Hace unos días me llegó la invitación para probar Google Wave.
Mientras curioseaba la novedosa aplicación, llegué al ineludible "perfil" que uno puede completar como más le plazca: nombre, foto, website y estado.
Ese último campo a completar desató en mí una serie de alternativas, todas alejadas de lo esperable y a cual más ridícula.
Estado: deplorable.
Estado: a reciclar.
Estado: en franca decadencia.
Estado: de progresiva degradación biológica.
Estado: necesita inversión.
Estado: divorciada (ya sé, ese es el estado civil, pero también lo pensé).
Estado: excelente motor, carrocería dañada.
Estado: vegetativo.
Estado: animación suspendida.
Estado: de conservación.
Estado: alterado.
Como es de suponer, el campo quedó vacío.
7.11.09
Estado
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Laura Cambra
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11.10.09
Lo que viene
Dado que la realidad argentina ya no ofrece temas de reflexión, he decidido dedicar mis días a cuestiones verdaderamente trascendentes, a saber:
- La vida útil de la esponjita cuadriculada.
- La velocidad del chancho en la curva teniendo en cuenta el cambio climático y el calentamiento global.
- La proporción áurea del shampoo y el acondicionador.
- Juan Valdez, un grande injustamente olvidado.
- La misteriosa desaparición de Florencio Randazzo.
- La tragedia existencial de la botinera frente al cambio de camiseta.
- El trauma infantil de Zulma Lobato.
- Somos lo que comemos: estudio anatomopatológico de los restos de comida en el bigote de Aníbal Fernández.
- La ignominiosa vida del jubilado en Suiza.
- El significado social y antropológico de los tests de FaceBook.
- La supuesta homosexualidad de Pablito Ruiz.
- El origen mitológico de la gota de Magistral.
- La evolución del lenguaje hacia la desaparición de la primera persona (¡hasta Amalia Granata habla en tercera!).
- El tránsito lento y el equilibrio en la reserva de agua potable.
- La depreciación del lilangeni swazi.
- Tendencias: el estilo Pichetto (investigación patrocinada por Hair Recovery).
- La transfiguración de Myriam Bunin.
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14.9.09
Viaje de ida (para dos)
En todas partes se cuecen habas, decía mi abuela. Tanto del lado del grupo monopólico, a quien está dedicado el viaje inmediato anterior, como del lado del oficialismo, agrego yo.
La elección de los voceros gubernamentales para encarar la defensa de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (que, valga la aclaración, ya trae en el título la palabreja "servicios") ha sido lamentable.
Claudio "el agujerito sin fin" Morgado y Gustavo "concertación" López peregrinan por los programas de televisión balbuceando tibiamente sus pobres argumentos en favor de la ley que, según la palabra oficial, es "la madre de todas las batallas". Como payasos de circo pobre, le ponen primero una mejilla y luego la otra a los tortazos de la oposición y hacen reír a chicos y grandes. Inmunes al ridículo, uno de ellos, López, soportó que se lo llevara puesto y lo dejara revolcado en la banquina María Eugenia Estenssoro que, por otra parte, está muy lejos de ser un 1114; mientras que al otro le fue recordada su presencia en "TVR", programa que comenzó en el cuco-malo-sucio-feo de América Televisión y siguió, orondo, como huésped del terrible, extorsionador y "clarinesco" devorador de libertades canal 13.
Así que ahí va otro viaje de ida, esta vez para los dos voceros que, además, por estos días son pasajeros frecuentes.
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Viaje de ida
favoreció a quienes nos estafaron como pueblo."
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1.9.09
Laurita mira la tele – Un médico aquí
Las series de televisión, en su gran mayoría, incluyen historias de amor. No importa si se desarrollan en una isla inhóspita y misteriosa (Lost), en la redacción de una revista de modas (Ugly Betty), en la delegación policial que se ocupa de viejos casos irresueltos (Cold case) o en un prolijo y acartonado suburbio estadounidense (Desperate housewives, Californication, The OC, and so on), hasta el más cínico de los personajes (Charlie Parker – Two and a half men) tiene su momento edulcorado, sensual y, a veces, hasta erótico; lo cual es bueno porque, en definitiva, los planos amoroso y sexual forman parte de la vida.
Sin embargo, es notable el lugar que ocupan dichos planos en la vida de los médicos de las series. Los doctores Carter, Kovac, Rasgotra, Gates y Lockhart de ER; Montgomery, Wilder, King y Freedman de Private practice; Grey, Karev, el inseparable dúo McDreamy y McSteamy o Isobel Stevens (que incluye en su práctica el sexo salvaje con el fantasma de su novio Denny), de Grey's anatomy; y aún Cox, Elliot o JD de la casi tonta Scrubs prueban que la vida sexual de los médicos televisivos es inmejorable.
Lo cierto es que sean hombres o mujeres; clínicos, especialistas en fertilidad, estudiantes o neurocirujanos, la pasan bomba. Sin demasiada tristeza, van rápidamente de una pareja a otra y con ambas comparten el lugar de trabajo. Tienen encuentros de alto voltaje sobre camillas de consultorios, en ascensores de alto tránsito y, cuando se "enserian" un poco (la parte más aburrida), hasta en sus propias casas. No importa si han tenido un día difícil, si acaban de divorciarse o enviudar, si se les murieron todos sus pacientes, si hace cuatro días que están de guardia o si el quirófano no les dio descanso, siempre encuentran un momento (o más de uno) para el sexo que termina siendo un efectivo remedio para todo.
