15.6.07

En serio

El género masculino, pongámosle, "tradicional" es muy pudoroso con sus sentimientos más profundos. Ha sido educado para el estoicismo y la moderación de sus emociones. Para proteger y proveer. Para lo concreto y lo pragmático.
El género femenino, en cambio, tan revolucionado –por el feminismo y la ocupación de nuevos espacios– y revolucionario –sólo una mujer comprende el taladro en que puede convertirse otra mujer para la cabeza de un hombre–, parece traer genéticamente marcada la aptitud para desnudar sus emociones, muchas veces sin cauce –aunque a menudo con causa–, y expresarlas con impúdica libertad.
Allí donde una mujer juega su "drama", tanto si es relevante como si se trata de algo provisorio y fugaz, un hombre es apenas un confundido actor de reparto que jamás hace lo que ella espera que haga y, si por casualidad llega a hacerlo, lo hace demasiado tarde o demasiado temprano o demasiado atropelladamente o con debilidad, pero nunca de manera satisfactoria y oportuna.
Por eso, los poemas de amor escritos por hombres me producen una ternura infinita.
Hay en ellos todo lo que se los acusa de no tener. Si son celebratorios, muestran una mirada atenta, aguda y singular sobre la persona amada (nosotras nos quejamos de que nos miran y no nos ven, o de que sólo prestan atención a los fragmentos que les señala la pulsión sexual). Si, por el contrario, hablan de lo perdido, descubren lacónicamente las heridas; en vez de llorar, sollozan; prefieren interrogarse a declamar. Y, por sobre todas las cosas, eligen la mesura de una agonía sin gritos (nosotras los llamamos insensibles).
Aún así, por esas cosas de los "ismos", el juicio liviano de la mayoría –sin distinción de género– sentencia que esos hombres que se atreven a dejar de lado los preconceptos y mostrar su vulnerabilidad en un poema son "demasiado femeninos".
Y yo no puedo evitar la ternura que me causan las palabras que se despliegan en un poema, dichas con alegría o con dolor, superadoras de etiquetas, guerreras del desconcierto.
Los hombres, a los que con frecuencia vapuleo sin piedad en este espacio, me fascinan. Son personas interesantes, inteligentes, a veces previsibles (sólo a veces), y no menos complejas que las mujeres (que hemos hecho de la complejidad un apostolado). A fuerza de haber sido tantas veces censurados, muestran sus emociones con una encantadora torpeza.
Los hombres son sensibles, entrañables amigos, no siempre buenos amantes, excelentes cocineros y conmovedores poetas.
En serio.

4 comentarios:

Eduardo (ejmv) dijo...

Me encanta la manera tan... 'juiciosa?' de evitar el juicio (redundancia a propósito) fácil.

Es lo que me comentaste?

Desearía creer que entré en la bolsa :)

B&R dijo...

.....VERBIGRACIA:


Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
que son dos hormigueros solitarios,
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos..

No me encuentro los labios sin tus rojos,
que me llenan de dulces campanarios,
sin ti mis pensamientos son calvarios
criando nardos y agostando hinojos.

No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
y mi voz sin tu trato se afemina.

Los olores persigo de tu viento
y la olvidada imagen de tu huella,
que en ti principia, amor, y en mí termina.

B&R dijo...

... VERBIGRACIA:

Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
que son dos hormigueros solitarios,
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos..

No me encuentro los labios sin tus rojos,
que me llenan de dulces campanarios,
sin ti mis pensamientos son calvarios
criando nardos y agostando hinojos.

No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
y mi voz sin tu trato se afemina.

Los olores persigo de tu viento
y la olvidada imagen de tu huella,
que en ti principia, amor, y en mí termina.

B&R dijo...

Es evidente, pero se me olvidó decir que el poema es de Miguel Hernández