Hace poco más de un mes, terminé la edición de un libro que ya está a la venta; hace alrededor de una semana, un "emprendimiento" cuyas características acordé no revelar y hace un par de días, un proyecto en el que trabajé durante un año.
Estoy acostumbrada a que luego de tanta adrenalina, tanta camiseta transpirada y tanta energía puesta en que algo salga bien, sobrevenga un bajón. Pero tres cierres en un mes era algo que jamás me había sucedido.
Lo bueno es ver transformadas en cosas visibles y/o asibles, tantas ideas que en un principio sólo encontraban una articulación en mi cabeza.
Contar sueños e ideas es como contar un cuento frente a un auditorio cuestionador. ¿Y por qué saldrá bien? ¿Y cómo sabés que se puede hacer? ¿Y si en vez de esto hacemos esto otro? ¿No te parece mejor que no lo hagamos? Y, mientras uno cuenta, con cada pregunta pone a prueba la capacidad de construir, de estructurar, de crear sueños e ideas que puedan transformarse en realidades concretas.
A veces es difícil compartir certezas internas que no tienen demasiado anclaje en la razón sino más bien en una intuición a la que nosotros mismos nos resistimos. Entonces empiezan a importar la confianza –ese activo que nunca se compra ni se vende de manera permanente sino que está siempre en consignación–, la solidez para comunicar con precisión lo que uno piensa, la honestidad para aceptar que no tenemos todas las respuestas a todas las preguntas, el entusiasmo y la perseverancia para sostener los embates de quienes, con toda razón, se ponen en el lugar de "abogados del diablo" prestándonos una ayuda invalorable aunque molesta.
En muchos momentos de cada uno de estos tres proyectos me sentí caminando sobre vidrios. Incómoda, en riesgo y hasta asustada pero sabiendo que dar marcha atrás significaba seguir caminando sobre vidrios de vuelta hasta el punto de partida.
El día del último cierre, durante la madrugada, me despertó un estruendo ensordecedor. Bajé a ver qué había sucedido. El mueble en el que guardaba toda mi cristalería había colapsado y me encontré con un importante volumen de añicos que se amontonaban contra las puertas vidriadas. Intentar abrirlas significaba terminar de romper lo poco que quedaba sano. Dejarlas cerradas era presenciar el espectáculo de la precariedad y de la inestabilidad porque algunas cosas algo más resistentes sostenían el peso de otras e impedían un destrozo aún mayor.
Pensé en el cierre de esos tres proyectos. Pensé en que si había resistido y dominado tantas veces durante un año el impulso de escapar cuando me sentía próxima a un naufragio, bien podía ahora hacer lo que tenía que hacer.
Entonces entendí que, con cuidado, debía abrir las puertas y rescatar lo que estaba intacto. Entendí, en medio de la noche, que tenía que volver a caminar sobre vidrios.
11.4.10
Caminando sobre vidrios
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2.12.09
I love MKT, personal MKT
No tengo tarjeta personal.
La sola idea de mi nombre y abajo, en tipografía más chica, la palabra "escritora" me causa el mismo efecto que haberme encerrado en una cámara de gas... hilarante.
El otro escollo que se interpone entre el cartoncito 9x4.5 y yo es que no soy sólo escritora (leer la columna de la derecha). La solución a este problema sería tener un número "n" de cartoncitos diferentes siendo "n" igual a la cantidad de actividades desempeñadas. ¡Pero claro! Entonces, a la hora de entregar un cartoncito, tendría que empezar a manotear el indicado teniendo en cuenta la ocasión y el destinatario y, haciendo honor a mi inigualable torpeza, terminaría dándole el equivocado o, lo que es casi imperdonable, los "n" cartoncitos y las instrucciones para que elija el correcto y se deshaga de los otros.
Mi CV es un desastre.
Y, además, es un desastre incompleto. ¿Hay algo más patético que un desastre in progress, un desastre que quiso ser y se quedó a mitad de camino?
Desde hace un par de semanas, en la columna de la derecha de este blog y del otro puede verse mi reseña biográfico-profesional. Ahora le dicen BIO.
Obviamente, hay dos reseñas diferentes, no vaya a ser que me aburra de mí misma o que, de manera pública y notoria, renuncie a mi escisión.
Una buena: me conoce bastante gente.
El lado oscuro de la una-buena es que algunos me conocen por una cosa, otros por otra y otros por otra más (que ni siquiera tengo donde linkear) pero, a no ser que se encuentren y hablen sobre mí –cosa que sucede en ocasiones excepcionales–, el que sabe una cosa no sabe la otra y ha pasado, incluso, que han hablado de mí pensando que era dos personas diferentes y hasta han discutido si yo era una o era la otra hasta descubrir, luego de gritos y arañazos, que era la misma.
Soy "canuta".
Tengo trabajos interesantes (suelo no aceptar los que no me presenten un desafío), que me ponen en contacto con personas a las que no es sencillo llegar (muchas veces lo que se dice "figuritas difíciles") y con las que hago vínculos profundos e intensos. Pero jamás lo cuento. Ni siquiera lo sugiero. Sí, claro, me resulta mucho más fácil y cómodo mantenerme en esa suerte de clandestinidad, no ser el foco de atención, jugarla callada. Sólo en contadas ocasiones, cuando alguien dice algo de, por ejemplo, fulano, me animo a decir "¡Ah, fulano! Yo trabajé con fulano." y casi siempre mi interlocutor sufre un sorpresivo desmayo.
Soy terca.
Sé con claridad y certeza lo que hay que hacer. Y no lo hago. Para ser gráfica: no tengo ni el 20% de las publicaciones en las que salí, ni el 1% de los audios de entrevistas que me hicieron, ni siquiera un testimonio en video de mis presentaciones en televisión y ni un ejemplar de un libro en el que están publicados mis cuentos (ya sé, ya sé, voy a irme al infierno sin escalas). Del mismo modo, sé lo que no hay que hacer. E insisto en hacerlo. Y no abundo en detalles porque sería entrar en terreno cenagoso.
Soy prejuiciosa.
Las cosas que hago las hago bien. Porque sé hacerlas y por amor propio, una combinación funesta de capacidad y autoexigencia. Pero, ¿quién va a creer, en la era de la hiperespecialización, que una persona puede desempeñar muy bien varias actividades? No, no, no –me dice mi vocecita interior–, no es serio ser buena para más de una cosa. Y, a pesar de nuestra entrañable amistad, ese es el comienzo de una batalla sangrienta entre mi vocecita y yo.
He aquí un breve compendio de los ingredientes que requiere un marketing personal lamentable. Un pequeño paso para la humanidad, un paso enorme para mí.
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23.11.09
RBD09/OMG!