Además, son limpitos, atractivos y, como buenos boy scouts, están siempre listos.
La interpretación más obvia –aunque bastante compleja e indudablemente psicoanalítica– es que de tanto estar en contacto con la muerte, las relaciones sexuales operan como el lazo con el que se aferran a la vida.
La fácil, la de la esquina de mi barrio, es que en los hospitales "todo el mundo le da matraca a todo el mundo".
La mía no es una interpretación sino un pedido. Después de que hayamos hecho varias veces lo que tenemos que hacer, hablamos de diagnósticos e interpretaciones. Hasta entonces: ¡un médico aquí!
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10.8.09
Solteros de calidad

Si hay solteros de calidad, ¿hay también solteros de segunda selección? En consecuencia, ¿hay un outlet de solteros que tienen una fallita que ni se ve?
¿Existe la misma calificación para divorciados, viudos y casados?
¿De qué clase de calidad estamos hablando? ¿Efectivos, rendidores, económicos, resistentes?
¿Dónde se adquiere el certificado de calidad? ¿Quién lo otorga? ¿Cada cuánto tiempo debe ser renovado? ¿Cómo saber si es auténtico?
¿Habrá una calidad "superior", llámese como se llame (world class, primera especial, alta gama)? ¿O la calidad masculina se mide casi como la de las sábanas de algodón egipcio: a más hilos, más calidad?
¡Y después dicen que a las mujeres nos tratan como a un "cacho'e carne"!
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31.3.09
Good morning, Charlie!
Yo venía bien. Venía tan bien que ya estaba casi cebada, tranquilita, relajada como si la cosa nunca fuese a cambiar. Es más, solía cancherear bastante porque, cada fin de semana, tenía todo el tiempo del mundo para hacer lo que me viniera en gana.
Mis amigas, todas ellas, en cambio, no la tenían fácil. Cada sábado, después de mediodía, desaparecían para entrar en el oscuro y clandestino universo del rulero gigante. Ese ritual que transformaba rizadas cabelleras en cortinas lacias, nunca suficientemente lacias, nunca suficientemente cortinas.
"La toca" era el recurso obligado para esa época de pelo liso y como yo ya había venido con el liso de fábrica, mientras ellas mataban el tiempo esperando el momento exacto para dar vuelta sus rebeldes pelambres con el objeto de equilibrar el formato del alisado final, mientras se aplicaban a la correcta ubicación de las pincitas para que no dejaran marcas delatoras, mientras averiguaban las condiciones de humedad ambiente que podían arruinar tanto trabajo, mientras se privaban de una zambullida en pleno verano, mientras elevaban sus plegarias para que a la noche no lloviera, yo era libre.
Pero llegó ella y, desde la distancia y la ignorancia, me arruinó la vida. Ella, con su pelo rubio con volumen y cuerpo. Ella, con ese look despreocupado e informal que escondía horas de ruleros y brushing –una palabra nueva para un procedimiento nuevo– pero que daba impresión de recién despeinado.
Llegó ella y aunque era fascinante ver su sonrisa enmarcada por la cabellera al viento derrotando delincuentes junto a sus dos compañeras, terminó con mi tranquilidad y con mi lacia soberbia.
Porque mi pelo lacio-cortina no se inmutaba con ninguna maniobra que intentara ondularlo. Porque mi pelo lacio-cortina era ese lacio natural, tan irredimible y planchado que parecía una burla a la humedad. Mi pelo jamás se avendría al movimiento, el marcado de mi flequillo jamás duraría más de veinte minutos, mi cabeza no alcanzaría el volumen requerido.
Entonces, por más esfuerzos que hubiese hecho en pos de conseguir ese efecto capilar, yo volvería irremediablemente a ser yo, cual princesa que a las doce de la noche retorna a su condición de Cenicienta.
Sin embargo, era imposible no volver a verla. Era imposible no esperar su aparición en escena. Era imposible no sucumbir a su chispeante "Good morning, Charlie!". Era imposible no insistir, cada fin de semana y aun sabiéndome vencida de antemano, en lograr el peinado de Farrah Fawcett.
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6.2.09
Preguntas y respuestas
Ayer me llegó por mail uno de esos cuestionarios (suspiro) supuestamente destinado a saber más de los amigos (otro suspiro). El juego de marras consiste en responder un amontonamiento de preguntas en las que se mezcla lo constante (nombre, tamaño del pie o características de personalidad) con lo variable (con quién hablaste por teléfono o qué ropa tenés puesta en este momento); lo relevante (ok, ok... hay poco o nada relevante) con aquello que denota la más estúpida superficialidad. Para colmo de males, la insistencia en horadar el vacío requiere de cuarenta (40) agudísimas preguntas.
Como la cuestión es divertirse (y el texto introductorio deja bien claro que el que no contesta es un amargo), decidí copiar el interrogatorio aquí, responderlo y comentarlo. Veremos qué sale. Por suerte, mis amigos me quieren mucho.
1. Nombre completo
Laura Aurora Cambra
Lo tengo asumido.
2. ¿Por qué te pusieron ese nombre?
Laura porque les gustaba, Aurora por la hermana de mi mamá.
Y ni esmerándose podrían haber encontrado una combinación más cacofónica. Con el tiempo descubrí que mis nombres remiten a la línea de Barrio de tango (Manzi-Troilo) que dice "un ladrido de perros a la luna".
3. ¿Le pides deseos a las estrellas?
No.
Por cierto, no pido deseos. Soy un ser deseante (Lacan, no offense). En todo caso, pido que los deseos que ya tengo se cumplan.
