2.7.07

Un cuartito muy visitado

¿Ya dije que me gusta la televisión? Seguramente, aquí mismo o en el otro blog, debo haber manifestado mi amor por ese medio. Me encanta mirar esas pequeñas cosas que suceden en la pantalla. Lo que prefigura un cambio de estética, lo que inaugura una tendencia. Lo destacable por su calidad y lo que definitivamente huele mal. Lo que se repite.
En esta última categoría –lo mínimo que se repite– entran los cuartitos de enseres que aparecen tanto en series como en películas de factura norteamericana. Pequeños para ser habitación y demasiado espaciosos para ser placard. Con paredes cubiertas de estantes y estantes llenos de artículos de limpieza variados. La escenografía se completa con convenientes lavabos y una cantidad incierta de escobas, cepillos, escobillones y lampazos. Estos cubículos tan útiles para el portero tienen una utilidad mucho mayor a la hora de satisfacer súbitos e impostergables deseos sexuales.
La escena es siempre la misma: dos personas, miradas ardientes que acuerdan sin palabras, pasillo, puerta con su correspondiente cerradura, choque de cuerpos urgidos, ingreso atropellado al improvisado espacio para la intimidad, empujones consentidos, ropa que cae, el ruido de objetos que se etrellan contra el piso, jadeos, jadeos, jadeos, personaje saliendo del cuartito al tiempo que, con expresión de "yo no fui", se acomoda la ropa recién reintegrada, segundo personaje que sale del cuartitio con la misma expresión que el anterior y la ropa más acomodada, cruce de miradas cómplices y satisfechas.
Ahora bien: el portero nunca aparece, el choque de los cuerpos siempre es muy cerca de la puerta del cuartito y la puerta jamás está trabada; el interior de la habitación está iluminado e impecablemente limpio; ninguno de los protagonistas teme que sobre su cabeza caigan tres litros de lavandina, acaroína o limpiametales; la acción desconoce de manera flagrante las leyes temporales del desabotonado; nunca ninguno de los objetos que pueblan las estanterías cae sobre el pie del o la protagonista, pie que ni por casualidad ingresa violentamente en el balde del lampazo; nadie, por más concurrido que sea el pasillo contiguo, escucha el subrepticio pero ruidoso encuentro que tiene lugar dentro del cubículo y tampoco nadie advierte que esas dos personas que salen de un minúsculo espacio lo hacen como si regresaran del shopping. Aún así, con toda la fe que requiere al espectador creer en esta secuencia, siempre que la vuelvo a ver, no importa quiénes sean los protagonistas ocasionales, me lamento de que aquí no tengamos esos cuartitos tan visitados.

1 comentario:

B&R dijo...

Yo tampoco he encontrado nunca este tipo de cuartitos de limpieza higiénicos, inmaculados, insonorizados y confortables. No obstante, en la adolescencia, había "sitios ocuros" en los que dar rienda suelta a la pasión. Medio en broma y totalmente en serio, le decias a una chica, "vamos, que te llevo a lo oscuro" y medio en broma y totalmente en serio, ella solia responder "¡ja!" Pero había días que "triunfabas", y ese día se convertía en una fecha roja del calendario.