Más allá de las reflexiones sobre el evento, que publiqué acá, el RosarioBlogDay me dejó un par de certezas que, as usual, son frustrantes:
1. Mi marketing personal no es malo, ni siquiera es penoso, es catastrófico (lo describiré en breve porque vale la pena compendiar todo lo que NO hay que hacer).
2. Cada vez que tengo indicios de lo que afirmo en el punto 1 me prometo mejorar y, por supuesto, nunca lo hago.
3. Mi presencia en eventos web –que agradezco profundamente– se debe más a mi vida real que a la virtual (o a razones que me resultan indescifrables).
4. No soy blogger. Tengo un blog, en realidad, tengo dos: éste y el otro.
5. Jamás me compraría un cigarrillo electrónico después de haber escuchado que es como un "consolador" o como "fumar Glade Toque".
Last but not least (y fuera de la enumeración porque es puro gossip): a Darío Gallo las fotos no le hacen justicia. En persona se lo ve notablemente más delgado y mucho menos circunspecto.
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15.7.09
Ahora entiendo
Recién ahora que se ha hecho pública la declaración jurada de la primera mandataria entiendo por qué ella y su marido sostienen la necesidad de profundizar un modelo TAN exitoso (para ellos).
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18.5.09
El fin de las curvas
Hubo un tiempo lejano en que reinaban las curvas. No importaba tanto si las mujeres eran rubias o morochas, lo que importaba de verdad eran las cinturas marcadas, las caderas fuertes y el busto definido. La proporción de la belleza femenina era la de una guitarra. Brigitte Bardot, Gina Lollobrigida, Sophia Loren, Raquel Welch mostraban sus formas en el cine para delicia de los hombres y tranquilidad de las mujeres.
Pero llegó ella y todo cambió. Con su delgada languidez nos escupió el asado de las redondeces. ¡Si hasta el nombre con que la conocimos remitía a la nueva moda del raquitismo! El busto pasó a ser apenas un accidente menor en las superficies planas de las prendas de vestir. La cadera, inexistente. Las piernas delgadísimas, aptas para las minúsculas polleras y las medias con dibujos grandes y coloridos. El rostro de líneas afiladas. Los ojos enormes, enmarcados en exageradas pestañas postizas, más grandes aún porque todo en ella era pequeño, delicado y frágil.
Sus fotos, que recorrieron el mundo, al principio causaban escándalo: eran el símbolo de una mujer joven, liberada, moderna que, dueña de su cuerpo, lo exponía con mini-skirts –la revolucionaria creación de Mary Quant– y hot-pants que no admitían un gramo de más.
Con ella nació el concepto de mannequin-percha en la que la ropa literalmente colgaba; en la que el cuerpo desaparecía de la escena.
Por supuesto, ella no vino de las ondulantes tierras latinas sino de la mezcla entre la sofisticación y la psicodelia londinenses de los años 60.
Yo la admiraba porque era extrañamente hermosa. Pero también la odié con todas mis fuerzas porque fue ella, Twiggy, quien arruinó mi adolescencia. Por causas ancestrales, yo estaba condenada a no tener ese porte longilíneo, ese aspecto de junco a punto de quebrarse. Condenada a no entrar en el nuevo paradigma de la belleza universal: esa delgadez extrema que aún hoy nos hace a la mayoría de nosotras, las mujeres de estas tierras y estos orígenes, esclavas de la hoja de lechuga, las bebidas sin azúcar y los lácteos de bajo tenor graso que, ¡oh, casualidad!, son creaciones posteriores.
¡Ella hizo que comer sea pecado!
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31.3.09
Good morning, Charlie!
Yo venía bien. Venía tan bien que ya estaba casi cebada, tranquilita, relajada como si la cosa nunca fuese a cambiar. Es más, solía cancherear bastante porque, cada fin de semana, tenía todo el tiempo del mundo para hacer lo que me viniera en gana.
Mis amigas, todas ellas, en cambio, no la tenían fácil. Cada sábado, después de mediodía, desaparecían para entrar en el oscuro y clandestino universo del rulero gigante. Ese ritual que transformaba rizadas cabelleras en cortinas lacias, nunca suficientemente lacias, nunca suficientemente cortinas.
"La toca" era el recurso obligado para esa época de pelo liso y como yo ya había venido con el liso de fábrica, mientras ellas mataban el tiempo esperando el momento exacto para dar vuelta sus rebeldes pelambres con el objeto de equilibrar el formato del alisado final, mientras se aplicaban a la correcta ubicación de las pincitas para que no dejaran marcas delatoras, mientras averiguaban las condiciones de humedad ambiente que podían arruinar tanto trabajo, mientras se privaban de una zambullida en pleno verano, mientras elevaban sus plegarias para que a la noche no lloviera, yo era libre.
Pero llegó ella y, desde la distancia y la ignorancia, me arruinó la vida. Ella, con su pelo rubio con volumen y cuerpo. Ella, con ese look despreocupado e informal que escondía horas de ruleros y brushing –una palabra nueva para un procedimiento nuevo– pero que daba impresión de recién despeinado.
Llegó ella y aunque era fascinante ver su sonrisa enmarcada por la cabellera al viento derrotando delincuentes junto a sus dos compañeras, terminó con mi tranquilidad y con mi lacia soberbia.
Porque mi pelo lacio-cortina no se inmutaba con ninguna maniobra que intentara ondularlo. Porque mi pelo lacio-cortina era ese lacio natural, tan irredimible y planchado que parecía una burla a la humedad. Mi pelo jamás se avendría al movimiento, el marcado de mi flequillo jamás duraría más de veinte minutos, mi cabeza no alcanzaría el volumen requerido.
Entonces, por más esfuerzos que hubiese hecho en pos de conseguir ese efecto capilar, yo volvería irremediablemente a ser yo, cual princesa que a las doce de la noche retorna a su condición de Cenicienta.
Sin embargo, era imposible no volver a verla. Era imposible no esperar su aparición en escena. Era imposible no sucumbir a su chispeante "Good morning, Charlie!". Era imposible no insistir, cada fin de semana y aun sabiéndome vencida de antemano, en lograr el peinado de Farrah Fawcett.
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21.3.09
Eventolandia – El día después
Ayer se llevó a cabo la –espero– primera edición de MundoBloggers.
Fue una maratónica seguidilla de interesantes conferencias. Mucho encuentro con personas conocidas, muchos expositores –tal vez demasiados– y, como siempre, muchas ganas de pasar de la virtualidad a la realidad.
No voy a comentar especificidades porque seguramente se reproducirán tanto en el blog del evento como en cada uno de los espacios de los participantes y expositores.
Sí voy a hacer una reseña sintética de lo que a mí me dejó MundoBloggers.