4. ¿La última vez que lloraste ?
Hace dos meses, creo.
No tengo un calendario del llanto o la efemérides de la lágrima.
5. ¿Pan con que?
Me da lo mismo.
¿Era necesaria esta pregunta? Sólo puede demostrar la escasa variedad de criterios de la especie humana y su notable obviedad. De las respuestas que recibí, el 90% se dividía entre manteca y dulce; hubo varios "me da lo mismo", que vendrían a ser los NS/NC y, por supuesto, siempre hay alguien que vota al partido vecinal y dice "fiambre".
6. ¿Te gustan los animales?
No especialmente.
Siempre cae más simpático decir que los animalitos son preciosos, tiernos, adorables. Pues, prefiero sonar antipática y hacerle honor a mi olfato quisquilloso que prefiere tenerlos lejos.
7. ¿Cuántos hermanos tenés?
Dos.
Otra pregunta para el bipartidismo, muy cercana a la del pan. Obviamente, las palmas se las llevan el uno –familia tipo, ¿vio?– y el dos. Lo que me pone en el territorio de la masa.
8. ¿Colaborás con alguna ONG?
No.
Esta pregunta es para la culpa. Tanto es así que leí varios "no pero estoy pensando en hacerlo" o "no pero lo haré en breve".
9. ¿Si fueras otra persona serías tu amigo?
Sí.
Suena mucho a Groucho Marx y su "jamás aceptaría pertenecer a un club que me admitiera como socio". Agregaría algo: ¿qué pasaría si yo fuera otra persona y quisiera ser mi amiga y yo no quisiera hacerme amiga de esa persona que es otra que yo?
10. ¿Tenés un diario de vida?
Muchos, sueltos, de a ratos o en retazos, reflejados en cada cosa que escribo.
Esta pregunta no debería contestarla porque quedo descalificada como los que trabajan en marketing quedan afuera de cualquier sondeo de opinión.
11. ¿Sos sarcástico?
Soy –a veces– irónica.
Acá hice trampa. A veces, además de irónica, también puedo ser sarcástica. Y no veo qué tiene de particular ninguna de las dos cosas. La ironía y el sarcasmo son recursos lingüísticos, no características de personalidad. Hablan del dominio del lenguaje y no de un rasgo de conducta.
12. ¿Harías bungee-jumping?
Naaaaaaaa.
No way.
13. ¿Cuál es tu cereal preferido?
No tengo.
Promediando el cuestionario, hemos tocado el punto máximo de la estupidez y de la irrelevancia. ¿Who cares? ¿Cereal preferido? ¿Esto es una encuesta para Zucaritas?
14. ¿Te desabrochás los zapatos antes de sacarlos?
¿Se desabrochan los zapatos antes de sacárselos?
¿Uh?... ¿Oh? Si la intención era medir el grado de impulsividad, estamos fregados porque yo no me los desabrocho de obsesiva nomás... para empezar, tendría que volver a abrocharlos y para seguir, si quedan abrochados reduzco la posibilidad de error en el perfecto ajuste al volver a usarlos.
15. ¿Creés que sos fuerte?
Me he demostrado que soy fuerte en más de una ocasión pero no creo que eso me haga una persona fuerte.
Teoría del absoluto relativo: cualquier característica positiva llevada al extremo de la univocidad se torna completamente relativa.
16. ¿Tu helado preferido?
Cualquiera de fruta (no me gusta mucho el helado).
Who cares? Creo que Facebook –feisbuk para los amigos– ha pervertido a la humanidad digital invitándola a formar parte de grupos tan bizarros como "los amantes del helado de pistacho".
17. ¿Cuánto calzás?
Cuarenta.
Sí, mis pies son un 8% más grandes que el promedio. En mi adolescencia, esto era información clasificada. Ahora sirve sólo en el caso de que alguien quiera regalarme zapatos.
18. ¿Rojo o rosado?
Rojo.
¿Por qué a mí?
19. ¿Qué es lo que menos te gusta de vos?
Ser tan frontal.
Esta fue una respuesta de compromiso. Podría haber dicho mis pies –tengo cuarenta razones para nombrarlos– o mis ojos o mis brazos o mi ombligo. La realidad es que ser frontal me ha traído más de un problema y más de una satisfacción. Se aplica la teoría del absoluto relativo mencionada en la respuesta 15.
20. ¿A quién extrañás mucho?
A nadie.
No tengo espacio interno para la melancolía. No me sale. No lo siento. Se ve que me falta el chip de la extrañanza.
21. ¿Te gustaría que a todos aquellos que enviaste este cuestionario te respondan?
No me es imprescindible.
Sí, ya sé, es una manera diplomática pero inequívoca de decir que me importa un pepino saber cuánto calzan mis amigos. Pero, de verdad, no me importa. Sí me importa saber que cuando los miro los veo y sé si están tristes o contentos; que cuando nos abrazamos nos estamos conectando; que cuando nos encontramos tenemos algo para compartir.
22. ¿Qué color de pantalones y zapatos tenés puestos?
Ojotas verdes y vestido rojo.
Claro, me agarraron en un "momento Fiona". De haberlo sabido, me habría producido para la ocasión. ¿Y por qué asumir que vestía pantalones? ¿Habrá sido un rasgo machista? En última instancia, la pregunta es un monumento a la estupidez: ¿de qué me sirve saber qué llevaban puesto mis amigos mientras respondían el cuestionario?
23. ¿Lo último que comiste hoy?
Melón.
Otra estupidez atómica, el paroxismo de la estupidez.
