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28.8.10

Pinky y Cerebro

Pinky: Dime Cerebro, ¿qué vamos a hacer esta noche? 
Cerebro: ¡Tratar de conquistar el mundo

Si querés entender un poco más, leé acá.

7.11.09

Estado

Hace unos días me llegó la invitación para probar Google Wave.
Mientras curioseaba la novedosa aplicación, llegué al ineludible "perfil" que uno puede completar como más le plazca: nombre, foto, website y estado.
Ese último campo a completar desató en mí una serie de alternativas, todas alejadas de lo esperable y a cual más ridícula.
Estado: deplorable.
Estado: a reciclar.
Estado: en franca decadencia.
Estado: de progresiva degradación biológica.
Estado: necesita inversión.
Estado: divorciada (ya sé, ese es el estado civil, pero también lo pensé).
Estado: excelente motor, carrocería dañada.
Estado: vegetativo.
Estado: animación suspendida.
Estado: de conservación.
Estado: alterado.
Como es de suponer, el campo quedó vacío.

10.8.09

Solteros de calidad
















Si hay solteros de calidad, ¿hay también solteros de segunda selección? En consecuencia, ¿hay un outlet de solteros que tienen una fallita que ni se ve?

¿Existe la misma calificación para divorciados, viudos y casados?

¿De qué clase de calidad estamos hablando? ¿Efectivos, rendidores, económicos, resistentes?


¿Dónde se adquiere el certificado de calidad? ¿Quién lo otorga? ¿Cada cuánto tiempo debe ser renovado? ¿Cómo saber si es auténtico?

¿Habrá una calidad "superior", llámese como se llame (world class, primera especial, alta gama)? ¿O la calidad masculina se mide casi como la de las sábanas de algodón egipcio: a más hilos, más calidad?

¡Y después dicen que a las mujeres nos tratan como a un "cacho'e carne"!

7.6.09

Efectos colaterales

Hay un publicitario que hace algunos años fue el más cool de todos los cool en un medio en que si no sos cool no existís. Harto de ganar todos los premios habidos y por haber, decidió probar –sin demasiada suerte– con la ficción televisiva. Como por ahí la cosa no iba, se movió hacia la otra ficción, la ficción política.
Así fue quien ideó el "dicen que soy aburrido" y nos vendió –y nos compramos porque la necesidad tiene cara de hereje– a Fernando, el que iba a ser el "médico de todos los argentinos" y terminó siendo el que se despidió desde el helicóptero.
Luego, en 2003, perpetró el comercial "Carlitos en el Monte de los Olivos", una pieza temeraria (lamento que no figure en youtube), extremaunción del ex presidente y eterno candidato.
Ahora nos ofrece la prístina figura de hijo, padre y marido ejemplar de Francisco que, sumada a las cachetadas –que debe haber medido muy mal porque salió de circulación–, al ruidoso llamado a contar los votos porque los votos cuentan y a las frasecitas que suenan a Coty Nosiglia en "Boluda total", conforman una de las campañas propagandísticas más caras de la historia argentina, sino la más cara.
Viendo el recorrido de este muchacho –ya no tan muchacho– en la arena política local, yo, en el lugar de Francisco, no estaría pensando en celebrar sino calculando cuáles serán los efectos colaterales de su creativa colaboración.

3.5.09

Rosario a pie – 02/05/09
























10.4.09

¿Habrán fumigado la quinta de Olivos?

Este es el momento perfecto para releer "La máscara de la muerte roja" de Edgar Allan Poe.

26.1.09

Invocación

¡Oh, serena deidad del shampoo y el acondicionador! Dame la sabiduría para elegir el producto indicado, la serenidad para esperar que tus bendiciones se transformen en más brillo, menos resequedad y desaparición completa del frizz; y el equilibrio para que los dos frascos se acaben al mismo tiempo.

6.1.09

Laurita mira la tele – Episodio II

Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles...

