28.4.08

Yo avisé

Y el que avisa no traiciona.
El que se apuró lo habrá visto. El que no, y bueh... tendrá que conformarse con verlo bajar hasta desaparecer.
Sea caída libre o sea el primer síntoma de que las cosas vuelven a la normalidad, ¿quién me quita lo bailado? Al menos ya sé cómo se siente arañar un
ranking.

26.4.08

Y de repente...

Hice algo inusual: bajé hasta la última entrada de esta página y vi esas cosas que no veo nunca. Los textos que escribí hace menos de una semana (que si me pongo a leer seguro corregiría) y la congregación de etiquetitas que, bajo el título "Top nada", muestran mi profundo interés por las herramientas de medición. Grande fue mi sorpresa al advertir que una de ellas, habitualmente en blanco (lo que implica que no figuro ni a placé), mostraba un número de sólo tres dígitos. De inmediato adjudiqué semejante disparate a un error de los muchachos que, lápiz y papel en mano, hacen los misteriosos rankings. En fin, por las dudas, lo miré varias veces y todavía está ahí, muy orondo el 258.
Lectores queridos, apúrense también ustedes a comprobar la veracidad de mis dichos porque seguro que en cualquier momento los responsables advierten el error y empieza el proceso de caída libre o vuelven a colocarme en la inexistencia, allí de donde nunca debería haber salido.

23.4.08

Boxer o slip (un post que hace bulto)

La civilización y la cultura han dejado para las mujeres el arte de la ornamentación. Bajo las cremas y los afeites, tras los abalorios, cintas y encajes, gracias a los bieses, evasés, colores, adherencias o flojedades, muchas imperfecciones se disimulan (al menos para una primera impresión impactante, luego habrá que recurrir a las habilidades personales o a la piedad de la penumbra).
Del lado austero de la existencia está el género masculino. Condenados a los pantalones, las camisas y las remeras; sin mucho que hacer con su cabello (en el caso en que lo conserven), con un panorama limitado en cuanto a zapatos, abrigos y otras guarniciones, los hombres se manejan (así en lo interno como en lo externo) con un esquema binario. Y la ropa interior no escapa a esta matriz.
Evitando la pantanosa lógica de la satisfacción del deseo femenino –que responde a ciclos hormonales que jamás dibujan una constante–, el dilema es ¿boxer o slip?
¿Liberada sugerencia o presumida ostentación? ¿Fresco o apelmazado?
El tema es que, así como no cualquier mujer puede hacerle frente –o dorso– a un hilo dental, no cualquier hombre vuelve del underwear mal llevado. En todo caso, para el momento de elegir qué ponerse, ahí va una lista de leyes, postulados y principios.

1. Ley de comparación relativa de los volúmenes (conocida como "ley de la sopa fría"). Expresémoslo así: el Monte Blanco al lado del Everest es pequeño. A mayor volumen abdominal se produce una percepción óptica de significativa disminución de los volúmenes circundantes. No importa la dimensión real de lo que la prenda oculta, el slip está fuertemente desaconsejado para abdómenes prominentes (cadena asociativa: dohyo->mawashi->sumo).

2. Reformulación de las leyes newtonianas de movimiento (conocida como "¿ahora entendés el poder del push-up?"). Involucra la Ley de Gravitación Universal y el Principio de Acción y Reacción (1ª Ley de Newton)
de la siguiente manera:
a. Todo cuerpo de masa invariante tiende a responder al campo gravitatorio según una constante G (no confundir con el punto G que no es una constante). En buen romance: todo tiende a caer. Sí, eso también.

b. A toda acción corresponde una reacción de igual intensidad y signo contrario. Empíricamente, slip aprieta, contenido resalta.

3. Postulado de la tabla de lavar (conocido como "ponete lo que quieras pero sacate todo urgente"). Sólo aplicable a portadores de abdomen marcadito. ¿Hace falta otra explicación?

4. Axioma del calzón de seda (conocido como "axioma de Erasure"). Y es claramente un axioma porque no requiere demostración. Suavecito, suavecito.