24. ¿Qué estás escuchando en este momento?
Mis pensamientos.
Ya escribí sobre el coro de niñas cantoras que tengo en la cabeza. Suelo valorar el silencio exterior porque si les pongo música se lanzan a canturrear.
25. ¿La última persona con quien hablaste por teléfono?
Mi hermana.
Who cares (again)?
26. ¿Trago favorito?
Varios: los que llevan bebidas blancas y el champagne.
Si querían saber si paso el test de alcoholemia, queda claro que no.
27. ¿Deporte favorito para ver por TV?
Fútbol y tenis.
Indudablemente, este cuestionario lo hizo un hombre (y a juzgar por todos los cambios del "tú" al "vos" que tuve que hacer, domina el español neutro.
28. ¿Comidas favoritas?
Muchas, desde la pizza hasta el sushi (muy presidencial lo mío) pasando por una buena pasta.
A ver... se puede alardear y decir magret de pato con foie gras, o bien bajar el perfil a una popular napolitana con fritas (que tiene grupo en feisbuk). No es un secreto que me encanta cocinar y que la comida me produce un enorme placer. Cualquier respuesta que dé en este punto será insuficiente.
29. ¿Final triste o final feliz?
Final.
¿Hay finales felices? Yo tengo la sensación de que lo que suele llamarse "final feliz" no es otra cosa que un comienzo. Los finales siempre son tristes porque algo se termina y hay que dejarlo atrás. Desde chica me atormentaron los "finales felices" porque, ¡caray!, me dejaban con la intriga acerca de lo que sucedía después del "The End".
30. ¿Tenés mascotas?
No.
He tenido, he tenido. He cuidado de mis animalitos –hasta la obsesión, como corresponde– y ahora decidí que no quiero cuidar de nada ni de nadie.
31. ¿Día favorito del año?
Cualquiera, todos tienen su encanto, hasta los más difíciles.
Eludamos la obviedad del cumpleaños, la navidad, el año nuevo y toda esa parafernalia estereotipada y caótica. Cada día es una aventura. Cada día es una oportunidad. Cada día representa un desafío.
32 . ¿Besos o abrazos?
Ambos.
Convengamos, hay besos y besos y hay abrazos y abrazos. Los quiero todos.
33. ¿Sos una persona alegre?
Sí, muy.
Soy más que una persona alegre. Soy una persona feliz.
34. ¿Quién creés que te responderá?
No clue.
Y no importa. No me importa.
35. ¿El que menos creés que lo devuelva?
Idem anterior.
Básicamente, si creo que no me lo va a devolver, no se lo mando. Nos ahorramos el viaje sin retorno.
36. ¿Qué libro estás leyendo?
Tres al mismo tiempo: La casa de Dostoievsky (Jorge Edwards), La trilogía de NY (Paul Auster) y Ulyses (James Joyce).
No es esquizofrenia, son cuestiones de mi trabajo. Leer y releer. Buscar palabras. Encontrar información en el blanco entre una línea y otra. Disfrutar de esa combinatoria sorprendente y única que hace de un texto un libro con carácter y personalidad.
37. ¿Color favorito?
Todos excepto el amarillo.
Una idiotez supina. El amarillo es precioso en los girasoles aunque no me guste para la ropa.
38. ¿Qué viste anoche en la tv?
Estrenos de series... nada memorable.
Ultimamente me dedico a analizar cómo los guionistas de las series tienen una vida útil de tres temporadas luego de las cuales empiezan a derrapar, muerden la banquina, se van al pasto, vuelcan y terminan tapados con diarios. Eso en el mejor de los casos. En el peor, padecen delirios lisérgicos que trasladan inescrupulosamente a los personajes.
39. ¿Rolling Stones o Beatles?
Beatles.
Detengámonos un instante en lo que encierra esta pregunta. No es Oasis o Cold Play ni Aerosmith o Skorpions (por decir obviedades de épocas diversas). Son los Rollings o los Beatles. Una dicotomía que denuncia la pertenencia a una generación. ¡Vergüenza debería darle a semejante grandote andar haciendo cuestionarios como éste!
40. ¿Dónde es lo más lejos que has estado de tu casa ?
Perdida dentro de mí misma.
Esto es rigurosamente cierto. He viajado. He estado geográficamente lejos de mi casa más de una vez. Sin embargo, cuando más lejos estuve fue cuando estuve lejos de mí misma.
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26.1.09
Invocación
¡Oh, serena deidad del shampoo y el acondicionador! Dame la sabiduría para elegir el producto indicado, la serenidad para esperar que tus bendiciones se transformen en más brillo, menos resequedad y desaparición completa del frizz; y el equilibrio para que los dos frascos se acaben al mismo tiempo.
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4.12.08
Querido Papá Noel
En el lejano e inclemente Polo Norte, Papá Noel tiene un completísimo archivo privado. Allí están ordenadas todas las cartas que el buen señor ha recibido. En este curioso conglomerado de pedidos es posible advertir que los primeros deseos de muchas personalidades de todas las áreas, ya desde la infancia manifestaban aquello que con el tiempo (a veces, además, con mucha ayuda) lograron ser y, también, reconstruir los tortuosos caminos por los cuales sus sueños se hicieron realidad (o no).
Así, es sorprendente reconocer en la caligrafía apretada y llena de errores (no, no estoy hablando de Susana Giménez, ella quería conocer las Cataratas del Iguazú y... sí, a los dinosaurios vivos, deseo que, como es de público conocimiento, no ha podido concedérsele ni con la colaboración de COAS), a Carlitos W.B., cuya corta misiva de 1953 solicita "un kit de harmas kímicas y un livro con la istoria de Vavilonia y una votella de whisky (para mi daddy que ya es grande)" (sic).
