Así como para muchas cosas soy hábil, hay algunas que nunca me saldrán bien. Reconocer esas taras es, aún hoy, un duro golpe para mi carácter obsesivo. No importa si hay quien las pueda hacer por mí. Importa que yo soy inútil para esos menesteres. Aquí van algunos de mis más flagrantes "no puedo":
Pintarme las uñas de las manos. No se trata de la mano derecha bien y la izquierda mal –soy zurda–, se trata del enchastre inevitable que hago cada vez que, de puro cabeza dura, vuelvo a intentarlo. Ni el brillo me salva de las falanges endurecidas por el esmalte.
Hacerme brushing. En este punto me mata la impaciencia. Lo del mecha por mecha con el resto del pelo agarrado con un gancho no se hizo para mí. A los diez minutos me aburrí y el frizz pasó a ser tolerable.
Jugar a la escoba de quince. Me encantan los juegos de cartas. Todos. Puedo llevar la cuenta de lo que ya salió, lo que falta salir, los puntos que suma cada jugador o un fallo en una mesa de tute cabrero. Pero soy una negada para la escoba. Cuando me doy cuenta de que, en la última mano, tengo la sota de oros y el siete de velos todavía no se jugó, es porque estoy viendo al príncipe sobre la mesa y la sonrisa babeante y sobradora en la cara de mi oponente.
Detectar un lance. Quien trate de tirarme los galgos está inmediatamente reducido al lugar de penado catorce –el que murió haciendo señas– porque para cuando yo caigo en cuenta del avance, seguro se casó, tuvo hijos, se divorció, le agarró el viejazo, está tras jovencitas recién salidas de la secundaria y, encima, me recuerda con odio sólo porque cree que rechacé sus insinuaciones.
Hacer repostería. Me encanta cocinar. Preparo platos riquísimos casi con naturalidad. Cualquier ama de casa que odia el segmento culinario de las tareas domésticas es capaz de hacer un bizcochuelo. Yo no. Se me baja, se me quema, se me agruma o se me desequilibra. Para peor, la respostería es una suerte de ciencia exacta en la cual la medición de los ingredientes determina los resultados y soy horrible para pesar y medir.
El Excel. Para mí no hay nada más hermético y oracular que una planilla de cálculo. Cualquier intento de operar esa aplicación que media humanidad considera sencilla, práctica y ágil me resulta una tarea ímproba empezando porque me cuesta diferenciar filas de columnas –tengo que pensarlo, aunque sea un instante– y ni hablar de las fórmulas que mágicamente arrojan resultados misteriosos en lugares impensados.
Hacer nuevos amigos. Entre la timidez y la distracción, siempre doy la imagen de alguien que se apuna ni bien se sube a un banquito de cocina. Es difícil explicarle a los demás que no me siento por encima de nada, que no soy antipática ni altanera y que, si pudiera romper el hielo, todos nos divertiríamos mucho más. La mayoría de las veces, frente a un grupo de recién conocidos, las palabras se me apelotonan en la boca, tartamudeo y sonrío como una perfecta idiota. Indudablemente, el desenfado no es lo mío.
La diplomacia. Este ítem se encadena, por oposición, con el anterior. Así como no me sale ser simpática, me brota con notable eficacia ser sincera hasta la insolencia. Mis proverbiales caras de incomodidad dan que hablar en más de una ocasión. Así como cuando me siento bien, después de un rato, se me nota; cuando me siento mal mi cara lo refleja de manera inocultable. Por lo tanto, la diplomacia –que consiste en poner cara de poder caminar hasta Luján calzando zapatos dos números más chicos– me resulta imposible de sostener. Más tarde o más temprano, mi lengua se desatará para ponerse a tono con mis pies martirizados y expresar sin ambages lo que me molesta.
Planchar. O está muy fría y pasa sin dejar huella o está muy caliente y deja un rastro de incipiente achicharramiento sobre la tela. ¡Ni qué hablar de la misteriosa técnica que permite desarrugar una camisa sin que la tarea tenga que volver a comenzar cada vez que creo haber terminado! O de vapores y rociadores que, supuestamente, facilitan el trámite. La plancha es un electrodoméstico gobernado por demonios chiquitos y traviesos. Lo único seguro es que, plancha en mano, me impaciento, me enojo y me quemo.
Hasta aquí una reseña de mis fracasos garantizados.
