3.7.07

El atleta

El atleta no es precisamente alguien que sale a correr con frecuencia ni que ejercita sus músculos, sudando la gota gorda en verano o despojándose de manera progresiva de la vestimenta en invierno, con pasión y constancia mientras se deja llevar por la infaltable musiquita del gimnasio y circula de aparato en aparato mirándose de reojo en los espejos.
Tampoco es aquel que dedica varias noches a la semana o el fin de semana completo a la práctica de deportes. No viene a casa con las piernas cansadas y llenas de moretones después de un campeonato de fútbol cinco. No mancha las alfombras con polvo de la cancha de tenis. No le interesan las largas y rendidoras –en términos de relaciones públicas– caminatas por los greens. Ni siquiera sabría cómo atarse un kimono para la práctica de artes marciales. No, este hombre es un atleta del sexo.
Verdadero maestro del pentatlón, se destaca en cada curiosa categoría relativa a su especialidad: "cuántos en un día", "cuántos sin sacarla", "cuántos al hilo" (categoría levemente distinta a la anterior, en la cual la marca debe ser desarrollada en el espacio de un turno común de albergue transitorio), "con cuántas mujeres a la vez", "con cuántas mujeres distintas en una semana". Además, no duda en incorporar nuevos desafíos, como la disciplina "xtreme", cuya característica principal es que tiene lugar en escenarios variados y con público cerca (auto, ascensores, aviones, cines, baños de lugares públicos, micros de larga distancia, etc.), o la "experimental", que incluye juguetes diversos, vendas, aceites, alimentos untables, ataduras y disfraces.
Pero este hombre capaz de hacernos ver el divino rostro más veces, en más formas y en más lugares de los que nuestras locas fantasías podrían jamás imaginar, rápidamente muestra la hilacha. Es que para construir su curioso ranking necesita de una voz que le confirme lo maravilloso de su desempeño. Apenas atraviesa la línea de llegada, aún antes de recuperar el aliento, comienza con las preguntas: "¿estuve bien?" (tamaño, forma, duración), "¿mejor que la vez pasada?" (ni se te ocurra no recordar), "comparado con tus anteriores parejas, ¿en qué lugar estoy?" (si no fue el mejor, no se lo digas), "¿fueron cuatro o cinco?", y con cara de falso inocente "es que perdí la cuenta" (tampoco se te ocurra comentarle que vos también porque en un momento te venció el sueño)... Y es a partir de tus respuestas que elabora una cuidadosa estadística que da cuenta de las proezas que luego se ocupará de recordarte en cada encuentro.
Como casi todo hombre, al principio es maravilloso, en particular porque encarna un modelo que sólo se puede ver en el cine, una suerte de Mickey Rourke en sus mejores épocas (las de 9 semanas y media, antes de que las inyecciones de whisky y los tragos de Botox... no, perdón, era al revés... hicieran de él una miseria humana). Con el correr del tiempo, se hace demasiado previsible. La creatividad que parecía inagotable entra en una peligrosa meseta. La resistencia ya no te resulta novedosa. La exigencia con que reasegura su virilidad cae sobre vos de una manera que ya no permite ni un mísero "dolor de cabeza" y mucho menos acepta como excusa un "día femenino". Esclavo de su rendimiento, te convierte en esclava de sus ansias de autosuperación y en relatora minuciosa de su acto repetido.
No te engañes. No sos la mujer de sus sueños. Sos, apenas, la que lo asiste para batir otra marca. Sos la jabalina que arroja, la bala que lanza, el potro sobre el que se apoya para hacer una pirueta, la barra paralela que lo sostiene cuando está por caer. Relajate. Disfrutá hasta donde el cuerpo te permita, después podés olvidarte sin culpa de que hay un hombre alrededor de esa portentosa bragueta. Total, él se lo olvidó primero.

1 comentario:

B&R dijo...

Me ha encantado. Muy bueno, tu forma de narrar es muy divertida.
Naturalmente no me identifico con el tipo (en sentido literal y etimológico de la palabra tipo). No porque no sea capaz de batir cualquier marca de las que expones, que las he batido todas (es ironía, no te tomes en serio esto último, y no porque no sea verdad, sino porque no me gusta presumir). Después de meterme en este jardin, y con la intención de salir incólume de mi propia fanfarronería (vuelve a ser broma, te reitero, esas cosas no se dicen, se hacen y ya esta). Vaya ya vuelvo otra vez, y esta vez el jardin ya parece un bosque.

Mira niña, mejor me espero a otro post para decirte algo.