En las cartitas de Ronald (no, McDonald no, el otro), en cambio, puede apreciarse, ya desde 1918, su profundo deseo de llegar a ser una estrella de westerns producidos en Hollywood. Sus pedidos se repiten sistemáticamente: cartucheras, estrella de sheriff, pistolas... y réplicas del Oscar de la Academia. En un cruce de información digno del Excalibur ha podido constatarse que, en un momento circa 1934, las cartas del tierno Ronald –que persistía de manera conmovedora en su deseo de protagonizar films del lejano Oeste– se mezclaron con las de un precoz Clint E. (no confundir con Bill Clit, que pedía pasantes para el despacho oval) cuya energía estaba puesta por completo en ser presidente del país más poderoso del mundo. Esta confusión explicaría la eterna sonrisa sorprendida de Ronald y la no menos eterna cara de bragueta de Clint (y también la activa bragueta de Bill).
Si nos enfocamos estrictamente en el mundo del espectáculo veremos no sin sorpresa las esquelas de Michael J. quien, desde que pudo articular las primeras frases (y estoy segura de que, antes que "amo a mi mamá" aprendió a escribir "quiero ser wasp"), hizo la misma solicitud: "cremas blanqueadoras, una montaña rusa propia y que me llamen Macaulay"; las de Richard G. pidiendo ser actor y conocer al Dalai Lama (le dieron lo segundo, no lo primero. Lamentablemente para la historia de la cinematografía, él parece no haberse enterado); las de Al P. que quién sabe por qué extraños motivos quería siempre dientes nuevos (se los otorgaron para su papel del Diablo en "Devil's Advocate", cosa de que su apariencia fuese terrorífica); y las de Mel G. que en su lampiña infancia insistía con tener un bigote como el de Adolf H. (el bigote no se lo dieron).
El género femenino también tiene una participación más que interesante en esta investigación. El cruce de las cartas enviadas muestra que Britney S. siempre quiso ser Madonna e, inexplicablemente, Madonna todavía sigue escribiendo que quiere ser Britney (pero ahora lo escribe en hebreo). Nicole K. primero pidió un Top Gun (perdón, Tom C.) que le fue concedido, pero cuando se dio cuenta que el señor sólo alcanzaba el top subido al banquito de la cocina, que de gun no tenía nada y que, encima, venía con la Cientología incluida, rectificó su pedido dando lugar a que se hicera realidad el de Katie H. Un caso curioso es el de Winona R., cuyo eterno pedido fue "yo quiero ser 'mechera'" y le fue otorgado junto con una innumerable cantidad de horas de probation.
En el plano local la cosa no resulta mejor. Una generación entera –post Diego Armando y Claudio Paul– invirtió ríos de tinta y fortunas en estampillados al Polo Norte expresando su deseo de "casarme con un jugador de fútbol internacional" (jamás el 2 de Mandiyú), últimamente ampliado a "casarme y tener hijitos", y dando origen a una nueva categoría: las "botineras". Papá Noel ya cumplió con los objetivos de Wanda N., Evangelina A., Nicole N. y Eliana G. En cambio, los de Natalia F. y Amalia G. han tenido algunos matices. Aunque ambas creyeron estar haciendo realidad lo solicitado en sus cartitas, al revisar los archivos se advierte que la primera fue la concreción del deseo de Carlitos T., mientras que la segunda acredita haber sido el regalito de Navidad para un tal Robbie W., que había solicitado con desesperación una "pantalla" y quién sabe qué habrá entendido Santa Claus que le mandó a esta chica. Dando muestras de su convicción y persistencia, cuando las muchachitas no le escriben al señor del Polo Norte, veneran a "la Claudia" y a "chorreo glamour Mariana".
Por cierto, los archivos de Santa son privados pero no inaccesibles de modo que ¡cuidado con lo que escriben después del insoslayable "querido Papá Noel"!
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9.10.08
San Google
La mecánica es sencilla: uno escribe, la gente busca. Tipea en la ventanita y así aparecen las plegarias a San Google bajo la forma de keywords que van enlazándose como las cuentas de un rosario.
Lo extraño es que, si bien este santo siempre escucha, a veces responde como un casamentero loco que arma parejas imposibles, ridículas, surrealistas.
Cientos de cándidos alumnos han llegado a mis páginas herejes buscando estados de agregación de la materia para, seguramente, cumplir con alguna asignación escolar. Esos son los cultores del Rincón del vago.
Están, también, los prácticos que aterrizaron de narices porque querían saber cuál es el orden de los alimentos en la heladera y, por supuesto, encontraron mi costado obsesivo; o los que necesitaban frases de obituarios. Los iracundos que, casi como una declaración de principios, tipearon me cansé de las palabras; los atribulados como la que confundió la ventanita con un confesionario y se lamentó ¿por qué me confiesa que es casado después de un mes de relación? Y los despistados de siempre como el o la que, en estado de emergencia o como un gesto previsor, se interiorizó acerca de un albergue transitorio en Dubai.
Luego vienen los serial searchers. Los del bello encarnado (sí, copio bien lo que otros escribieron mal) en cejas, piernas, y en relación con el VIH. Los del bulto: bulto slip, bulto boxer, grandes bultos, hombres con bulto, push-up para el bulto y siguen los bultos. Los de los desnudos, nada originales por cierto. Y los de la lobotomía que agrupan todas las búsquedas imaginables relacionadas con ANTM.
