Yo venía bien. Venía tan bien que ya estaba casi cebada, tranquilita, relajada como si la cosa nunca fuese a cambiar. Es más, solía cancherear bastante porque, cada fin de semana, tenía todo el tiempo del mundo para hacer lo que me viniera en gana.
Mis amigas, todas ellas, en cambio, no la tenían fácil. Cada sábado, después de mediodía, desaparecían para entrar en el oscuro y clandestino universo del rulero gigante. Ese ritual que transformaba rizadas cabelleras en cortinas lacias, nunca suficientemente lacias, nunca suficientemente cortinas.
"La toca" era el recurso obligado para esa época de pelo liso y como yo ya había venido con el liso de fábrica, mientras ellas mataban el tiempo esperando el momento exacto para dar vuelta sus rebeldes pelambres con el objeto de equilibrar el formato del alisado final, mientras se aplicaban a la correcta ubicación de las pincitas para que no dejaran marcas delatoras, mientras averiguaban las condiciones de humedad ambiente que podían arruinar tanto trabajo, mientras se privaban de una zambullida en pleno verano, mientras elevaban sus plegarias para que a la noche no lloviera, yo era libre.
Pero llegó ella y, desde la distancia y la ignorancia, me arruinó la vida. Ella, con su pelo rubio con volumen y cuerpo. Ella, con ese look despreocupado e informal que escondía horas de ruleros y brushing –una palabra nueva para un procedimiento nuevo– pero que daba impresión de recién despeinado.
Llegó ella y aunque era fascinante ver su sonrisa enmarcada por la cabellera al viento derrotando delincuentes junto a sus dos compañeras, terminó con mi tranquilidad y con mi lacia soberbia.
Porque mi pelo lacio-cortina no se inmutaba con ninguna maniobra que intentara ondularlo. Porque mi pelo lacio-cortina era ese lacio natural, tan irredimible y planchado que parecía una burla a la humedad. Mi pelo jamás se avendría al movimiento, el marcado de mi flequillo jamás duraría más de veinte minutos, mi cabeza no alcanzaría el volumen requerido.
Entonces, por más esfuerzos que hubiese hecho en pos de conseguir ese efecto capilar, yo volvería irremediablemente a ser yo, cual princesa que a las doce de la noche retorna a su condición de Cenicienta.
Sin embargo, era imposible no volver a verla. Era imposible no esperar su aparición en escena. Era imposible no sucumbir a su chispeante "Good morning, Charlie!". Era imposible no insistir, cada fin de semana y aun sabiéndome vencida de antemano, en lograr el peinado de Farrah Fawcett.
31.3.09
Good morning, Charlie!
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Etiquetas: al paredón, desdichas, el reino de la irrelevancia, mujeres que odio, sin anestesia
21.3.09
Eventolandia – El día después
Ayer se llevó a cabo la –espero– primera edición de MundoBloggers.
Fue una maratónica seguidilla de interesantes conferencias. Mucho encuentro con personas conocidas, muchos expositores –tal vez demasiados– y, como siempre, muchas ganas de pasar de la virtualidad a la realidad.
No voy a comentar especificidades porque seguramente se reproducirán tanto en el blog del evento como en cada uno de los espacios de los participantes y expositores.
Sí voy a hacer una reseña sintética de lo que a mí me dejó MundoBloggers.
Pensamientos laterales
• A esta altura del campeonato, me dio la sensación de que el límite entre lo real y lo virtual se hace cada vez más difuso. Hay permanentes intrusiones de un plano en el otro y cualquiera que pertenezca a redes sociales y profesionales, tenga un usuario de Twitter y sea autor de un blog está expuesto a este fenómeno en el cual lo público y lo privado se entrecruzan.
• Si de blogs se trata, creo que la tan vituperada categoría "blog personal" debería recibir un justo y merecido homenaje de desagravio. Desde donde yo lo veo, se hable de tecnología, entrepreneurship, actualidad o recetas de la nonna, el blog debe tener una identidad, emitir un mensaje personal con una voz personal, auténtica y singular. Por supuesto, es difícil aceptar que compartimos categoría con la tía que vive lejos y sube fotos de sus hijos para que el mundo los vea, con la que vuelca de manera masoquista el relato minucioso y lacrimógeno de sus desgracias amorosas, con el que mastica persistentemente su melancolía hecha poema. El medio invita al tono intimista y a la confidencia. Después de todo, no se trata de conferenciar sino de conversar... Y las conversaciones, como dice la RAE, van desde la charla familiar hasta el trato carnal. Llevado al extremo, hasta un blog corporativo debe entrar en este rango encontrando una voz que sea su propia voz.
Las buenas
• Reencontrar tanta gente conocida.
• Conocer tanta gente conocida.
• Escuchar experiencias interesantes.