5. Principio del calzón abandonado (conocido como "si me paspo, me la banco"). Aplicable solamente a aquellos que han eludido los efectos de la reformulación de las leyes newtonianas.

6. Ley de elasticidad de Hooke (conocida como "ley de Lycra®"). Originalmente concebida para el estiramiento longitudinal, esta ley postula que la deformación de un material elástico es directamente proporcional a la fuerza aplicada.


Como siempre hay una excepción para toda regla, sólo se registra un caso en el cual la elección del underwear es indistinta porque, a la hora de definir las características diferenciales de este hombre, todas las leyes precedentes son irrelevantes dado que sus atributos lo colocan en una categoría particular que responde al Principio de dominación femenina (vulgarmente conocido como "principio del sí, querida"). Y, obvio, ese tipo, use boxer o use slip, es un calzonudo.

21.4.08

Mamá tenía razón

Por lo general, no uso auto para moverme. Si quisiera hacer lo contrario estaría en un grave problema porque, en realidad, no tengo auto. De necesitarlo, apelo con la debida anticipación a la gentileza de alguno de mis hijos y normalmente me traslado en cuatro ruedas. Pero a veces las fuerzas divinas no se alinean: necesito un auto para moverme, apelo a la gentileza de mis hijos y la fórmula no resulta porque o tenían algo que hacer –ellos también en auto– o el vehículo estaba tomando un merecido descanso en el service.
Así sucedió hace unos días y mi jornada se transformó en un verdadero día de vértigo. Poco que ver con la adrenalínica sensación de velocidad. Mucho que ver con un desagradable malestar nauseoso.
Decidida a visitar a mis sobrinos se interpusiera lo que se interpusiese –porque mi obsesiva programación así lo había decretado–, concluí que ese día mi mejor amigo sería el colectivo 152.
El primer obstáculo fue el cambio. No, no junto monedas. No preveo necesitarlas. La escasez generalizada de metálico no me había hecho ni cosquillas. Hasta el momento en que, en función de conseguir unos míseros $1.40, tuve que idear una rápida estrategia de pequeñas compras con vueltos que no incluyesen billetes y ganarme así el encono no ya de un kiosquero sino de tres.
El segundo obstáculo –ya sé, lo mío es patético– fue encontrar la parada del susodicho colectivo tratando de descubrir si había más de una variante de 152 y, de haberlas, cuál de ella me llevaría más directamente a destino. Obtenida la información pertinente, abordé el vehículo, pedí mi boleto, eché las preciadas moneditas en la máquina expendedora y, papelito en mano, busqué un asiento.
Grande fue mi sorpresa cuando advertí que el único lugar libre, en vez de estar orientado en sentido de la circulación, miraba hacia atrás. Cosas de la modernidad, refunfuñé.
Debo confesar que, así como no soy muy ducha en cuanto a transporte público, soy bastante sensible a las consecuencias físicas de los traslados en diversos medios de tansporte. No me resulta viajar en el asiento de atrás de los autos, el subte me sofoca, el barco directamente me descompone y con el avión no me pasa nada porque soy delicada pero no soy idiota y viajar me encanta. Léase: cualquier mínimo desequilibrio, agitación o vaivén me produce náuseas. E ir sentada en contra del tránsito no es un mínimo desequilibrio para mi quisquillosa humanidad. Igual, en un acto de arrojo que no era otra cosa que terquedad –y algo de timidez por permanecer de pie como blanco de las miradas de todo el pasaje– me senté.