Por último, el más llamativo de los usos: el modo Aladino. Es el que utilizan los que piensan a San Google como si fuese la famosa lámpara del cuento y depositan allí sus deseos con la ilusión de que el genio que vive adentro del rectangulito los haga realidad: quiero a Paris desnuda, quiero ser atleta, quiero ser una cola Reef, quiero ver la cola de Belén Francese, quiero ver una cola o el inefable, irrepetible e increíble quiero ser virgen sin pagar plata.
Lo cierto es que, de un modo u otro, consejero, genio, santo o gran maestre del secreto algoritmo, Google le dio a todas estas personas la misma dirección: SEUO.
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28.5.08
Tirá la cadena
Las cadenas de e-mails:
• Te hacen perder tu precioso tiempo en pavadas que, además, le harán perder su precioso tiempo a la gente que apreciás.
• Casi nunca tienen un autor que se haga responsable de lo que allí está escrito.
• Lastiman tu fino sentido auditivo con musiquitas babosas estilo Kenny G.
• Te muestran lugares maravillosos a los que nunca vas a poder ir o te condenan a imágenes horribles que, además, se ven totalmente pixeladas.
• Te ofrecen mensajes que son impracticables, sobre todo cuando tus preocupaciones pasan por pagar las cuentas, darle de comer a tus hijos y ver cómo llegás a fin de mes con más de dos pesos en el bolsillo.
• Pretenden transmitir la palabra divina encarnada de mendigos, mecánicos de automóviles, ancianos desvalidos o personas misteriosas; ilusionarte con mensajes de optimismo simplista, rescate de supuestos valores consensuados como esenciales, golpes bajos, enfermedades súbita e inexplicablemente superadas, milagros, poderes ocultos de los objetos, mantras, etc.
• Te prometen la felicidad instantánea y milagrosa si y sólo si castigás a tus mejores amigos con el mismo documento incentivando la Ley del Talión (llevás una cuenta estricta de quiénes son los que cada día te mandan uno de esos presentes griegos y los ponés primeros en la lista de fwd o hasta tenés armado un grupo con la lista de insufribles) y la competencia desleal (¿o nunca te pasó de reenviarlo rápido porque si otro lo reenvía antes te quedás sin contactos para torturar?).
• Te intimidan y amenazan de manera eficaz.
• Si la seguís, te quedás con la sensación de que le creaste un problema a un montón de gente que, poco a poco, empezará a considerarte un indeseable.
• Si la cortás, no podrás evitar temer que la próxima vez que salgas a la calle vayas a pisar una cáscara de banana, caerte de traste y patinar sobre tus glúteos por la vereda hasta detenerte bajo de un colectivo que te dejará cuadripléjico a no ser que tu secretaria, sin que vos lo supieras, hubiese reenviado el e-mail y, entonces, serás cuadripléjico pero millonario en euros y dedicarás el resto de tu vida a reenviar cadenas de mails.
• Al final, si te queda un resto de dignidad, algo de bondad genuina y sentido de protección de tus seres queridos, terminás mandándoselas a tus peores enemigos, cumpliendo así con el plan maestro para sembrar el odio universal que se esconde tras esos aparentemente inocentes pps.
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16.10.07
¡No te los podés perder!
En la misma semana, en el mismo escenario, dos reestrenos (¿?).
El primero, un lavandina flacuchito con rulos de bigudí que ni siquiera tiene el encanto equívoco de los semibalas. Un figaza total él, absolutamente figaza su música.
El segundo, un medio tano, medio sucio, medio pelado que alguna vez en su vida hizo un medio éxito medio en italiano y medio en inglés. ¡Y vuelve para cantarlo (¿?)!
Dos Top Ten de albergue transitorio en la calle Corrientes.
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El regreso de los muertos vivos II
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El regreso de los muertos vivos I
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13.6.07
Antes de quejarte
Hay frases quejosas que requerirían una prolija cuenta mental hasta que obtengamos la serenidad y la sabiduría necesarias como para que el deseo de articularla cese por completo. "¡A mí nadie me entiende!" es una de ellas. Y, por si la cuenta mental no funciona, aquí va una lista de posibles respuestas y sus efectos que deberían desanimar hasta a la más incontinente:
La introyectiva: ¿Vos de verdad querés que te entiendan?
Es un efectivo tapón que devuelve la recién asomada queja al ámbito de la repregunta interior desencadenando una chorrera de interrogantes y sus correspondientes razonamientos justificatorios que transforman la cabeza en un espacio para la discusión irresoluta.
La ningunera: ¡Pa'lo que hay que entender!
Clara, llana y brutal, esta respuesta remite a cierta persistente vacuidad de la quejosa y, a la vez, desnuda una actitud tramposa de quien la escucha que, es evidente, ha comprendido que lo que hay que entender no vale la pena.
La consolatoria: Pobrecita, a ver, explicame nena...
Trampa mortal que suele desembocar en un plañidero listado de infelices varones que no han entendido, una devolución de la nómina de quienes entenderían, la confirmación de que los que pueden entender no importan un soberano bledo, y la revelación de que "nadie" tiene nombre.
La existencialista remanida: El infierno son los otros.
Típica réplica de aquel que, con o sin bigote, se cree discípulo de Jorge Dorio. Creo que no hace falta más explicación.
La machista: Vos no necesitás que te entiendan, ¿sabés lo que necesitás, vos?