30.9.07
Fracaso garantizado
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Laura Cambra
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Etiquetas: diario de una obsesiva
28.9.07
Porque me gusta




Andy Cambra
"Manual de Instrucciones" – Alelos
20x20 – Técnica mixta – 2004
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27.9.07
Duda existencial
¿El "Hombre de Olé bajo el brazo" es un "Macho que se respeta" y que usa Axe?
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23.9.07
RRR – Régimen de recategorización de relaciones – Versión femenina – Parte III
Capítulo 3: Régimen ampliado
Son vínculos estables –aun dentro de cierta precariedad que algunos de ellos mantienen–, con presencia de compromiso afectivo y con el entorno de las partes. Algunas de las categorías conllevan un downsize de estadios precedentes y otras representan un upgrade de las categorías clásicas.
1. Pareja
La condición imprescindible para esta categoría es la convivencia. Estabilidad sin papeles. Sociedad de hecho. Vínculo que, con el tiempo, adquiere el mismo estatuto que el matrimonial con la particularidad de que, en caso de que ambas partes decidan formalizar, es frecuente un importante desequilibrio que puede llevar a la ruptura. Hay pleno derecho de familia política, planificación familiar, proyectos conjuntos y responsabilidades compartidas. Sufre los mismos desgastes que el matrimionio: rutina, disminución o pérdida del deseo, etc. (para qué nombrarlos si todos sabemos de qué se trata).
2. Camafuera
Como su nombre lo sugiere, excluye la convivencia. Sin embargo, esta característica, lejos de implicar cierta renuencia al compromiso, tiene como objetivo fortalecer el vínculo y regularizarlo de una manera peculiar para establecer una rutina que, con acuerdo explícito o tácito de las partes, contribuya a sostener una relación saludable. Esta categoría es, tal vez, la más elegida por mujeres que han tenido una experiencia matrimonial previa.
3. ADAR
El ADAR –amigo con derecho a roce, versión en español del friend with benefits– constituye uno de los vínculos más entrañables que puedan concebirse dado que en él se juegan cuestiones como la lealtad, la honestidad y la contención, sin dejar de lado la seducción, la pasión y el compromiso entre las partes. Ciertamente, requiere de una gran capacidad para dejar de lado sentimientos mezquinos como los celos o la competencia. El ADAR es un compendio de las mejores cualidades de cada categoría y no es extraño que, con el paso del tiempo, el formato de la relación pase por diferentes etapas pudiendo consolidarse hasta límites insospechados. Un punto a tener muy en cuenta como señal de alarma es el momento en que los involucrados comienzan a hacer proyectos a futuro. En caso de que dichos planes sean conjuntos, habrá un salto cualitativo. Cuando, en cambio, corresponden sólo a una de las partes, lo más probable es que sobrevenga un quiebre luego del cual será muy difícil retornar al estado anterior.
4. Fénix
Si donde hubo fuego, cenizas quedan, de allí resurge el fénix. Un amor que retorna, reciclado como para reeditar los mejores momentos compartidos o que vuelve para dar curso a alguna asignatura pendiente. El fénix trae buenos recuerdos, es comprensivo con las marcas del paso del tiempo y hace gala de un romanticismo al que pocas mujeres pueden resistirse. Por su fuerte efecto rejuvenecedor, se transforma en una instancia imprescindible en la vida de cualquier persona.
5. Recidivado
Dos lemas rigen esta categoría: "mejor malo conocido que bueno por conocer" y "peor es nada". La recidiva, como el recrudecimiento de una enfermedad, viene de la mano de un ex-algo que, a pesar de traer a la memoria experiencias no muy gratas, llega en el momento en que las defensas están bajas, la necesidad es acuciante y la autoestima hizo mutis por el foro. A diferencia del fénix, que vendría a ser algo así como comida a la carta, el recidivado es un combo recocido, grasiento y envuelto en papel barato. Si la resilencia es la capacidad del ser humano para sobreponerse a las dificultades y aprender de los errores, eso es, justamente, lo que al recidivado le falta, omite o desoye con el solo objeto de cubrir un hueco sin tener en cuenta que, luego de la experiencia, lo único que habrá conseguido es ahondar la insatisfacción.
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RRR – Régimen de recategorización de relaciones – Versión femenina – Parte II
Capítulo 2: Régimen simplificado
Son vínculos fast-food (que a veces caen tan pesados como un BigMac pero son igual de tentadores e inevitables), de máxima movilidad, fuerte escalabilidad y notoriamente reversibles.