Pensamientos laterales
• A esta altura del campeonato, me dio la sensación de que el límite entre lo real y lo virtual se hace cada vez más difuso. Hay permanentes intrusiones de un plano en el otro y cualquiera que pertenezca a redes sociales y profesionales, tenga un usuario de Twitter y sea autor de un blog está expuesto a este fenómeno en el cual lo público y lo privado se entrecruzan.
• Si de blogs se trata, creo que la tan vituperada categoría "blog personal" debería recibir un justo y merecido homenaje de desagravio. Desde donde yo lo veo, se hable de tecnología, entrepreneurship, actualidad o recetas de la nonna, el blog debe tener una identidad, emitir un mensaje personal con una voz personal, auténtica y singular. Por supuesto, es difícil aceptar que compartimos categoría con la tía que vive lejos y sube fotos de sus hijos para que el mundo los vea, con la que vuelca de manera masoquista el relato minucioso y lacrimógeno de sus desgracias amorosas, con el que mastica persistentemente su melancolía hecha poema. El medio invita al tono intimista y a la confidencia. Después de todo, no se trata de conferenciar sino de conversar... Y las conversaciones, como dice la RAE, van desde la charla familiar hasta el trato carnal. Llevado al extremo, hasta un blog corporativo debe entrar en este rango encontrando una voz que sea su propia voz.
Las buenas
• Reencontrar tanta gente conocida.
• Conocer tanta gente conocida.
• Escuchar experiencias interesantes.
Las no tan buenas
• Volver a comprobar que muchas veces quienes estamos en la línea 2.0 hablamos solamente para nosotros mísmos, en un código compartido pero de difícil acceso a los "no iniciados". Sería muy útil allanar la expresión para que llegue a más personas. No es verdad que cualquiera puede tener un blog (creo que ya lo dije). Partir de esa base es un error.
• Volver a comprobar que, con frecuencia, cuando se habla de redes colaborativas, de interacciones, de horizontalidad, se está hablando de un ideal, de una utopía que muchos de nosotros sostenemos pero que nuestros egos obstaculizan notablemente. Porque, seamos sinceros, detrás de la pasión, la constancia y la garra que le ponemos a esta actividad, siempre hay un ego hipertrófico preocupado porque el vecino no haga demasiada sombra o preocupado por superar la sombra del vecino o preocupado porque no se nuble y todas las sombras desaparezcan.
• Como siempre, estas actividades se orientan más que nada a dos o tres temas: tecnología, empresa y fenómenos web de celebridad instantánea. Es una pena que no le hagan lugar a la literatura, las artes visuales, la música y el humor.
• Que en todas las presentaciones PowerPoint, invariablemente, faltaban los signos iniciales de interrogación y exclamación (perdón, pero el español indica que lo correcto es utilizarlos).
En resumen
Fue muy bueno participar. Fue increíble el esfuerzo de los organizadores. Fue divertido, ameno y dinámico.
¡Ah! Y tengo la foto con Cumbio.
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6.2.09
Preguntas y respuestas
Ayer me llegó por mail uno de esos cuestionarios (suspiro) supuestamente destinado a saber más de los amigos (otro suspiro). El juego de marras consiste en responder un amontonamiento de preguntas en las que se mezcla lo constante (nombre, tamaño del pie o características de personalidad) con lo variable (con quién hablaste por teléfono o qué ropa tenés puesta en este momento); lo relevante (ok, ok... hay poco o nada relevante) con aquello que denota la más estúpida superficialidad. Para colmo de males, la insistencia en horadar el vacío requiere de cuarenta (40) agudísimas preguntas.
Como la cuestión es divertirse (y el texto introductorio deja bien claro que el que no contesta es un amargo), decidí copiar el interrogatorio aquí, responderlo y comentarlo. Veremos qué sale. Por suerte, mis amigos me quieren mucho.
1. Nombre completo
Laura Aurora Cambra
Lo tengo asumido.
2. ¿Por qué te pusieron ese nombre?
Laura porque les gustaba, Aurora por la hermana de mi mamá.
Y ni esmerándose podrían haber encontrado una combinación más cacofónica. Con el tiempo descubrí que mis nombres remiten a la línea de Barrio de tango (Manzi-Troilo) que dice "un ladrido de perros a la luna".
3. ¿Le pides deseos a las estrellas?
No.
Por cierto, no pido deseos. Soy un ser deseante (Lacan, no offense). En todo caso, pido que los deseos que ya tengo se cumplan.
4. ¿La última vez que lloraste ?
Hace dos meses, creo.
No tengo un calendario del llanto o la efemérides de la lágrima.
5. ¿Pan con que?
Me da lo mismo.
¿Era necesaria esta pregunta? Sólo puede demostrar la escasa variedad de criterios de la especie humana y su notable obviedad. De las respuestas que recibí, el 90% se dividía entre manteca y dulce; hubo varios "me da lo mismo", que vendrían a ser los NS/NC y, por supuesto, siempre hay alguien que vota al partido vecinal y dice "fiambre".
6. ¿Te gustan los animales?
No especialmente.
Siempre cae más simpático decir que los animalitos son preciosos, tiernos, adorables. Pues, prefiero sonar antipática y hacerle honor a mi olfato quisquilloso que prefiere tenerlos lejos.
7. ¿Cuántos hermanos tenés?
Dos.
Otra pregunta para el bipartidismo, muy cercana a la del pan. Obviamente, las palmas se las llevan el uno –familia tipo, ¿vio?– y el dos. Lo que me pone en el territorio de la masa.
8. ¿Colaborás con alguna ONG?
No.
Esta pregunta es para la culpa. Tanto es así que leí varios "no pero estoy pensando en hacerlo" o "no pero lo haré en breve".
9. ¿Si fueras otra persona serías tu amigo?
Sí.
Suena mucho a Groucho Marx y su "jamás aceptaría pertenecer a un club que me admitiera como socio". Agregaría algo: ¿qué pasaría si yo fuera otra persona y quisiera ser mi amiga y yo no quisiera hacerme amiga de esa persona que es otra que yo?
10. ¿Tenés un diario de vida?
Muchos, sueltos, de a ratos o en retazos, reflejados en cada cosa que escribo.
Esta pregunta no debería contestarla porque quedo descalificada como los que trabajan en marketing quedan afuera de cualquier sondeo de opinión.
11. ¿Sos sarcástico?
Soy –a veces– irónica.
Acá hice trampa. A veces, además de irónica, también puedo ser sarcástica. Y no veo qué tiene de particular ninguna de las dos cosas. La ironía y el sarcasmo son recursos lingüísticos, no características de personalidad. Hablan del dominio del lenguaje y no de un rasgo de conducta.
12. ¿Harías bungee-jumping?
Naaaaaaaa.
No way.
13. ¿Cuál es tu cereal preferido?
