ensayos varios, atina a una expresión de afecto algo más cercana a la ortodoxia.
Cultor extremo del "menos es más", el homeópata jamás dice "te quiero" y ni se le ocurriría la grandilocuencia extrema de un "te amo" que, para él, representa la corriente "a grandes males, grandes remedios" de la que huye como de la peste.
Su austeridad tiene efectos devastadores porque la relación con el homéopata está hecha de esas cosas de apariencia insgnificante que provocan cambios profundos en la mujer que, frente a estas actitudes, termina rendida, sin posibilidad de seguir mostrándose intolerante o caprichosa ni de hacerle una escena de celos ni de realizar un ingreso triunfal en la vida de ese hombre naturalmente inmune al avance viral.
Luego de los primeros momentos de desconcierto y sintomatología exacerbada, el homeópata genera una fuerte dependencia. Su carácter calmo y reflexivo es un oasis para cualquier mujer. Sin embargo, no especula sobre el efecto que tendrán sus dosis ínfimas. Si lo hiciera, huiría despavorido ante el tsunami emocional que esos míseros "globulitos" de cariño provocan en la destinataria. Mientras controle la administración, mientras la vida se escurra a través de goteros, papeles y glóbulos, mientras no se sienta amenazado por una insoslayable aplicación alopática, permanecerá en su eje negando de manera enfática y testaruda que el amor lo ha infectado masivamente y que es una víctima de su propia medicina.
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7.11.07
El hombre gerundio
El hombre gerundio siempre está en un embotellamiento, en una manifestación, en medio de una huelga que lo detiene y lo retrasa. En su vida no hay autopistas vacías ni calles desiertas ni lugares para estacionar sino una cadena de infaustos sucesos, imprevisibles casilleros del Juego de la Oca en los cuales siempre pierde el turno. Tiene la agenda repleta de citas que, con persistente compulsión al fracaso, encadena una tras otra para ahondar, en cada llegada tarde, el abismo que lo separa de poder cumplir con los horarios prefijados. Quienes lo conocen, saben que es inofensivo y, resignados, lo esperan o eligen mentirle citándolo media hora antes que a una persona normal. Los que, frente a varias tazas de café, acaban de ser dejados de plantón por primera vez piensan que es un desconsiderado, un impertinente y un maleducado.
Aunque da motivos para la desconfianza, el hombre gerundio no es un marido infiel, no le gusta la trampa, no se queda charlando con los amigos en un bar ni pasa horas jugando en el casino para luego, a la hora de dar explicaciones, hacer gala del criterio de inverosimilitud para construir una historia verosímil. Lo que sucede es que, simplemente, tiene una peculiar idea del tiempo y cree con fe inamovible que sus desplazamientos se llevarán a cabo en veinte minutos cosa que sucedería si y sólo si los realizara en helicóptero.
Según su percepción, el reloj es un artefacto ruin que lo engaña –cual patrón de estancia que le promete casamiento a criada indígena– diciéndole que son las tres cuando, en realidad, son las tres y media.
Lo que lo distingue de otros modelos de hombre es que tras él hay un enorme monto de sufrimiento. Porque es un hombre bueno. Con buenos propósitos, con buenas intenciones, con buena disposición para cumplir todas las promesas que hace y que incomprensiblemente para él se le malogran por innumerables razones que escapan a su voluntad. Para colmo, se siente incómodo frente los mudos reproches de quienes siempre lo esperan. Entonces, balbucea excusas torpes e ineficaces porque no quiere excusarse y porque es consciente de que sus cálculos y previsiones otra vez han fallado.
Lo que es peor –y lo que a la vez demuestra que no especula con el tiempo ajeno– es que, cuando se lo llama para chequear, aunque sea tarde, que recuerda la cita a la que está faltando, jamás de los jamases se lo encuentra en otro lado haciendo otra cosa. Porque el hombre gerundio es un eterno pasajero en tránsito. Una persona en permanente movimiento (slow motion pero movimiento al fin). Un sufriente peregrino. Un malogrado viajero que no encuentra playa de estacionamiento y que está condenado a repetir una y otra vez la frase que corporiza su tragedia y deja al desnudo su vulnerabilidad; el inevitable "Estoy llegando".