1. Transa simple
Besuqueo, manoseo y sexo rápido y furioso UNA SOLA VEZ. Pocas preguntas, datos filiatorios incompletos (¿para qué cargarse de información inútil?), locaciones inusuales, adrenalina pura y cuestionamientos nulos. Alta probabilidad de repetición. Por lo general, si el índice de satisfacción fue relevante, hay reincidencia por acuerdo tácito.
2. Transa reiterada
Besuqueos, manoseos y sexo rápido y furioso en más de una ocasión a condición de que el vínculo no adquiera regularidad, porque eso significaría haber avanzado a otra instancia del escalafón, ni intimidad; lo que equivale a afirmar que ambas partes deben mantener prudente silencio acerca de su historia y circunstancias personales. Mayor incidencia de los juegos de seducción que en la categoría anterior.
3. Transa múltiple
Transa simple que involucra más de dos participantes o, según otra perspectiva, un número variable de transas simples sucesivas –específicamente casos de largas noches de desborde psicofísico con o sin agregado de sustancias estimulantes–. Dado que persisten las divergencias en cuanto a esta clasificación, se tomará como válida cualquiera de las dos alternativas. Cierta procacidad es bienvenida.
4. Touch and go
Transa que, por obra de cierta repetición rítmica, ha adquirido sistematicidad pero que aún mantiene un bajo grado de compromiso afectivo y con el entorno de las partes. No necesariamente es un vínculo clandestino pero sí goza de atractivos adicionales como la ausencia de planificación, la fuerte incidencia de los juegos de seducción y el factor sorpresa.
5. Multipropósito
Este modelo de relación viene con caja de herramientas incluida y un señor dispuesto a arreglar enchufes, cambiar cueritos o cortar el pasto –literal y metafóricamente. Dado que el acuerdo implica un intercambio más una contraprestación no remunerativa, los índices de familiaridad e intimidad muchas veces terminan conspirando contra la continuidad de la relación y como a veces no ofrece nada que un buen seguro del hogar no provea, si el bonus no constituye un diferencial, es mejor finalizar el vínculo.
Próximos capítulos: Régimen ampliado – Bajas definitivas – Notas aclaratorias – Escalafón
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RRR – Régimen de recategorización de relaciones – Versión femenina – Parte I
Introducción
Los vínculos de las mujeres con los hombres han alcanzado tal grado de complejidad y matices que se hace necesaria una recategorización cuyo propósito es elaborar una normativa abarcadora para determinar grados de compromiso bilateral e inclusión de terceros. En este primer apartado se analizará el nuevo régimen desde el punto de vista femenino.
Capítulo 1: Categorías clásicas
Comprende las relaciones tradicionales. De relativa movilidad y escalabilidad, sólo en algunas ocasiones son reversibles.
1. Amigo
Esta relación admite conversaciones de temas diversos sin exclusión: desde relaciones amorosas con comentarios desprejuiciados hechos por cualquiera de las dos partes, circunstancias laborales o sucesos cotidianos, hasta filosofía hermética, técnicas de relajación o universos alternativos. Su característica principal es la ausencia de seducción entre las partes que, para que el vínculo sea estable, deberá ser completamente recíproca.
2. Novio
La denominación de esta categoría proviene casi exclusivamente del entorno. Si bien en otros tiempos fue una de las relaciones más prestigiosas, en la actualidad refiere a diversos formatos más o menos difusos: el "amiguito" de la prepubertad, el "amigovio" de la adolescencia temprana; el "chongo" de la juventud o "el tipo con el que sale la vieja" en la mediana edad ("el novio de mi mamá" dicho en tono despectivo por un hijo adolescente). Los nuevos usos y categorías han vaciado de sentido este tipo de relación transformándola en un comodín útil a la hora de etiquetar de manera civilizada otras clases de vínculos.
3. Marido
Tres condiciones deben cumplirse para que esta relación pueda identificarse como tal: libreta, interacción con las respectivas familias de origen –pleno derecho de la familia política– y convivencia bajo el mismo techo. Si alguna de ellas no está dada nos encontraremos frente a una usurpación de categoría que, muchas veces, implica un falso upgrade de la categoría "pareja".
