18.6.08

Cuando las personas no se escuchan

Desde que tengo memoria, cualquier ocasión en que mi familia se reunía era motivo para un debate. La mesa, una tribuna. El tono siempre encendido.
Mi padre, hábil argumentador, y mi madre, que solía –aún suele– naufragar en la esgrima verbal apasionada, se embarcaban en discusiones que invariablemente tenían que ver con dos de los temas menos recomendables desde el punto de vista del protocolo social: política y fútbol. De los dos restantes, la religión no era parte de la agenda; y el dinero representaba apenas un medio necesario para conseguir cierto confort.
Si se trataba de fútbol, para el 66, el equipo de José –y de Ricardo, mi papá–, la Academia, coronaba una campaña brillante con el campeonato mundial mientras que el de mi mamá, el glorioso River Plate de mis desvelos, todavía tendría que ser objeto de las burlas contrarias y esperar unos cuantos años para festejar un campeonato.
En lo que hace a política, crecí, acostumbrada a las polémicas, consciente desde la más tierna infancia de las diferencias que separaban a los peronistas –dicho con tonito despectivo– de los radicales –sólo ocasionalmente llamados por su nombre y con frecuencia tildados de "gorilas" o, en el mejor de los casos de "contreras"– y del tinte ideológico de los diarios (en casa siempre se compró más de uno porque había que conformar a las dos partes) que, la verdad sea dicha, en algunos casos iba virando según los vientos.
Aunque no entendía por qué mis viejos se reían a carcajadas –rara vez los dos al mismo tiempo– de ese señor vestido de frac que, con un puro entre sus dedos, hablaba a una velocidad increíble de cosas que a mí me resultaban absolutamente oscuras, o mantenía supuestas conversaciones telefónicas –a la manera de un moderno asesor– con quien, después supe, era el presidente de turno, Tato fue el invitado de honor de todos los domingos a la noche, una suerte de tercero en discordia que no admitía preferencias ni brindaba consoladoras palmaditas en el hombro de ninguno de mis progenitores y que, como nadie, eludía los vericuetos de la casi siempre presente censura.
Más tarde, cuando llegaron los progamas "políticos", también me hice abonada gracias no a mi comprensión de los temas sino a mi inclaudicable esencia de "nenita de televisor".
Recuerdo la desbordante alegría de mi madre festejando el triunfo de la fórmula Illia-Perette perteneciente al partido de sus amores mientras mi padre, taciturno, paseaba su tristeza por los rincones. De esa misma época es mi recuerdo de haber escuchado por primera vez las palabras proscripto y proscripción. En cambio, Perón y Evita llegaron a mi vida mucho más tarde porque en ese momento era aconsejable no nombrarlos.
En el discurrir de los años entendí, no sin dificultad, que a veces el que estaba contento era mi papá y que, sin dudas, llegaría el momento en que la que estuviera radiante fuese mi mamá. Y lo realmente valioso es que el tener que verse las caras todos los días los transformó en adversarios conscientes de la provisoriedad de los festejos, seguros de que la celebración propia no era a costa de la humillación ajena, y de que el vencedor de hoy sería el vencido de la próxima ronda.
Hoy agradezco que no me haya tocado un hogar en el cual las etapas de euforia compartida dejaban lugar a otras de sombrío resentimiento mascullado al unísono.
Con el tiempo accedí a las discusiones, más atravesada por la pasión peronista –que ya no era mala palabra– que por la democrática tradición radical. Hoy viene a mi memoria cierto inocultable orgullo de mi padre mientras, animándome a polemizar, entrenándome para la confrontación, me desafiaba a que argumentara: "Convenceme de que tenés razón. Vamos, convenceme".
Si bien las peleas eran ásperas, la vajilla nunca perdió su lugar en la mesa y nunca presencié más que las rispideces del tajante disenso. De hecho, después de más de cincuenta años, mis padres aún piensan distinto y aún siguen juntos.
Tal vez esa convivencia sin acuerdos pero con respeto sea la razón por la cual durante todos estos días me lastimó la incomprensión, la sordera, la descalificación y la aparentemente ineludible compulsión a alinearse de una vereda o de la otra. Tal vez por eso me cuesta entender los enfrentamientos en los cuales el autoritarismo, la amenaza y la intimidación se imponen a la razón. Tal vez por eso, entiendo la democracia como la posibilidad valiosa e irreemplazable de vivir en la diferencia. Tal vez por eso, en contraposición a la costumbre heredada y alimentada por mi familia, elegí el silencio.
Es que, desde mi experiencia, cuando las personas no acuerdan no está todo mal. Cuando de verdad está todo mal es cuando las personas no se escuchan.

4 comentarios:

JUANA dijo...

Adhiero, en el silencio como purga del dolor de la Patria.

Entiendo ese dolor...hay que seguir soñando, querida hermanarquera y empezar a crear una realidad distinta, desde nuestros zapatos, como siempre lo has hecho...;)

Adhiero a la escuchatenta de las almas. Y la acción-amor por la Patria, y no por los egos inflados de uno u otro sector.

ABRAZOS SIDERALES!

Lic. Natalia Schcolnik dijo...

Laura querida, gracias por compartir estas maravillosas experiencias: la posibilidad de convivir en paz aún en dicenso! sigo admirando a tu familia y a cómo la valoras , exaltas y honras en tus post. oajalá algún día maduremos como país para poder integrar las diferencias sin tener que star excluyendo siempre a alguien y tildarlo de enemigo.
Gracias

mauli dijo...

Laura: Es muy lindo el post. Muchas familias albergaron y toleraron el disenso. Muchas sociedades pueden procesar de manera inteligente las divergencias. En cuanto al momento actual, no me duele tanto que los dirigentes hagan como que no se escuchan y repitan consignas con las líneas fuertes de su argumento; no me preocupan los discursos de barricada en medio de una crisis. Pero me mata que no haya ninguna instancia de debate verdadero, ninguna institución donde interesen las ideas y los fundamentos . Me angustia que se instigue a ahondar la diferencia sobre la base de la intolerancia y el resentimiento. Me aniquila la chicana metódica, la descalificación en todo momento, el encasillamiento. Comprendo tu silencio. Es mejor a veces. Pero también es bueno que hables como solés hablar. Por lo menos es bueno para quienes te escuchamos.

B&R dijo...

Cuanta razón tienes...pero creo que el respeto y el cariño es el pegamento que mantiene unidos a los que piensan de forma distinta. Y en la vida polícita de respeto y amor "a la patria" na de na.

Un abrazo (con permiso de Juana)