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2.10.07
El repetidor
Este señor, más que ser un modelo de hombre, repite una historia modelo. Con más de cuatro décadas sobre sus espaldas ha vivido bastante. Promediando los veinte se casó, tuvo hijos, construyó una familia y alcanzó un bienestar económico que sostiene sin demasiado entusiasmo pero sin preocupación. Hace poco, por cuestiones que no vale la pena analizar, se divorció. Durante el tiempo que estuvo casado hizo todo lo que había que hacer: saltó de la tarjeta de crédito ordinaria a la dorada y luego a la platinada, pagó colegios caros para los chicos, vacacionó con la familia en bonitas playas, viajó a Europa y a los Estados Unidos más de una vez, él y su esposa comenzaron a comprar ropa de diseñadores nacionales primero y europeos después, cambió auto familiar por un deportivo para él y una cuatro por cuatro para la cónyuge, se mudó a una casa más grande o a un departamento más lujoso, circuló por los restaurantes de moda comiendo pequeñas exquisiteces en enormes platos y hasta, para festejar los cuarenta años de la madre de sus hijos, le regaló la operación de lolas por la cual ella tanto había insistido. Para lograr todo eso tuvo que cumplir con dos premisas básicas: primero, trabajar como un burro, sin descanso; segundo, dejarse serruchar el cerebro por la incansable ambición de la –por ese entonces– mujer de su vida.
Una vez divorciado y liberado del taladro que lo había sometido a torturas durante casi veinte años, lejos de empezar a disfrutar en serio de lo que tanto le costó conseguir, ¿qué hace el tipo? Se recontraengancha con una soltera que apenas pasa los veinticinco y que, por supuesto, empieza el trabajo fino para conducirlo nuevamente al Registro Civil.
No se trata de hacer aquí la defensa de las mujeres de mediana edad. Cualquier idiota se da cuenta de que no hay experiencia que suplante una humanidad en la que todo se encuentra ubicado por lo menos diez centímetros más arriba y no se agita como un flan (el único que, por cuestiones puramente comerciales, lo sostiene es Ricardo Arjona). Tampoco sirve como excusa eso de que después de los cuarenta las mujeres nos liberamos mucho más en la intimidad porque sería desconocer el speed con que vienen las jovencitas de hoy en día que de reprimidas no tienen nada.
El tema de fondo es analizar por qué esos diez centímetros más arriba hacen que el hombre en cuestión camine derecho –una vez más– hacia la escena de su peor pesadilla y, a los pocos meses, después de haber recuperado un torrente hormonal que creía perdido para siempre, esté envuelto en la organización de una fiesta de casamiento y una luna de miel, comprando muebles y electrodomésticos para una nueva casa, planificando viajes por el mundo, recorriendo restaurantes de última moda y pensando en darle un hijo a esa voz de fondo que le perfora la voluntad mientras todo aquello que estaba en el lugar correcto y a la altura óptima comienza su inevitable caída.
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19.9.07
El melancólico
El melancólico es un tipo especial. Anda por los cincuenta, es sensiblero, lacrimoso y mira el futuro por el espejo retrovisor. Se siente el abanderado de "los ravioles de la vieja"; el adalid de los recuerdos y el mártir de las nuevas tecnologías.
De andar cansino y mirada perdida, el melancólico suspira de la mañana a la noche, cada vez que una imagen del pasado lo asalta y trae a su memoria "aquellos buenos viejos tiempos".
Guarda casi con devoción sacos de lino "Miami Vice" y línea trapecio; corbatas anchas y camisas floreadas porque cada vez que los mira es presa de un flashback de los momentos en que, vestido como un mamarracho, era "tan feliz". Atesora viejos magazines con música de Django y Demis Roussos que, por supuesto, no tiene donde escuchar, entonces mira la cajita negra y la etiqueta desteñida con arrobamiento. No puede olvidar la sublime belleza de la confitería de la Ciudad Deportiva de Boca. Ni aquel hotelito barato donde paró en su primer viaje a Europa del que conserva la tarjeta porque no pierde las esperanzas de volver y alojarse en el mismo cuarto, si es que todavía existe, entre cucarachas y chinches, sobre un colchón de lana con elástico de metal y con vista a un callejón oscuro y maloliente.