Al rato –poco rato– comenzó la sensación de mareo, la flojedad en las piernas y el extraño malestar estomacal que produce el vértigo. Igual,
aun ubicada en un lugar donde todo se aleja o se acerca de manera peligrosa e intempestiva, hube de reconocer –sin desmedro de la brutalidad con la que conduce buena parte de los colectiveros– que el mundo tiene otra perspectiva desde las alturas.
Embarcada en el colectivo, en mis pensamientos y en el creciente malestar, casi había llegado a destino. Con sumo cuidado me puse de pie y me dirigí –comme il faut– hasta la puerta trasera para tocar el timbre que haría detener al chofer en la parada –forma curiosa de definir un lugar aleatorio que está en el medio de la calle y en el medio del tránsito.
Caminé las pocas cuadras que me separaban de la casa de mi hermana y toqué el timbre de su puerta. No había podido deshacerme por completo del embotamiento y la náusea, y ella ya estaba preparada junto a sus dos retoños para salir hacia la plaza. Si mi vida de obsesiva es complicada, la de mi hermana, madre de mellizos de algo más de dos años es, en algunos sentidos, infernal. Cualquier movimiento o traslado le requiere un diagrama logístico de considerable complejidad (por suerte, ella no es obsesiva porque, dadas las circunstancias, serlo implicaría horas de planificación previa hasta para sonarse los mocos). Desde el sagrado momento del baño hasta una ingenua salida recreativa, todo requiere de compañía.
De modo que allí marchamos, ella manejando el coche doble y yo tratando de recuperarme de la experiencia colectivera. Bastó que entráramos al territorio del espacio público recreativo para que los dos niños comenzaran a expresar su indeclinable deseo de ir... ¡a la calesita! Imposible disuadirlos de subir al extraño divertimento. Avisé –más que aviso una vergonzante confesión– que la calesita me marea desde siempre. Mi hermana, ni lerda ni perezosa, me advirtió que ella experimenta la misma sensación. La primera vuelta requirió una ardua negociación para que las dos pudiésemos, correctamente sentadas en un banco, saludar el paso de los chicos, uno en el tanque, la otra en el helicóptero. Intercambiamos fraterna sonrisa de misión cumplida. Pero la vuelta terminó y una de las preciosuras insistía en señalar un caballito rosa (?) para el siguiente recorrido. No menos insistente, la mirada de mi hermana me empujaba a otra nueva experiencia de una náusea que nada que ver con Sartre. ¿Resultado? Una tía vieja padeciendo la interminable vuelta, una sobrina feliz, un caballito rosa sobrecargado, las figuras pintadas en el centro fijo del artefacto giratorio borroneándose. Y más vértigo y un inenarrable mareo gracias al cual el mundo siguió girando sin control un largo rato después de haber descendido de la calesita.
Moraleja: mi mamá tenía razón cuando, harta de mis delicadísimas costumbres y nobles caprichos, me llamaba "la princesa del poroto (o de la arveja o del guisante, según el uso de quien contara el cuento infantil)". Y como ni veinte colchones pueden evitar el moretón de una leguminosa en mi piel, para volver a mi casa me tomé el consabido taxi.