Las no tan buenas
• Volver a comprobar que muchas veces quienes estamos en la línea 2.0 hablamos solamente para nosotros mísmos, en un código compartido pero de difícil acceso a los "no iniciados". Sería muy útil allanar la expresión para que llegue a más personas. No es verdad que cualquiera puede tener un blog (creo que ya lo dije). Partir de esa base es un error.
• Volver a comprobar que, con frecuencia, cuando se habla de redes colaborativas, de interacciones, de horizontalidad, se está hablando de un ideal, de una utopía que muchos de nosotros sostenemos pero que nuestros egos obstaculizan notablemente. Porque, seamos sinceros, detrás de la pasión, la constancia y la garra que le ponemos a esta actividad, siempre hay un ego hipertrófico preocupado porque el vecino no haga demasiada sombra o preocupado por superar la sombra del vecino o preocupado porque no se nuble y todas las sombras desaparezcan.
• Como siempre, estas actividades se orientan más que nada a dos o tres temas: tecnología, empresa y fenómenos web de celebridad instantánea. Es una pena que no le hagan lugar a la literatura, las artes visuales, la música y el humor.
• Que en todas las presentaciones PowerPoint, invariablemente, faltaban los signos iniciales de interrogación y exclamación (perdón, pero el español indica que lo correcto es utilizarlos).
En resumen
Fue muy bueno participar. Fue increíble el esfuerzo de los organizadores. Fue divertido, ameno y dinámico.
¡Ah! Y tengo la foto con Cumbio.
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Etiquetas: en pocas palabras, las cosas por su nombre, sin anestesia
18.3.09
11.3.09
Año electoral: "colgo" y "moiro"
A (voz ansiosa): ¿Leíste el texto de X que te mandé?
B: Ajámmm...
A (ansiedad creciente): Bueno, ¿y qué te pareció?
B: Ehmmm...
A (crisis de ansiedad): ¡Dale, decí lo que pensás!
B: Hmmm... ¿La verdad, la verdad?
A (marche nomás el ansiolítico): Sí, claro que la verdad, la verdad. ¿Para qué te creés que te lo mandé? ¡Quiero tu opinión!
B: Ok, ok... Un embole importante... Está bastante cerca de ser un impresentable, es aburrido, bruto y enroscado. Pero tengo una buena y una mala.
A (emergencia psiquiátrica): ...
B: La mala es que se le está quemando el rancho. La buena es que con tanta paja ya le alcanza para reconstruirlo.
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28.2.09
Laurita mira la tele – Recargado
Hace unos meses, el canal Sony estableció una curiosa división para sus series. Dos espacios, "Macho que se respeta" y "Mentes peligrosas", en los que se emiten los shows presuntamente "para hombres" y "para mujeres". La acción incluye separadores, gráfica especial, días determinados, tonos para celulares y unos microprogramas casi incalificables donde "machos" y "mentes" razonan y reflexionan (?).
Si la división ya de por sí es ridícula, los microprogramas se inscriben en el territorio de lo lamentable. Burdos, estereotipados y chatos, los actores –además de lidiar con sus escasos recursos– repiten textos insufribles: un varón que se pregunta cómo volver al ruedo después de un largo noviazgo, una mujer que se queja del despliegue culinario de su pareja para preparar un sandwich... Los celos, la división de tareas en el hogar, el desempeño sexual, la muy femenina pregunta "¿en qué estás pensando?", ponen a hombres y mujeres en una invariable situación de objeto para el otro. Gestos obvios como cercenarle la punta a un pepino mientras se habla de infidelidad masculina o clavarse un enorme pote de pochoclo sobre la bragueta al tiempo que se destacan las ventajas de la soledad, son apenas una muestra de los altos índices de estupidez a los que se puede llegar en uno o dos minutos.
¿La perla? Los créditos de "Macho que se respeta" mencionan –sólo– cuatro guionistas (varones, of course), mientras que las líneas de "Mentes peligrosas" le dan trabajo a siete cabezas femeninas. Dejando de lado las conclusiones sexistas acerca de quiénes son más eficientes para la pavada, si algo queda claro es que Sony Latinoamérica no escatima esfuerzos de producción.
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Etiquetas: Lau TV, observatorio televisivo
18.2.09
Ricura, ricura...
En La guaracha del Macho Camacho (1976, ¡qué año, Teté!), una novela collage de Luis Rafael Sánchez (Puerto Rico – 1936), el lenguaje cotidiano se mezcla con numerosas referencias a la realidad bilingüe de la isla, la influencia de los medios masivos, la música popular y la fuerza de la oralidad.
A lo largo del texto, una línea se repite de manera sistemática: "ricura, ricura, la vida copiando la literatura".
Hoy, cuando parece que nuestros Athos, Porthos y Aramis telúricos esperan un guiño del esquivo y solitario D'Artagnan, no pude menos que recordar esa frase de una obra clave en la literatura caribeña.