Cualquier reunión de amigos donde haya música lo transforma en un insoportable desenterrador de éxitos que intenta formar un coro para cantar "Aprendizaje" o "La balsa" y alcanza el paroxismo cuando logra que los asistentes comiencen con el fogonero "todo concluye al fin, nada puede escapar...". En ese momento es cuando empieza a balancearse con los brazos en alto y los dedos en "v" y siente que ha vuelto a los campamentos estudiantiles en los cuales no se apretaba a ninguna chica porque, como ya era un melancólico, añoraba la almohada de plumas y la bolsa de agua caliente.
En el fondo, este modelo de hombre es un solitario que, con el correr de los años y el anquilosamiento de su precaria capacidad de adaptación al cambio, execrará la innovación, renegará de la tecnología e iniciará cruzadas contra cualquier atisbo de modernidad bajo los lemas "eso no es música, es ruido", "la juventud está perdida, hombres/mujeres eran los/las de antes", "¡quién entiende estos aparatos nuevos" o "ma qué sushi ni sushi, no hay nada como el tuco de mamá, ¡eso es comida!".
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14.9.07
El semibala
Más cerca de una mariposa que de un Cro-Magnon, el semibala es en realidad un indeciso que, muy en el fondo, sabe que las cartas están echadas hace rato pero no quiere aceptarlo por razones diversas. La farándula internacional ha dado numerosos ejemplares de semibala que confirman la teoría del punto de no retorno. Y un grupo no menor conformado por aquellos que no se animan a dar el gran paso. Entre los corajudos se cuentan cantantes como George Michael, un semibala que despertaba pasiones hasta que decidió sincerarse y ser un bala completo y, en ese mismo momento, se transformó en un perfecto mariposón que aún hoy despierta entre sus ex admiradoras la terrible pregunta: "¿Cómo pudo gustarme tremendo trolo?", y ya no se priva de trajes de látex. Entre los dubitativos puede mencionarse a Lenny Kravitz y a Ricky Martin. El primero es el perfecto semibala, un tipo del que todo se sospecha pero nada puede afirmarse; que juega sin complejos con plumas rosas, pieles, capelinas y remeritas de red al tiempo que muestra una portentosa musculatura, tatuajes y sudor más propios de un marinero ucraniano que de un maraca no asumido. Al segundo, en cambio, los años lo han ido aputonando hasta tal límite que sus admiradoras empiezan a perder las esperanzas de recuperar la idolatría incondicional que le brindaban. Resulta difícil creer, a esta altura del campeonato, que el muchacho ponga el ojo sobre una mujer para algo más que para saber quién la viste o qué método utiliza para tener la piel tan suave y libre de vello. Al mismo tiempo, es por lo menos sospechoso su profundo interés por la infancia desvalida y, cuando corren las noticias sobre sus intenciones de adoptar un niñito negro, uno no puede sino pensar que quiere parecerse a Madonna o a Angelina Jolie sólo para tener cerca a Guy Ritchie o a Brad Pitt.
Pero ¿cómo se presenta el semibala anónimo, el que camina por las mismas calles que cualquiera de nosotros? Pues bien, bastará poner la mirada sobre aquellos que en la actualidad se denominan "metrosexuales" y que son, en realidad, los que han iniciado, a veces sin advertirlo, el camino de la crisálida. El primer paso del aspirante a semibala es el uso de cremas de peinar. Si todo quedase ahí, estaríamos en presencia de un hombre coqueto, pero el muchacho avanza y se pide una hora en la cosmiatra para sacarse los puntos negros y depilarse el entrecejo. Luego se hace habitué del spa y, cuando sale, oliendo a aceites esenciales, se lleva bolsitas con cremas anti-age y otros afeites que, al poco tiempo, le resultan imprescindibles. Un día, harto del incómodo attaché, se aparece en la oficina con una cartera de mano que parece arrebatada del ropero de la abuela. Otro, cuando cruza la pierna en una reunión de trabajo, deja ver unas medias de colores brillantes que hacen juego con la corbata. Finalmente, hace un paquete con toda su ropa interior –a la que llama underwear– y la dona a un asilo de ancianos. Sin embargo, su graduación como semibala depende de dos factores: la utilización de autobronceante –el semibala no va a la cama solar porque teme los efectos nocivos de la exposición a radiación UV– y el lance –que nunca confesará– que se le tira el nuevo asistente administrativo, un chico simpático pero muy, muy gay.