16.4.08

Este blog hoy cumple un año

15.4.08

Tres frases trasnochadas

Es bien sabido que cuando una persona está cansada es también más proclive a decir incoherencias.
Después de las tres o cuatro de la mañana una persona suele estar cansada.
Ergo, después de las tres o cuatro de la mañana una persona es más proclive a decir incoherencias.
Más allá de la correcta construcción y la validez del precedente silogismo, las siguientes tres frases fueron pronunciadas durante la madrugada del pasado domingo y demuestran que no siempre lo válido es verdadero:

  • YY es lectora artesanal de blogs.
  • XX es gay pero todavía no se enteró.
  • No leo blogs de gente que no conozco.
Queda en el tintero –por irreproducible– la charla astrológica que tuvo lugar entre tres damas y un caballero visiblemente agotados, a las ocho de la mañana del domingo frente al café con leche con medialunas.

El infeliz

El infeliz debe su existencia a la increíble capacidad machacadora de su esposa.
Es decir que, básicamente, un hombre de esta categoría no nace, se hace.
Su identidad se construye de manera lenta pero constante desde el momento mismo en que, sin la más mínima conciencia de las consecuencias, dice "sí, quiero" y se transforma en socio de una empresa a la que aporta capital y trabajo mientras que la otra parte es la encargada de imponer las ideas y gozar de las utilidades. Y aunque los indicios de daño colateral se advierten casi de inmediato bajo la forma de "Imaginate cuando nos vayamos de vacaciones a Pukhet" en la adorable voz de la recién casada, es con la llegada de los hijos cuando el perfil del infeliz se completa y consolida.
Es que, lejos de ser el remanso que él planificaba, el acontecimiento por el cual dejan de ser una feliz pareja de tortolitos y se constituyen en una incipiente familia es el desencadenante de una furiosa ola de pedidos, demandas, ambiciones y exigencias que, no importa el tono en que sean expresadas, le otorgan a un hombre promedio el título de infeliz.
Lo que en un principio eran sugerentes sueños de sofisticadas experiencias para dos –cualquier variable que en femenino elemental implicare la ecuación exótico+caro: destinos vacacionales, comidas, espectáculos, escapadas de fin de semana, etc., y que en masculino elemental es decodificada como "cualquier-cosa-más-sexo-pero-mucho-sexo"–, alcanza por obra y gracia de la utilización extorsiva de la presencia infantil niveles exasperantes.
Y el infeliz, que en el fondo es un esclavo vulnerable a la manipulación por la vía de la culpa, sigue trabajando y produciendo, ya no para las e(x)(r)óticas –dos sexos, dos lecturas– vacaciones sino para la seguidilla de rigurosa alternancia "los-chicos-y-yo" que ella impone y que incluye la escuela carísima, la colección de perfumes, el viaje a Disney, la semana de spa, la temporada de ski, la casa más grande, la ropa de marca, el viaje de egresados a Londres, los zapatos italianos, la Universidad Di Tella, el primer Botox, el auto para el "nene" (que en realidad es un desenfrenado que no conoce límites), las nuevas lolas...
Si en la década gloriosa que va de los treinta a los cuarenta el hombre alcanzó el título de grado de infeliz a fuerza de responder de manera prolija y eficiente a las demandas de su adorable cónyuge, en el decenio siguiente consigue el posgrado con honores. Aunque el desdichado no lo sepa, el signo inequívoco de ese
master en infelicidad, el que le otorga la medalla al mérito, es el momento en que la amante esposa –"tuneada" por Fendi, Juri y Prada– pronuncia el inevitable: "sos un adicto al trabajo", inicio de una catarata de reproches que, cuándo no, irán a mellar el costado culposo del infeliz, ahora acusado de ignorar y abandonar a su media naranja, no ver crecer a los hijos, ser un materialista, amar a su trabajo por sobre todas las cosas, estar siempre preocupado, no saber divertirse y disfrutar, quedarse dormido todas las noches, no mostrar interés en el sexo (porque seguro que tiene "otra", total la plata ahora le sobra para sostener una vida paralela y "yo que estuve todo este tiempo remándola con vos, ¿qué?"), toda una retahíla de recriminaciones más o menos ingeniosas de efectos devastadores que responden a la ley precristiana "palos porque bogas, palos porque no bogas".
En el mejor de los casos, luego de un tiempo prudencial de cargar con su maestría, el infeliz tomará coraje y huirá del hogar familiar para iniciar una nueva vida de placer y libertad en la que pueda disfrutar de lo que tanto le costó conseguir. La condición necesaria para esto es que pueda, no importa cómo, recuperar algo de vitalidad para sus machacados testículos.
De no lograrlo y si la suerte lo acompaña, su reciclada esposa será la que lo abandone para emprender la búsqueda de una nueva víctima.
Sin huevos y sin suerte, el infeliz estará condenado a la supervivencia en un medio hostil en el cual los reproches trascienden la órbita de la habitación matrimonial para esparcirse cual Ebola contagiando las voces de sus adorados niñitos.
Lo que es indudable es que, como esposa o como ex, lejos o cerca, con nueva pareja o mascando la soledad de su rostro plastificado, ella pondrá todo su esfuerzo en mantenerlo en la condición de infeliz. Y él, vulnerabilizado por años de maltrato, estará expuesto a todo tipo de recidivas.