4. Amante
Casi en desuso por requerir de un alto grado de compromiso de las –al menos– tres partes actoras. La condición imprescindible para su existencia es el adulterio. Se presenta en dos formatos tipo: mujer soltera con amante casado o mujer casada con amante de cualquier estado civil. En el primer caso, se trata de un vínculo cuya duración y estabilidad depende de la aquiescencia tanto de quien es portadora de la cornamenta –que, aunque sea la última en enterarse, siempre se entera–, como de aquella que por circunstancias diversas se constituye en "la otra", pudiendo llegar a transformarse en una sociedad duradera –ligada por un único factor– en la cual ambas partes femeninas cumplen roles complementarios sin superponerse, garantizando así la supervivencia indefinida del vínculo. El segundo caso se presenta como una situación más precaria e inestable, de menor desarrollo temporal y, en la mayoría de los casos, de resolución definitiva por divorcio o por suspensión de la relación extraconyugal.
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19.9.07
No hay hombres
Mujeres de todas las edades no dudan en pronunciar esas tres palabras para luego entrar en una larga argumentación que da cuenta de los motivos por los cuales consideran que el género masculino está en franca desaparición. El anecdotario sobre el que se sostiene la hipótesis de la trágica merma es variopinto pero, realmente, no alcanza para validar la conclusión.
Que están más histéricos cada día es una versión generalizada. Que van tras turgentes jovencitas desprejuiciadas es tema de las que han entrado en lo que suele llamarse, no sin cierta sorna, "mediana edad". Que les agarró el viejazo, de las esposas despechadas. Que no quieren compromiso, de las de treinta y sin pescar. Que sólo las quieren para divertirse, de las que no blanquean que sólo los quieren por la billetera... Y siguen las firmas.
Y claro que no hay hombres. Aunque las estadísticas digan que son apenas un poco menos que las mujeres, no hay hombres. Al menos, no la clase de hombres que ellas quieren.
Es que la mayoría de las mujeres sueñan con hombres que...
... soporten el feminismo más recalcitrante (aunque después los descarten porque "no me abrió la puerta del auto" o "tuve que pagar la mitad de la consumición").
... se banquen las indagatorias acerca de cuánto tienen y cuál es la cuota de alimentos que recibe la ex (aunque después les taladren la cabeza con la intención de que dejen de cumplir con sus obligaciones).
... pidan permiso para dar un beso (para después acusarlos de inseguros o, lo que es peor, poco masculinos).
... no pidan permiso para dar un beso (para después tratarlos de machistas e imprudentes).
... pongan la firma en la libreta roja (aunque ellas, muy orondas, hayan dicho que estaban dispuestas a una relación abierta e incluso a un touch and go).
... se banquen en cada salida el relato de la descarnada competencia por la equidad laboral de una mina que le refriega todo el tiempo que es jefa de veinticinco varones y los tiene zumbando (aunque cuando les toca a ellos contar sus historias terminan teniendo que soportar una diatriba acerca de la igualdad de derechos en el ámbito laboral).
... renuncien a la costumbre típicamente masculina de mirar, aunque sea de reojo, los atributos del ir o el venir de otras mujeres (aunque cuando no miran a nadie sean blanco de sospechas de todo tenor).
... soporten los vaivenes hormonales (aun cuando nunca pero nunca son explicitados y, en cambio, muchas veces utilizados como excusa).
... las satisfagan sexualmente siempre (para que cuando confiesen haber recurrido a las pastillitas mágicas sea sólo para recibir a cambio una mayúscula escena, lágrimas incluidas, porque "no te excito lo suficiente").
... decidan mostrarse como seres normales que no todos los días tienen el mejor día (para que cuando lo hacen reciban a cambio una mayúscula escena, lágrimas incluidas, porque "no te excito lo suficiente").
... encuentren una respuesta satisfactoria para la disyuntiva boxer/slip que ellas imponen (aunque siempre queden en off side).
... tengan la palabra correcta para una mujer que frente al espejo lanza la típica "estoy gorda" (pero que serán condenados a la hoguera si dicen que "y.. sí, te vendría bien bajar unos kilitos" o "no, mi amor, estás preciosa").
... sean buenos padres, tiernos y atentos (pero no de los hijos que tuvieron con la ex).
... acepten transformarse en muñecos inflables (aunque después los dejen por dominados, pollerudos y sí-querida).
¡Y qué suerte que no hay ESOS hombres!
¡Y qué suerte que, para las que los saben ver, hay varones que no se dejan llevar por el inveterado gataflorismo de la mujer moderna!
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Etiquetas: las cosas por su nombre