Aunque suene increíble, el semibala arranca suspiros de pasión a la mayoría de las mujeres. Resta saber si su atractivo es verdadero –no se han analizado aún los motivos– o si es un llamado de la especie para evitar su extinción.
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7.9.07
El jefe
Por fuera eficiente, ejecutivo y decidido, en la intimidad el jefe es frágil, desmemoriado e inseguro. Tras su característica más destacada, la de permanente hacedor, se esconde un ejército de fieles servidores que cubren con prolijidad cada una de sus falencias. Esposa y secretaria son sus más sufridas todoservicio. Pero también recurre al ordenanza, portero, amigo, gestor, cadete y cualquier otra persona que se encuentre a dos pasos de distancia para conformar esa suerte de armada imperial protectora de debilidades, lagunas mentales, desatenciones y ausencias. Blackberry, Palm y notebook de última generación son herramientas de las que no puede prescindir para sostener la ilusión de que es independiente y autosuficiente, pero aun teniéndolo todo allí agendado, requiere de recordatorios. Y de recordatorios de los recordatorios.
Antes de abrir los ojos, el jefe ya manifiesta su estado de necesidad: alguien que le avise que se tiene que levantar de la cama porque el despertador –que apaga una y otra vez– no es suficiente. Como un chico que no quiere ir a la escuela, remolonea, busca excusas, cuenta las horas y minutos que le restan para completar una sesión de sueño aceptable. Y sucumbe a su falta de voluntad delegando la tarea en quien tiene más cerca: su esposa. Abnegada, la mujer sabe que arrancarlo del sueño le costará muchas idas y vueltas, varios sacudones, algún que otro grito y escuchar el repetido "un ratito más" o "llamame en diez minutos", para finalmente lograr su cometido cuando sea demasiado tarde. Luego vendrán los reproches, siempre comenzando por "te dije": "que no me dejaras dormir", "que tenía una reunión importante", "que –como si no lo hiciera todos los días– me tenía que bañar y afeitar". Treinta minutos después será el momento de colaborar en la elección de la vestimenta. ¿Cuál entre los cientos de corbatas? ¿Qué zapatos y qué cinturón? ¿Camisa lisa o con rayas? ¿Traje gris o azul? ¿Un abrigo extra? ¿Piloto? Y aunque ambos, jefe y esposa, acaban de ver el mismo parte meteorológico en el noticiero televisivo de media mañana, él necesitará siempre una segunda, confiable, opinión. El desayuno, tomado a vuelo de pájaro, replicará el modelo: "El café está demasiado caliente. Enfrialo.", "No me untaste la tostada.", "¿Le pusiste edulcorante?", "¿No había otra mermelada que no fuera de naranja?", "¿Lo revolviste?", "¡Aj, ahora está demasiado frío!". La última escena de la mañana en esa casa muestra a un hombre que sale disparado hacia su auto y la mesa sobre la que queda la taza de café con leche tibio y una tostada a medio mordisquear.
Camino a la oficina, el jefe seguirá ejerciendo su don de mando. Para ello, pondrá su automóvil a máxima velocidad mientras se interna en el tránsito endemoniado de la hora pico, sintoniza la radio y hace y recibe llamados telefónicos que, invariablemente, son "de último minuto". Con el BlueTooth incrustado en la oreja derecha, visto desde el exterior por algún desprevenido automovilista vecino, el jefe parece recién escapado de una institución psiquiátrica: gesticula, habla solo, pisa el freno con violencia, acelera dejando rastros de goma quemada en medio de la calle y suda a mares a pesar de que, por la marca y modelo de su vehículo, es de suponer que tiene aire acondicionado.
Una vez que esté sentado en el sillón del escritorio –una madriguera llena de papeles inservibles que nadie puede tocar– repetirá el paso de comedia realizado en el desayuno: café caliente, café frío, café con edulcorante, café revuelto, café abandonado; le dirá a la secretaria que no se olvide de recordarle cada reunión, llamado, almuerzo, encuentro que él ya tiene anotado en todas sus herramientas tecnológicas para después sumirse en el estéril sopor de los mal dormidos.
