30.7.07

No sos vos, soy yo

Reconozco mis limitaciones: los años, las estructuras de pensamiento que se van cristalizando, alguna que otra pequeña tara que con el tiempo adquiere dimensiones considerables, el hecho de no ser periodista ni "mujer de los medios", la timidez.
Reconozco también mis eventuales fortalezas: la curiosidad, la capacidad de adaptación a las innovaciones, una inteligencia respetable, cierta fluidez afectiva, una bajísima tasa de prejuicios y preconceptos.
Como considero que ambas, limitaciones y fortalezas, son mis activos, desde ese capital intransferible me vinculo conmigo misma y con el mundo. Desde ese capital soy asidua lectora de todo, incluido un número considerable de blogs. La semana pasada, la repetición de comentarios acerca de Twitter en muchos de los blogs que sigo, despertó mi curiosidad. Sin pensarlo demasiado, abrí una cuenta en Twitter y me transformé en usuaria. Mi ingreso en Tuitiar –la colonia argentina de Twitter– se concretó con el siguiente mensaje: "A ver cómo es esto de tuitear" –todavía no hay acuerdo acerca de la ortografía de la recién estrenada palabra.
De verdad quería ver cómo era. Hasta ese momento funcionaron a la perfección mis fortalezas. De ahí en más comencé a naufragar en mis limitaciones:
Los años que no oculto parecen ser la primera. No he visto, a excepción del respetabilísimo Peicovich, alguien más adulto –por no decir viejo– que yo, lo que me transforma automáticamente en la mujer más añosa de Tuitiar con las consecuentes colisiones idiomáticas y temáticas en un ámbito donde tener menos de cuarenta es estar para el museo en caso de contar con una historia o para el volquete si se es un recién llegado, grupo, este último, en el que me incluyo.
Las estructuras de pensamiento que se van cristalizando me llevan al viejo precepto materno "nena, contestá cuando te hablan". Los mensajes que se pierden en el aire me producen una cierta desazón. En mi anquilosada cabeza, no hay conversación si no hay intercambio y me cuesta entender que tanta palabra proferida dentro de los ciento cuarenta caracteres reglamentarios, habiendo sido leída, no provoque una respuesta.
Esto me lleva, de manera inevitable, al punto de las pequeñas taras de crecimiento lento pero constante que, a su vez, se enlazan con mi consuetudinaria e irresuelta timidez. Indecisión más timidez es una ecuación de suma cero: cero palabras. Leo mensajes, me dan ganas de contestarlos, me detengo, me pregunto si no será una imprudencia hacerlo, me respondo que si alguien escribió está abriendo la puerta a una respuesta, discuto conmigo misma diciéndome que si quisiera mi intervención se habría dirigido a mí y no lo hizo... a esa altura de mis pensamientos transcurrieron veinte mensajes más y la inmediatez que propone el medio se disolvió como un grano de sal en el agua.
Caso inverso: pienso en escribir un mensaje que da cuenta de lo que estoy haciendo, entonces, con rigidez prusiana me digo que si estoy escribiendo un mensaje debo escribir que estoy escribiendo un mensaje porque toda otra afirmación sería incorrecta. Es clarísimo, al menos para mí y después de varios intentos, que me siento idiota si digo que estoy trabajando cuando, en realidad, estoy incrustada en la ventanita del Twitterrific. Luego de varios minutos de cavilaciones, entonces, decido que ¿a quién le va a importar que yo esté trabajando, amasando pizzas o rascándome la oreja derecha mientras cebo un mate y me saco los zapatos?
Para colmo, además de tener más años de los recomendables, ser old fashioned, tímida e insegura, he cometido el peor de los pecados del universo Tuitiar: no soy periodista ni estudiante de periodismo ni "mujer de los medios", lo que me convierte en una outsider fisgona que se deleita con la parrilla de D.G., sonríe con los delirios de paltclas, presta atención a las giras de bares de un grupo en el que permanentemente se suman y se restan miembros, atiende con seriedad la poesía twitt de Peicovich y los comentarios de zanoni y guillesh; se entera de las novedades de HostelColonial y no puede evitar meter las narices en las tragedias mínimas que cada tanto relata bestiaria desde su tortita de chocolate con mantel verde.
Para complicarme aún más la estadía, Twitter requiere que uno seleccione a quién "seguir" y sea seleccionado para "ser seguido". En este mundo de following y followers se pueden leer mensajes que es imposible contestar –porque el emisor no es nuestro follower y nosotros lo estamos following–, y se pueden escribir mensajes que un interesado leerá y no podrá contestar –porque esa persona es nuestro follower y nosotros no lo estamos following.
A Tuitiar, este mundo por ahora chiquito y sesgado que despierta un enorme entusiasmo en sus pobladores y promete ser una revolución en la comunicación instantánea sólo me queda decirle una cosa:
No sos vos, soy yo. Tomémonos un tiempo y vemos qué nos pasa.

2 comentarios:

Laura Berra dijo...

Hace un par de días que ando husmeando el tuiteo (o como se llame) y no logro entender cuál es la gracia. No soy joven de edad pero trato de mantenerme al día. Esto me superó pero por suerte veo que no soy la única.
Muchos saludos,
PD: Estoy notando que tener más de 40 años es como padecer algún virus agresivo en cuyo caso, una vez detectado lo mejor es aislarlo.

Eduardo (ejmv) dijo...

Del tema concreto, no tengo ni idea... Rescato lo que me interesa? Creo que algunos (outsiders post 40) somos amantes de cosas que ya no se ven.
El intercambio (verbal, postal o electrónico), se disfraza de inmediatez, y hace promesas que, a quienes buscamos jugo dentro de la fruta, cansa ver que no se concretan. Porque suele ser una comunicación que no existe. Como la de los fotologs de chicos y chicas repletos de 'Ná que decir'.

Al margen, y lo agradezco, me despertaste del letargo... debí haber pasado por aquí más temprano :)