Yo lo detestaba. Lo odiaba con la intensidad extra que sólo provee una envidia feroz y ciega. Con ese ímpetu sin riendas de los siete u ocho años, cuando se puede desear lo peor porque la culpa es apenas un retortijón que nos asalta en el momento previo a dormirnos, un pinchazo tan leve que no produce remordimiento alguno.
Lo odiaba pero no dejaba de mirarlo. Asistir a su aparición en la pantalla era un acontecimiento insoslayable que yo esperaba con ansiedad. Cuando la voz del presentador anunciaba su llegada, yo sentía acelerarse mi respiración. Lo veía entrar en cuadro, seducida por su impecable traje, el pelo prolijamente peinado, la expresión de "chico más bueno de la cuadra", una humildad que de lejos se percibía falsa y la muy conveniente sonrisa dentífrica. Esa corrección inicial –tanta ubicuidad daba náuseas– no era más que el mal disfraz de la altanería y la autosuficiencia que saldrían a la luz minutos después.
Por supuesto, el hipnótico placer de verlo concursar no sólo me atrapó a mí. Miles de personas aguardaban con ansia el día y la hora de su presentación. Era un fenómeno en el más riguroso sentido de la palabra: cosa extraordinaria o sorprendente; persona o animal monstruoso, y –también– persona sobresaliente.
Y yo no lo toleraba.
Teníamos muchas cosas en común. Tal vez demasiadas. Los dos habíamos leído –y comprendido– muy tempranamente la obra de Homero. Nuestra cotidianidad estaba poblada de esos dioses paganos permanentemente agitados por pasiones humanas. Eramos tan memoriosos como capaces de crear escenarios para esos mundos de palabras y dar cuerpos a los héroes de papel. Podíamos ser encantadores frente a un auditorio, sorprendiendo con nuestra rapidez mental y con muestras de ironía muy poco frecuentes en la infancia. Nos sentíamos más cómodos frente a adultos que frente a pares.
Pero nuestras vidas paralelas de niñitos prodigio tenían destinos por completo divergentes: mis padres jamás hubiesen avalado semejante exposición pública, ni permitido que me alejara tanto de las cuestiones relativas a mi edad, ni aceptado exhibirme como una mercadería rara, singular, escasa, selecta. Mucho menos hubiesen considerado hacer dinero con mi precoz intelecto.
Me costó años entender que tras sus respuestas a cámara, soberbias, seguras, indubitables, había como poco una obsesión malsana, muy lejana de cualquier placer infantil y dedicada al regodeo de los adultos circundantes.
Me costó años darme cuenta de que jamás hubiese podido ser él. No así. No de memoria. No con esa intensidad. No bajo esa presión. Y en ese recorrido, también me di cuenta de que no sólo no hubiese podido ser él; no hubiese querido ser él.
Es cierto, yo hice de él mi enemigo y mi contendiente durante mucho tiempo.
Es cierto, yo envidié con ira helénica a Claudio María Domínguez y su millón de pesos ganado en Odol Pregunta.
Por suerte, la intervención divina –olímpica, por supuesto– me sacó de ahí.

27.10.08

Armando el arbolito

La cosa es sencilla. O al menos lo parece. Conocés a una persona. Te encanta. Pensás que es absolutamente perfecta. Pero como desde la más tierna infancia te enseñaron que la perfección no existe, no te resulta tan fácil comerte la galletita. Como, además, tu tierna infancia ya está lejana y borroneada por los años, el ojo se te afinó y las imperfecciones saltan con notable rapidez. Lo que el tiempo no se lleva nunca, empero (y cazá este preciosismo del lenguaje), es la ilusión de lo perfecto. Y te entregás a esa búsqueda incesante y llena de trampas (que vos misma te encargás de poner y en las que, sabés, vas a caer irremedablemente).
La primera etapa es la vacacional. A ver si nos entendemos: ¿qué puede estar mal en una playa de arena blanca y aguas transparentes, echada bajo una palmera y tomando daikiri de a sorbitos mientras mirás la caída del sol? Nada. Nada puede estar mal. Y en ese estado te pone la primera etapa de una relación.
La segunda etapa es de vuelta a clases. Hay que empezar a ordenarse porque, como es bien sabido, las vacaciones no son eternas. Con toda la energía que otorgan el placer y el buen descanso, te ponés a organizar. Y la organización trae la primera visualización de los detalles. Nada grave, insignificancias que te zumban un poquito en los oídos pero que enseguida se diluyen. Molestias que te encargás de catalogar como pasajeras. Después de todo, siempre hay un feriado largo de Semana Santa para reeditar la experiencia de la playa paradisíaca.
Pero lamentablemente, al llegar a la playa con la intención de restituir ese sentimiento de plenitud y éxtasis, advertís que el clima cambió, la corriente cálida que traía cardúmenes de pececitos de colores se retiró, el cielo no es tan azul, la palmera no tiene tantas hojas, el daikiri está aguado y hay un vientito de lluvia que levanta arena y te hace llorar los ojos.
Así como quien no quiere la cosa, volvés a casa (otra vez la rutina). Algo de desilusión te embarga. Esos pequeños detalles insignificantes ocupan cada vez más lugar en la vida cotidiana. Y cada vez ponés más energía en desoír las señales de alarma recurriendo al repertorio de excusas y justificaciones que sólo vos podés hacerte creer que creés.
En este punto, las vacaciones de invierno ya no son un remanso sino el necesario lugar adonde escaparte. Algo maltrecha pero irrenunciable, la ilusión vuelve a aparecer bajo la forma del 'cambio de aire'. Aunque ese 'cambio de aire' sean quince días encerrada en una casa viendo cómo afuera arrecia la tormenta y adentro te abate un supremo aburrimiento hasta que tu deseo se reduce a nada y no ves la hora, bendita hora, de volver al efecto anestésico de la malhadada (otra perla del idioma) rutina.
Porque, claro, en el tiempo transcurrido has descubierto que lo cotidiano opera como una suave droga que te permite seguir adelante sin naufragar en las insignificancias que ya ostentan la categoría de océano.
Ahora bien, como toda medicación, ésta también tiene efectos no deseados. Cierta irritabilidad es, tal vez, el más evidente.
A medida que el tiempo transcurre la situación empeora al punto que ni la llegada de la primavera representa una tregua y aunque el diccionario de excusas ha llegado a ser la obra más completa de la literatura universal (lo que confirma que la carrera por la perfección es inagotable), creerte los viejos discursos se transforma casi en el único objetivo de tu vida.
Así las cosas, te das cuenta de que ha llegado el tiempo de la cirugía mayor. Entonces, con la esperanza agonizante, buscás las cajas polvorientas. Y armás el arbolito.
Le colocás esas virtudes que nunca tuvo: las luces, las guirnaldas plateadas o doradas, los adornos coloridos, la estrella en la punta... Todo para que las ramas machucadas pasen desapercibidas. Para tapar la tristeza de ese esqueleto raquítico, lo cubrís de brillos baratos y nieve falsa. Sabiendo que es tu último esfuerzo, agarrás papel y lápiz y escribís la carta que empieza 'Querido Papá Noel' y aunque querés, intentás y deseás con toda tu alma y tu corazón que las cosas sean diferentes, tu vocecita interior ya no se calla: el árbol es de mentira, jamás habrá nieve en diciembre en este lugar del mundo... ¡y Papá Noel no existe!

