20.4.07

Comportamientos en el ascensor

Generalmente, al abordar ascensores nos encontramos encerrados en un cubículo –no importa cuán grande sea el elevador, siempre es un pequeño cubículo– con otras personas que suelen ser perfectos desconocidos. Tampoco es demasiado relevante la extensión del viaje, cuando las puertas del vehículo se cierran estamos atrapados y nuestras alternativas son muy pocas. La mayoría elige clavar los ojos en el piso o desenfocar la mirada hasta que la nuca de quien tenemos delante se hace una mancha borrosa. Los menos dan la espalda a la concurrencia y se concentran en el espejo que, invariablemente, está allí para dar una fallida ilusión de amplitud. Unos poquísimos escrutan a sus eventuales compañeros de viaje transformando esa curiosidad en una molestia extra.
Cuando el ascensor es grande y viaja lleno, algunos ensayan una media sonrisa de cortesía que no llega a ser un saludo mientras que otros se reconcentran en sí mismos decididos a no prestar ni la más mínima atención a quienes seguramente no volverán a ver en sus vidas.
Cuando el ascensor es pequeño y viaja lleno, la sensación de incomodidad se acrecienta. Hay roces, dificultades para entrar o salir y es más difícil evitar cruzar miradas con los acompañantes.
El ascensor grande a medio llenar es, tal vez, la menos tensa de las situaciones porque cada pasajero se ubica cerca de las paredes y, con mayores posibilidades de maniobra, no se estorba al prójimo, la entrada y la salida se facilitan, y hasta es posible recurrir a buscar algo en la cartera o revisar la agenda para no entrar en contacto visual ni físico con el otro.
El ascensor pequeño a medio llenar no registra diferencia con el completo. El problema es el ascensor con dos o tres personas, no importa ya si es grande, mediano o pequeño. De algún modo, los pasajeros de estos vehículos se ven compelidos a entablar algún tipo de relación mientras dura el viaje. Dada la provisoriedad del vínculo surgen temas tan irrelevantes como la precisión del parte meteorológico del día o el embotellamiento de las avenidas en las horas pico. Son apenas comentarios que evitan cualquier juicio de valor y dejan cerrada la posibilidad de la disidencia. A nadie se le va a ocurrir contradecir a un compañero de viaje que se queja del calor reinante. Ni discutir declaraciones tan contundentes como: "¡Qué humedad!" o "¡La calle es un infierno!". Menos que menos preguntar si con "infierno" se refería al calor o al tránsito.
Por lo general, son exclamaciones que como respuesta reciben apenas un monosílabo o un movimiento de cabeza –ambos afirmativos, por supuesto– luego de los cuales se considera cumplida la regla de cortesía y se espera al fin del viaje. Y si algo no hay que hacer en un ascensor es aplicar la imaginación a la búsqueda de tópicos más interesantes. Lo digo por la experiencia que paso a relatar:
En una ocasión yo debía recibir a un conocido de mi marido y conducirlo hasta el piso 23 de un edificio de lujo que me era bastante familiar. Lo esperé en el hall y, cuando llegó, abordamos el ascensor. Al cerrarse las puertas, presioné el botón del 23 y esperé un movimiento que nunca se produjo. Estábamos atrapados. Volví a presionar el botón un tanto ansiosa y apoyé la espalda sobre el frío revestimiento de acero inoxidable. Entonces me choqué con la mirada de mi ocasional acompañante. Sonreímos. El se acercó y también presionó el 23 en repetidas oportunidades. Fue apenas un instante, aunque me pareció una eternidad. Súbitamente, se escuchó el ruido de los motores y empezamos el ascenso. Entonces tuve un rapto de creatividad y dije:
–Estos ascensores nunca funcionan. Cada vez los hacen de peor calidad...
El hombre sonrió. Envalentonada con su gesto y calculando que apenas estábamos a la altura del quinto piso, seguí:
–La mitad del tiempo están fuera de servicio. No hay como los japoneses. ¡Esos sí que no fallan!
El comenzó a mirar el cubículo sin perder la expresión divertida y asintió. Ya estábamos casi llegando a destino cuando volvió a acercarse a la botonera, allí donde por lo general aparece la marca de fábrica y, mientras, señalaba las letras negras, con una pasmosa tranquilidad, susurró:
–Estos ascensores los fabrico yo.
Por suerte, no había testigos.