No tengo.
Promediando el cuestionario, hemos tocado el punto máximo de la estupidez y de la irrelevancia. ¿Who cares? ¿Cereal preferido? ¿Esto es una encuesta para Zucaritas?
14. ¿Te desabrochás los zapatos antes de sacarlos?
¿Se desabrochan los zapatos antes de sacárselos?
¿Uh?... ¿Oh? Si la intención era medir el grado de impulsividad, estamos fregados porque yo no me los desabrocho de obsesiva nomás... para empezar, tendría que volver a abrocharlos y para seguir, si quedan abrochados reduzco la posibilidad de error en el perfecto ajuste al volver a usarlos.
15. ¿Creés que sos fuerte?
Me he demostrado que soy fuerte en más de una ocasión pero no creo que eso me haga una persona fuerte.
Teoría del absoluto relativo: cualquier característica positiva llevada al extremo de la univocidad se torna completamente relativa.
16. ¿Tu helado preferido?
Cualquiera de fruta (no me gusta mucho el helado).
Who cares? Creo que Facebook –feisbuk para los amigos– ha pervertido a la humanidad digital invitándola a formar parte de grupos tan bizarros como "los amantes del helado de pistacho".
17. ¿Cuánto calzás?
Cuarenta.
Sí, mis pies son un 8% más grandes que el promedio. En mi adolescencia, esto era información clasificada. Ahora sirve sólo en el caso de que alguien quiera regalarme zapatos.
18. ¿Rojo o rosado?
Rojo.
¿Por qué a mí?
19. ¿Qué es lo que menos te gusta de vos?
Ser tan frontal.
Esta fue una respuesta de compromiso. Podría haber dicho mis pies –tengo cuarenta razones para nombrarlos– o mis ojos o mis brazos o mi ombligo. La realidad es que ser frontal me ha traído más de un problema y más de una satisfacción. Se aplica la teoría del absoluto relativo mencionada en la respuesta 15.
20. ¿A quién extrañás mucho?
A nadie.
No tengo espacio interno para la melancolía. No me sale. No lo siento. Se ve que me falta el chip de la extrañanza.
21. ¿Te gustaría que a todos aquellos que enviaste este cuestionario te respondan?
No me es imprescindible.
Sí, ya sé, es una manera diplomática pero inequívoca de decir que me importa un pepino saber cuánto calzan mis amigos. Pero, de verdad, no me importa. Sí me importa saber que cuando los miro los veo y sé si están tristes o contentos; que cuando nos abrazamos nos estamos conectando; que cuando nos encontramos tenemos algo para compartir.
22. ¿Qué color de pantalones y zapatos tenés puestos?
Ojotas verdes y vestido rojo.
Claro, me agarraron en un "momento Fiona". De haberlo sabido, me habría producido para la ocasión. ¿Y por qué asumir que vestía pantalones? ¿Habrá sido un rasgo machista? En última instancia, la pregunta es un monumento a la estupidez: ¿de qué me sirve saber qué llevaban puesto mis amigos mientras respondían el cuestionario?
23. ¿Lo último que comiste hoy?
Melón.
Otra estupidez atómica, el paroxismo de la estupidez.
24. ¿Qué estás escuchando en este momento?
Mis pensamientos.
Ya escribí sobre el coro de niñas cantoras que tengo en la cabeza. Suelo valorar el silencio exterior porque si les pongo música se lanzan a canturrear.
25. ¿La última persona con quien hablaste por teléfono?
Mi hermana.
Who cares (again)?
26. ¿Trago favorito?
Varios: los que llevan bebidas blancas y el champagne.
Si querían saber si paso el test de alcoholemia, queda claro que no.
27. ¿Deporte favorito para ver por TV?
Fútbol y tenis.
Indudablemente, este cuestionario lo hizo un hombre (y a juzgar por todos los cambios del "tú" al "vos" que tuve que hacer, domina el español neutro.
28. ¿Comidas favoritas?
Muchas, desde la pizza hasta el sushi (muy presidencial lo mío) pasando por una buena pasta.
A ver... se puede alardear y decir magret de pato con foie gras, o bien bajar el perfil a una popular napolitana con fritas (que tiene grupo en feisbuk). No es un secreto que me encanta cocinar y que la comida me produce un enorme placer. Cualquier respuesta que dé en este punto será insuficiente.
29. ¿Final triste o final feliz?
Final.
¿Hay finales felices? Yo tengo la sensación de que lo que suele llamarse "final feliz" no es otra cosa que un comienzo. Los finales siempre son tristes porque algo se termina y hay que dejarlo atrás. Desde chica me atormentaron los "finales felices" porque, ¡caray!, me dejaban con la intriga acerca de lo que sucedía después del "The End".
30. ¿Tenés mascotas?
No.
He tenido, he tenido. He cuidado de mis animalitos –hasta la obsesión, como corresponde– y ahora decidí que no quiero cuidar de nada ni de nadie.
31. ¿Día favorito del año?
Cualquiera, todos tienen su encanto, hasta los más difíciles.
Eludamos la obviedad del cumpleaños, la navidad, el año nuevo y toda esa parafernalia estereotipada y caótica. Cada día es una aventura. Cada día es una oportunidad. Cada día representa un desafío.
32 . ¿Besos o abrazos?
Ambos.
Convengamos, hay besos y besos y hay abrazos y abrazos. Los quiero todos.
33. ¿Sos una persona alegre?
Sí, muy.
Soy más que una persona alegre. Soy una persona feliz.
34. ¿Quién creés que te responderá?
No clue.
Y no importa. No me importa.
35. ¿El que menos creés que lo devuelva?
Idem anterior.
Básicamente, si creo que no me lo va a devolver, no se lo mando. Nos ahorramos el viaje sin retorno.
36. ¿Qué libro estás leyendo?
Tres al mismo tiempo: La casa de Dostoievsky (Jorge Edwards), La trilogía de NY (Paul Auster) y Ulyses (James Joyce).
No es esquizofrenia, son cuestiones de mi trabajo. Leer y releer. Buscar palabras. Encontrar información en el blanco entre una línea y otra. Disfrutar de esa combinatoria sorprendente y única que hace de un texto un libro con carácter y personalidad.
37. ¿Color favorito?
Todos excepto el amarillo.
Una idiotez supina. El amarillo es precioso en los girasoles aunque no me guste para la ropa.
38. ¿Qué viste anoche en la tv?
Estrenos de series... nada memorable.
Ultimamente me dedico a analizar cómo los guionistas de las series tienen una vida útil de tres temporadas luego de las cuales empiezan a derrapar, muerden la banquina, se van al pasto, vuelcan y terminan tapados con diarios. Eso en el mejor de los casos. En el peor, padecen delirios lisérgicos que trasladan inescrupulosamente a los personajes.