9.10.08

San Google

La mecánica es sencilla: uno escribe, la gente busca. Tipea en la ventanita y así aparecen las plegarias a San Google bajo la forma de keywords que van enlazándose como las cuentas de un rosario.
Lo extraño es que, si bien este santo siempre escucha, a veces responde como un casamentero loco que arma parejas imposibles, ridículas, surrealistas.
Cientos de cándidos alumnos han llegado a mis páginas herejes buscando estados de agregación de la materia para, seguramente, cumplir con alguna asignación escolar. Esos son los cultores del Rincón del vago.
Están, también, los prácticos que aterrizaron de narices porque querían saber cuál es el orden de los alimentos en la heladera y, por supuesto, encontraron mi costado obsesivo; o los que necesitaban frases de obituarios. Los iracundos que, casi como una declaración de principios, tipearon me cansé de las palabras; los atribulados como la que confundió la ventanita con un confesionario y se lamentó ¿por qué me confiesa que es casado después de un mes de relación? Y los despistados de siempre como el o la que, en estado de emergencia o como un gesto previsor, se interiorizó acerca de un albergue transitorio en Dubai.
Luego vienen los serial searchers. Los del bello encarnado (sí, copio bien lo que otros escribieron mal) en cejas, piernas, y en relación con el VIH. Los del bulto: bulto slip, bulto boxer, grandes bultos, hombres con bulto, push-up para el bulto y siguen los bultos. Los de los desnudos, nada originales por cierto. Y los de la lobotomía que agrupan todas las búsquedas imaginables relacionadas con ANTM.
Por último, el más llamativo de los usos: el modo Aladino. Es el que utilizan los que piensan a San Google como si fuese la famosa lámpara del cuento y depositan allí sus deseos con la ilusión de que el genio que vive adentro del rectangulito los haga realidad: quiero a Paris desnuda, quiero ser atleta, quiero ser una cola Reef, quiero ver la cola de Belén Francese, quiero ver una cola o el inefable, irrepetible e increíble quiero ser virgen sin pagar plata.
Lo cierto es que, de un modo u otro, consejero, genio, santo o gran maestre del secreto algoritmo, Google le dio a todas estas personas la misma dirección: SEUO.

13.5.08

I'm not on drugs

A no ser que uno o dos gin tonic por semana puedan ser considerados una adicción.
O que los Marlboro Box y la Coca Zero vengan aditivados. ¡Juro que jamás me dejé tentar por Actimel ni por Activia (¿por qué será que los dos empiezan con 'acti'?) ni mucho menos por el devastador Danonino y que hace rato abandoné los Mars que me brindaron incomparables momentos de placer!
Entonces, no sé qué es lo que me provoca las alucinaciones de un ácido que pega mal. Como recién cuando, por encima de la pantalla de la tele vi la imagen horrenda de Mónica Gutiérrez desencajada, en pantuflas, con una redecilla que le protegía el casco de pelo que no sé qué peluquero sádico le fabricó y corriendo, escoba en mano, mientras aullaba "¡Gretaaaaaa, te voy a matarrrr!".