21.2.08

Vocación de Carilina

¿Qué hace una madre cuando el nene se come los mocos?
Fácil: toma uno de esos pañuelitos de papel cuyo nombre comercial se ha transformado en un genérico –igual que "la gotita", "la curita", "la gillette" y "el movicom" (¡CTI y Personal agradecidos de que ahora su competencia se llame Movistar y los "movicom" hayan pasado a ser los "celu")– y, al imperativo de "soplá, nene, soplá", le limpia la nariz arrasando con todo resto de mucosidad. El infante, por su parte, si es un niño común y corriente, protesta, zapatea, se empaca, hace un berrinche y, por supuesto, no sopla sino que termina depositanto su excrecencias nasales sobre el ya endurecido puño del buzo mientras mira a su progenitora con ojitos rebeldes y victoriosos. Si, en cambio, es un nene "bien aprendido", alza la cabeza y le ofrece a la autora de sus días la pegajosa naricita para que ella se la retuerza hasta dejarla enrojecida pero libre de toda mácula.
De tanto haber padecido de pequeñas los súbitos ataques de su propia madre y de haber repetido sin piedad la afrenta con sus retoños, una significativa cantidad de abnegadas mujeres termina finalmente desarrollando un mal incurable y de una enorme potencia destructiva: la vocación de Carilina.

A partir del instante en que contraen la enfermedad, las pobres ya no sólo limpian mocos filiales sino que también se convierten en desmoqueadoras oficiales de cada hombre que se les acerca mostrando los devastadores efectos colaterales de esta patología. A saber:
Síndrome de la oreja perpetua:
Escuchá, escuchá, escuchá...
Intrascendencias egocéntricas: "Tuve un día... (seguida de cuatro horas de quejas sobre el calor reinante que ella también padeció)".
Confesiones íntimas: "No como más porotos... (seguida de un detallado resumen de las consecuencias de haberlos comido)".
Declaraciones políticamente correctas: "Mi ex es una perra... (seguida de la nómina de perrerías –obvio– que el infrascripto tolera sólo porque le conviene)".
Revisionismo histórico: "El gran amor de mi vida fue Fulanita... (seguida de relato pormenorizado de las virtudes de la tal Fulanita que seguro hace años que es un bagayo rodeado de nenitos a los que –también obvio– les limpia los mocos como cualquier hija de vecino que se precie de ser mujer y madre)".
Enfermedad del Eros alicaído:
Seamos sinceros: ¿quién puede sentirse invadido por la sensualidad después de haber escuchado tantas miserias? ¿Qué resto de espíritu lúdico-sexual sobrevive al ataque de cafetín melancólico que transforma a la mujer en el gomía que mejor cotiza? ¿Cómo sobreponerse a una escena en la cual, con insinuante atuendo, ella tiene que dar un consejo maternal? ¡En esos casos, hay que remar mucho para que no te tape el agua!
Trastornos de alimentación:
Este trastorno tiene una máxima obligatoria que opera como mecanismo compensatorio: "Si no hay revolcón, hay atracón". Cuando la cosa no da para más, el chocolate actúa de premio consuelo.
Mal de la geisha ignorada:
Nada más patéticamente enternecedor que una geisha ignorada. Remadora como pocas, ella se inmola en su misión de satisfacer deseos ajenos gozando como si fuesen propios y, luego de haber escuchado, aconsejado y soportado al príncipe del ombliguismo, continúa con su servicial tarea. Y él, sin prestarle la más mínima atención, sigue con sus interminables diatribas.
Cuadro de rigidez facial:
De tanto escuchar estupideces y sonreír, masticar ira y sonreír, tragar bilis y sonreír... parálisis facial. Al menos se puede ahorrar en Botox porque esta patología confiere una imborrable expresión de felicidad.

Entonces, ¿qué hace una mujer cuando el hombre se come los mocos?
Fácil: abre la cartera, se asegura de tener Carilinas a mano y, con cara de sorpresa y consternación, las empuja al fondo de su bolso, allí donde todo se pierde y nada se transforma. Después, al imperativo del falsamente consolatorio "¡Andá a que te cure Lola!", se manda a mudar rogando que la tal Lola sea una consumada desmoqueadora que la libere de una vez y para siempre de la condenada enfermedad.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Redacción precisa.

La imagen que se crea cuando leo textos como estos, o los de bestiaria, es la de mujeres con vidas infernales. A las que falta un peso pa' la felicidad de la no-neurosis.

Laura Cambra dijo...

Gracias por el comentario.
Apuesto por la felicidad con neurosis incluida. Y por seguir escribiendo. Porque ahí encuentro una generosa porción de felicidad.

Anónimo dijo...

Perdón. Comentario de día pajero, el mío de ayer. Hice blogcommentdischarging. Gusta lo que escribe, por eso entro de tanto en tanto pa'ver novedades.

Laura Cambra dijo...

Ja, ja. No se tome tan a pecho mi comentario que yo no me tomé a mal el suyo. Podemos disentir.
Además, la que escribe –yo– no es la misma que cuenta las historias –una mina insoportable, descarada y cruel a la que a veces envidio.
Recibido el discharge. Siga pasando Sus visitas son muy bienvenidas.

B&R dijo...

Hablas mucho de mujeres y hombres débiles, y efectivamente desde una perspectiva descarada (y descarnada). Existen y alguien tiene que contarlo.