39. ¿Rolling Stones o Beatles?
Beatles.
Detengámonos un instante en lo que encierra esta pregunta. No es Oasis o Cold Play ni Aerosmith o Skorpions (por decir obviedades de épocas diversas). Son los Rollings o los Beatles. Una dicotomía que denuncia la pertenencia a una generación. ¡Vergüenza debería darle a semejante grandote andar haciendo cuestionarios como éste!
40. ¿Dónde es lo más lejos que has estado de tu casa ?
Perdida dentro de mí misma.
Esto es rigurosamente cierto. He viajado. He estado geográficamente lejos de mi casa más de una vez. Sin embargo, cuando más lejos estuve fue cuando estuve lejos de mí misma.
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20.1.09
El hombre
Con poco más de quince años –hace mucho tiempo– leí el libro de Irving Wallace que le da nombre a esta entrada. Fue durante una de esas maratones de lectura a las que tenía acostumbrados a mis padres y en las que devoraba todo impreso que encontrara a mi paso.
La contratapa decía esto:
¿Puede un negro llegar a ser presidente de los Estados Unidos? ¿Es posible que logre superar las infranqueables barreras –intereses monopólicos, grupos de presión, racismo, indiferencia, inoperancia del sistema electoral americano– que indudablemente encontrará a su paso? E incluso en el caso de que consiga franquear todos estos escollos, ¿podrá llevar adelante su empeño de transformar el país, de convertirlo en una auténtica democracia? [...] Dilman, que está en el gobierno pero no tiene el poder, intenta llevar adelante su programa tratando de superar con decisión los problemas nacionales y las crisis internacionales, enfrentándose a la pasividad de ciertos sectores, a la incomprensión de otros y a la abierta hostilidad de sus adversarios. Combinando hábilmente realidad y ficción, Irving Wallace confirma su talla de excepcional novelista y logra darnos un diagnóstico crítico y contundente sobre uno de los más graves problemas que tiene planteados la nación norteamericana.
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19.12.08
Callejeros y la primera persona (continuación)
Desde la última semana de septiembre, cuando se anunció la salida a la venta de Callejeros en primera persona, se formularon muchas hipótesis acerca de las motivaciones que me impulsaron a escribir sobre un tema tan difícil y tan controversial como la tragedia de Cromañón.
En este tiempo, contesté todas las preguntas de la prensa. Estuve a disposición de radios, canales de televisión, medios gráficos y medios digitales sin eludir ninguna respuesta.
Durante varias semanas, mis casillas de correo electrónico se poblaron de mensajes de todo tipo. Desde la felicitación y el agradecimiento hasta la ofensa, el insulto y la amenaza. La mayoría de estos últimos pertenecían a personas que no habían leído el libro.
Además, circularon versiones de todo tipo acerca de una alambicada estrategia de prensa para vender el libro. Versiones absolutamente alejadas de la realidad.
A quienes pensaron que así era, he de aclararles que días después de que apareciera la placa negra publicada en el sitio oficial de Callejeros, me llegó una carta documento de seis de los integrantes del grupo convocándome a una mediación.
A partir de ese instante me llamé a silencio para facilitar el proceso al que había sido citada y que aún no concluyó.
Es difícil entender cuáles fueron las motivaciones que los impulsaron a iniciar una accion por daños y perjuicios. Sin embargo, analizando la situación desde la postura de ellos, y de todo lo que provoco el contenido del libro, que incluye los testimonios por ellos vertidos, es posible –desde mi punto de vista– esbozar la idea de que se formule algún pedido respecto a los testimonios, reiterando que ningún interés ni participación tuvieron el libro. En cuanto a otro tipo de reclamo económico, dado que la mediación todavía está en marcha, me es difícil imaginar cómo terminará y, por supuesto, está en manos de los abogados
Por cierto, las actitudes de varios de los actores involucrados en esta trágica historia no hacen más que confirmar los conceptos volcados en el libro acerca de nuestra dificultad para unirnos en el dolor, de la imposibilidad de salir del lugar de la confrontación, de la incapacidad para reconocernos en los ojos de nuestros semejantes.
Callejeros en primera persona no es "el libro de Callejeros" ni "el libro que defiende a la banda" ni "el libro que ataca a los sobrevivientes" ni "el libro que está en contra de los padres de las víctimas".
Instalar la idea de una obra destinada a defender una posición por encima de otra va por completo contra la esencia y el espíritu de mis palabras. Y, por extensión, contra mi esencia y mi espíritu.
Callejeros en primera persona nació como un intento de reflexionar sobre los motivos que llevaron a que se produjera una tragedia como la de Cromañón. Creció como un desafío personal de comprometerme, desde mi lugar de escritora, con la búsqueda de la verdad, una verdad sin dueños y sin exclusiones. Se concretó como una obra en la cual el lenguaje de la investigación se desliza dejando lugar a una expresión más visceral. Vio la luz en el centro de una disputa por el espacio mediático. Y hoy circula, sobre todo entre los jóvenes, como punto de partida para la construcción de una perspectiva diferente que permita aprender de la desgracia.
Hasta la fecha, Callejeros en primera persona es el único lugar en el que aparecen las voces de los músicos. Sus largas charlas conmigo, transcriptas en el libro respetando puntualmente lo dicho, son también parte de la historia de Cromañón. Una historia que sigue doliendo como el primer día.
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4.12.08
Querido Papá Noel
En el lejano e inclemente Polo Norte, Papá Noel tiene un completísimo archivo privado. Allí están ordenadas todas las cartas que el buen señor ha recibido. En este curioso conglomerado de pedidos es posible advertir que los primeros deseos de muchas personalidades de todas las áreas, ya desde la infancia manifestaban aquello que con el tiempo (a veces, además, con mucha ayuda) lograron ser y, también, reconstruir los tortuosos caminos por los cuales sus sueños se hicieron realidad (o no).
Así, es sorprendente reconocer en la caligrafía apretada y llena de errores (no, no estoy hablando de Susana Giménez, ella quería conocer las Cataratas del Iguazú y... sí, a los dinosaurios vivos, deseo que, como es de público conocimiento, no ha podido concedérsele ni con la colaboración de COAS), a Carlitos W.B., cuya corta misiva de 1953 solicita "un kit de harmas kímicas y un livro con la istoria de Vavilonia y una votella de whisky (para mi daddy que ya es grande)" (sic).