A los bifes. Pasá p'al fondo. ¿Te dije que yerba no hay? Simplista, apela a los supuestos poderes de ciertas varitas mágicas que ni has hadas tienen. ¡Como si fuesen el remedio universal!
La psicológica: Vos debés estar fijada en la etapa edípica no elaborada.
Wikipedia freudiana de esas que nunca faltan y que le echa la culpa a tu papá.
La lacaniana: Allí donde aparece la hiancia, el fantasma hace marca en lo no dicho.
Hermética e inquietante, esta respuesta proviene de un devoto de la secta que no puede privarse de compartir la traducción de las verdades reveladas que el gran maestre transmitió de espaldas al auditorio.
La filosófica de oferta: Es un problema de mímesis relacionado con las interrogantes cartesianas y el nihilismo.
Este oyente, más que un estudioso de la filosofía, es reciente poseedor de un libro de citas o visitante asiduo de una página de frases célebres. En el mejor de los casos, ha leído un libro más que Dorio.
La superada: A mí tampoco, y así como me ves, cada día me siento mejor.
Nunca falta una amiga o conocida que ha hecho culto de su retorcimiento. Y, sí, se siente cada día mejor porque el pobre gato con el que convive no le hace reproches.
La sufrida en espejo: ¡Nadie nos entiende!
Siempre está la que se hermana con una transformándose automáticamente en peligrosa competencia. Si la frase viene acompañada por un "tu padre", la que te está hablando es tu mamá que no lee Wikipedia pero que también le echa la culpa de todo a tu progenitor.
La feminista: Y... mientras sigas fregando platos... ¿Qué esperás para liberarte?
Variante de la superada pero sin corpiño y sin depilar.
La sexópata: Vení, vení que te explico.
Con más tacto que la machista pero con el mismo objetivo. ¡Marche otra varita mágica!
La de autoayuda: Ommmm... Ommmmm... Pensá en una luz violeta que te envuelve y te llena de comprensión.
¿Quién no tiene una amiga new age que vive rodeada de piedras, tomando globulitos, visitando consultorios de "sanadores" de diversa calaña y escapándose cada vez que puede al Uritorco?
Antes de quejarte, pensá.
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13.5.07
De fiesta
Una fiesta monumental. Por esas cosas del destino y de los party planners, para quienes el destino es una hojita con nombre, apellido y número de mesa, dos desconocidas terminan codo a codo. Entre ríos de champagne y toneladas de comida, con intervalos de furiosa danza, se hablan:
–¿De dónde conocés a los anfitriones?
–Nuestros hijos eran compañeros de la escuela primaria.
–Ah... yo los conozco desde antes de que se casaran.
–Mirá vos...
El diálogo podría haber quedado ahí, tapado por la música. Pero la penumbra salpicada por los destellos de las bolas de espejos daba para la confesión:
–Me estoy separando y esta es la primera vez que salgo sin mi marido.
Sin dudar, la otra replica.
–Estoy divorciada y esta es la primera vez que salgo con mi ex marido.
Por suerte llegó la batucada con cotillón luminoso.
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10.5.07
El riesgo de la ambigüedad
He aquí cinco frases peligrosas. Aunque, según las circunstancias, es bueno arriesgarse a pronunciarlas:
Soy una persona mañanera.
¿Me hacés la boleta?
Me clavó.
Me la tuve que comer.
Pelala y metela en remojo así no se pone negra.
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26.4.07
Supersticiones o por qué me va tan mal en la vida
Descreída como soy, nunca me preocupé demasiado por cumplir con los rituales que ahuyentan la mala suerte ni por evitar aquellos que la traen. Más bien, me guiaba por el sentido común y por cierto conocimiento de la historia. Ambos proveen explicaciones muy satisfactorias a unas cuantas supersticiones.
Es decir, el sentido común determina que no se debe pasar por debajo de una escalera porque, sencillamente, es peligroso: un balde con pintura, una herramienta o aun la persona montada en ella pueden ir a parar sobre nuestras distraídas cabezas.
Por otra parte, la historia cuenta que romper un espejo nos asegura siete años de mala suerte. La razón es que, en épocas pasadas, dichos artefactos, imprescindibles para la vanidad femenina, debían su azogue a un carísimo baño de plata, por lo tanto, la rotura y posterior reposición significaba invertir dinero como para ser pobre durante los siguientes siete años. En fin, cosas coloridas de la tradición popular.
Siempre me reí de quienes no dejaban la cartera en el piso porque "se va la plata" ni sobre la cama porque "se va el marido". Tampoco me preocupé de las mil maldiciones que podía acarrearme tomar el salero que alguien gentilmente me alcanzaba en vez de golpear el mantel con el dedito índice bien rígido y bien imperativo. Eso de no coserse la ropa puesta es casi imposible de cumplir cuando estoy saliendo y me quedo con un botón en la mano. Y, si bien hace rato que no me mido porque ya comencé la etapa de "achicamiento", nunca me privé de marcar en la pared mi estatura. Caracoles, peces y batatas brotadas no me han intimidado. En mi billetera no hay estampitas, no llevo cintas rojas en las muñecas ni cruces de San Benito en el cuello. Los gatos negros no me gustan pero tampoco me echo atrás cuando alguno se cruza en mi camino. En mi casa no hay llamadores de ángeles ni crucifijos, no comemos ñoquis los 29 de cada mes y hace diez años que tengo el mismo árbol de navidad que, para colmo, no suelo armar el 8 de diciembre.
