10.12.07

El homeópata

El homeópata es un hombre que entrega su afecto en pequeñísimas dosis. Casi mezquino, inveterado amarrete de cariño, deja ver sus sentimientos como quien permite, apenas, espiar por el ojo de una cerradura.
Gestos mínimos. Pocas palabras. Una mesura griega autoimpuesta y tan lejana de la desenfrenada hybris de los dioses como es posible imaginar. El homeópata es hombre de miradas profundas, gran observador y pensante como pocos, que esconde tras el laconismo un terrible temor a quedar expuesto. Al igual que el profesional de esta disciplina no tradicional, necesita de largas charlas en las que hace preguntas que la mayoría de las veces suenan descolgadas e incoherentes, del tipo: "¿Te gusta el viento?" o "¿El mar o la montaña?" y que a cualquier desprevenida le podrían sonar a test de verano de la revista Cosmopolitan pero que, en realidad, le permiten mantener una distancia "higiénica" y son clave para conformar una imagen no superficial de la interlocutora o conocer los puntos de coincidencia entre ambos sin dar información sobre sí mismo. De igual tendencia en lo que hace a gestos, el homeópata regala esporádicamente alguna caricia que suele estar más orientada a registrar el efecto causado que a disfrutar del contacto. Sólo cuando se siente seguro y cómodo, luego de horas y horas de conversación, tímidas aproximaciones y ensayos varios, atina a una expresión de afecto algo más cercana a la ortodoxia.
Cultor extremo del "menos es más", el homeópata jamás dice "te quiero" y ni se le ocurriría la grandilocuencia extrema de un "te amo" que, para él, representa la corriente "a grandes males, grandes remedios" de la que huye como de la peste.
Su austeridad tiene efectos devastadores porque la relación con el homéopata está hecha de esas cosas de apariencia insgnificante que provocan cambios profundos en la mujer que, frente a estas actitudes, termina rendida, sin posibilidad de seguir mostrándose intolerante o caprichosa ni de hacerle una escena de celos ni de realizar un ingreso triunfal en la vida de ese hombre naturalmente inmune al avance viral.
Luego de los primeros momentos de desconcierto y sintomatología exacerbada, el homeópata genera una fuerte dependencia. Su carácter calmo y reflexivo es un oasis para cualquier mujer. Sin embargo, no especula sobre el efecto que tendrán sus dosis ínfimas. Si lo hiciera, huiría despavorido ante el tsunami emocional que esos míseros "globulitos" de cariño provocan en la destinataria. Mientras controle la administración, mientras la vida se escurra a través de goteros, papeles y glóbulos, mientras no se sienta amenazado por una insoslayable aplicación alopática, permanecerá en su eje negando de manera enfática y testaruda que el amor lo ha infectado masivamente y que es una víctima de su propia medicina.

1 comentario:

B&R dijo...

No tiene que ver mucho con el contenido de tu post, pero nada más leer su título me recordó el pasaje del "Árbol de la ciencia" en el que Pío Baroja (en realidad su personaje Andres Hurtado) le cuenta a Lulu su teoría acerca del amor.
Distinguía entre la alopatía (creo que la llamaba así) y la homeopatía amorosa.La primera buscaba la curación por contrarios, por neutralización: el rubio con la morena, el flaco con la gorda, el listo con la tonta. Y la homeopatía al revés, el guapo con la guapa, el cojo con la coja, etcétera. Para llegar a la conclusión (toma ya) de que el amor era la "confluencia del instinto fetichista y del sexual"( a tomar por culo romanticismo)