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Etiquetas: cambalache, en pocas palabras
12.2.09
El lastimoso
En la República del Paraguay, lugar donde años atrás supe (?) desempeñar algunas de mis tareas, es usual que cuando alguien tiene que disculparse o excusarse utilice, en vez de nuestro rioplatense "lamentablemente", el muy gráfico, colorido y polisémico "lastimosamente". Así, es posible escuchar un "lastimosamente, el señor xx ya se ha retirado de la oficina" o "lastimosamente, no podré asistir a la cena" o aún "lastimosamente, el vuelo a Buenos Aires fue cancelado".
Hecha esta breve introducción, vuelvo al punto que da origen a la entrada.
El lastimoso es un hombre paradojal. Ha tolerado con estoica entereza el abandono de su mujer, la incomprensión del mundo, el olvido de los hijos, los vaivenes económicos y los inconvenientes de salud. Aún así, en vez de pensar y sentir que una manada de mamuts lo orina alegremente desde el cielo –frenético extremo del "meado por los perros"–, piensa y siente que debería haber nacido en una época pasada porque no está hecho para la salvaje agresividad de nuestros días.
No hay en él el más mínimo atisbo del amor propio –por llamarlo de alguna manera– típicamente masculino. Vive solo. Realiza todos los quehaceres domésticos sin sentir que eso afecta su hombría: limpia, lava, plancha, cocina y hasta cose –en algunos ámbitos se lo conoce como "el rey del parche"– cual damisela en edad de merecer. Es ordenado, pulcro y austero. Físicamente bien conservado. En la cama zafa a fuerza de experiencia o de una que otra pastillita azul, y no hay noche apasionada que le impida correr las cortinas y revisar la llave del gas antes de entregarse a las horas de sueño reparador que cumple con rigurosa contrición.
Al contrario que la mayoría de los hombres, frente a situaciones como la crisis económica y financiera, no piensa en conseguir un aumento de sueldo sino en cómo arreglarse con menos. Por cierto, aunque podría aspirar a más, aplica una enorme dosis de energía para mantenerse donde está recortando gastos, resignando lo que a cualquier mortal le parecería bienestar y para él es superfluo, y ajustando lo que viene ajustando desde hace tiempo. Todo esto no hace más que hablar del enorme placer que le causa la inmovilidad. Si tuviese un escudo de armas en él se vería la máxima: "No derrocharás, no ensuciarás". Y yo agregaría "no progresarás".
El lastimoso, además, no sueña, no desea y no proyecta. ¿Para qué hacerlo? Un sueño lo pondría en el terreno del deseo y éste, a su vez, en el del proyecto. Todas ellas –sueño, deseo y proyecto– instancias reservadas para la voracidad que otorga la testosterona que a él parece faltarle.
No importa la edad que tenga, a pesar de su aspecto físico, este hombre siempre parece estar recorriendo el tramo final de su vida, mirando el futuro por el espejo retrovisor. Cuenta historias viejas de tiempos gloriosos, canta canciones viejas de su loca juventud, se ríe de chistes viejos que siguen pareciéndole graciosos y está rodeado de recuerdos que hacen brillar sus ojos.
En lo más profundo de su ser siente un enorme terror a la vejez y alberga la creencia de que mantenerse en ese estado conjura los efectos del paso del tiempo; entonces, termina pareciendo un hippie preservado por quién sabe qué curioso mecanismo de congelamiento y traído a un presente que no entiende y se resiste a habitar.
Sin embargo, aún con esta colección de atributos de perfecto loser, el lastimoso es un winner importante. He aquí la paradoja digna de mal jugador de tute cabrero: gana a más cuando había decidido ir a menos.
Nunca falta a su lado una mujer de treinta sensibilizada por su alta performance doméstica, una jovencita seducida por su aspecto informal y juvenil –que en realidad no es informal ni juvenil sino anacrónico–, una cuarentona maltratada por otras relaciones que cree haber encontrado en este hombre tranquilo y apacible la cura para viejas heridas. ¡Sí, encima es multitarget!
Lo cierto es que, para decirlo crudamente, inspira lástima. Y las mujeres solemos confundir lástima con ternura.
Pero, claro, el encanto dura poco. Bastará conocer su casa y asomarse a sus rígidas rutinas dignas de Esparta para advertir que hay poco espacio para enternecer y mucho para decepcionar; que las flores robadas no fueron un gesto romántico y que la comida fue casera para ahorrarse el restaurant.
Entonces habrá llegado el momento de huir en busca de horizontes más propicios y dejar a este ganador malgré soi atesorando un nuevo, reluciente y dulce recuerdo que, además de aumentar su colección y brillar junto al compendio de sus desgracias, le confirma que el éxito es una vana ilusión y que la fama es puro cuento.
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Laura Cambra
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Etiquetas: hombres modelo