Pero desde hace un tiempo la mala suerte, al igual que el desodorante, no me abandona. Como vulgarmente se dice, me siento orinada ya no por los canes sino por una manada de elefantes en época de lluvias: mi marido, que de Rexona no tiene nada, me abandonó al igual que la mucama cuando se dio cuenta de que con él se habían ido las extensiones de la tarjeta de crédito y la chequera; una gotera me atormenta cada vez que llueve y llueve seguido; choqué mi auto, una estupidez pero de esas que el seguro no paga; me robaron la cartera y soy una indocumentada cualquiera (que no es lo mismo que ser una cualquiera indocumentada); me llegó una intimación de la Administración Federal de Ingresos Públicos porque no hice la declaración jurada –y habiendo tanto evasor gordinflón, justo me vino a tocar a mí–; la perra quedó preñada y, como si todo esto fuese poco, se me rompió el termotanque.
Así que, ni bien termine de escribir esto salgo a comprar un perchero para la cartera, uno de esos aparatejos que hacen ruido con el viento, diez metros de cinta roja –voy a parecer una momia ensangrentada–, pintura dorada para pintar el interior de los caracoles, y blanca para tapar las marcas de mi estatura en la pared; busco el árbol de navidad en el altillo y lo regalo sin olvidarme de ponerme un cartel bien grande para armarlo el día de la Virgen; preparo los ñoquis y el billete, no vaya a ser que el 29 me agarre distraída; me consigo unas estampitas y una oración a San Benito, de esas que dicen "vade retro satanás", en la iglesia más cercana; tiro la batata brotada a la basura y a los pobres pececitos los convierto en un cardumen de Nemos. Y, lo juro, jamás vuelvo a coserme nada puesto ni a dar un paso al frente sin haber dado los imprescindibles tres para atrás después de ver un gato negro ni a agarrar un salero aunque el que me lo esté dando sea el mismísimo San Pedro.
Pero igual, por las dudas, dejen de darle agua a los elefantes.
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23.4.07
No me gusta Ricardo Arjona
Sobre gustos no hay nada escrito. Cada uno de nosotros tiene sus preferencias, sus cercanías y, por supuesto, aquello que descarta. Y cada uno, también, tiene derecho –y la mayoría de las veces lo ejerce– de proclamar sus elecciones. Por lo tanto, probablemente haya demasiado escrito sobre los gustos personales. Así que no me voy a privar de hablar sobre los míos.
A mí me gusta la música. De una manera indiscriminada. Tanto puedo encontrarme tarareando la última canción de moda de esas que pasan en la radio a toda hora del día en cada punto del dial como sumergirme en alguna pieza de las que son usualmente consideradas clásicos. Del tango a la salsa. De las sinfonías al rock. Del raegge a la música celta.
Pero no me gusta Ricardo Arjona. Sé que muchos, en realidad muchas, de quienes lean esto se desgarrarán las vestiduras preguntándose cómo es posible que el hombre que hace suspirar a mujeres de la más variada edad, el que cada vez que termina sus conciertos debe contratar una empresa que levante las toneladas de ropa interior que quedan desparramadas sobre el escenario dejando constancia del éxtasis, el que provoca tsunamis de estrógenos, el que levanta oleadas de gemidos orgásmicos con sólo mostrar una pequeña superficie de su pecho por la hendija de la camisa blanca y cultivar esa apariencia desaliñada que implica horas de espejo rodeado de estilistas, vestuaristas y maquilladores, no me guste.
Y dado que soy obsesiva, no me conformé simplemente con buscar otra emisora cuando el guatemalteco sonaba sino que también decidí dedicar un tiempo a indagar sobre las causas de mi desagrado. Entonces descubrí por qué no me gusta:
Es de suponer que quien canta en primera persona pretende que quien escucha se identifique con la segunda persona invocada en el texto. Pues yo me resisto a ser quien cae a los pies de alguien que me habla de unos pechos, que pretende que sean míos, "víctimas de la gravedad" (ni que fuera Mirtha Legrand); que dice que la fulana en cuestión –o sea yo– le gusta tal y como es, "incluso ese par de libras de más" (¡qué histéricamente exigente se pone el muchacho cuando dos libras son escasamente un kilo! y, además, ¿quién le va a creer que es bien hombre y detecta esa mínima variación en el peso de una mujer?) y que si el jefe la viese "desnuda y detrás no dudaría en promover" su cintura (encima entregador). Mis más de cuatro décadas en respetable forma reniegan del concepto "grasa abdominal" como algo poético y romántico. Y, por más que me conozca, detesto que me recuerde que ronco, que fracasé con todas las dietas, que me resisto a confesar mi edad, que me hice una cirugía estética. Para enterrarse todavía un poquito más, tampoco se priva de recordarme, con todas las letras de la malhadada palabra, un pasado de mujer ligera de cascos a quien llevar "a la cama es más fácil que respirar", cuyo teléfono es de dominio público y que tiene en su cama más marcas "que una playa en pleno verano", para terminar reconociendo que si quisiera evitar habladurías tendría no ya que limarse los cuernos sino salir del país. Llegado este punto, es casi natural que me sienta ofendida.
Sin mencionar que cuando me pide que le diga que no para que él luche por el sí o que mientras le digo que no piense en un sí o que, aún mejor, le dé el sí pero con cuentagotas, aullando como una Gata Flora en la cúspide del ciclo, lo que me dan ganas es de convidarle un IbuEvanol y una ducha tibia.
¡Y después, para terminar con bombos y platillos, cual esposa demandante –y frustrada– un domingo a la hora del fútbol, se queja de que haya pingüinos en la cama!
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