15.4.08

El infeliz

El infeliz debe su existencia a la increíble capacidad machacadora de su esposa.
Es decir que, básicamente, un hombre de esta categoría no nace, se hace.
Su identidad se construye de manera lenta pero constante desde el momento mismo en que, sin la más mínima conciencia de las consecuencias, dice "sí, quiero" y se transforma en socio de una empresa a la que aporta capital y trabajo mientras que la otra parte es la encargada de imponer las ideas y gozar de las utilidades. Y aunque los indicios de daño colateral se advierten casi de inmediato bajo la forma de "Imaginate cuando nos vayamos de vacaciones a Pukhet" en la adorable voz de la recién casada, es con la llegada de los hijos cuando el perfil del infeliz se completa y consolida.
Es que, lejos de ser el remanso que él planificaba, el acontecimiento por el cual dejan de ser una feliz pareja de tortolitos y se constituyen en una incipiente familia es el desencadenante de una furiosa ola de pedidos, demandas, ambiciones y exigencias que, no importa el tono en que sean expresadas, le otorgan a un hombre promedio el título de infeliz.
Lo que en un principio eran sugerentes sueños de sofisticadas experiencias para dos –cualquier variable que en femenino elemental implicare la ecuación exótico+caro: destinos vacacionales, comidas, espectáculos, escapadas de fin de semana, etc., y que en masculino elemental es decodificada como "cualquier-cosa-más-sexo-pero-mucho-sexo"–, alcanza por obra y gracia de la utilización extorsiva de la presencia infantil niveles exasperantes.
Y el infeliz, que en el fondo es un esclavo vulnerable a la manipulación por la vía de la culpa, sigue trabajando y produciendo, ya no para las e(x)(r)óticas –dos sexos, dos lecturas– vacaciones sino para la seguidilla de rigurosa alternancia "los-chicos-y-yo" que ella impone y que incluye la escuela carísima, la colección de perfumes, el viaje a Disney, la semana de spa, la temporada de ski, la casa más grande, la ropa de marca, el viaje de egresados a Londres, los zapatos italianos, la Universidad Di Tella, el primer Botox, el auto para el "nene" (que en realidad es un desenfrenado que no conoce límites), las nuevas lolas...
Si en la década gloriosa que va de los treinta a los cuarenta el hombre alcanzó el título de grado de infeliz a fuerza de responder de manera prolija y eficiente a las demandas de su adorable cónyuge, en el decenio siguiente consigue el posgrado con honores. Aunque el desdichado no lo sepa, el signo inequívoco de ese
master en infelicidad, el que le otorga la medalla al mérito, es el momento en que la amante esposa –"tuneada" por Fendi, Juri y Prada– pronuncia el inevitable: "sos un adicto al trabajo", inicio de una catarata de reproches que, cuándo no, irán a mellar el costado culposo del infeliz, ahora acusado de ignorar y abandonar a su media naranja, no ver crecer a los hijos, ser un materialista, amar a su trabajo por sobre todas las cosas, estar siempre preocupado, no saber divertirse y disfrutar, quedarse dormido todas las noches, no mostrar interés en el sexo (porque seguro que tiene "otra", total la plata ahora le sobra para sostener una vida paralela y "yo que estuve todo este tiempo remándola con vos, ¿qué?"), toda una retahíla de recriminaciones más o menos ingeniosas de efectos devastadores que responden a la ley precristiana "palos porque bogas, palos porque no bogas".
En el mejor de los casos, luego de un tiempo prudencial de cargar con su maestría, el infeliz tomará coraje y huirá del hogar familiar para iniciar una nueva vida de placer y libertad en la que pueda disfrutar de lo que tanto le costó conseguir. La condición necesaria para esto es que pueda, no importa cómo, recuperar algo de vitalidad para sus machacados testículos.
De no lograrlo y si la suerte lo acompaña, su reciclada esposa será la que lo abandone para emprender la búsqueda de una nueva víctima.
Sin huevos y sin suerte, el infeliz estará condenado a la supervivencia en un medio hostil en el cual los reproches trascienden la órbita de la habitación matrimonial para esparcirse cual Ebola contagiando las voces de sus adorados niñitos.
Lo que es indudable es que, como esposa o como ex, lejos o cerca, con nueva pareja o mascando la soledad de su rostro plastificado, ella pondrá todo su esfuerzo en mantenerlo en la condición de infeliz. Y él, vulnerabilizado por años de maltrato, estará expuesto a todo tipo de recidivas.

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