20.3.08

El "Epaminondas"

Hace mucho tiempo –y mucho quiere decir mucho– un cuento tradicional, repetido hasta el cansancio, deleitaba mi fantasía infantil y, a diferencia de la mayoría de los relatos de ese género, hacía que me desternillara de risa.
Epaminondas, la mamá y la madrina eran los protagonistas. Al parecer, estas mujeres, muy atareadas con las labores domésticas, habían tomado al niñito como mensajero (¡Dos tremendas vagas!) y lo tenían de acá para allá llevando y trayendo cosas.
Con monumental voluntad (eso no puede negársele) Epaminondas iba y venía. Primero fue un bizcocho y la infaltable recomendación de la madrina: "No lo pierdas, apretalo fuerte". Tan fuerte lo apretó –tan al pie de la letra cumplió con la indicación– que, obviamente, llegó a manos de la madre hecho migajas. Entonces enfrentó el dedito admonitorio: "No, no es así. Lo que tenés que hacer es ponerlo dentro del sombrero, luego ponerte el sombrero y caminar hasta casa, la cabeza erguida, bien derechito y sin detenerte". La siguiente vez, atento a lo que le había dicho su progenitora, Epaminondas cumplió. Cuando su madrina le dio el pan de manteca, lo puso dentro de su sombrero, se colocó el sombrero y caminó derecho a casa con la cabeza erguida. En la puerta de su hogar, chorreando hasta la cintura manteca derretida, chocó nuevamente con la creciente ira de la madre: "¡Pero, Epaminondas! ¿Cómo hay que decirte las cosas? (Claramente, mujer, claramente) Para que no te pase lo que te pasó, tenés que envolver la manteca en hojas frescas y mojarla en cada una de las fuentes que encuentres en el camino". Con su habitual aplicación, el chiquito anotó en la memoria el consejo y en la siguiente visita a la madrina lo puso en práctica bañando en cada fuente al vivaz cachorrito que la atenta mujer le había regalado. Sin perder la sonrisa y esperando la felicitación de la autora de sus días por haber cumplido tan estrictamente con las indicaciones, Epaminondas le mostró el perrito que, medio muerto de tanto baño frío, tiritaba entre sus manos. "¡Hijo mío!", dijo la mujer al borde del llanto, "¿Qué has hecho de la inteligencia que te di cuando te traje al mundo? (La verdad, podría haberle dado un poquito más, ¿no?) El pobre animal debería haber venido caminando alegremente a tu lado y lo único que tenías que hacer era poner una cuerda alrededor de su cuello para que no escapara". Optimista hasta la exasperación, Epaminondas registró la fórmula y decidió que la próxima vez que visitase a su madrina se reivindicaría con su iracunda madre cumpliendo a rajatabla con las instrucciones. Y lo hizo. Por supuesto, lo que llevaba no era un perrito sino un dorado y crujiente pan casero recién horneado que, atado con una cuerda, arrastró y revolcó por todos los rincones del camino haciendo del alimento un bollo descascarado y lleno de barro que no se podía comer. "¡Desde este momento", fue el grito furioso de la madre, "tenés prohibido salir de casa! Soy yo la que iré a todos lados para asegurarme de que no cometas más sandeces".
Y llegó la oportunidad de que la madre, finalmente, se hiciera cargo del servicio de mensajería. Antes de salir, había horneado unos hermosos pasteles de frutas. Cinco, para ser más precisa. Y los colocó en la puerta de su hogar para que se enfriaran. "Epaminondas", dijo a su retoño antes de partir, "cuidá que el gato no se coma los pasteles y, si tenés que salir, fijate de pasar bien por encima de ellos con mucho cuidado", tras lo cual salió, tranquila y oronda, a hacer sus tareas.
Decidido a, por una vez, hacer bien las cosas, Epaminondas atravesó la puerta para ir al jardín no sin antes recordar las palabras de su madre; entonces, con enorme cuidado, estampó un pie en el centro de cada pastel. Y después se sentó a admirar su obra.
El final del cuento, jamás dicho pero claramente sugerido, era una paliza (cosas de cuentos tradicionales porque en nuestra época lo que se impondría es una consulta a un terapeuta familiar para resolver los problemas de comunicación y una batería diagnóstica de tests para constatar la inteligencia del mocoso).
Ahora bien, Epaminondas no es un caso aislado. Hay hombres que funcionan así: entre dos mujeres (usualmente madre y esposa), esperando un gesto de aprobación que nunca llega y cumpliendo órdenes que no satisfacen a nadie.
¿Hace falta que lo explique mejor?

1 comentario:

B&R dijo...

Muy bueno. La forma en la que está escrito me recuerda el "Libro de los Enxiemplos del Conde Lucanor et de Petronio". Desempolvo el librito del primer curso del Bachillerato Unificado POlivanlente, y leo el prólogo del noble castellano: "este libro compuesto de las más apuestas palabras que yo pude, et entre las palabras entremetí algunos exiemplos de que se podrían aprovechar los que los oyeren. Et esto fiz segund la manera que fazen los físicos, que quando quieren fazer alguna melizina, que aproveche al fígado por razón que naturalmente el fígado se paga de las cosas dulçes, mezclan con aquella melezina que quieren melezinar el fígado, açucar o miel o alguna cosa dulçe; et por el pagamento que el fígado a de la cosa dulçe, et tirándola para sí, lieva con ella la melezina quel a de aprovechar".

Pues eso, verdades con miel, que son más llevaderas