En las cartitas de Ronald (no, McDonald no, el otro), en cambio, puede apreciarse, ya desde 1918, su profundo deseo de llegar a ser una estrella de westerns producidos en Hollywood. Sus pedidos se repiten sistemáticamente: cartucheras, estrella de sheriff, pistolas... y réplicas del Oscar de la Academia. En un cruce de información digno del Excalibur ha podido constatarse que, en un momento circa 1934, las cartas del tierno Ronald –que persistía de manera conmovedora en su deseo de protagonizar films del lejano Oeste– se mezclaron con las de un precoz Clint E. (no confundir con Bill Clit, que pedía pasantes para el despacho oval) cuya energía estaba puesta por completo en ser presidente del país más poderoso del mundo. Esta confusión explicaría la eterna sonrisa sorprendida de Ronald y la no menos eterna cara de bragueta de Clint (y también la activa bragueta de Bill).
Si nos enfocamos estrictamente en el mundo del espectáculo veremos no sin sorpresa las esquelas de Michael J. quien, desde que pudo articular las primeras frases (y estoy segura de que, antes que "amo a mi mamá" aprendió a escribir "quiero ser wasp"), hizo la misma solicitud: "cremas blanqueadoras, una montaña rusa propia y que me llamen Macaulay"; las de Richard G. pidiendo ser actor y conocer al Dalai Lama (le dieron lo segundo, no lo primero. Lamentablemente para la historia de la cinematografía, él parece no haberse enterado); las de Al P. que quién sabe por qué extraños motivos quería siempre dientes nuevos (se los otorgaron para su papel del Diablo en "Devil's Advocate", cosa de que su apariencia fuese terrorífica); y las de Mel G. que en su lampiña infancia insistía con tener un bigote como el de Adolf H. (el bigote no se lo dieron).
El género femenino también tiene una participación más que interesante en esta investigación. El cruce de las cartas enviadas muestra que Britney S. siempre quiso ser Madonna e, inexplicablemente, Madonna todavía sigue escribiendo que quiere ser Britney (pero ahora lo escribe en hebreo). Nicole K. primero pidió un Top Gun (perdón, Tom C.) que le fue concedido, pero cuando se dio cuenta que el señor sólo alcanzaba el top subido al banquito de la cocina, que de gun no tenía nada y que, encima, venía con la Cientología incluida, rectificó su pedido dando lugar a que se hicera realidad el de Katie H. Un caso curioso es el de Winona R., cuyo eterno pedido fue "yo quiero ser 'mechera'" y le fue otorgado junto con una innumerable cantidad de horas de probation.
En el plano local la cosa no resulta mejor. Una generación entera –post Diego Armando y Claudio Paul– invirtió ríos de tinta y fortunas en estampillados al Polo Norte expresando su deseo de "casarme con un jugador de fútbol internacional" (jamás el 2 de Mandiyú), últimamente ampliado a "casarme y tener hijitos", y dando origen a una nueva categoría: las "botineras". Papá Noel ya cumplió con los objetivos de Wanda N., Evangelina A., Nicole N. y Eliana G. En cambio, los de Natalia F. y Amalia G. han tenido algunos matices. Aunque ambas creyeron estar haciendo realidad lo solicitado en sus cartitas, al revisar los archivos se advierte que la primera fue la concreción del deseo de Carlitos T., mientras que la segunda acredita haber sido el regalito de Navidad para un tal Robbie W., que había solicitado con desesperación una "pantalla" y quién sabe qué habrá entendido Santa Claus que le mandó a esta chica. Dando muestras de su convicción y persistencia, cuando las muchachitas no le escriben al señor del Polo Norte, veneran a "la Claudia" y a "chorreo glamour Mariana".
Por cierto, los archivos de Santa son privados pero no inaccesibles de modo que ¡cuidado con lo que escriben después del insoslayable "querido Papá Noel"!
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27.10.08
Armando el arbolito
La cosa es sencilla. O al menos lo parece. Conocés a una persona. Te encanta. Pensás que es absolutamente perfecta. Pero como desde la más tierna infancia te enseñaron que la perfección no existe, no te resulta tan fácil comerte la galletita. Como, además, tu tierna infancia ya está lejana y borroneada por los años, el ojo se te afinó y las imperfecciones saltan con notable rapidez. Lo que el tiempo no se lleva nunca, empero (y cazá este preciosismo del lenguaje), es la ilusión de lo perfecto. Y te entregás a esa búsqueda incesante y llena de trampas (que vos misma te encargás de poner y en las que, sabés, vas a caer irremedablemente).
La primera etapa es la vacacional. A ver si nos entendemos: ¿qué puede estar mal en una playa de arena blanca y aguas transparentes, echada bajo una palmera y tomando daikiri de a sorbitos mientras mirás la caída del sol? Nada. Nada puede estar mal. Y en ese estado te pone la primera etapa de una relación.
La segunda etapa es de vuelta a clases. Hay que empezar a ordenarse porque, como es bien sabido, las vacaciones no son eternas. Con toda la energía que otorgan el placer y el buen descanso, te ponés a organizar. Y la organización trae la primera visualización de los detalles. Nada grave, insignificancias que te zumban un poquito en los oídos pero que enseguida se diluyen. Molestias que te encargás de catalogar como pasajeras. Después de todo, siempre hay un feriado largo de Semana Santa para reeditar la experiencia de la playa paradisíaca.
Pero lamentablemente, al llegar a la playa con la intención de restituir ese sentimiento de plenitud y éxtasis, advertís que el clima cambió, la corriente cálida que traía cardúmenes de pececitos de colores se retiró, el cielo no es tan azul, la palmera no tiene tantas hojas, el daikiri está aguado y hay un vientito de lluvia que levanta arena y te hace llorar los ojos.
Así como quien no quiere la cosa, volvés a casa (otra vez la rutina). Algo de desilusión te embarga. Esos pequeños detalles insignificantes ocupan cada vez más lugar en la vida cotidiana. Y cada vez ponés más energía en desoír las señales de alarma recurriendo al repertorio de excusas y justificaciones que sólo vos podés hacerte creer que creés.
En este punto, las vacaciones de invierno ya no son un remanso sino el necesario lugar adonde escaparte. Algo maltrecha pero irrenunciable, la ilusión vuelve a aparecer bajo la forma del 'cambio de aire'. Aunque ese 'cambio de aire' sean quince días encerrada en una casa viendo cómo afuera arrecia la tormenta y adentro te abate un supremo aburrimiento hasta que tu deseo se reduce a nada y no ves la hora, bendita hora, de volver al efecto anestésico de la malhadada (otra perla del idioma) rutina.
Porque, claro, en el tiempo transcurrido has descubierto que lo cotidiano opera como una suave droga que te permite seguir adelante sin naufragar en las insignificancias que ya ostentan la categoría de océano.
Ahora bien, como toda medicación, ésta también tiene efectos no deseados. Cierta irritabilidad es, tal vez, el más evidente.