Pasado el mediodía el jefe se encaminará al punto más alto de su energía y comenzará a dar más y más órdenes, entre ellas las que postergan para la jornada venidera los asuntos fallidos de su accidentada mañana. A las cinco de la tarde, cuando medio mundo esté en tiempo de descuento para regresar a su casa, él alcanzará el paroxismo llamando a cuanto empleado, colega u amigo pueda recibir sus encargos, escuchar sus miserias y compartir sus geniales ideas. Por lo general, será el último en retirarse de la oficina lamentándose de que sus subordinados muestren tan poco amor a la camiseta.
Un día cualquiera en su escritorio lo esperará la renuncia indeclinable de la maltrecha secretaria que, harta de revolver cafés que el jefe no tomará, se habrá conseguido un empleo de telemarketer para que, al menos, la exploten como corresponde. Otro día cualquiera, al regresar a casa, la esposa lo recibirá con el réquiem: habrá dicho basta y le pedirá que se vaya con sus demandas a otra parte. La primera tendrá suerte y adquirirá las enfermedades laborales más crueles y extrañas. La otra, pobre, aun divorciada seguirá siendo objeto de frecuentes llamados telefónicos que denuncian la inoperancia de su ex: no recordar los cumpleaños de hijos, sobrinos, ahijados y mejores amigos; no saber el número de médicos y urgencias de la prepaga; no acertar a vestirse correctamente para una cena; no tener la más peregrina idea de qué vino comprar para llevar a la casa de su mamá un domingo. Ahogando las risas en el auricular, la mujer implementará una venganza lacónica. Dos palabras, repetidas ad infinitum, le bastarán para hudirlo en la impotencia: "No sé".
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3.7.07
El atleta
El atleta no es precisamente alguien que sale a correr con frecuencia ni que ejercita sus músculos, sudando la gota gorda en verano o despojándose de manera progresiva de la vestimenta en invierno, con pasión y constancia mientras se deja llevar por la infaltable musiquita del gimnasio y circula de aparato en aparato mirándose de reojo en los espejos.
Tampoco es aquel que dedica varias noches a la semana o el fin de semana completo a la práctica de deportes. No viene a casa con las piernas cansadas y llenas de moretones después de un campeonato de fútbol cinco. No mancha las alfombras con polvo de la cancha de tenis. No le interesan las largas y rendidoras –en términos de relaciones públicas– caminatas por los greens. Ni siquiera sabría cómo atarse un kimono para la práctica de artes marciales. No, este hombre es un atleta del sexo.
Verdadero maestro del pentatlón, se destaca en cada curiosa categoría relativa a su especialidad: "cuántos en un día", "cuántos sin sacarla", "cuántos al hilo" (categoría levemente distinta a la anterior, en la cual la marca debe ser desarrollada en el espacio de un turno común de albergue transitorio), "con cuántas mujeres a la vez", "con cuántas mujeres distintas en una semana". Además, no duda en incorporar nuevos desafíos, como la disciplina "xtreme", cuya característica principal es que tiene lugar en escenarios variados y con público cerca (auto, ascensores, aviones, cines, baños de lugares públicos, micros de larga distancia, etc.), o la "experimental", que incluye juguetes diversos, vendas, aceites, alimentos untables, ataduras y disfraces.
Pero este hombre capaz de hacernos ver el divino rostro más veces, en más formas y en más lugares de los que nuestras locas fantasías podrían jamás imaginar, rápidamente muestra la hilacha. Es que para construir su curioso ranking necesita de una voz que le confirme lo maravilloso de su desempeño. Apenas atraviesa la línea de llegada, aún antes de recuperar el aliento, comienza con las preguntas: "¿estuve bien?" (tamaño, forma, duración), "¿mejor que la vez pasada?" (ni se te ocurra no recordar), "comparado con tus anteriores parejas, ¿en qué lugar estoy?" (si no fue el mejor, no se lo digas), "¿fueron cuatro o cinco?", y con cara de falso inocente "es que perdí la cuenta" (tampoco se te ocurra comentarle que vos también porque en un momento te venció el sueño)... Y es a partir de tus respuestas que elabora una cuidadosa estadística que da cuenta de las proezas que luego se ocupará de recordarte en cada encuentro.
