21.4.08

Mamá tenía razón

Por lo general, no uso auto para moverme. Si quisiera hacer lo contrario estaría en un grave problema porque, en realidad, no tengo auto. De necesitarlo, apelo con la debida anticipación a la gentileza de alguno de mis hijos y normalmente me traslado en cuatro ruedas. Pero a veces las fuerzas divinas no se alinean: necesito un auto para moverme, apelo a la gentileza de mis hijos y la fórmula no resulta porque o tenían algo que hacer –ellos también en auto– o el vehículo estaba tomando un merecido descanso en el service.
Así sucedió hace unos días y mi jornada se transformó en un verdadero día de vértigo. Poco que ver con la adrenalínica sensación de velocidad. Mucho que ver con un desagradable malestar nauseoso.
Decidida a visitar a mis sobrinos se interpusiera lo que se interpusiese –porque mi obsesiva programación así lo había decretado–, concluí que ese día mi mejor amigo sería el colectivo 152.
El primer obstáculo fue el cambio. No, no junto monedas. No preveo necesitarlas. La escasez generalizada de metálico no me había hecho ni cosquillas. Hasta el momento en que, en función de conseguir unos míseros $1.40, tuve que idear una rápida estrategia de pequeñas compras con vueltos que no incluyesen billetes y ganarme así el encono no ya de un kiosquero sino de tres.
El segundo obstáculo –ya sé, lo mío es patético– fue encontrar la parada del susodicho colectivo tratando de descubrir si había más de una variante de 152 y, de haberlas, cuál de ella me llevaría más directamente a destino. Obtenida la información pertinente, abordé el vehículo, pedí mi boleto, eché las preciadas moneditas en la máquina expendedora y, papelito en mano, busqué un asiento.
Grande fue mi sorpresa cuando advertí que el único lugar libre, en vez de estar orientado en sentido de la circulación, miraba hacia atrás. Cosas de la modernidad, refunfuñé.
Debo confesar que, así como no soy muy ducha en cuanto a transporte público, soy bastante sensible a las consecuencias físicas de los traslados en diversos medios de tansporte. No me resulta viajar en el asiento de atrás de los autos, el subte me sofoca, el barco directamente me descompone y con el avión no me pasa nada porque soy delicada pero no soy idiota y viajar me encanta. Léase: cualquier mínimo desequilibrio, agitación o vaivén me produce náuseas. E ir sentada en contra del tránsito no es un mínimo desequilibrio para mi quisquillosa humanidad. Igual, en un acto de arrojo que no era otra cosa que terquedad –y algo de timidez por permanecer de pie como blanco de las miradas de todo el pasaje– me senté.
Al rato –poco rato– comenzó la sensación de mareo, la flojedad en las piernas y el extraño malestar estomacal que produce el vértigo. Igual,
aun ubicada en un lugar donde todo se aleja o se acerca de manera peligrosa e intempestiva, hube de reconocer –sin desmedro de la brutalidad con la que conduce buena parte de los colectiveros– que el mundo tiene otra perspectiva desde las alturas.
Embarcada en el colectivo, en mis pensamientos y en el creciente malestar, casi había llegado a destino. Con sumo cuidado me puse de pie y me dirigí –comme il faut– hasta la puerta trasera para tocar el timbre que haría detener al chofer en la parada –forma curiosa de definir un lugar aleatorio que está en el medio de la calle y en el medio del tránsito.
Caminé las pocas cuadras que me separaban de la casa de mi hermana y toqué el timbre de su puerta. No había podido deshacerme por completo del embotamiento y la náusea, y ella ya estaba preparada junto a sus dos retoños para salir hacia la plaza. Si mi vida de obsesiva es complicada, la de mi hermana, madre de mellizos de algo más de dos años es, en algunos sentidos, infernal. Cualquier movimiento o traslado le requiere un diagrama logístico de considerable complejidad (por suerte, ella no es obsesiva porque, dadas las circunstancias, serlo implicaría horas de planificación previa hasta para sonarse los mocos). Desde el sagrado momento del baño hasta una ingenua salida recreativa, todo requiere de compañía.
De modo que allí marchamos, ella manejando el coche doble y yo tratando de recuperarme de la experiencia colectivera. Bastó que entráramos al territorio del espacio público recreativo para que los dos niños comenzaran a expresar su indeclinable deseo de ir... ¡a la calesita! Imposible disuadirlos de subir al extraño divertimento. Avisé –más que aviso una vergonzante confesión– que la calesita me marea desde siempre. Mi hermana, ni lerda ni perezosa, me advirtió que ella experimenta la misma sensación. La primera vuelta requirió una ardua negociación para que las dos pudiésemos, correctamente sentadas en un banco, saludar el paso de los chicos, uno en el tanque, la otra en el helicóptero. Intercambiamos fraterna sonrisa de misión cumplida. Pero la vuelta terminó y una de las preciosuras insistía en señalar un caballito rosa (?) para el siguiente recorrido. No menos insistente, la mirada de mi hermana me empujaba a otra nueva experiencia de una náusea que nada que ver con Sartre. ¿Resultado? Una tía vieja padeciendo la interminable vuelta, una sobrina feliz, un caballito rosa sobrecargado, las figuras pintadas en el centro fijo del artefacto giratorio borroneándose. Y más vértigo y un inenarrable mareo gracias al cual el mundo siguió girando sin control un largo rato después de haber descendido de la calesita.
Moraleja: mi mamá tenía razón cuando, harta de mis delicadísimas costumbres y nobles caprichos, me llamaba "la princesa del poroto (o de la arveja o del guisante, según el uso de quien contara el cuento infantil)". Y como ni veinte colchones pueden evitar el moretón de una leguminosa en mi piel, para volver a mi casa me tomé el consabido taxi.

2 comentarios:

Anab dijo...

¡Ja, ja, ja!. No puedo, me va a dar algo. Que guasa tienes.
Risas aparte, quiero que sepas que me solidarizo contigo en cuanto a lo de viajar en el sentido contrario al de la circulación, a mi también me marea, y aprovecho esta tribuna, para hacerlo público, sin avergonzarme. ¡YO TAMBIÉN ME MAREO Y TENGO NAUSEAS, CUANDO VIAJO EN EL SENTIDO CONTRARIO AL DE LA CIRCULACIÓN!.
Besos a tus sobrinos, y solidaridad gemelar con tu hermana. Yo creo que nos vamos a ganar el cielo atendiendo a esos rebeldes.
Besos

Andy Cambra dijo...

Tengo una foto que da fe de los hechos relacionados a un caballo rosa. Eso sí, quiero dejar caro que la persona más "mareable" de la familia, soy yo, inclusive en los poco convenientes aviones. Igual, la próxima vez que te toque venir a casa mirando hacia el pasado, avisame y no vamos a la calesita, descansamos un poco y me ordenás la heladera.