A medida que el tiempo transcurre la situación empeora al punto que ni la llegada de la primavera representa una tregua y aunque el diccionario de excusas ha llegado a ser la obra más completa de la literatura universal (lo que confirma que la carrera por la perfección es inagotable), creerte los viejos discursos se transforma casi en el único objetivo de tu vida.
Así las cosas, te das cuenta de que ha llegado el tiempo de la cirugía mayor. Entonces, con la esperanza agonizante, buscás las cajas polvorientas. Y armás el arbolito.
Le colocás esas virtudes que nunca tuvo: las luces, las guirnaldas plateadas o doradas, los adornos coloridos, la estrella en la punta... Todo para que las ramas machucadas pasen desapercibidas. Para tapar la tristeza de ese esqueleto raquítico, lo cubrís de brillos baratos y nieve falsa. Sabiendo que es tu último esfuerzo, agarrás papel y lápiz y escribís la carta que empieza 'Querido Papá Noel' y aunque querés, intentás y deseás con toda tu alma y tu corazón que las cosas sean diferentes, tu vocecita interior ya no se calla: el árbol es de mentira, jamás habrá nieve en diciembre en este lugar del mundo... ¡y Papá Noel no existe!
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17.10.08
Miserias 2.0
En el infinito entramado de la web, allí donde todo se entrecruza, se esparce y se multiplica; donde crece la ilusión de lo democráticamente colaborativo, hay un minúsculo barrio cerrado: la comunidad 2.0 argentina (?).
Pretencioso, como casi todas las urbanizaciones de ese estilo, el barrio crece contra la dirección lógica; es decir, de los límites hacia adentro. Por afuera del cerco lo que abunda es la marginalidad. El interior es de callecitas prolijas y vistosas, una suerte de Whisteria Lane en la que todos se conocen, se saludan, se envidian y, sobre todo, se sienten importantes, mucho más cuando para entrar atraviesan esa zona incierta por la que transita "la gente común" (poniendo el acento en lo ordinario que es ser común).
Por supuesto, el barrio no escapa a las reglas de las pequeñas congregaciones: todos saben todo del prójimo –y cuando a alguno se le escapa algo, no falta el alma benevolente que lo chismorrea con supino placer–, todos miden la bonanza del vecino en términos de popularidad, de apariciones públicas, de visitas, de ese "ser re top" que desvela a los que corren en el segundo pelotón; todos cuidan con obsesivo fervor de perro en celo que el perímetro se mantenga inamovible; muchos emplean a habitantes de la periferia dándoles así la invalorable oportunidad de acceder al olímpico espacio... para hacer tareas de limpieza y mantenimiento.
Están los promiscuos que desean a la mujer del prójimo –por lo general una exhibicionista que devela histéricamente su intimidad– y la espían por las noches a través de la ventana que, como al descuido (un descuido muy cuidado), deja ver lo obvio. Están los fanáticos que se pusieron la camiseta del barrio y salen al mundo con ella aunque afuera nadie sepa de qué se trata ni conozca los colores de tan pequeño club. Están los que hacen ruidosas fiestas cada vez que conquistan una nueva baldosa del ghetto. No faltan los que conservan muertos en los roperos (¿por qué iban a estar al margen de lo que sucede en todos lados?). Y están –Oh, my freakin' dog!– los que se pegan al alambrado pugnando por entrar y mezclarse con aquellos cuya única singularidad es que no se mezclan.
Lustre, brillo, maquillaje y un cheese –larguísimo, por favor– para que la foto deje ver las luminosas sonrisas de los beneméritos miembros de esta prestigiosa comunidad.
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7.10.08
Saldos
En las últimas dos semanas me tocó atravesar situaciones inéditas. Aquí, los saldos de la experiencia.
Estético: La tele engorda.
Sonoro parcial: La radio saca voz de trasnochada a las 6.30 de la mañana. Pero la tele engorda.
Sonoro total: La radio saca voz de pito durante el resto del día. Y a toda hora la tele engorda.
Proteccionista: No importa cuánto te "filtren", cualquiera puede encontrarte. Y darse cuenta de que la tele engorda.
Digital: La idea de lo "viral" no es una idea, es una realidad. Y, en realidad, la tele engorda.
Humano: La gente, por lo general, es muy respetuosa. Y no ignora que la tele engorda.
Profesional: Los periodistas son gente (por lo general). Y bien saben que la tele engorda.
Personal: La exposición mediática no es para mí. Porque la tele engorda.
Cosmetológico: Un buen maquillaje arregla muchas cosas. Pero igual la tele engorda.
Musical setentoso: Todo concluye al fin, nada puede escapar. Todo tiene un final, todo termina (TG!). Menos la tele, que engorda.
Psicológico: Cuando llenás el termo con yerba, necesitás una sesión de emergencia. Para decirle a tu analista que la tele engorda.
Final: ¡La tele engorda! ¿Quedó claro?
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28.9.08
La primera persona
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23.9.08
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15.9.08
Mandamientos de la alta cocina familiar
Cual Moisés guiando los pasos del pueblo hebreo, mi madre nos ha inculcado con notable perseverancia una serie de postulados que ya son parte de la sabiduría familiar implícita en cada uno de nuestros actos.
A pedido de A.C., que durante los últimos meses ha tenido más contacto que yo con la ancestral cultura culinaria familiar, le pongo letra a las tablas de la Ley que rigen –o deberían regir para eludir cualquier atisbo de herejía– nuestro desempeño en la cocina, lo que además prueba que los obsesivos no nacimos de un repollo.
1. No comerás carne recocida.
La cosa, aunque parece sencilla, no lo es. Según este mandamiento, toda pieza de carne debe ser cocinada con la técnica del sellado que la dora intensamente por fuera y la mantiene jugosa –roja– por dentro. Cualquier violación de esta ley –un simple "¿no me la podrías cocinar un poquito más?"– es considerada como una mayúscula ofensa al buen gusto proveniente –of course– de una persona con escasa educación para las cuestiones de la buena mesa.
De cruzarse en el camino de mi madre alguna persona con estas características, no es raro que profiera expresiones como "suela", "carne hervida" o aun "no sabés comer" entre resoplidos y bufidos varios.
2. Hervirás el arroz durante 18 exactos minutos.
Este segundo mandamiento, según mi madre, encierra el secreto milenario del arroz a punto (al punto que le gusta a ella). Un minuto menos lo deja duro. Un minuto más y se revienta provocando una de las experiencias más frustrantes y desgarradoras que puede tener lugar en una cocina.
Por supuesto, el arroz paraboilizado –el que nunca se pasa, el que viene en bolsitas, el que saca de apuro a las amas de casa modernas– es veneno y está excluido de toda consideración.
Además, el execrable sujeto que ose gustar del arroz pastoso estará condenado al mayor de los desprecios, suerte de ostracismo sin retorno.