Como casi todo hombre, al principio es maravilloso, en particular porque encarna un modelo que sólo se puede ver en el cine, una suerte de Mickey Rourke en sus mejores épocas (las de 9 semanas y media, antes de que las inyecciones de whisky y los tragos de Botox... no, perdón, era al revés... hicieran de él una miseria humana). Con el correr del tiempo, se hace demasiado previsible. La creatividad que parecía inagotable entra en una peligrosa meseta. La resistencia ya no te resulta novedosa. La exigencia con que reasegura su virilidad cae sobre vos de una manera que ya no permite ni un mísero "dolor de cabeza" y mucho menos acepta como excusa un "día femenino". Esclavo de su rendimiento, te convierte en esclava de sus ansias de autosuperación y en relatora minuciosa de su acto repetido.
No te engañes. No sos la mujer de sus sueños. Sos, apenas, la que lo asiste para batir otra marca. Sos la jabalina que arroja, la bala que lanza, el potro sobre el que se apoya para hacer una pirueta, la barra paralela que lo sostiene cuando está por caer. Relajate. Disfrutá hasta donde el cuerpo te permita, después podés olvidarte sin culpa de que hay un hombre alrededor de esa portentosa bragueta. Total, él se lo olvidó primero.
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Laura Cambra
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30.6.07
El intelectual
Habla como el mejor y seduce como pocos. Sus palabras son siempre efectivos disparadores de nuestras fantasías a cumplir y nos transforman en sedientas princesas que creen haber vislumbrado cerca, muy cerca, el leve flamear de la capa que cubre las espaldas del príncipe azul. Entonces, vamos tras esa imagen como locas mientras él, con sus expresiones dulces e invariablemente relacionadas con el imaginario poético y literario, alimenta la ilusión de perfecto galán. Sin embargo, consciente de las debilidades que intenta ocultar, el intelectual establece primero una comunicación a distancia que incrementa el run run de nuestras mentes femeninas tan afectas a la construcción de castillos sin cimientos en terrenos pantanosos, y desde allí, desde ese lugar seguro y lejano, derrama sus frases de vidriosa y sugerente ambigüedad. Habla de "ella", de "la mujer" e incluso de "vos" logrando, con muy poco esfuerzo, que cada una de nosotras sienta que esos pronombres, esos universales, esconden nuestro nombre. Cita, transcribe o menciona a autores que no pueden sino cortarnos el aliento y así construye un harén para su polisémico emirato virtual.
Cuando la relación ha avanzado y llega el inevitable momento de acortar distancias, su voz aparece en el teléfono para transmitirnos un melancólico desamparo, una acuciante necesidad y la irrevocable convicción de que somos su princesa encarnada, su musa imaginada cientos de veces en la soledad de las noches en blanco releyendo los poemas de amor de Pablo Neruda (¡Oh, lugar común!). Efectivo el recurso, perfecta la trampa.
Entonces, luego de este proceso de lenta aproximación y desgaste de nuestras siempre débiles voluntades, confiado de que el andamiaje de palabras lisonjeras y eruditas hará que nuestros ojos lo vean rubio, alto y de mirada transparente, acepta un encuentro cara a cara. Y logra, por un rato, que desconozcamos –con ese tan femenino poder de autoconvencimiento– su verdadera apariencia. Y es, por ese rato, rubio, alto y de mirada transparente. Hasta que el mágico efecto se desvanece y un beso furtivo, un simple beso, deja ver el sapo tras el príncipe: las palabras dulces y autorizadas no alcanzan a cubrir la personalidad viscosa, los rasgos acusados por noches en vela buscando citas célebres que le presten por un rato la inteligencia que no le sobra, la espalda encorvada, la confusión entre bohemia y mugre, y el andar de pato viejo.
Nosotras hemos sumado un nuevo fiasco a la ya larga lista de apuestas fallidas. El ha sumado otra historia triste para agregar a su doliente saga de experiencias frustradas. Ni nosotras ni él aprenderemos la lección.
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Laura Cambra
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