3. Hervirás los huevos durante 13 exactos minutos.
Para esta émula de Moisés que es mi progenitora, la comida es una experiencia estética. Por lo tanto, la yema de huevo duro con bordes grisáceos y centro amarillo pálido –que es como se presenta cuando el huevo ha sido hervido por demás– es inaceptable.
4. Jamás hervirás papas, pastas o arroz sin sal.
Cual sucede con las prohibiciones e interdictos de las antiguas prácticas religiosas, este mandamiento no es una simple imposición sino que esconde una razón práctica que mi madre explica de la siguiente –llana– manera: ¡Si no después les tenés que agregar un montón de sal por encima y siempre quedan sosos!, o de otra más compleja que tiene que ver con el proceso de hidratación de los alimentos durante la cocción.
5. La pastelería es una ciencia exacta.
Si bien el principio básico de la alta cocina es un taxativo "No improvisarás", cuando se trata de repostería y pastelería, las leyes de la química deben ser contempladas y respetadas al pie de la letra. Harina, huevos, azúcar o manteca pueden arruinar trágicamente una preparación tanto por exceso como por defecto. "No subió", "Se bajó", "Se desbordó", "Está inflada" no son expresiones relacionadas con la actividad sexual sino con los resultados de una poco precisa dosificación de los ingredientes.
6. Respetarás la logística de cocción del puchero.
Un puchero que se precie de tal y que permita gozar de una fuente en la que los componentes se diferencien con claridad requiere, como primer ingrediente, de un cronómetro. Y, como segundo, la dócil sumisión a los tiempos de cocimiento de papas, zanahorias, batatas, carnes y otros comestibles involucrados.
7. Rallarás el queso un minuto antes de ponerlo sobre la mesa.
¿A quién se le puede ocurrir arruinar una comida con queso rallado reseco? ¡Ni pensar en utilizar ese sucedáneo de queso que viene envasado en bolsitas!
La única alternativa que se acepta en este caso es el rallador a batería.
8. Comerás la pasta al dente.
Si el arroz reventado es ofensa, la pasta pegoteada es latrocinio. Nada de andar tirando el fideo contra los azulejos. La pasta, sea de la clase que sea, se prueba para evaluar el perfecto grado de resistencia a la mordida. Y el éxito de la cocción dependerá de la abundante cantidad de agua –correctamente salada, por supuesto, y en furioso hervor– en la que se echará el inminente manjar.
9. Comerás como un gallego.
No importa si el comensal no lo es, en la mesa familiar será mucho mejor considerado si no se deja impresionar por los rabos, morros y orejas de chancho –salado home made– que lo saludan desde una fuente. Si delira con la panceta ahumada, el chorizo candelario –la versión del chorizo colorado que se cocina–, las nabizas y el pulpo. Si aprecia una tortilla de papas bien hecha –la papa es un básico irremplazable– o las chauchas con papas cubiertas de aceite de oliva, ajo y pimentón.
10. No importa cuán bien lo hagas, siempre podrías haberlo hecho mejor.
Este mandamiento es el que justifica que la tradición se haya convertido en religión (and no further comments).
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12.9.08
Fill in the blanks
“La realidad y la verdad siempre son construcciones complejas. Se hacen de muchas piezas, muchas miradas y muchas voces. La .......................... –una realidad incontestable– ha sido, desde siempre, narrada por una parte de los protagonistas y damnificados. Este libro aporta una pieza más, otras miradas y otras voces. Sobre todo, las voces que hasta ahora no se habían escuchado.”
Al darle forma a "..........................", la idea de Laura Cambra fue que ......................... contaran su historia. Por eso, los testimonios sumados a un pormenorizado y lúcido análisis de los hechos en su totalidad –sin perder nunca de vista un horizonte humano–, hacen de este libro una lectura imprescindible a la hora de asomarse a la comprensión de una situación compleja en la que el común denominador fue, es y será siempre el dolor.
Y, sí, éste es el texto de la contratapa. Antes que en cualquier otro lugar. Una verdadera primicia.
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Laura Cambra
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9.9.08
Historias de diván
Ayer aprobé los textos de cubierta.
Todo dentro de lo esperado: una minibiografía –que redactó mi editor por eso de que no puedo narrarme en tercera persona–, un fragmento del libro –unas cinco líneas bien seleccionadas– y un párrafo editorial.
Cortito y al pie.
Pero la cosa no terminó ahí. Las tapas de los libros tienen dos simpáticas aletitas. En una de ellas, figuran los antecedentes del autor. En la otra, por lo general, una lista de títulos recomendados del mismo sello.
¡Y yo tengo al licenciado Rolón en la solapa!
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Laura Cambra
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5.9.08
Limpieza de cutis
Después de unos cuantos meses trabajando, después de casi cincuenta mil palabras, después de rastrear diarios y revistas, expedientes, testimoniales y fallos. Después de negociaciones, contratos, expurgaciones y una inenarrable ansiedad. Después de haber imaginado, soñado y deseado... atravesé el punto de no retorno.
En este momento se llevan a cabo en la Argentina dos juicios orales que, a diario, ocupan tiempo y espacio en los medios de comunicación. La vida y sus mágicas sorpresas me plantearon el desafío de escribir sobre una de estas causas judiciales y me pusieron muy cerca de algunos de los actores principales.
Esa experiencia fascinante se transformó en un libro.
Ese libro le interesó a una editorial.
Esa editorial ya me mostró la prueba de imprenta y el boceto de la tapa porque la cosa viene vertiginosa y el objeto de marras estará en las librerías a principios de octubre.
Sentí que... ¡guau!...
Entonces vino el momento definitivo: me presentaron a la encargada de prensa.
Yo, que había dejado de escuchar cualquier otra cosa una vez que el editor dijo que el libro estaba muy bien escrito, apenas entendí palabras sueltas como "entrevistas", "televisión", "periodistas" y percibí, de lejos nomás, que una maquinaria muy ajena a mí ya estaba en marcha...
Durante la tarde cayeron dos o tres mails algo perturbadores en los que se leía "exclusiva", "adelanto", "primicia", cosas que pasé absolutamente de largo para refugiarme en la alta cocina y preparar una rica cena.
A la noche, de a poquito, las palabras sueltas empezaron a reconstruirse como oraciones simples. Way too simple sentences. Y luego fueron oraciones más complejas. Y, luego aún, impactantes párrafos.
Entonces me serví una generosa medida de vodka y empecé a revolver entre viejas agendas. No buscaba el teléfono de un antiguo psicoanalista para retomar una perdida conversación de diván, ni el de un ex amor con el que quisiera compartir la noticia. Sólo trataba, desesperada y ansiosa, de recuperar los datos de la mucho tiempo atrás olvidada cosmetóloga.
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Laura Cambra
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